sencillo es ser viento
y cobijar en manos invisibles
necias palabras que se han de olvidar
y permitir impasible que las aves
perforen tus entrañas
me gustan las mujeres de mirada triste.gijón.diciembre2003
miércoles, mayo 30
cuaderno:
me gustan las mujeres de mirada triste
domingo, mayo 27
busco palabras de siete letras con las que nombrar tu boca III
Lo anuncias. Te corres y nos quedamos en silencio. En el silencio del ruido de la calle a las seis de la tarde. Me gusta comerte el coño y besarte la boca después. Si muriera ¿te matarías? No. Me faltan huevos. Pasaría el resto de mis días buscándote en todas las mujeres que me salieran al paso. En unas uñas, en una espalda, en un tatuaje, en una cicatriz, en unos dedos, en un olor, en una lengua, en una arruga, en un coño... y enfrentaría la muerte con la certeza de una profunda infelicidad. El grito de un niño, el motor de un coche, la lluvia. Contigo todo duele demasiado, escribes en la pared. Mientras, el segundero modifica la espiral. Me miras. Sonríes. Tírate a quien quieras. Pero vuelve. Me meo.
El lenguaje se articula. En ocasiones, tú y yo no articulamos el mismo lenguaje. Porque tenemos miedo. Tenemos café. Tenemos sábanas. Yo te miro dentro de los ojos e intento hacerte daño. ¿Pueden algunas tardes de marzo tener tus ojos el color del agua estancada en las piscinas de invierno? Tenemos miedo. Tenemos café. Tenemos sábanas. Quiero parar. Tenemos miedo. Necesito parar. Aprender a vivir con esta impaciencia que es a veces dulce y a veces negra. Busco el nombre de las flores azules que en abril aparecen en los bancales. Después de la lluvia. Después de tus labios. Antes de la ira. Ahora que está más cerca el verano, vente conmigo a la sombra del almiar.
Me despierta el ruido que hacen las bisagras oxidadas. Diez segundos de amnesia. Tengo miedo y duele. Ya me cansé de tomarme las pastillas. Bebo un café, pasa el autobús de las tres, me ducho y cierro la puerta de casa. Arañan las sirenas de los barcos que entran en el puerto. Paseo. He tenido días mejores. Paseo con la esperanza de que todas las cuentas estén pagadas y la casualidad nos acerque.
Un burka de silencio te separa de mí esta noche. Un velo de humo tras la explosión. Una pared invisible de tacto rugoso y desagradable. Ocupo el vacío de tu ausencia con chicles de menta usados, pelusas de polvo, astillas de madera y bolas de papel arrugado manchado con palabras de siete letras. Esta masa informe, amalgama sucia y mal construida en nada a ti o a tu ausencia se parece. Pero no puedo contenerme e intento acariciarla. Mi mano es un avión blanco con las entrañas repletas de queroseno y esta torre de manhattan doméstica se desmorona. Las pelusas regresan a los rincones, las bolas de papel ruedan a sus anchas por el suelo de la casa, desprendiéndose de las palabras que mueren agitadas como brasas que se apagan lentamente y los chicles, pegados a la suela de mis zapatos como emigrantes moribundos en pateras destartaladas, bajan conmigo a la calle. A conocer la ciudad y a intentar, en vano ya lo sé, encontrarte.
Abandono la cafetera encima del fuego y regreso a la habitación. La taza me quema la yema de los dedos. Las primeras moscas de la primavera persiguen la libertad en los cristales. Nubes despiertan la mañana en los valles, ancladas como están por cabos invisibles al cauce de los ríos oscuros que nutren de azogue el mar verde. Yo cedo el paso en las rotondas. Yo escribo desde el borde del hastío. Tenemos sábanas. Y me pregunto por qué. Porque sabías el nombre de la protagonista de un libro. Porque escribías palabras en las paredes desnudas de tu casa.
¡Cuántas veces borracho cerré los ojos y besé las paredes de los bares recordándote! Anoche te llamé lisboa. Me pidieron que te dibujara y te imaginé con unas manos descomunales, con ojos sin miedo, con un ombligo como vórtice de tormenta.
Ya no quiero escapar. Ya no rescato de las páginas polvo y poemas que hablan de ciudades que no existen. Ciudades destruidas por el fuego, arrasadas por la furia, vencidas por los años. Me gusta mirar mis manos cuando te acarician, mis dedos que se hacen preguntas en tu piel y examinan los hilos que conectan tu pecho y la aurora. Los brazos extendidos. Los días.
Hoy entendí el peso de tu cuerpo. Hoy los calendarios se detuvieron un poco. Las preguntas que mis dedos se hacen en tu piel. Hoy ese conocimiento me fue dado. Sólo si soy capaz de conmover a los boxeadores y a los soldados. Sólo si soy capaz podré llegar.
