lunes, noviembre 26

Fabián (IV y V)

Fabián se ha levantado con tiempo suficiente para preparar un buen desayuno antes de empezar la estéril búsqueda de un trabajo para un presidiario cojo y sin más experiencia que la de haber pasado media vida en la cárcel. Para él un buen desayuno es un café bien cargado y galletas mojadas, deshechas en el mar negro. Sin azúcar.
Las ventanas del dormitorio no tienen persianas, así es que puede tranquilamente observar, mientras se despereza, el mar rojo de tejados poblados de antenas que son mástiles de los barcos que surcan el mar añorado de Fabián. Y, sobre el mar, el mismo cielo que asomaba entre los barrotes. Sigue hablando con las nubes. Ellas le enseñan lo que tuvo. El recuerdo le obliga a cerrar los ojos.
La luz del día va inundando los rincones de la casa mientras abandona el dormitorio y se dirige hacia el cuarto de baño. Le encantaría ducharse, si hubiera agua caliente.
Fabián ante el espejo se descubre viejo. Nacen canas en la barba descuidada que ha dejado crecer en los últimos días y sus ojos son de anciano. Debería buscarse una mujer que en la maleta trajese juventud. Aunque después de lo de Charo le ha dolido tres noches el corazón. Dolía mucho. Quiere olvidarlo, pero estuvo llorando.
Sobre la mesa del salón reposan los restos de la noche anterior. Dos latas de cerveza abandonadas a la mitad y las pajaritas de papel de periódico que utilizó para espantar el aburrimiento. Se acerca a la pecera y Johan mira sin ver. También tiene ganas de desayunar. Tendrá que ir de caza a la cocina. Dos o tres moscas antes de las diez.

A Fabián le gusta la música. De pequeño, cuando ser pequeño significaba ignorancia y despreocupación, quiso aprender a tocar la guitarra. Sin embargo, todo lo que recibió, cuando fue a pedir el recambio para una cuerda rota, fue la bofetada que voló en el aliento de borracho del segundo de sus padrastros mientras su madre, con los ojos llorosos, dejaba ver su cuerpo semidesnudo, sólo cubierto por una sábana, en el quicio de la puerta.
Esa fue la primera noche que decidió abandonar su casa. Y lo hizo. Pero no pudo aguantar el frío de la madrugada acechando su pequeño cuerpo y tuvo que regresar, cuando el alcohol había vencido a su padrastro y éste dormía tendido en el sofá del destartalado salón. Su madre, con el puño del hombre en la cara, acarició el vedijoso pelo de Fabián antes de desearle buenas noches y decirle tranquilo, hoy no irás al colegio. Pero él quería ir, porque la escuela era el único lugar donde se sentía a gusto y donde, gracias al enorme y viejo atlas de geografía, podía viajar a cualquier lugar del mundo. Y ayer paseaba desafiante por la Gran Muralla China.
A Fabián le gusta la música. Enciende el transistor prehistórico que dormita en la mesa del salón y la voz del locutor anuncia una vieja canción que reconoce al instante.
Estuvo toda la noche ignorando las ganas, pero las notas que se escapan de la radio decoran las paredes y disfrazan la ocasión perfecta. Se acerca al dormitorio y abre la caja de zapatos escondida bajo la cama. De uno de los bolsillos del abrigo rescata el regalo de despedida que le hizo Artemio. Minuciosamente coloca los utensilios encima de la mesa. Se sienta en la silla e inicia el ritual tantas veces repetido.
El pulso temblón le delata nervioso, el mechero tarda en encender y la cuchara ennegrecida por el uso. Las burbujas que aparecen como por arte de magia anteriores a la conquista amarga del vapor en el paladar. Y el arma estéril. Entonces el sabor acre de la goma al hacer el nudo. El tacto en la búsqueda del punto exacto. Y el pequeño dolor que precede a cualquier momento de placer.
La mezcla lenta pero firme de los líquidos.
El sudor frío que baña el cuerpo y perlas de agua sobre la frente. Los músculos relajados y el color perdido en los ojos.
La mejilla contra el suelo.
La canción se ha terminado. Fabián ya no la oye.

