Fabián se ha levantado con tiempo suficiente para preparar un buen desayuno antes de empezar la estéril búsqueda de un trabajo para un presidiario cojo y sin más experiencia que la de haber pasado media vida en la cárcel. Para él un buen desayuno es un café bien cargado y galletas mojadas, deshechas en el mar negro. Sin azúcar.
Las ventanas del dormitorio no tienen persianas, así es que puede tranquilamente observar, mientras se despereza, el mar rojo de tejados poblados de antenas que son mástiles de los barcos que surcan el mar añorado de Fabián. Y, sobre el mar, el mismo cielo que asomaba entre los barrotes. Sigue hablando con las nubes. Ellas le enseñan lo que tuvo. El recuerdo le obliga a cerrar los ojos.
La luz del día va inundando los rincones de la casa mientras abandona el dormitorio y se dirige hacia el cuarto de baño. Le encantaría ducharse, si hubiera agua caliente.
Fabián ante el espejo se descubre viejo. Nacen canas en la barba descuidada que ha dejado crecer en los últimos días y sus ojos son de anciano. Debería buscarse una mujer que en la maleta trajese juventud. Aunque después de lo de Charo le ha dolido tres noches el corazón. Dolía mucho. Quiere olvidarlo, pero estuvo llorando.
Sobre la mesa del salón reposan los restos de la noche anterior. Dos latas de cerveza abandonadas a la mitad y las pajaritas de papel de periódico que utilizó para espantar el aburrimiento. Se acerca a la pecera y Johan mira sin ver. También tiene ganas de desayunar. Tendrá que ir de caza a la cocina. Dos o tres moscas antes de las diez.
A Fabián le gusta la música. De pequeño, cuando ser pequeño significaba ignorancia y despreocupación, quiso aprender a tocar la guitarra. Sin embargo, todo lo que recibió, cuando fue a pedir el recambio para una cuerda rota, fue la bofetada que voló en el aliento de borracho del segundo de sus padrastros mientras su madre, con los ojos llorosos, dejaba ver su cuerpo semidesnudo, sólo cubierto por una sábana, en el quicio de la puerta.
Esa fue la primera noche que decidió abandonar su casa. Y lo hizo. Pero no pudo aguantar el frío de la madrugada acechando su pequeño cuerpo y tuvo que regresar, cuando el alcohol había vencido a su padrastro y éste dormía tendido en el sofá del destartalado salón. Su madre, con el puño del hombre en la cara, acarició el vedijoso pelo de Fabián antes de desearle buenas noches y decirle tranquilo, hoy no irás al colegio. Pero él quería ir, porque la escuela era el único lugar donde se sentía a gusto y donde, gracias al enorme y viejo atlas de geografía, podía viajar a cualquier lugar del mundo. Y ayer paseaba desafiante por la Gran Muralla China.
A Fabián le gusta la música. Enciende el transistor prehistórico que dormita en la mesa del salón y la voz del locutor anuncia una vieja canción que reconoce al instante.
Estuvo toda la noche ignorando las ganas, pero las notas que se escapan de la radio decoran las paredes y disfrazan la ocasión perfecta. Se acerca al dormitorio y abre la caja de zapatos escondida bajo la cama. De uno de los bolsillos del abrigo rescata el regalo de despedida que le hizo Artemio. Minuciosamente coloca los utensilios encima de la mesa. Se sienta en la silla e inicia el ritual tantas veces repetido.
El pulso temblón le delata nervioso, el mechero tarda en encender y la cuchara ennegrecida por el uso. Las burbujas que aparecen como por arte de magia anteriores a la conquista amarga del vapor en el paladar. Y el arma estéril. Entonces el sabor acre de la goma al hacer el nudo. El tacto en la búsqueda del punto exacto. Y el pequeño dolor que precede a cualquier momento de placer.
La mezcla lenta pero firme de los líquidos.
El sudor frío que baña el cuerpo y perlas de agua sobre la frente. Los músculos relajados y el color perdido en los ojos.
La mejilla contra el suelo.
La canción se ha terminado. Fabián ya no la oye.
