viernes, noviembre 13

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La última vez que los contó tenía diez mil doscientos cincuenta y tres. Fue, si la memoria no le miente, hace dos inviernos. Tardó tres días y medio, durante los que durmió no más de cinco horas. Cuando terminó, se sintió agotado y satisfecho.

Hace meses, de madrugada en un bar del centro, un tipo, tan borracho como él, le contó que conocía a alguien que tenía, seguro, más de diez mil. Más de diez mil quinientos, quizás. No le creyó. Y la marea de la resaca arrastró el dato de su mente. Pero ahora ese anuncio en el periódico le ha puesto nervioso. Coleccionista privado. De segunda mano. En buen estado y a buen precio. La mayoría norteamericanos. De siete, diez y doce pulgadas. ¿Quién era? ¿Por qué los vendía? ¿Cuántos años había tardado en reunir esa cifra?

Dejó la hoja del periódico encima de la mesa del salón. Quería comprobar lo que el tiempo era capaz de hacer con ella. Si una semana después continuaba allí, se decidiría a llamar. ¿Y si lo tuviera, después de tantos años buscándolo?

Los siete días pasaron como un desfile del invierno, la hoja de periódico continuaba en el mismo lugar donde la dejara y el tiempo nada había hecho con ella. Doblar las esquinas húmedas, tal vez, arrugar los bordes. Por alguna extraña razón, a la que no llamaba miedo, no se atrevía a marcar el número de teléfono, a escuchar los monótonos tonos previos al sonido de una voz.

No puede dormir. Se levanta, memoriza el número de teléfono para poder olvidarlo después y diestro encima de la mesa construye un avión de papel con el anuncio en el ala izquierda. Lo observa entre sus dedos un instante antes de lanzarlo al aire a través de la ventana. Allá va. Sigue con la mirada el torpe vuelo del ingenio y puede ver, con las luces de la ciudad al fondo, como las gotas de lluvia bombardean las alas del avión y lo derriban.
formentera.octubre2009

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