...siempre tienen nombre de mujer.
Una trompeta, un clarinete, dos guitarras, un contrabajo y una mujer menuda de voz grande que bebe café cuando no canta y lleva puestos leotardos negros arrugados encima de las rodillas. Un portal, una acera con grietas y restos de humedad, una funda de guitarra abierta, tapizada de terciopelo rojo y repleta de billetes de un dólar y monedas de cobre, seis epitafios, Decatour Street cerca del río, frío, tú y yo apoyados en la puerta de un coche, una pareja que baila swing y a ratitos se desmorona como terrones de arena, como castillos de niebla. A ratitos se desmorona y la trompeta enmudece. La mujer menuda que lleva puestos leotardos empieza de nuevo a cantar. El público sonríe.
A veces las calles tiemblan y nos quedamos a oscuras. A veces andamos torpes y sin importarnos que pase el tiempo, que sople el viento, que el día camine a velocidad diferente. A veces hay canciones que te dejan heridas en la piel.
Tenemos un coche alquilado esperándonos en el aparcamiento del aeropuerto. Dos noches. Fuego y luces que van apagándose como se apaga la madrugada, dos días perdidos en Baton Rouge, tumbados en la cama, rendidos, velando armas antes de adentrarnos en el desierto. ¿Quién escuchará el clangor que anuncie el final de la batalla? La casa vuela por los aires. Un negro afroamericano ha sido detenido en las calles de Marigny acusado de haber robado un coche. Si me lo propusiera, lo sé, haría tratos con el diablo. Y no me quedaría sentado de brazos cruzados esperando un autobús que viaja al oeste dejando tras de sí polvo y lágrimas, mientras te fumas la ciudad y te muerdes los labios. Las velas en la plaza de armas ya no arden. I wait for you in Baton Rouge and I miss you down in New Orleans. La radio prendida en un idioma que desconozco. El ruido de la ducha que traduce tu cuerpo desnudo. El canto del cisne en un hotel de cinco estrellas. Con los ojos arrasados y tristes como perros entregamos las llaves, una canción de oasis, y pedimos un taxi.
¿Quién de todos nosotros será el primero en revelar el secreto?
Te escribo para decirte que el Misisipí no es tan ancho como lo imaginaba, que de los barcos cada noche lanzan al agua tahúres vencidos y apaleados, que los caimanes custodian su festín de huesos en los meandros y duermen al sol en las orillas hasta el atardecer, que huelen la sangre cuando escuchan los disparos.
A la una de la tarde en algún lugar perdido de Louisiana sopla el viento en los juncales y hay canciones de country y besos mejores que una habitación en un hotel de cinco estrellas. Yo he conducido despacio un Mustang blanco por las calles desiertas de Memphis a las tres de la tarde. Yo sólo quiero comerte los ojos. Hay canciones que se te quedan pegadas a la piel.
Las plataformas petrolíferas arden en llamas azules que se confunden con el cielo de la tarde y se hunden en un horizonte borroso y extraño tras explosiones de azogue. Helicópteros negros despegan de las refinerías en bandadas que hacen reír a los alcaravanes. Sentada en el capó del coche desafías a la playa y un cangrejo despistado te observa y lentamente hacia atrás va cubriéndose con el agua del mar. Se oyen sirenas, motores, gritos lejanos, helicópteros que regresan a tierra, tú sin bragas te secas el pelo frente al espejo, ríen de nuevo los alcaravanes, las garzas, postes de tendido eléctrico en fila señalan el camino a Texas, las casas en el aire, palafitos, nubes rojas, yo tengo puesta una camisa de fuerza, un sueño, Louisiana, los ojos grises muertos de los tejones en el arcén atropellados en el intento. Cierra la puerta con llave y ven a acostarte conmigo. Anunciados están los caminos para escapar de la tormenta.
Entre el sol y la cama de la noche...
Una trompeta, un clarinete, dos guitarras, un contrabajo y una mujer menuda de voz grande que bebe café cuando no canta y lleva puestos leotardos negros arrugados encima de las rodillas. Un portal, una acera con grietas y restos de humedad, una funda de guitarra abierta, tapizada de terciopelo rojo y repleta de billetes de un dólar y monedas de cobre, seis epitafios, Decatour Street cerca del río, frío, tú y yo apoyados en la puerta de un coche, una pareja que baila swing y a ratitos se desmorona como terrones de arena, como castillos de niebla. A ratitos se desmorona y la trompeta enmudece. La mujer menuda que lleva puestos leotardos empieza de nuevo a cantar. El público sonríe.
A veces las calles tiemblan y nos quedamos a oscuras. A veces andamos torpes y sin importarnos que pase el tiempo, que sople el viento, que el día camine a velocidad diferente. A veces hay canciones que te dejan heridas en la piel.
Tenemos un coche alquilado esperándonos en el aparcamiento del aeropuerto. Dos noches. Fuego y luces que van apagándose como se apaga la madrugada, dos días perdidos en Baton Rouge, tumbados en la cama, rendidos, velando armas antes de adentrarnos en el desierto. ¿Quién escuchará el clangor que anuncie el final de la batalla? La casa vuela por los aires. Un negro afroamericano ha sido detenido en las calles de Marigny acusado de haber robado un coche. Si me lo propusiera, lo sé, haría tratos con el diablo. Y no me quedaría sentado de brazos cruzados esperando un autobús que viaja al oeste dejando tras de sí polvo y lágrimas, mientras te fumas la ciudad y te muerdes los labios. Las velas en la plaza de armas ya no arden. I wait for you in Baton Rouge and I miss you down in New Orleans. La radio prendida en un idioma que desconozco. El ruido de la ducha que traduce tu cuerpo desnudo. El canto del cisne en un hotel de cinco estrellas. Con los ojos arrasados y tristes como perros entregamos las llaves, una canción de oasis, y pedimos un taxi.
¿Quién de todos nosotros será el primero en revelar el secreto?
Te escribo para decirte que el Misisipí no es tan ancho como lo imaginaba, que de los barcos cada noche lanzan al agua tahúres vencidos y apaleados, que los caimanes custodian su festín de huesos en los meandros y duermen al sol en las orillas hasta el atardecer, que huelen la sangre cuando escuchan los disparos.
A la una de la tarde en algún lugar perdido de Louisiana sopla el viento en los juncales y hay canciones de country y besos mejores que una habitación en un hotel de cinco estrellas. Yo he conducido despacio un Mustang blanco por las calles desiertas de Memphis a las tres de la tarde. Yo sólo quiero comerte los ojos. Hay canciones que se te quedan pegadas a la piel.
Las plataformas petrolíferas arden en llamas azules que se confunden con el cielo de la tarde y se hunden en un horizonte borroso y extraño tras explosiones de azogue. Helicópteros negros despegan de las refinerías en bandadas que hacen reír a los alcaravanes. Sentada en el capó del coche desafías a la playa y un cangrejo despistado te observa y lentamente hacia atrás va cubriéndose con el agua del mar. Se oyen sirenas, motores, gritos lejanos, helicópteros que regresan a tierra, tú sin bragas te secas el pelo frente al espejo, ríen de nuevo los alcaravanes, las garzas, postes de tendido eléctrico en fila señalan el camino a Texas, las casas en el aire, palafitos, nubes rojas, yo tengo puesta una camisa de fuerza, un sueño, Louisiana, los ojos grises muertos de los tejones en el arcén atropellados en el intento. Cierra la puerta con llave y ven a acostarte conmigo. Anunciados están los caminos para escapar de la tormenta.
Entre el sol y la cama de la noche...