... he perdido las manos.
Te escribo para decirte que estoy bien y está lloviendo. Ella ha salido descalza a fumar a la calle. Atrás dejamos túneles y fábricas, aviones que despegaban cada tarde sin ningún destino. Paseamos Nueva York, tal vez un poco desesperados, y encontramos tiendas de relojes de cuerda, árboles de plástico, disfraces de enfermera y café para llevar. En el espejo del Hudson la brisa del atlántico y un océano, las playas como cuerdas de acróbata desde la ventanilla del avión y las noticias en los periódicos que nos recuerdan cuando fuimos niebla y estuvimos locos. Si tuviera tiempo, qué no le besaría esta noche antes del sueño vencido, la sacudida de los músculos cansados, el sabor de su lengua. Todo el mes ahorrando para ir a verle, que incluso me lo quité de las cervezas con los amigos en la barra del bar, y aquella noche DiMaggio fue incapaz de hacer un solo jomron. Habitaremos otros días de octubre en los que no seremos sensatos, ni conscientes del tiempo que vivimos. El avión tiene las alas llenas de lluvia y aparece en los monitores que despegaremos con retraso. Cuando fuimos niebla y anduvimos como locos. Entonces hicimos el amor y puso la planta de sus pies en mi pecho.
En mil novecientos setenta y cuatro, el padre de Klaus compró un cartón de tabaco americano y un disco de Dolly Parton en el puerto de Hamburgo. El padre de Klaus murió un domingo de noviembre, el tercero que anochecía sin dejar de nevar. Después del entierro, Klaus regresó a casa, encendió la chimenea y preparó café. Comenzó a mirar fotografías con las esquinas dobladas por la humedad y el frío, a leer antiguas cartas, a llorar recuerdos pequeños. Detrás de una caja en el fondo del armario encontró el disco de vinilo. Klaus vive ahora en Nashville y regenta un albergue.
¿Qué te dijo Johnny Cash cuando le contaste que Elvis había muerto?
Desde la cama escucho los trenes que llegan a la estación y silban noviembre. Los vagabundos duermen en los bancos de las avenidas en el downtown desierto. Johnny Cash está en la ciudad pero Carl Perkins aún no ha llegado. En las cafeterías puedes tomar café recién hecho y un pedazo de tarta de manzana por dos dólares con cuarenta. Sales de la ducha aún con sueño y despacio me besas en los labios. Y Jimi Hendrix, ya ves, aunque sea zurdo, también ha venido, continúas. Me gusta observar el ritual con que te vistes. Johnny Cash está muerto, respondo. No, aún no. Pero dice que está tan cansado que ya no escribe canciones, sólo epitafios, que busca a Elvis por las esquinas como un boxeador noqueado y que no ha vuelto a pasear vestido de negro y triste por el distrito. Ha vendido las guitarras y el arpa y se ha despedido de los chicos de la banda. June era mis señales en el camino. Me alzaba cuando estaba hundido, me animaba cuando estaba débil y me amaba cuando estaba solo y me sentía desamparado. Es la mujer más grande que jamás he conocido.
El puente de la autopista cruza la avenida y la parte en dos. Cuando el avión aterrizó en los campos al lado del río tenía los depósitos vacíos y ya no había nada que hacer. Todos dijeron que era demasiado tarde. ¿Demasiado tarde para qué? It´s too late, my friend, nos vamos poniendo viejos. Un alemán llamado Klaus nos ofreció una taza de café y dos camas en una habitación con las paredes escritas. ¿Qué otra cosa podíamos hacer si todos dijeron que ya era demasiado tarde?
Los vaqueros limpian el polvo...