Busco palabras de siete letras con las que nombrar tu boca: ducados, mentira, campana, canción. Palabra.
gijón.abril2007
El lenguaje se articula. En ocasiones, tú y yo no articulamos el mismo lenguaje. Porque tenemos miedo. Tenemos café. Tenemos sábanas. Yo te miro dentro de los ojos e intento hacerte daño. ¿Pueden algunas tardes de marzo tener tus ojos el color del agua estancada en las piscinas de invierno? Tenemos miedo. Tenemos café. Tenemos sábanas. Quiero parar. Tenemos miedo. Necesito parar. Aprender a vivir con esta impaciencia que es a veces dulce y a veces negra. Busco el nombre de las flores azules que en abril aparecen en los bancales. Después de la lluvia. Después de tus labios. Antes de la ira. Ahora que está más cerca el verano, vente conmigo a la sombra del almiar.
Me despierta el ruido que hacen las bisagras oxidadas. Diez segundos de amnesia. Tengo miedo y duele. Ya me cansé de tomarme las pastillas. Bebo un café, pasa el autobús de las tres, me ducho y cierro la puerta de casa. Arañan las sirenas de los barcos que entran en el puerto. Paseo. He tenido días mejores. Paseo con la esperanza de que todas las cuentas estén pagadas y la casualidad nos acerque.
Un burka de silencio te separa de mí esta noche. Un velo de humo tras la explosión. Una pared invisible de tacto rugoso y desagradable. Ocupo el vacío de tu ausencia con chicles de menta usados, pelusas de polvo, astillas de madera y bolas de papel arrugado manchado con palabras de siete letras. Esta masa informe, amalgama sucia y mal construida en nada a ti o a tu ausencia se parece. Pero no puedo contenerme e intento acariciarla. Mi mano es un avión blanco con las entrañas repletas de queroseno y esta torre de manhattan doméstica se desmorona. Las pelusas regresan a los rincones, las bolas de papel ruedan a sus anchas por el suelo de la casa, desprendiéndose de las palabras que mueren agitadas como brasas que se apagan lentamente y los chicles, pegados a la suela de mis zapatos como emigrantes moribundos en pateras destartaladas, bajan conmigo a la calle. A conocer la ciudad y a intentar, en vano ya lo sé, encontrarte.
Abandono la cafetera encima del fuego y regreso a la habitación. La taza me quema la yema de los dedos. Las primeras moscas de la primavera persiguen la libertad en los cristales. Nubes despiertan la mañana en los valles, ancladas como están por cabos invisibles al cauce de los ríos oscuros que nutren de azogue el mar verde. Yo cedo el paso en las rotondas. Yo escribo desde el borde del hastío. Tenemos sábanas. Y me pregunto por qué. Porque sabías el nombre de la protagonista de un libro. Porque escribías palabras en las paredes desnudas de tu casa.
¡Cuántas veces borracho cerré los ojos y besé las paredes de los bares recordándote! Anoche te llamé lisboa. Me pidieron que te dibujara y te imaginé con unas manos descomunales, con ojos sin miedo, con un ombligo como vórtice de tormenta.
Ya no quiero escapar. Ya no rescato de las páginas polvo y poemas que hablan de ciudades que no existen. Ciudades destruidas por el fuego, arrasadas por la furia, vencidas por los años. Me gusta mirar mis manos cuando te acarician, mis dedos que se hacen preguntas en tu piel y examinan los hilos que conectan tu pecho y la aurora. Los brazos extendidos. Los días.
Hoy entendí el peso de tu cuerpo. Hoy los calendarios se detuvieron un poco. Las preguntas que mis dedos se hacen en tu piel. Hoy ese conocimiento me fue dado. Sólo si soy capaz de conmover a los boxeadores y a los soldados. Sólo si soy capaz podré llegar.
Busco palabras de siete letras con las que nombrar tu boca: ducados, mentira, campana, canción. Palabra.
