miércoles, noviembre 16

Mentiras piadosas

Carlos tiene la piel curtida por el sol, por el viento y por los años. Cuando se quita la gorra, descubre en la frente y el cuero cabelludo, ya sin pelo, una piel lechosa y brillante que parece haber estado siempre protegida y a salvo de las inclemencias del tiempo. Carlos se ducha un par de veces al mes. Pero moja las piernas en el río todos los días, las tres horas que pesca las truchas y los salmones de los que se alimenta. También come el maíz que plantó su madre hasta el día antes de morir, con más de cien años, la leche que le dan sus cinco cabras y la miel que las abejas producen, jarabe oscuro de brezo, en las colmenas que levantó en la colina donde tiene su casa y que el oso, con el hambre acumulada durante el invierno, desbarata dos o tres veces cada primavera. Su hermano vive en el pueblo de al lado con la mujer, una chica paraguaya. Se casaron hace un par de años. Los dos trabajan fuera toda la semana. Los domingos comen los tres juntos en casa de Carlos; pero prácticamente no hablan. Por culpa del vecino, que llamó al médico cuando Carlos se mareó mientras pescaba, ahora tiene que ir todos los meses a la consulta, a tomarse la tensión y a renovar la receta de una pastilla que nunca toma. Al médico le dice que sí, para que no se enfade. Además el doctor le contesta que la tensión está mejorando, así es que está claro que no debe necesitarla. A su hermano también le dice que sí, que el dinero que les dejó su madre ya lo ha metido en el banco. Aunque sea mentira y continúe en la caja de galletas que tiene escondida bajo la cama. Donde estuvo siempre.


Se escribe para cambiar algo. Y eso solo se puede hacer desde la rabia. Sin ella, no es más que el narcisismo de leerse. (Rosa Márquez. El relato patológico. Ed. Buenavista. Madrid. 1993).

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