Las ventanas del dormitorio no tienen persianas, así es que puede tranquilamente observar, mientras se despereza, el mar rojo de tejados poblados de antenas que son mástiles de los barcos que surcan el mar añorado de Fabián. Y, sobre el mar, el mismo cielo que asomaba entre los barrotes. Sigue hablando con las nubes. Ellas le enseñan lo que tuvo. El recuerdo le obliga a cerrar los ojos.
La luz del día va inundando los rincones de la casa mientras abandona el dormitorio y se dirige hacia el cuarto de baño. Le encantaría ducharse, si hubiera agua caliente.
Fabián ante el espejo se descubre viejo. Nacen canas en la barba descuidada que ha dejado crecer en los últimos días y sus ojos son de anciano. Debería buscarse una mujer que en la maleta trajese juventud. Aunque después de lo de Charo le ha dolido tres noches el corazón. Dolía mucho. Quiere olvidarlo, pero estuvo llorando.
Sobre la mesa del salón reposan los restos de la noche anterior. Dos latas de cerveza abandonadas a la mitad y las pajaritas de papel de periódico que utilizó para espantar el aburrimiento. Se acerca a la pecera y Johan mira sin ver. También tiene ganas de desayunar. Tendrá que ir de caza a la cocina. Dos o tres moscas antes de las diez.
A Fabián le gusta la música. De pequeño, cuando ser pequeño significaba ignorancia y despreocupación, quiso aprender a tocar la guitarra. Sin embargo, todo lo que recibió, cuando fue a pedir el recambio para una cuerda rota, fue la bofetada que voló en el aliento de borracho del segundo de sus padrastros mientras su madre, con los ojos llorosos, dejaba ver su cuerpo semidesnudo, sólo cubierto por una sábana, en el quicio de la puerta.
Esa fue la primera noche que decidió abandonar su casa. Y lo hizo. Pero no pudo aguantar el frío de la madrugada acechando su pequeño cuerpo y tuvo que regresar, cuando el alcohol había vencido a su padrastro y éste dormía tendido en el sofá del destartalado salón. Su madre, con el puño del hombre en la cara, acarició el vedijoso pelo de Fabián antes de desearle buenas noches y decirle tranquilo, hoy no irás al colegio. Pero él quería ir, porque la escuela era el único lugar donde se sentía a gusto y donde, gracias al enorme y viejo atlas de geografía, podía viajar a cualquier lugar del mundo. Y ayer paseaba desafiante por la Gran Muralla China.
A Fabián le gusta la música. Enciende el transistor prehistórico que dormita en la mesa del salón y la voz del locutor anuncia una vieja canción que reconoce al instante.
Estuvo toda la noche ignorando las ganas, pero las notas que se escapan de la radio decoran las paredes y disfrazan la ocasión perfecta. Se acerca al dormitorio y abre la caja de zapatos escondida bajo la cama. De uno de los bolsillos del abrigo rescata el regalo de despedida que le hizo Artemio. Minuciosamente coloca los utensilios encima de la mesa. Se sienta en la silla e inicia el ritual tantas veces repetido.
El pulso temblón le delata nervioso, el mechero tarda en encender y la cuchara ennegrecida por el uso. Las burbujas que aparecen como por arte de magia anteriores a la conquista amarga del vapor en el paladar. Y el arma estéril. Entonces el sabor acre de la goma al hacer el nudo. El tacto en la búsqueda del punto exacto. Y el pequeño dolor que precede a cualquier momento de placer.
La mezcla lenta pero firme de los líquidos.
El sudor frío que baña el cuerpo y perlas de agua sobre la frente. Los músculos relajados y el color perdido en los ojos.
La mejilla contra el suelo.
La canción se ha terminado. Fabián ya no la oye.
...la sangre aún me hierve
cuando pienso en mi mala suerte
y cuando me levanto en el jergón
os maldigo
sigo hablando con las nubes
ellas me enseñan lo que tuve
y ésto que no me sube desde el jergón
os maldigo
porque dios se pasó conmigo
cuando pienso en mi mala suerte
y cuando me levanto en el jergón
os maldigo
sigo hablando con las nubes
ellas me enseñan lo que tuve
y ésto que no me sube desde el jergón
os maldigo
porque dios se pasó conmigo
salamanca.junio1999