gijón.abril2007
miércoles, mayo 23
miércoles, mayo 16
salamanca en el día que está por llegar
el sol se fue para que tú llegases
como una maldita vía láctea
mi guía
ahora lo pienso y sé que planeado
no hubiese salido mejor
eras tú en el tiempo preciso
eras tú y yo y lo demás puede quemarse
tuvimos que levantar diques
que aguantasen nuestras palabras
y líneas eléctricas tendidas entre los ojos
que recuerdo me dolían
cuando dejaba de mirarte
entonces el sabor del tibio café
como excusa para mis sentidos
fijos en tu imagen
atrás quedaron malena y cortázar
led zeppelin benedetti los beatles y tantos más
atrás quedaron todos
alguien nos rodeó en círculo
para descubrir nuestros perfiles y
cuando el día parió la noche
nos quedamos solos
dicen que en la hora azul
murió la tarde
murió la noche
el día primero
capaces de soñar
pusimos sobre la mesa del tiempo todas las cartas
incluso las escondidas en la manga
pintamos las horas de plata
y planeamos curiosos juegos de azar
sabiendo que un encuentro casual
era lo menos casual en nuestras vidas y
que la gente que se da citas precisas
es la misma que necesita papel rayado
para escribirse o que aprieta desde abajo
el tubo del dentífrico
jugando a rayuela
porque nada en este mundo es tan fácil
como saberte a cada instante
como tenerte
vivirte y lo peor
renunciarte
y si ahora vuelves a columpiarte en mi nariz
gritando misterios
se debe a los besos que robamos y derrochamos
en las escaleras de anaya
días antes de que saliese el sol para declararnos culpables
duerme
murió la tarde
murió la noche
el día segundo
y cómo será el futuro que reinventamos
qué murmurará la gente a nuestro paso
realmente no importa
las sombras alargadas del pasado
huidizas huellas de infancia y
sencillas trampas de amor
secarán los mares de tu cuerpo breve
para llegar al congo chile san sebastián
nadie podrá arrebatarnos ya el tesoro
de ti depende y de mí
escoger la misma luz que nos guíe
hacia ese fabuloso minuto de felicidad
nació la tarde
nació la noche
el día que está por llegar
el viento me dirá tu nombre.salamanca.abril1999
cuaderno:
el viento me dirá tu nombre
sábado, mayo 12
da miedo amor escuchar en el silencio de la noche la risa maliciosa de la luna hiena
se me murió el verano entre las manos.llanes.septiembre2005
se me murió el verano entre las manos.llanes.septiembre2005
cuaderno:
se me murió el verano entre las manos
miércoles, mayo 9
busco palabras de siete letras con las que nombrar tu boca II
Puedes medir la distancia que separa dos ciudades en tiempo, tres días, o en longitud, mil doscientos kilómetros. Una conversación por el teléfono. Esta noche habrá luna nueva. No será tarea fácil dormir. Tres días o mil doscientos kilómetros.
Hueles a madera a la orilla de un río sin nombre. Vente conmigo a los marjales. Hueles a madera. El vagabundo, el perro y yo te buscamos a la orilla de un río que no tiene nombre. Vente.
Leo me gustas como para convertir en mantequilla todos los tigres de las junglas del mundo entero. La noche. La noche detiene el viento que silba en las aristas. Venzo la última página del libro. Ladran los perros y la lluvia hiere los cristales. Cierro los ojos y me masturbo pensando en ti. Busco palabras de siete letras con las que nombrar tu boca: cancela, orgullo, perfume, cerveza.
Huele a eucalipto. La carretera es estrecha y está sembrada de hojas secas que los neumáticos aplastan y los pasos desordenan. Llego a la playa de castello cuando las pistolas disparan al aire el silencio. Las manos salobres de un mar amarillo acunan, como pequeñas muertes dormidas, guijarros eternos que murmuran un lamento en un lenguaje que desconozco. Qué tristes los ramos de flores marchitas en las cunetas de las carreteras recordando muertos. Apoyada la espalda en una pared derruida, siento la sangre inquieta en mis venas y las pistolas enmudecen. La línea del mar retrocede en su batalla contra el tiempo. Otra batalla perdida. ¿Quién puede explicarme el engranaje de las mareas?
Me detengo antes de llegar a la fábrica. Tengo tiempo y tengo frío y me apetece pensarte. Me gusta sentir los golpes del viento en los viaductos. Aparco el coche en el arcén y busco la cámara en el fondo de la bolsa. El cuaderno y un par de pendientes, una manzana, una pequeña piedra redonda, tesoro de oribe. Los bordes el mar ha ido lamiendo con besos salados durante siglos. Hago fotografías de la fotografía de unos pies descalzos. En blanco y en negro. Unos pies descalzos que duermen. Cuatro pies. ¿Duermen los pies cuando dormimos? Las sábanas están arrugadas. La cama es grande. Tal vez amanece. Nunca quise escribir mi nombre en la piel de tu espalda. Sólo escuchar el ruido que tus pies desnudos hacen al moverse debajo de las sábanas mientras duermes. Ahora busco los arañazos futuros de mis dedos en la piel de tu espalda.
Hueles a madera a la orilla de un río sin nombre. Vente conmigo a los marjales. Hueles a madera. El vagabundo, el perro y yo te buscamos a la orilla de un río que no tiene nombre. Vente.
