Nos
cruzamos años después, en una de las calles del centro y, como si
fuésemos amigos de toda la vida y no desconocidos que el azar puso
en los asientos contiguos de un avión que volaba a Berlín,
sonreímos al reconocernos entre el gentío y, durante unos segundos,
uno frente al otro, nos miramos, agradecidos de que nuevamente el
azar nos hubiera puesto en el mismo camino.
Me
gustó tu libro, le dije. Han pasado muchos años y no sé dónde
estará ahora. Yo lo dejé apoyado contra el muro, en el East Side
River. Gracias, contestó. No volví a Berlín desde entonces,
continué. Yo lo hice un par de veces más, por motivos de trabajo.
La segunda hace seis meses. ¿Dónde estará? Quién sabe, contestó.
Bueno, ¿tienes algún otro libro para mí? No, respondió riendo. No
he vuelto a escribir. Qué pena, dije. Prometías. Se encogió de
hombros y en la superficie lacustre de sus ojos flotó un destello de
tristeza. Está bien, entonces hasta la próxima, concluí. Hasta la
próxima.
Durante
aquel tiempo, yo soñaba todavía con ganarme la vida como diseñadora
y le pedí a mis padres el dinero que necesitaba para pagar la
matrícula de un curso sobre confección que se impartía en la
Bauhaus de Berlín. Creo que mediaba marzo y estaría en la ciudad
hasta primeros de abril. Ocupé uno de los últimos asientos del
avión. El de mi derecha estaba libre y no quedaban muchas personas
por entrar, así es que pensé que tendría suerte y podría viajar
sola. Si no recuerdo mal, fue el último en llegar. Se acercó, dijo
hola y se sentó a mi lado. Desprendía un agradable olor a manzanas.
Cerró los ojos hasta que el avión hubo despegado. Lo sé porque me
sorprendió su silencio. Y lo agradecí porque no soporto a la gente
que te obliga a convivir en los lugares comunes de la conversación:
el clima, el trabajo o la ciudad a la que viajas.
Cuando
el avión alcanzó velocidad y altura suficiente, abrió los ojos,
desabrochó la hebilla del cinturón de seguridad y, de una pequeña
mochila negra que había colocado en sus pies al sentarse, sacó un
libro y un lápiz. Yo decidí escuchar algo de música e intentar,
sin éxito, dormir un rato. Al menos pude comprobar, una vez más,
que U2 no eran santo de mi devoción, a pesar de la insistencia de mi
hermano en que escuchara el que, para él, era el mejor grupo de la
historia de la música moderna, pasada, presente y futura. Lo cambié
por un disco en directo de Irma Thomas.
La
señal acústica y sonora recomendó abrocharse el cinturón de
seguridad. Él cerró el libro, encajó las dos piezas metálicas de
la hebilla y, cuando yo pensaba que iba a cerrar los ojos hasta que
las ruedas del avión tocaran tierra en Berlín, se giró levemente y
me dijo ¿te puedo molestar un momento? Claro, contesté. Mira, soy
escritor y ésta es mi primera novela. No pretendo ganarme la vida
con ello ni creo, por otra parte, que lo merezca. Lo que estoy
haciendo es abandonar el libro en las ciudades a las que viajo. No te
voy a pedir que lo leas. Hazlo sólo si te apetece. Pero sí me
gustaría que lo dejaras en algún lugar de la ciudad, donde tú
quieras, para que otros puedan encontrarlo y leerlo o abandonarlo en
otra parte. Me ofreció el libro y lo tomé en mis manos. Lo haré
encantada, le dije. Gracias, contestó.
El
avión aterrizó y él se levantó de inmediato. Yo continuaba con su
novela en las manos, aunque no me atrevía a hojearla en su
presencia. Adiós, dijo. Adiós. Nos despedimos como si no hubiéramos
hablado. O como si estuviéramos seguros de encontrarnos de nuevo en
cualquier parte.
londres.mayo2012.