miércoles, agosto 29

las linternas de la guardia civil

Cuando tengas dinero regálame un anillo. Siento que esta noche me acostaría con cualquiera si así fuese capaz de anestesiarme un poco. ¿Quieres que duremos para siempre? Si te quedas conmigo te enseño a navegar. Duele. Duele y no soy capaz de arrancármelo. Desnuda a mi espalda miras el mar como yo leo el periódico que acabamos de comprar. Desnuda me abrazas, me besas, buscas el sabor de un cuerpo en una playa mecida por el aliento cálido de un viento que nace en tierras de otro continente. Y yo necesito escribirlo para que jamás se me olvide. Esta noche no sirven las canciones ai guet sou taier of misin yu ni una película a oscuras en un cine en ruinas si te quedas conmigo te enseño a navegar. Agárrate fuerte a mí maría. Esta noche nada sirve porque no estás. Ni que el madrid haya vuelto a jugar bien. No estás. Desnuda me haces a medias un amor torpe de manos torpes que son las mías. Cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca. Nada. Dos cervezas, un mojito y el primer disco de manu chao. ¿Tú crees que hará demasiado calor en la furgoneta? Un cocinero que se parece a keith richards, con la t tómbolo y trafalgar, lengua de tierra que une una antigua isla o un islote con el continente. Diez tipos gritan y empujan un elefante atrapado en la arena con seis tablas de surf atadas al lomo. Más. Más. Más. Cuando estoy solo en casa a menudo abro las puertas de tu armario. Duele. Lo intento aunque ya sé que no voy a ser capaz de arrancármelo. Hasta el lunes por la noche. Vendrás. Abiertas las puertas traseras a tu espalda el mar. Yo te miro ojos borrachos manos de vértigo. Después escaparemos del viento y veremos anochecer. Sabes a sal. Sabes a sal. Sabes a sal. Yo te miro salir desnuda del agua. Cuando no sepas qué hacer vente conmigo. La luna que crece, un faro que te muestra, los pecios de una batalla contra los ingleses, una estrella sin brújula y las linternas de la guardia civil que gritan que tenemos que irnos de aquí. Y no termino de creer que estemos en el sur, que estemos juntos, que estés conmigo, que te sientes a mi lado en vez de hacerlo en cualquier otro lugar de la playa, que conozca tu nombre aunque nunca lo use para llamarte. Necesito escribirlo para que no se me olvide. Necesito escribirlo para poder arrancármelo. Siento que esta noche me acostaría con cualquiera si eso sirviera para anestesiarme un poco. Yo conducía camino de puerto lápice molinos de viento gigantes de energías alternativas y tú dormías en la parte de atrás de la furgoneta. Pero luego no digas que no sabes lo que haces. Vámonos a casa. Meca: lugar que atrae por ser centro donde una actividad determinada tiene su mayor o mejor cultivo.

las moscas no saben volar en círculos.gijón.agosto2007

sábado, agosto 25

antes de empezar a caminar
quiero tenerte
antes de abrir puertas cerradas
quiero tenerte
antes de andar ojos vendados
yo quiero verte
antes de nada
antes después
antes la muerte

me gustan las mujeres de mirada triste.gijón.diciembre2003

viernes, agosto 17

barcelona, la ciudad de la rabia, los incendios y las ideas

vengo de lejos
de un lugar sin aurora
mi celda
los guardianes de la noche
descansan dormidos y borrachos
sobre el vientre liso
de prostitutas enfermas

cierro los ojos y ya no te veo

todo lo que ha ocurrido por fuera es ya ceniza.barcelona.enero2005

sábado, agosto 11

carta de un soldado (y IV)

José se presentó voluntario en el cuartel de Zamora. Entró como corneta, pero pronto ascendió a cabo. Cuando estalló la guerra civil se enroló en la primera partida de infantería que se trasladó a Valladolid, donde se organizaría el avance nacional hacia Madrid para luchar contra los republicanos.
En la batalla del Alto del León los hicieron prisioneros cuando se protegían dentro de una casilla de camineros. Los mataron a todos excepto al capitán, al que dejaron renco. Por medio de éste se permitió a los familiares ir a Villacastín a reconocer los cuerpos. El padre de José supo que era su hijo por el cinturón y por un colmillo característico, de herencia, como de espaldas a la luz. Después los metieron a todos en ataúdes de madera idénticos y cubiertos con la bandera de la España Nacional. Los trasladaron a Zamora (de donde eran originarios) y de allí, algunos fueron hasta Fermoselle.
A la familia le quedó siempre la duda de si el ataúd que enterraron bajo tierra en Zamora sería en el que estaba el cuerpo de José. Por lo menos, cierto era el consuelo de saber que, bajo alguna tierra, su hijo descansaría para siempre.

