viernes, julio 25

Mar Girgis


Maite, soy Daniel. Si estás en casa, coge el teléfono, por favor. Te he llamado al móvil, pero debes tenerlo apagado. Estoy en el aeropuerto y quería despedirme. Hablé ayer con los del Instituto en Madrid para decirles que me marchaba. Que busquen a otro traductor. La ciudad se ha puesto imposible. Y peor que se va a poner después de lo de esta mañana en San Jorge. No sé si te has enterado. Te lo dije muchas veces: nada bueno puedes esperar de un pueblo que no come cerdo. El Cairo no tiene solución. Egipto no tiene solución. Oriente no tiene solución. Me largo y tú deberías hacer lo mismo. Te llamo cuando llegue a casa. O te busco en el skype. El vuelo sale en dos horas. Tendré el móvil encendido, por si escuchas este mensaje. Voy a comer un bocadillo en la cantina. Un beso, princesa.

Maite observa las columnas de humo que se elevan hacia el cielo gris del amanecer, recuerdos del fuego que durante el día y hasta el anochecer consume lentamente la ciudad desde hace meses. En las aceras dormitan seres humanos heridos y agotados, quién sabe si alguno sorprendido por la muerte de madrugada, piensa. Mira el reloj y comprueba que tiene tiempo para ir caminando hasta la oficina. Se baja en Mar Girgis y se adentra en la vida detenida del barrio copto, quietud de calles estrechas, templos oscuros y frescos, cafeterías envueltas en aromas de hierbas desconocidas. Al pasar por la puerta entreabierta de una iglesia, decide entrar. Cinco minutos de silencio. Se sienta en el primer banco y cierra los ojos. Dos mujeres de rodillas y un sacerdote en el altar mantienen un discurso de susurros y letanías, una oración en sordina que el golpe violento de la puerta al abrirse hace cesar de repente. Tras la luz del día ya iniciado que invade todos los rincones del templo, se aparece una silla de ruedas que alguien ha empujado desde la calle. Avanza lentamente por el pasillo central. En su regazo transporta un paquete de color naranja que explota. La onda expansiva empuja a Maite y la tira al suelo. Una piedra colocada en el techo a mediados del siglo VI cae sobre ella. Y le parte en dos la vida. 

cimadevilla.septiembre2013 

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