Alto del León, a 4 de agosto de 1936
Querida familia:
Espero que a la llegada de la presente os encontréis todos bien. Que el tiempo en que hemos estado separados, que ojalá no se prolongue más allá del requerido por la patria, no diluya los lazos que nos unen. Y que no se olviden de este hijo que les quiere y espera pronto verse reflejado en sus ojos. Quisiera sepan también disculpar mi mala caligrafía. Ahora me arrepiento de haber derramado de forma tan inconsciente los consejos y enseñanzas que, con paciencia, padre se esforzaba en inculcarme para hacerme entrar en el complejo mundo de las letras que él tanto ama. Al recordarle, padre, me vienen a la memoria las tardes en que usted me encerraba con los libros en el corral y yo me escapaba saltando la tapia en cuanto el silbido de Román en la tarde queda anunciaba el comienzo de los juegos infantiles.
Regreso a esta humilde estancia en que me atrevo sobre este sucio pliego, mientras dos de mis compañeros descansan, a escribir palabras de nostalgia y esperanza acompañado de la poca luz que me cede este desvencijado quinqué. Abandono los recuerdos en que ustedes son los protagonistas para iniciar mi relato.
Tras salir de la Academia en Toledo terminamos nuestra instrucción en los montes de Madrid y el inicio de la guerra nos sorprendió de campamento en la sierra de Guadarrama.
Viendo que el enemigo conservaba con suficiencia Madrid, comenzamos la semana pasada la marcha hacia la capital, con el fin de intentar recuperar la ciudad más importante de España. Los altos mandos del Movimiento Nacional opinan que el ejército republicano no tendrá capacidad suficiente para defender el resto de España si el Frente Popular pierde Madrid. El general Varela siempre dice: “ganar Madrid, soldados, es ganar España”, cuando el ánimo de la gente anda decaído.
Anoche coronamos el Alto del León y aguardamos en este pequeño pueblo de Villacastín el próximo movimiento de las tropas republicanas. Corren noticias de que se ha interceptado un parte del bando enemigo. Desde Madrid, se dirigía a las milicias que asedian Toledo, para solicitar refuerzos porque la tropa se encuentra mermada. Muchos han caído, al parecer, enfermos de sífilis por las continuas visitas a los burdeles castizos. Por eso presentimos una noche en calma e, incluso, no se esperan novedades para el día de mañana. Nada ocurrirá hasta que lleguemos al frente de Madrid. Entonces sí, la cosa se va a poner cruda.
Saben padres, que a veces sueño con la entrada triunfal de los nacionales en Madrid y, con ello, el final de esta joven contienda que nadie quiere se prolongue. Entonces, podré recoger mis pertenencias y regresar a casa donde me aguardan asuntos importantes. Echo de menos el calor del hogar y, a menudo, cuando cierro los ojos me nace la risa de Carmen en los oídos y, maldita sea, que me parta un rayo si no se me saltan las lágrimas.
Hoy, cuando cruzábamos una aldea, desde una ventana nos han llamado fascistas. Y no sé lo que significa. Yo no nací para luchar, padre. Ya me lo decía usted; pero hay que defender España de la ruina, hacerles entrar en razón y comenzar a construir un país para todos. Yo, de ella, me conformo con un trocito de tierra al lado de la nuestra y sentir el olor fresco del suelo húmedo por el rocío en la mañana recién nacida mientras camino por la trocha escuchando las historias de padre.
Antes de acabar quisiera decirles algo que he ido demorando y creo es hora de que sepan: el hijo que, si Dios quiere, tendrá Luciana a finales del verano, para la virgen de la Vega, es nieto suyo. Si algo me pasara considérenlo como sangre suya que es y, por favor, si es niño, pónganle mi nombre.
Pidiendo disculpas de nuevo por mi mala caligrafía me despido porque en estas horas que anuncian el alba, antes de que el gallo cante, comienza mi ronda de vigilancia. Y debo presentarme ante el superior para iniciar el hastío de la guardia. La semana entrante volveré a escribirles contando como siguen las cosas.
Atentamente, se despide su hijo que lo es con gratitud y afecto:
José.
p.d: le pido, madre, que cuide a Luciana. Me tranquiliza saber que cuando traiga el niño al mundo, usted estará allí para ayudarles.