martes, enero 30

diecinueve

el tiempo detenido. El lugar donde no hay miedo, no hay palabras, no hay relojes de arena, no hay monedas falsas, no hay ojos, no hay manos, no hay luz, no hay dolor de estómago, no hay ruido, no hay llamadas de teléfono, no hay gritos, no hay bocas, no hay dudas, no hacen falta aún las certezas, no hay canciones, no hay recuerdos, no hay primavera ni octubre, no hay brazos, no hay besos en habitaciones de pensiones con toallas blancas, no hay días de julio, no hay obligaciones ni existen las ganas ni quedan fuerzas.

diario de puños y catedrales.tarragona.julio2006

viernes, enero 26

“... cuando regresó al pueblo ya no le quedaban amigos, María. A todos los mató esta guerra. Igual que a tu padre, a pesar de ser teniente coronel y de lo altivo que se ponía en los desfiles. Tenía la carne igual de blanda para que le atravesaran las balas.
Llegó en el tren de la tarde, María. Y caminó por la calle del puerto sin levantar la mirada del suelo. Detuvo sus pasos en la casa, que nosotros estábamos enfrente y lo vimos. Abrió con esfuerzo la puerta de bisagras herrumbradas por el aliento del mar y volaron las cucarachas de caramelo, señoras del lugar. Entró despacio, como con miedo, decían los muchachos, de enfrentarse a los fantasmas en que se habían convertido los muebles. Dio media vuelta para cerrar la puerta tras de sí y me miró, María, lo sé, pidiéndome ayuda. Pero yo no podía levantarme. No podía hacerle eso al pueblo. Tuve que bajar la cabeza y entonces oí como pasaba el cerrojo. ¡Cuántas veces lo he pensado, María! Que esa puerta no volvió a abrirse hasta ayer, cuando sacaron el cuerpo.
Desde que lo abandonaste no volvió a ser el mismo. Y, sobre todo, después de que tu prima le soltó que te casabas, así, a la cara, sin tacto. Y ya sabes como era. Dejó de venir a jugar a las damas y de vender en el mercado las figuras de miga de pan que hacía cuando estaba aburrido. Y ya no era capaz de sostener el fuego en la palma de las manos. Yo pasaba a verle cuando estaba varios días encerrado y tenía los ojos rojos. Él decía que era el polvo del desierto, pero yo sé que lloraba por ti.
El médico vino ayer a visitarme porque dice que soy el único en el pueblo con quien puede hablar de él. Me contó que se lo llevó una infección pulmonar. Pero yo sé que se murió porque quería. Que él era así de terco, ya sabes. Aprovechó el paludismo que contrajo para abandonarse.
Aquí te mando la pluma que le regalaste, con la que te escribía poemas, el cuaderno donde los abandonaba y la fotografía que os hicisteis en la finca, aquel verano. Seguro que la rompió por equivocación o alguna de esas noches de miedo, en lugar de ir a buscarte para dios sabe qué. No te lo tomes a mal, María, pero tú lo mataste. No te culpo. Cada uno tiene que seguir su propio camino. Pero ya sabes como era.
En fin, que seas feliz. Procura no volver por aquí. Yo ya no quiero verte...”

mil palabras.evinayong.julio1999

martes, enero 23

en algún lugar he leído el horizonte es el futuro la noche es una gran carpa de circo y la suerte es la mujer barbuda fea la mayoría de las veces

si el horizonte es el futuro y la noche una gran carpa de circo qué suerte que tú seas la mujer barbuda

se me murió el verano entre las manos.llanes.agosto2005

domingo, enero 21

quién eres cuando no estás

quién eres cuando no estás, cuando te mueves en las calles de la ciudad de noche, tus pies descalzos en las aceras recién regadas, hablan de ti los tipos del camión de la basura, tu cuerpo reflejado en los escaparates, envidia de los maniquíes que, furibundos, mueren desmembrados, un brazo, una pierna, la cabeza que rueda por los suelos y hace un ruido -cabecita hueca- de cartón piedra contra asfalto. Quién eres cuando vuelves y abres la puerta del día después de traspasarla en humo, cuando me hago el dormido y ríes a carcajadas que convocan a la lluvia y a los pianos en los balcones, cuando te quitas la ropa para vestirte y buscas tu sonrisa en mis brazos, enciendes un cigarrillo con los ojos y sabes a café y a luz de farola solitaria en el callejón sin salida donde aquella noche tanto te divertiste crucificándome.

el ruido que la puerta de un coche hace al abrirse.barcelona.julio2006

jueves, enero 18

lectura de tu nombre
la luz eléctrica tiembla
y los discos de jazz
no son ya sorpresa

busco una certeza que no se nombra
fluye en los días
para hacerse olvido
sencillez manipulada

lectura de tu cuerpo
los ojos arena de playa
zozobra del oleaje en las manos
que descansan
en la concavidad de tu cuerpo

si en este instante se hiciera la noche
y todos los niños durmieran
después de haberles leído un cuento
no sería tristeza la palabra
de ocho letras que se esconde
en el concurso de televisión
que triunfa en el país

lectura de tu sombra
silencios acompasados
en el pentagrama de tus pechos
camino del mar
camino solo
aún te espero

necesito una llamada de teléfono
la línea que separa dos cuerpos que se abrazan
el peso de las palabras en el aire
la vida es encontrar rincones
en los que hallar descanso
el abrigo en el salón un día de frío
la noche de verano que no oscurece
una mirada que vale por diez palabras
la tregua del tiempo
tu vientre

me gustan las mujeres de mirada triste.gijón.diciembre2003

lunes, enero 15

ángel y las palabras esdrújulas

ángel escribe palabras esdrújulas en las paredes blancas de su casa. Trabaja de vendedor de entradas en el único cine que todavía queda en la ciudad y por las mañanas da largos paseos por la playa, cada vez más lejos, que cualquier día de estos no regresa. Tuvo una novia que se parecía a julieta venegas; pero le abandonó una mañana después de hacer el amor porque aquello había sido tan bueno que jamás iba a ser capaz de repetirlo.
Ángel come queso, manzanas, nueces y vino blanco porque son los alimentos del invierno. Toma un café solo en la misma mesa de la misma cafetería del puerto desde hace tantos años que no recuerda cuantos camareros y camareras han pasado por allí, ni cuantos muertos regresan cada mañana a desayunarse, ni cuantas historias de amor han empezado o terminado dentro de esas mudas paredes que tanto dicen. Cuando se encienden las farolas en las calles y los gatos planean su cacería de palomas en los parques, Ángel regresa caminando a la casa de muros blancos. Enciende la luz, se quita el abrigo que deja colgado en la percha pegada a la espalda de la puerta y permanece a pie quieto, absorto apenas dos o tres minutos. Toma en la mano derecha un rotulador negro y, en el hueco entre último y cántaro, escribe: máquina.

acecha el invierno como una manada de leonas.gijón.febrero2006

días