...la sangre aún me hierve
cuando pienso en mi mala suerte
y cuando me levanto en el jergón
os maldigo

sigo hablando con las nubes
ellas me enseñan lo que tuve
y ésto que no me sube desde el jergón
os maldigo

porque dios se pasó conmigo

salamanca.junio1999

sábado, noviembre 24

Fabián (II y III)

A Fabián le gusta el mar, pero nunca ha pisado la arena de la playa. Una vez, en el trullo, estuvo a punto de cumplir su sueño, cuando organizaron la excursión de fin de semana a Castro Urdiales; pero a alguien tenían que echarle la culpa de la revuelta en el comedor, el día que hicieron volar las bandejas en protesta por la comida, y malgastó el fin de semana encerrado en la celda, sentado en el suelo con la cara sobre las manos crispadas y clavadas las uñas en la palma, hasta hacer brotar sangre de las heridas cuyas cicatrices aún acaricia dolido cada vez que el tacto las descubre.
A Fabián le gusta el mar. Por eso ha decidido comprarse un pez, que le haga compañía en la soledad de su viejo piso y que le acerque un poco al océano que tanto anhela. La pecera ocupará en el mueble del salón el hueco del televisor que no se puede permitir.


Fabián calado hasta los huesos en medio de la calle. Fabián contra el escaparate. Su reflejo dibujado en el cristal. Fabián contra Fabián. No es la imagen que recuerda de veinte años atrás pero se le parece. Muchas veces lo ha hecho. Sólo tendría que agarrar la silla de la terraza en el bar de al lado, lanzarla contra el cristal, recoger cuanto pudiera y salir corriendo. La pierna inerte aguantaría hasta el escondite en el callejón. Se siente impotente y, por un instante, cree que volverá a caer. Un viento extraño le ciega. Su piel es agua y las rodillas, temblando, se acercan al húmedo suelo. Esconde la mano en el bolsillo del pantalón sin apartar la vista de la silla y sus dedos acarician la moneda de quinientas pesetas.

Corre bajo la lluvia protegiendo con su abrigo la pecera donde, nervioso, nada el pez que acaba de comprar. Uno de esos peces domésticos: pequeño, cubierto de escamas anaranjadas y con multitud de aletas casi transparentes que no ofrecen una imagen de verdaderos timones para surcar las aguas cloradas en la pecera de cristal, sino que parecen volantes diminutos de un traje flamenco.
Fabián sube precipitadamente las escaleras de su piso, invadido por una perdida y lejana felicidad que le ha devuelto, no sabe si la vieja libertad nuevamente recuperada o el pez. Cuando llega al primero, las vecinas con rulos en la cabeza interrumpen su animada conversación de cuchillos al verle. Sin dejar de correr, Fabián saluda y, al llegar a la puerta de casa, junto al ritmo acelerado de su corazón, escucha: nada bueno puede ocurrir si ya está de nuevo aquí este mangante.
Abre con dificultad la oxidada cerradura y sin tan siquiera quitarse el abrigo entra en el salón para colocar la pecera en el sitio elegido.
Perfecto, queda perfecto. Ahora sólo falta el nombre.
El griterío de unos niños jugando al fútbol en el patio interior trae a la memoria de Fabián los tiempos en que él jugaba con los amigos de la barriada y soñaba con llegar a ser como ese espigado futbolista al que tanto admiró. Las fechas se volvían borrosas después de tantos años pero sería el verano del setenta y cuatro cuando se sentaba en el banco enfrente de la tienda de electrodomésticos a verle jugar, sólo a él, esperando que burlase a los defensas con ese regate magnífico y eléctrico. Escondía la pelota tras la pierna izquierda y con la derecha cambiaba bruscamente de dirección, dejaba al defensor perdido en su equilibrio y corría a toda velocidad hacia el pase certero de gol. No le importó que perdiera esa final porque era el mejor de los veintidós, blancos o naranjas.
Ya está. Bienvenido a casa Johan.

miércoles, noviembre 21

Fabián (I)

"la sangre aún me hierve
cuando pienso en mi mala suerte
y cuando me levanto en el jergón
os maldigo

a este lado de la puerta
llegaban tus cartas ya abiertas
yo las necesito tanto en el jergón
y no llegan

y sin ellas dime que me queda"



