miércoles, mayo 25

Voy a seguir haciendo este maravilloso trabajo de mierda sin dejarme nada

Me ayudé del borde superior de la rótula para decidir el punto de entrada. Introduje la aguja. El hombre, ochenta años, los últimos diez con la artrosis mordiéndole las rodillas, tensó los brazos que apoyaba en el asiento de la silla y crispó el gesto. ¿Duele?, pregunté. Buscar duele. Buscar siempre duele, masculló. Me concentré aún más en la maniobra. Quería ser rápido y capaz. No soporto hacer daño. Por fin sentí como la aguja irrumpía en la cápsula articular y, al instante, un líquido sanguinolento comenzó a fluir hacia la jeringuilla y no cesó hasta llenar tres. Sesenta centímetros cúbicos. El hombre se relajó, aliviado. Y marchó agradecido. Me acerqué a la ventana. Bastó un vistazo para entender que, a pesar de todo, lo que sucede fuera siempre es mucho más importante que lo que ocurre dentro.


Los médicos estamos solos, tan solos como lo están muchas de las personas a las que atendemos. No hablamos con nadie, ni reímos. No dudamos con nadie. No abrazamos a nadie. No nos sentimos cerca de nadie. No sabemos, no queremos, no estamos preparados para trabajar en equipo. Los halagos nos endiosan o nos desarman, las críticas nos enfurecen, otros puntos de vista nos sorprenden y nos ciegan hasta el punto de cerrar la puerta de la consulta y no ver más que pacientes durante toda la mañana, uno detrás de otro, dando (en demasiadas ocasiones) soluciones fallidas y (en el mejor de los casos) parciales a preguntas cuya respuesta desconocemos, armados con el bolígrafo que valida prescripciones y con el fonendoscopio a través del cual escuchamos ruidos ininteligibles para la mayoría de los seres humanos y también para nosotros. Hemos sustituido las palabras por las pastillas (pastillas para la memoria que no sostienen los recuerdos, pastillas para la tristeza que sólo provocan indolencia, pastillas para el miedo que no borran las dudas, pastillas para curar enfermedades que no existen, pastillas para curar enfermedades que no se van a curar… ) y el contacto humano por el frío de las pruebas diagnósticas. La sociedad está pidiendo, a veces a gritos, a veces en silencio, un cambio. Nos hace preguntas a las que nos empeñamos en responder aunque sea mintiendo. Si seguimos así, tarde o temprano dejaremos de ser necesarios y, entonces, mereceremos el destierro y el olvido.


Cierto es que el acto terapéutico requiere de un tiempo de reflexión, tanto para el médico como para el paciente, que, en la mayoría de encuentros, no nos podemos permitir. Y, sin ese tiempo, los errores, la maleficiencia y la frustración florecen sin dificultad. Pero no es (sólo) una cuestión de tiempo. Podemos estar diez, quince, cincuenta minutos con cada paciente. Si nos quedamos en eso, será tiempo malgastado, tiempo inerte. Cierta es la precariedad laboral y el desamparo en los que muchos de nosotros navegamos desde hace años, maltratados y mal tratados por políticas de gestión de recursos (humanos y materiales) tan cortoplacistas, urgentes y obtusas que no se permiten un solo minuto de creatividad. Pero no es (sólo) cuestión de gestionar profesionales y jeringuillas. Tiempo y recursos, sí; pero no sólo. Hace falta más. Hace falta un cambio de mirada, un cambio de paradigma, un cambio de preposición: entendernos con el paciente, no para el paciente, ni tan siquiera por el paciente. Hace falta ser valientes y buscar otros escenarios en los que desarrollar nuestro trabajo de un modo imaginativo, eficiente y satisfactorio para todos los actores implicados. Escenarios que están ahí fuera, que se ven desde la ventana de la consulta, donde replantearnos también nuestra relación con la naturaleza, tanto cuando nos mece como cuando nos desarbola. El mundo en que vivimos y como lo diseñamos influye en gran medida en nuestra salud.


Construyamos una atención primaria que sea más independiente de la atención secundaria (unidas hoy en día por lazos perversos en ambos sentidos (sobrediagnóstico, prescripción inducida, derivaciones defensivas, dificultades en la conciliación…)), una atención primaria que se integre en el tercer sector para poder centrarse más en las causas y no tanto en las consecuencias. Trabajemos con la dentista, con el trabajador social, con el enfermero, con el administrativo, con la auxiliar de ayuda a domicilio, con el psicólogo, con la farmacéutica (la presencia de todos ellos es tanto o más necesaria que la de los médicos en un sistema que se dice centrado en el cuidado) y con el paciente en equipos que compartan tiempos y espacios cada día. Y todos iguales en capacidad de decisión o de mando. Que todas las miradas disfruten de la misma profundidad y del mismo peso para ser capaces de acercarnos a quienes realmente nos necesitan, para invertir esa atención que la ley de Tudor Hart formula, sabedores de que la pobreza es el factor de riesgo más importante para la salud. La pobreza, como la escribe Martín Casariego, más cruel, la más extrema, la que te roba también la posibilidad de pensarte distinto. Salgamos de esas cuatro paredes donde nos sentimos cómodos e importantes. Que nos vean en las calles, en los bares, en las asociaciones, en los colegios… en todos los lugares de encuentro. Vayamos a los domicilios, el mejor contexto posible para el encuentro terapéutico porque es el lugar donde el paciente y el profesional se igualan y donde, de un plumazo, podemos encontrar, incluso en silencio, muchas de las respuestas que en la consulta nos costarían demasiadas preguntas. Usemos otras herramientas para conectarnos y para brindar apoyo, cura, cuidado: la compasión, el humor, la ternura, la comprensión, el amor, el arte, el contacto físico, las lágrimas, la risa. Busquemos, en definitiva, otra manera de vernos, otra manera de estar, otra manera de trabajar y otra manera de vivir. Busquemos, aunque duela.

Mientras tanto, voy a seguir haciendo este maravilloso trabajo de mierda sin dejarme nada. Hasta que me quede sin fuerzas.

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