Tal vez haya visto todas las películas que terminan con un avión que despega.
Yo tengo el sabor del mar en los labios y restos de tu piel debajo de las uñas. Yo necesito firmar un pacto con la tristeza, sentirme cómodo en el silencio, llegar al lugar donde descansa el equilibrio. Yo necesito encontrar una partida de póquer en el sótano de esta madrugada. ¡Qué tristes las manchas oscuras que los cuadros cuando los descolgaste dejaron en las paredes blancas! Aquellos días llenabas la casa de campanas.
Dudo que los amaneceres sean ciertos. La aurora y abrazado a tu cintura sentir tan intensas las ganas, sentir que quisiera matarme todos los días, en algún momento, apenas dos o tres segundos que, como ráfagas de metralla, me alcanzan por la espalda. Camino en el equilibrio del mar el día en que olvidé pagar los impuestos y recuerdo tus lágrimas en mis hombros y las canciones que se cantan en inglés y la guitarra recién afinada cuando llegaron las semanas en las que en los bolsillos el polvo y las espinas se convirtieron en avellanas. Tú vuelves a perderte y me arrastras. Yo me siento bien. Yo quiero estar contigo. Nada te escondo. Dudo que los amaneceres sean ciertos y dudo que escribir sirva para algo. Abrazado a tu cintura las ganas intensas siguen intactas. Nada. Nada. Nada. Claro que me quisiera matar. Dos o tres segundos como ráfagas de metralla que me destrozan las vértebras. Por eso siempre vuelvo a ti cada día, todos los días. Porque me siento bien. Me siento bien, aunque sigo sin entender muchas cosas y perdí la cuenta de las veces que dije nada cuando quería decir te quiero. Llegaste a casa y estabas borracha.
Sentado en la acera aguardo el momento en que seré capaz de oír el ritmo de las estaciones. Observar inerme como julio alcanza el azul prístino del mar en el celaje del atardecer un martes cuando el sol desenvaina las espadas milenarias de la noche.
La belleza de los ombligos verticales. Respiro profundo y se me llenan los pulmones de ti. Invento una palabra. Yo. Y la escribo en tu vientre. Landia. Mis manos se cierran y la tarde termina. Mis manos se vuelven peces. Mis manos nada saben de aniversarios o de aviones que revientan la tranquilidad de la primera mañana del verano en que tú dijiste me apetece cenar pescado. Hormiguita paciente. Barrios judíos. No encuentro las autopistas. ¿Quién tiene valor suficiente para ponerle un nombre a la tormenta? Pasean mis dedos por el filo de tu ombligo, trapecistas y titiriteros, índice y corazón pinito del oro sin red caminito de san fernando un poco más abajo, sigue un poco más abajo. Hormiguita paciente. Invento. Mi tierra.
Las cosas que nos dijimos el viernes por la noche, el ruido de una caricia, un bocadillo de queso mientras te quitabas la camiseta en la cocina. Podría ser tan fácil, sería espectacular si fueran reversibles aquellas noches de incendio.
Salí de la reunión a tiempo para pasar media hora en casa. Pero cuando llegué sólo la ropa tendida en la cocina me estaba esperando. Tú conducías un coche rojo. No tengo prisa por regresar a la ciudad en que no estás. Paso al lado del aeropuerto donde despega un avión que no voy a coger.
Si pudiera formar parte de esa raza de hombres valientes que gritan versículos que perduran en el tiempo. Yo sólo tengo las palabras para pelear contra el tiempo.
tres cisnes negros
tu cuerpo para que yo
vuelva a la poesía
cruza la plaza de noche
pisando la hojas amarillas
de los plátanos como islas
en un mar de piedra negra y brillante
tu cuerpo desnudo cubierto
por el abrigo de pana tan viejo
colgado en la espalda de la puerta
de tantos colores cuando aparece
el sol en el puerto e ilumina la casa
las hojas otra vez las hojas otra vez
interludio.gijón.diciembre2007