viernes, abril 27

trepa por las paredes blancas de la habitación la sombra de tus manos

la sombra de tus manos trepa por las paredes blancas de la habitación y acaricia mi piel un segundo después que tus manos. Cierro los ojos y te veo, los abro y desapareces en la noche más oscura del invierno. Te vas y queda el sonido de tu respiración, tu boca entreabierta, la forma en que te mueves encima de mis caderas y buscas y buscas y, a veces, encuentras y sonríes. Tus brazos me atrapan y me sueltan en un abrazo certero de serpiente. Empieza a sonar una canción de charly garcía y te miro a los ojos y alcanzo tu ombligo y encuentro el camino hacia la ciudad que me muestras y esa luz tan blanca y tu cuerpo que tiembla y la vida se apaga, los relojes destrozados entregan el segundero en las paradas de autobús de la ciudad, perros hambrientos ladran lamentos moribundos a la madrugada y cientos de pájaros, abatidos en pleno vuelo, caen muertos al suelo.

el ruido que la puerta de un coche hace al abrirse.gijon.febrero2006

lunes, abril 23

llenarse de viento
es subir las escaleras de tu cuerpo eléctrico
y sumergirse en el oscuro piélago
de tus ojos morfina
que custodian el secreto de la vida
e inundan y anegan y duelen y
aterran de tan vivos y
arañan y
hieren de muerte

de la ausencia y de ti.salamanca.septiembre2000

jueves, abril 19

lafotoquemerobóvalen.gijón.septiembre2005

domingo, abril 15

pídeme que me quede contigo
que despierte la mañana
empapado en el sudor de la noche
la batalla del tráfico
entre nosotros
olvidadas en tu vientre y en tu espalda
las huellas de mis manos
como dos pequeñas alas

los días se derrumban
como esas piezas de dominó
que caen una tras de otra
y descubren una alfombra
de colores

lo que más me gusta de tu cuerpo
son los tobillos
el tacto firme y anguloso de los huesos
la piel blanca
besarlos despacio o con rabia
los ojos cerrados
sentir la sangre que invade a borbotones
las oquedades de mi sexo
y aguantar a duras penas
las ganas de salir corriendo
y nadar en el mar
hasta ahogarme
como matilde

la madrugada llora lágrimas de cocodrilo.gijón.diciembre2004

sábado, abril 7

dudar

hay que dudar hay que dudar hay que dudar se repetía en voz baja mientras leía el periódico sentado en la terraza del bar aquella mañana de verano en que sentía tener las cosas tan claras

acecha el invierno como una manada de leonas.cadaqués.agosto2006

miércoles, abril 4

los colores del invierno II

Testigos de ella y de su amor, las mira como un devoto ante su imagen, sentado en el sillón de nubes, en el ruido a borbotones de la comida bullendo en el fuego. Se queda pensativo, cara y cruz, cara o cruz, cara... cruz. Y les pregunta en voz baja, casi inaudible, decidme preciosas cómo es su tacto, cómo su olor, cómo su vida. Lanza una de ellas al aire a la vez que se levanta y abandona el salón dejando atrás el tintineo metálico que la moneda construye con las baldosas. Cara y cruz, cara o cruz, cruz... cara. No quiere mirar.

En la habitación rescata el violín de su funda y acaricia sus curvas y sus ángulos, su cuerpo. Tumbado en la cama, Dimitri se duerme a él abrazado...

... es el espacio colmado de sus cuerpos, los ojos zarcos de él, los negros de ella, que se mezclan en una mirada que rasga el aire de la habitación donde los colores se diluyen para formar el mar que azota, pausado pero constante, tam, tam, tam-tam, las paredes derribadas en el mundo levantado al abrigo de sus palabras ahogadas, sus gritos medidos, su sexo inacabado. Es el ruido de las manos que alisan su piel, más bello quizá que la música del violín, los labios posados en los párpados cerrados que se estremecen, sus dedos precisos que le amamantan, los dientes que atrapan un labio indefenso y lo hieren. Es sangre que mana, herida restañada con su saliva, remedio mágico o sortilegio. Su boca de luz, el movimiento imperceptible de las pelvis atrapadas. Armaduras batientes. Y dolor.

Es silencio en la casa agotada que ahora, al fin, descansa. Nada parece moverse. Momento eterno. Mas, de súbito, la ira del viento destroza los goznes, hace añicos los cristales de lo que fue una ventana. Tiemblan ya vencidas las cortinas blancas, viaje de ida y vuelta a merced de un dios alado. Y es entonces olor de carne amada, caminos que la saliva aún no ha abandonado, sábanas mancilladas que acunan un seno y abandonan el otro tras su doblez de sombras. Pasos desnudos regresan al santuario. El cuerpo ella recupera la forma, vuelve desde su quietud de cera amasada, de cuerdas tañidas, de pentagrama arrasado por sus labios.
Cerca, muy cerca, de pronto, se escucha un violín reír a carcajadas.

oviedo.enero2001

días