Testigos de ella y de su amor, las mira como un devoto ante su imagen, sentado en el sillón de nubes, en el ruido a borbotones de la comida bullendo en el fuego. Se queda pensativo, cara y cruz, cara o cruz, cara... cruz. Y les pregunta en voz baja, casi inaudible, decidme preciosas cómo es su tacto, cómo su olor, cómo su vida. Lanza una de ellas al aire a la vez que se levanta y abandona el salón dejando atrás el tintineo metálico que la moneda construye con las baldosas. Cara y cruz, cara o cruz, cruz... cara. No quiere mirar.
En la habitación rescata el violín de su funda y acaricia sus curvas y sus ángulos, su cuerpo. Tumbado en la cama, Dimitri se duerme a él abrazado...
... es el espacio colmado de sus cuerpos, los ojos zarcos de él, los negros de ella, que se mezclan en una mirada que rasga el aire de la habitación donde los colores se diluyen para formar el mar que azota, pausado pero constante, tam, tam, tam-tam, las paredes derribadas en el mundo levantado al abrigo de sus palabras ahogadas, sus gritos medidos, su sexo inacabado. Es el ruido de las manos que alisan su piel, más bello quizá que la música del violín, los labios posados en los párpados cerrados que se estremecen, sus dedos precisos que le amamantan, los dientes que atrapan un labio indefenso y lo hieren. Es sangre que mana, herida restañada con su saliva, remedio mágico o sortilegio. Su boca de luz, el movimiento imperceptible de las pelvis atrapadas. Armaduras batientes. Y dolor.
Es silencio en la casa agotada que ahora, al fin, descansa. Nada parece moverse. Momento eterno. Mas, de súbito, la ira del viento destroza los goznes, hace añicos los cristales de lo que fue una ventana. Tiemblan ya vencidas las cortinas blancas, viaje de ida y vuelta a merced de un dios alado. Y es entonces olor de carne amada, caminos que la saliva aún no ha abandonado, sábanas mancilladas que acunan un seno y abandonan el otro tras su doblez de sombras. Pasos desnudos regresan al santuario. El cuerpo ella recupera la forma, vuelve desde su quietud de cera amasada, de cuerdas tañidas, de pentagrama arrasado por sus labios.
Cerca, muy cerca, de pronto, se escucha un violín reír a carcajadas.
oviedo.enero2001