martes, julio 21

Pasaban trenes



Y de pronto uno entiende que vivir no es lo importante,
que el peso de lo que hemos sido y de lo que somos
se reparte en ciertos mapas, en otros paisajes,
en algunos de los horizontes que forman parte
de la memoria, de las tardes de verano que terminaban
por ahogarse en las piscinas,
de los partidos de fútbol que acababan cuando
se hacía de noche o cuando la madre del bueno
se acercaba a la banda y le gritaba nos vamos
para casa y entonces para qué seguir jugando si nada
de lo que ocurriera a partir de entonces alcanzaría la categoría
de maravilla o de recuerdo.

Pasaban los trenes, fugaces o atormentados,
al acecho de suicidas a los que conceder la gloria.

Después llegaste tú y tus ojos y tus manos
y tu voz, a veces dulce, a veces tan distante;
pero qué más da, si nos enamoramos tan duro
que lo de antes debía ser de fogueo.
Todo cobró sentido aunque nada lo tenía,
y una tarde, después de ducharte,
decidiste quedarte a mi lado.

Y buscamos otros paisajes, otros horizontes, otros
lunes, otros diciembres lejos de aquella ciudad en la que
todo lo que sucedía ya había sucedido antes,
en la que el cielo del amanecer siempre estaba sucio.

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