miércoles, enero 30

yo jamás te hubiera esperado #6

...siempre tienen nombre de mujer.

Una trompeta, un clarinete, dos guitarras, un contrabajo y una mujer menuda de voz grande que bebe café cuando no canta y lleva puestos leotardos negros arrugados encima de las rodillas. Un portal, una acera con grietas y restos de humedad, una funda de guitarra abierta, tapizada de terciopelo rojo y repleta de billetes de un dólar y monedas de cobre, seis epitafios, Decatour Street cerca del río, frío, tú y yo apoyados en la puerta de un coche, una pareja que baila swing y a ratitos se desmorona como terrones de arena, como castillos de niebla. A ratitos se desmorona y la trompeta enmudece. La mujer menuda que lleva puestos leotardos empieza de nuevo a cantar. El público sonríe.

A veces las calles tiemblan y nos quedamos a oscuras. A veces andamos torpes y sin importarnos que pase el tiempo, que sople el viento, que el día camine a velocidad diferente. A veces hay canciones que te dejan heridas en la piel.

Tenemos un coche alquilado esperándonos en el aparcamiento del aeropuerto. Dos noches. Fuego y luces que van apagándose como se apaga la madrugada, dos días perdidos en Baton Rouge, tumbados en la cama, rendidos, velando armas antes de adentrarnos en el desierto. ¿Quién escuchará el clangor que anuncie el final de la batalla? La casa vuela por los aires. Un negro afroamericano ha sido detenido en las calles de Marigny acusado de haber robado un coche. Si me lo propusiera, lo sé, haría tratos con el diablo. Y no me quedaría sentado de brazos cruzados esperando un autobús que viaja al oeste dejando tras de sí polvo y lágrimas, mientras te fumas la ciudad y te muerdes los labios. Las velas en la plaza de armas ya no arden. I wait for you in Baton Rouge and I miss you down in New Orleans. La radio prendida en un idioma que desconozco. El ruido de la ducha que traduce tu cuerpo desnudo. El canto del cisne en un hotel de cinco estrellas. Con los ojos arrasados y tristes como perros entregamos las llaves, una canción de oasis, y pedimos un taxi.

¿Quién de todos nosotros será el primero en revelar el secreto?

Te escribo para decirte que el Misisipí no es tan ancho como lo imaginaba, que de los barcos cada noche lanzan al agua tahúres vencidos y apaleados, que los caimanes custodian su festín de huesos en los meandros y duermen al sol en las orillas hasta el atardecer, que huelen la sangre cuando escuchan los disparos.

A la una de la tarde en algún lugar perdido de Louisiana sopla el viento en los juncales y hay canciones de country y besos mejores que una habitación en un hotel de cinco estrellas. Yo he conducido despacio un Mustang blanco por las calles desiertas de Memphis a las tres de la tarde. Yo sólo quiero comerte los ojos. Hay canciones que se te quedan pegadas a la piel.

Las plataformas petrolíferas arden en llamas azules que se confunden con el cielo de la tarde y se hunden en un horizonte borroso y extraño tras explosiones de azogue. Helicópteros negros despegan de las refinerías en bandadas que hacen reír a los alcaravanes. Sentada en el capó del coche desafías a la playa y un cangrejo despistado te observa y lentamente hacia atrás va cubriéndose con el agua del mar. Se oyen sirenas, motores, gritos lejanos, helicópteros que regresan a tierra, tú sin bragas te secas el pelo frente al espejo, ríen de nuevo los alcaravanes, las garzas, postes de tendido eléctrico en fila señalan el camino a Texas, las casas en el aire, palafitos, nubes rojas, yo tengo puesta una camisa de fuerza, un sueño, Louisiana, los ojos grises muertos de los tejones en el arcén atropellados en el intento. Cierra la puerta con llave y ven a acostarte conmigo. Anunciados están los caminos para escapar de la tormenta.

Entre el sol y la cama de la noche...

domingo, enero 27

yo jamás te hubiera esperado en la entrada #7

... los caminos para escapar de la tormenta.

Entre el sol y la cama de la noche deshecha el perfil de tu cuerpo en el quicio de la puerta. En las manos traes dos cafés, dos huevos duros y tres manzanas. Las hojas de un sauce llorón atrapadas en el agua verde de la piscina en el patio interior del motel donde estamos escondidos. Acezas. Duerme, amor, que hoy llegaremos a las puertas de San Antonio. Conmover: mover fuertemente o con eficacia. El ruido del cigarrillo consumiéndose en la noche del desierto, el motor del coche caliente y desorientado, el juego de buscar adjetivos y unirlos a sus gestos. Desheredados, los últimos reyes de la tierra con manchas de mostaza dulce en los zapatos bailan una canción lenta al lado de un Ford enorme con las puertas abiertas.