Leo me gustas como para convertir en mantequilla todos los tigres de las junglas del mundo entero. La noche. La noche detiene el viento que silba en las aristas. Venzo la última página del libro. Ladran los perros y la lluvia hiere los cristales. Cierro los ojos y me masturbo pensando en ti. Busco palabras de siete letras con las que nombrar tu boca: cancela, orgullo, perfume, cerveza.
Huele a eucalipto. La carretera es estrecha y está sembrada de hojas secas que los neumáticos aplastan y los pasos desordenan. Llego a la playa de castello cuando las pistolas disparan al aire el silencio. Las manos salobres de un mar amarillo acunan, como pequeñas muertes dormidas, guijarros eternos que murmuran un lamento en un lenguaje que desconozco. Qué tristes los ramos de flores marchitas en las cunetas de las carreteras recordando muertos. Apoyada la espalda en una pared derruida, siento la sangre inquieta en mis venas y las pistolas enmudecen. La línea del mar retrocede en su batalla contra el tiempo. Otra batalla perdida. ¿Quién puede explicarme el engranaje de las mareas?
Me detengo antes de llegar a la fábrica. Tengo tiempo y tengo frío y me apetece pensarte. Me gusta sentir los golpes del viento en los viaductos. Aparco el coche en el arcén y busco la cámara en el fondo de la bolsa. El cuaderno y un par de pendientes, una manzana, una pequeña piedra redonda, tesoro de oribe. Los bordes el mar ha ido lamiendo con besos salados durante siglos. Hago fotografías de la fotografía de unos pies descalzos. En blanco y en negro. Unos pies descalzos que duermen. Cuatro pies. ¿Duermen los pies cuando dormimos? Las sábanas están arrugadas. La cama es grande. Tal vez amanece. Nunca quise escribir mi nombre en la piel de tu espalda. Sólo escuchar el ruido que tus pies desnudos hacen al moverse debajo de las sábanas mientras duermes. Ahora busco los arañazos futuros de mis dedos en la piel de tu espalda.
domingo, mayo 6
busco palabras de siete letras con las que nombrar tu boca I
¿Quién puede explicarme el engranaje de las mareas? ¿A quién le alcanza el conocimiento sin tener que ponerse en puntas de pie?
Tres días anduve perdido, buscando palabras de siete letras en viejos hoteles de carretera sin estrellas, ni servicio de habitaciones, ni moquetas rojas. Lugares olvidados. Rincones vacíos donde recepcionistas presos de la halitosis, las hemorroides y el tedio se acuestan con prostitutas brasileñas y resuelven crucigramas invisibles. Imposibles. Hoy estoy de vuelta y la casa está fría, la nevera vacía y la cama llena de ausencias y de labios. Descubro en las sábanas gastadas los restos de saliva que deja su boca cuando se lo hago por detrás. Su boca. El mapa de su boca.
Una playa de febrero y un mar de cinabrio. Hojas vencidas de almanaques antiguos acuchillan un aire límpido y triste. Una boca que sabe a tabaco y a menta cuando rastreo con la punta de la lengua lugares más profundos. Los lugares más profundos. El mapa de tu boca. Busco palabras de siete letras con las que nombrar tu boca: batalla, octubre, caracol, granada. Me gusta sentir los golpes del viento en los viaductos camino del trabajo. Un vagabundo y su perro caminan por el arcén de la carretera. Despacio, regresan del lugar hacia el que yo me dirijo.
Tres días anduve perdido, buscando palabras de siete letras en viejos hoteles de carretera sin estrellas, ni servicio de habitaciones, ni moquetas rojas. Lugares olvidados. Rincones vacíos donde recepcionistas presos de la halitosis, las hemorroides y el tedio se acuestan con prostitutas brasileñas y resuelven crucigramas invisibles. Imposibles. Hoy estoy de vuelta y la casa está fría, la nevera vacía y la cama llena de ausencias y de labios. Descubro en las sábanas gastadas los restos de saliva que deja su boca cuando se lo hago por detrás. Su boca. El mapa de su boca.
Una playa de febrero y un mar de cinabrio. Hojas vencidas de almanaques antiguos acuchillan un aire límpido y triste. Una boca que sabe a tabaco y a menta cuando rastreo con la punta de la lengua lugares más profundos. Los lugares más profundos. El mapa de tu boca. Busco palabras de siete letras con las que nombrar tu boca: batalla, octubre, caracol, granada. Me gusta sentir los golpes del viento en los viaductos camino del trabajo. Un vagabundo y su perro caminan por el arcén de la carretera. Despacio, regresan del lugar hacia el que yo me dirijo.
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