salamanca.mayo2001

sábado, agosto 4

carta de un soldado (III)

José entró en la garita y descubrió al sargento degollado y sentado en la silla donde le sorprendiera la muerte. Antes de poder reaccionar, una sombra detrás de la puerta le propinó un fuerte golpe de culata en la cabeza que ahogó el grito de alarma y le robó la consciencia. Cuando despertó, se descubrió atado de pies y manos junto a sus cinco compañeros de retén en el cuarto donde antes escribía, robándole horas al sueño, a la familia.
Les trataron con dureza pero con respeto. No hubo ninguna agresión gratuita ni ningún insulto. No fueron torturados. Los milicianos parecían nerviosos y hablaban poco. Pero decían cosas con la mirada. Cuando José cruzó la suya con la del que parecía estar al mando supo que iban a morir. Intentó decir algo para defenderse, pero un terrible dolor de cabeza y la sangre reseca que le acartonaba el rostro y la nuca le hicieron desistir. Quiso hablar con Ramiro, el más joven y al que todos cuidaban como un hijo, al ver el miedo de sus diecisiete años reflejado en los ojos aterrados, pero de las sombras, donde había permanecido hasta ahora escondido, apareció un joven alto y delgado que, mirándole fijamente a la vez que se quitaba la gorra, le dijo: guarda silencio, José.
Era Román. José agachó la cabeza abatido. Sentía el peso del mundo en el cuerpo y tenía tantas preguntas por hacer que enmudeció. Román había abandonado el pueblo hacía un año, cuando Mosén Martín, desde el púlpito, acusó a varios vecinos, entre ellos el padre de Román, de ser enemigos de Cristo. Pero José no imaginaba que la guerra le convertiría en su verdugo.
Haz que la carta llegue a mis padres, por favor, le pidió señalando con la cabeza el pliego inerte encima de la mesa donde José lo abandonara para comenzar la guardia. Román asintió gravemente. Después, los dos se comportaron como desconocidos. Nadie adivinaría que fueron más que hermanos.

Los fusilaron frente a la tapia trasera del cementerio. Fueron seis detonaciones secas que rasgaron el silencio virgen aún en la amanecida del cinco de agosto de mil novecientos treinta y seis. Después, dos de los soldados que habían disparado, vomitaron. Un gallo cantó.
No se cumplía el plazo mínimo de cuarenta y ocho horas desde el apresamiento que las leyes militares imponían; pero eran tiempos de guerra y sublevación, y se ordenó el ajusticiamiento para no demorar la partida de las milicias hacia la capital y engrosar así, cuanto antes, las tropas que defendían Madrid como gato panza arriba. El parte interceptado por los nacionales era un simple ardid republicano para hacer bajar la guardia al enemigo y poder atacar amparados en el alba y la sorpresa. Madrid estaba bien provisto de defensas, más ahora que se acercaban, desde los Pirineos, los voluntarios de las Brigadas Internacionales. Pero nunca estaban de más armas y manos compañeras que ayudaran en la defensa de la ciudad.

En el remolque de un viejo tractor confiscado para la causa, los cuerpos fueron trasladados hasta la iglesia que, adornada por dos nidos de cigüeña en la torre, dominaba el pueblo desde lo alto. Una vez allí, los finados fueron colocados en hilera sobre el frío suelo de enormes lajas alisadas por el tiempo apilado y los pasos repetidos. Junto a los seis militares debelados, se situaron los cadáveres del sargento, del dueño del tractor, que se había negado a prestarlo, y del párroco, asesinado la noche anterior. Cubiertos con mantas, allí aguardarían hasta la llegada de los familiares que quisieran identificarlos y llevarlos a casa para darles descanso bajo la tierra que habían conocido.

La noticia de la muerte de José cayó en la casa de sus padres como rayo sobre árbol vencido. Su padre se refugió en el campo. Su madre perdió el habla y se quedó sentada en la cocina, con la vista perdida más allá de la ventana por la que se colaba la luz viva del verano, y con una carta en las manos que en días no soltaría. Muchas lunas pasaron hasta que se oyeron de nuevo sus palabras.

José Pérez Fonseca, cabo de infantería de Toledo nº 26 enrolado en el ejército nacional al inicio de la Guerra Civil, fue asesinado por las milicias populares en Villacastín, provincia de Segovia, el 5 de agosto de 1936. Contaba 19 años de edad.

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