Trece días. A los trece días de asedio sobrevivieron cientos de soldados y dos héroes. El tipo de la gasolinera me contó que en verdad los héroes no habían muerto defendiendo sus posiciones. Se disfrazaron de mujer y junto a ellas se escondieron en el sótano para librarse del fusilamiento. Pero fueron descubiertos, ajusticiados a la mañana siguiente y, de sus cuerpos al sol presa de los zopilotes, quedó una leyenda que se cuenta y se repite como cuentas de rosario.

Nunca te llevan el desayuno a la cama en los moteles de carretera. Aunque esté incluido en el precio y llegues antes que el amanecer a la cafetería, cuando la camarera despeinada y despistada está encendiendo la plancha, ordenando los tarros de azúcar, vertiendo el agua en la cafetera, arrascándose la nuca en un gesto automático de apoyo a toda esa rutina. Y da media vuelta entre asustada, liviana y disneica. Tiene la sonrisa escondida detrás de unos ojos tristes y restos de carmín en las comisuras. Deambula como alma en pena llena de miedo y sin descanso y te dice no, lo siento pero no puedes llevarte los cafés y las tostadas a la habitación. Y se queda mirándote en silencio, calibrando, pensando que, si se diese la oportunidad, tal vez, estaría dispuesta a acostarse contigo.

Paseamos calles vacías, carreteras cortadas que ya son leyenda, autopistas a punto de desaparecer bajo la tierra del desierto y que no llevan a ninguna parte. Te despiertas con la aurora y tomas café sentada frente a la ventana. Los camiones, gigantes amables, no dejaron de pasar en toda la noche. Ahora que el sol calienta, sentados en la calle bebemos café, hablamos de otras cosas. En el desierto echa siempre un vistazo en tus zapatos antes de calzarte. El hospital más cercano está a setenta millas y la sangre desde los pies hasta el corazón circula muy deprisa. Los coyotes abandonan la quebrada para continuar con sus andanzas. A esta hora ya debería haber llegado. Es tarde. A John Wayne han debido herirle los apaches en el desierto.

El coche tiene las llaves puestas y el asiento del copiloto echado hacia atrás. Por la carretera se acerca una patrulla de la policía mexicana. La línea imaginaria de la frontera nos parte en dos. Nos partimos. ¿Y si quedase el perfil de tus manos dibujado en la tapicería del techo?

Ella duerme un sueño...

miércoles, enero 23

yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos #8

... de tus manos dibujado en la tapicería del techo?

Ella duerme un sueño o una pesadilla. En la habitación de al lado, un tipo con gorra, bigote despeinado, camisa de cuadros verdes y vaqueros negros ajustados lleva ya más de diez cervezas y grita algo que no entiendo mientras ve jugar a los Mavericks en la televisión por cable. El desayuno se sirve a partir de las seis me dice la recepcionista, sorprendida aún del lugar de donde vengo. En una gasolinera a veinte millas de aquí nos dijeron que tuviéramos cuidado con los ciervos que cruzan de noche la carretera.

Hay heridas que te dejan canciones en la piel. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que volvamos a ser niebla?

Si hubiera tenido agallas para robar aquel coche a estas alturas estaríamos tan lejos, seríamos ya hijos de otro mar, de otro viento, de otra noche con estrellas de luz eléctrica, cervezas, tequila y limón, rubias baratas, guapos con el pelo grasiento y cómplices de todo ello ya no harían falta más tratos. Estaríamos siempre juntos. Si hubiera tenido agallas o hubiera sabido cómo hacerlo.

Una harmónica suena en la sombra cuando cruzamos a toda velocidad el cauce seco de un río. La radio da vueltas al dial pero no encuentra ninguna emisora. Estamos en las montañas ganadas arteras a los indios. Es tarde. A esta hora ya debería haber llegado. Han debido herir a Clint Eastwood los navajos en las montañas. Entró en el bar un camionero asustado. Acababa de atropellar un ciervo.

¿Qué diría ahora tu padre si viera bajo los neones del bulevar tu cuerpo desnudo en las fotografías que anuncian el comienzo de la temporada de espectáculos en el Bellagio?

Me jugué el último dólar que me quedaba, el que llevaba escrito tu epitafio, en una máquina tragaperras del primer casino al que me dejaron entrar en Las Vegas. Y lo perdí. Ella dijo tengo miedo de que esta ciudad sea mentira mientras me miraba y buscaba con las manos dentro de mi cuerpo.

Yo jamás te hubiera pegado cinco tiros. Yo jamás hubiera hecho de un libro mi declaración.

¿Puedes conseguirme un poco de gasolina?, preguntó pensativo mientras engullía con hambre de tres días una hamburguesa. Terminó. Saciado se limpió los labios con la servilleta. La estrujó en su mano izquierda y, al tiempo que lanzaba la bola de papel al plato vacío, encaró la mirada de su mánager quien, frente a él, conservaba aún una mueca de sorpresa en el rostro. Voy a quemarla. Aquella noche del pacífico en Monterey, después de un concierto mediocre, Jimi Hendrix prendió fuego a su guitarra.