A sus espaldas la puerta del patio se cierra con violencia y el sonido metálico se diluye en la vida cotidiana de la calle: el taxi libre que surca el asfalto, la velocidad de los hombres sobre las aceras y el quiosco que todos los días veía desde la ventana de la celda.
Una vez más, la séptima, Fabián deja atrás los muros de la cárcel. Aún le duelen los brazos de cargar las sábanas en la lavandería. Aún le duele el culo del día en que le engañaron para que llevara un paquete de cigarrillos al enfermo de la trescientos uno. Y cinco le aguardaban. Y ninguno estaba enfermo. Aún le duele la cabeza de contar los días dentro. Más que fuera.
Dirige sus pasos por la acera que abraza la prisión y se encamina, renqueante y sombrío, a la mísera casa que, milagrosamente, aún conserva en el segundo piso de un inmueble en el barrio más pobre de esta ciudad que le ha visto nacer y que le atrapa como una madre celosa a la que no puede abandonar.
Renqueante, por la pierna ortopédica que sustituye al pie amputado por culpa de esa enfermedad que nunca ha sido capaz de pronunciar, y de la que sólo sabe que termina en itis y que nació por meterse el caballo en las venas del tobillo.
Sombrío, porque no está seguro de querer salir.

Fabián no tiene maleta pero, en verdad no la necesita; porque su único equipaje es el cuaderno de tapas verdes desgastadas donde escribe los poemas que, sin saber por qué, siempre hablan de horizontes y de mar, de niebla y de llanto, de olvido y... de nada más. Le hubiese gustado escribir poesías de amor y, para ello, cerraba los ojos, se concentraba y dibujaba la imagen de Charo en su frente; pero nada conseguía. Por eso, en la última visita, le dijo no quiero volver a verte. Estaba harto de no saber amar. Más harto incluso que del salido del guardián que les observaba por el circuito cerrado de televisión mientras echaban el triste polvo mensual.

Antes de regresar a casa, tiene algo que hacer. Comienza a llover.

viernes, noviembre 16

conseguí un trabajo
de vigilante de costas

cuento las olas
que llegan a la playa
guío los barcos
con el fuego del sol
en la palma de la mano
y sello mis labios
con el dedo índice
para pedir silencio
a las gaviotas

callad necias
no chilléis
la muerte se acerca

desde hace tiempo
me gusta una sirena
y esta noche
la quiero invitar a cenar

buscaré un restaurante
en el que no pongan pescado

la madrugada llora lágrimas de cocodrilo.gijón.diciembre2004


domingo, noviembre 11

0


Desheredados los últimos reyes de la tierra con manchas de grasa en las solapas, el pelo sucio y alborotado y los ojos hinchados persiguen octubre en estaciones de tren, se acuestan con putas baratas aunque podrían hacerlo con las más caras y gastan balas de plata disparando al cielo de los vampiros en los pantanos, comparten palabras en vena con los heroinómanos del bulevar y duermen los días tirados en los suelos limpios de los aeropuertos o en las camas de hoteles de cinco estrellas en los que les dejan entrar sólo porque caminan descalzos y donde las chicas de la limpieza les preguntan sorprendidas cómo fueron capaces de cruzar el río y encontrar la ciudad agazapada en la noche. Desheredados. Los últimos reyes de la tierra. Avanzan. Decididos.

gijón.hoy

miércoles, noviembre 7

7

¿Puedes conseguirme un poco de gasolina?, preguntó pensativo mientras engullía con hambre de tres días una hamburguesa.

Terminó. Saciado se limpió los labios con la servilleta. La estrujó en su mano izquierda y, al tiempo que lanzaba la bola de papel al plato vacío, encaró la mirada de su mánager quien, frente a él, conservaba aún una mueca de sorpresa en el rostro.

Voy a quemarla.

Aquella noche del pacífico, después de un concierto mediocre, jimi hendrix prendió fuego a su guitarra.

san francisco.noviembre2007

jueves, noviembre 1

14

"... te escribo para decirte que el misisipí no es tan ancho como lo imaginaba, que de los barcos cada noche lanzan al agua tahúres vencidos y apaleados, que los caimanes custodian su festín de huesos en los meandros y duermen al sol en las orillas hasta el atardecer, que huelen la sangre cuando escuchan los disparos... "

nueva orleans.octubre2007

días