sábado, mayo 11

Libros que recorren países, ciudades, manos

Nos cruzamos años después, en una de las calles del centro y, como si fuésemos amigos de toda la vida y no desconocidos que el azar puso en los asientos contiguos de un avión que volaba a Berlín, sonreímos al reconocernos entre el gentío y, durante unos segundos, uno frente al otro, nos miramos, agradecidos de que nuevamente el azar nos hubiera puesto en el mismo camino.
Me gustó tu libro, le dije. Han pasado muchos años y no sé dónde estará ahora. Yo lo dejé apoyado contra el muro, en el East Side River. Gracias, contestó. No volví a Berlín desde entonces, continué. Yo lo hice un par de veces más, por motivos de trabajo. La segunda hace seis meses. ¿Dónde estará? Quién sabe, contestó. Bueno, ¿tienes algún otro libro para mí? No, respondió riendo. No he vuelto a escribir. Qué pena, dije. Prometías. Se encogió de hombros y en la superficie lacustre de sus ojos flotó un destello de tristeza. Está bien, entonces hasta la próxima, concluí. Hasta la próxima.

Durante aquel tiempo, yo soñaba todavía con ganarme la vida como diseñadora y le pedí a mis padres el dinero que necesitaba para pagar la matrícula de un curso sobre confección que se impartía en la Bauhaus de Berlín. Creo que mediaba marzo y estaría en la ciudad hasta primeros de abril. Ocupé uno de los últimos asientos del avión. El de mi derecha estaba libre y no quedaban muchas personas por entrar, así es que pensé que tendría suerte y podría viajar sola. Si no recuerdo mal, fue el último en llegar. Se acercó, dijo hola y se sentó a mi lado. Desprendía un agradable olor a manzanas. Cerró los ojos hasta que el avión hubo despegado. Lo sé porque me sorprendió su silencio. Y lo agradecí porque no soporto a la gente que te obliga a convivir en los lugares comunes de la conversación: el clima, el trabajo o la ciudad a la que viajas.
Cuando el avión alcanzó velocidad y altura suficiente, abrió los ojos, desabrochó la hebilla del cinturón de seguridad y, de una pequeña mochila negra que había colocado en sus pies al sentarse, sacó un libro y un lápiz. Yo decidí escuchar algo de música e intentar, sin éxito, dormir un rato. Al menos pude comprobar, una vez más, que U2 no eran santo de mi devoción, a pesar de la insistencia de mi hermano en que escuchara el que, para él, era el mejor grupo de la historia de la música moderna, pasada, presente y futura. Lo cambié por un disco en directo de Irma Thomas.
La señal acústica y sonora recomendó abrocharse el cinturón de seguridad. Él cerró el libro, encajó las dos piezas metálicas de la hebilla y, cuando yo pensaba que iba a cerrar los ojos hasta que las ruedas del avión tocaran tierra en Berlín, se giró levemente y me dijo ¿te puedo molestar un momento? Claro, contesté. Mira, soy escritor y ésta es mi primera novela. No pretendo ganarme la vida con ello ni creo, por otra parte, que lo merezca. Lo que estoy haciendo es abandonar el libro en las ciudades a las que viajo. No te voy a pedir que lo leas. Hazlo sólo si te apetece. Pero sí me gustaría que lo dejaras en algún lugar de la ciudad, donde tú quieras, para que otros puedan encontrarlo y leerlo o abandonarlo en otra parte. Me ofreció el libro y lo tomé en mis manos. Lo haré encantada, le dije. Gracias, contestó.
El avión aterrizó y él se levantó de inmediato. Yo continuaba con su novela en las manos, aunque no me atrevía a hojearla en su presencia. Adiós, dijo. Adiós. Nos despedimos como si no hubiéramos hablado. O como si estuviéramos seguros de encontrarnos de nuevo en cualquier parte. 

londres.mayo2012.