miércoles, diciembre 12

Era la vida, imbécil.


Te dije dame las armas para sobrevivir al invierno
si debo llegar a los lugares en los que nunca
hemos estado. Tal vez sólo necesites
una tarde de alegría, dibujar huellas en la nieve
o un poema arrogante y bravo.
Es la vida, también decías. Y acostumbrarse
al ruido apenas perceptible pero constante
de los días al quebrarse, las luces de las fábricas
que custodian la carretera guerreando
contra la mañana, tus brazos como raíces
cuando aprietan fuerte para no decir basta
o todas las noches en las que el insomnio
es un león indomable.

Después te miraré mientras duermes,
la luna en tus escápulas,
y entenderé la fortaleza que reside
en el interior de la madera,
capaz de admitir la lluvia durante años,
día tras día, antes de combarse.



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