El sol de California se cuela por la mirilla de la puerta. Ella se levanta temprano como cada mañana, sale a la calle y, sentada en la escalera, se desayuna dos naranjas y un cigarrillo. A su alrededor comienza a dar vueltas la mañana. Ella regresa con el sabor de la fruta en los labios. Y volvemos a ser torpes.

Busco una palabra para cada pieza...

domingo, enero 20

yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos dakota #9

... Y volvemos a ser torpes.

Busco una palabra para cada pieza del mundo y tengo ganas de dejar atrás estas paredes manchadas de humedad, la persiana desencajada, las latas vacías de cerveza, los ceniceros llenos de piedras. Tengo ganas de dejar atrás las bisagras que chillan, la moqueta azul desflecada, los milagros, los polvos mágicos, el sonido de un saxofón que llega al patio interior desde la esquina de la calle, las palomas que tiritan, a veces de miedo, a veces de frío, y mueren hambrientas y enloquecidas en los callejones. Tengo ganas de dejar atrás tantas palabras. Y salir a pasear contigo.

Yo jamás te hubiera esperado en la entrada de los apartamentos Dakota. Yo jamás hubiera encendido velas en Central Park para recordarte. Ahora todos quieren saber donde está la pistola con una bala de plata en el tambor. Me miran en silencio. Serios y diminutos se creen muy listos. Dicen que asustado salí corriendo y la tiré al Hudson. Pero no es verdad. Yo estaba allí leyendo cuando todos, serios y diminutos también, llegaron y dijeron que estabas muerto.

Algunas noches llegaba cansado a casa después de estar el día entero pintando la ciudad. Tú me esperabas en el salón viendo películas que hicieron en Hollywood en los años cincuenta. Llevabas puesto un sombrero. Y nada más.

¿Qué dirá ahora tu padre cuando tenga que reconocer en la mesa fría el cuerpo roto de su hija tendido sin nota de despedida a los pies de la ciudad?

Nos perseguía el invierno, noviembre cuando el otoño apareció acribillado a tiros en el portal de la mañana. Silbaba el domingo un viento culpable la noche en que se escucharon los disparos, el légamo abisal donde dormían las pistolas, las lágrimas imposibles en un tiempo imparable. Todas las monedas que encontraste. Todas las suertes que tuvimos.

Y gastarían las horas en hoteles baratos de días nublados en relojes que, tarde o temprano, serían devorados por el mar. Y gastarían las horas con sombreros que duermen encima de televisiones encendidas, espejos mal colgados, llamadas de teléfono que nadie contesta, el periódico de ayer, el ruido de la aspiradora golpeando contra las paredes, los seis mil doscientos pasos que hay de aquí al mar, las tiendas de licores y tabaco que abren de madrugada para atender a los desesperados, los suicidas que se agigantan en el último instante y se atreven a saltar. Quiero seguir sorprendiéndome cuando llego por la noche a las ciudades de tu cuerpo.

Desheredados. Los últimos reyes de la tierra. Avanzan. Decididos.

nuevayorksanfrancisco.octubrenoviembre2007

viernes, enero 18

frío.calamolí.enero2008

domingo, enero 13

¿Qué clase de mundo es éste en el que se mueren los poetas?

gijón.hoy

lunes, enero 7

ballenas

Vivimos buscando ballenas. De pie en la playa, acompañados por nuestro aliento y el silencio que destila, miramos desafiantes a la línea negra, frontera de cielo y mar donde, creemos, está lo que buscamos. Porque todos necesitamos algo que perseguir, como el galgo tras el conejo de metal o el burro tras el premio de la zanahoria.
Montamos en las olas esculpidas por el viento y empezamos a buscar un signo, primero a ciegas, para de repente, sin que pase un tiempo concreto porque cada uno busca su ballena, encontrar la primera señal de lo que acechamos: una aleta, un salto, un soplido de agua blanca. Entonces seguimos su rastro como perros de presa, sin atender nada más. Y nuestro corazón se alegra mientras reducimos la distancia entre nosotros y nuestro sueño.
Ya frente a ellas las vemos saltar, resoplar, girar sobre sí. Estamos ensimismados porque hemos alcanzado lo que habíamos venido a buscar.
¿Cuál es el problema? No encontrar la ballena que has buscado toda tu vida.

mil palabras.evinayong.julio1999

miércoles, enero 2

veinticinco

“dos nacidos jugando a inventarse la vida, a acariciar el gato
que persigue la pelota de lana de algún mundo”
jesús aguado


En el aire de alguna ciudad camina una mujer que no tarda más de un seis por ocho en vestirse, no más de un estribillo en decidir qué camino seguir en el cruce de los mapas, seis estrofas en conceder el primer beso de la tarde, un silencio de redonda en sentir el mar en sus ojos y un disco de canciones tristes de voz y piano en hacer el amor.

diario de puños y catedrales.lagunanegra.mayo2006

días