Siento el vértigo de no tener escrita ni una sola palabra nueva y la lluvia que apareció por sorpresa en las esquinas y en la noche de diciembre, ciudad medio dormida, pensó mientras liaba el cigarrillo de la madrugada insomne y queda, y escupía en voz baja y por encima del hombro derecho la hebra de tabaco que siempre quedaba presa en algún hueco entre los dientes. Siento vértigo y no sé qué palabras usar para escribirlo. Algún reloj en alguna cabina de teléfono iluminada, enmohecida y abandonada marca las tres menos diez de la madrugada y no tengo sueño, no tengo hambre, no tengo miedo. Sonrió y pensó en su pelo rizado cuando dejaba que lo secara el aire, las estrías en la parte externa de sus pechos cuando los acariciaba con la yema de tres dedos, índice, corazón, anular, en silencio con la devoción de un creyente. Índice, corazón y anular hacían ruido. Voy a mirar más allá de tu ombligo, el vientre que es marea y luces del puerto. ¿Cuántas mesas del bar tienen escrito un nombre como el tuyo? Olvido el ruido, olvido su olor, a qué sabe el líquido transparente que se remansa en los pliegues de su sexo. Joder, la primera calada siempre duele. Acre el paladar. Un plato pierde el equilibrio en la pirámide torpe de los cacharros fregados en la cocina y amenaza el silencio. La noche se detiene un instante que merece, piensa, ser vivido. Si la tregua del sueño me lo permite, mañana temprano debería acercarme a la ciudad. Debería. Soy un coche aparcado que hace meses nadie conduce, cien libros cubiertos de polvo. Fernando escribió para ella, que forma parte del imaginario de tu felicidad. Yo recuerdo palabras e imagino estar en otros lugares que ya habité. Dime, ¿alguna vez lo hiciste con otro como lo haces conmigo? Yo fumo un cigarrillo para tener en la boca el sabor de tu boca. Hiedra los cuerpos en el sofá tumbados. Posas tu brazo en mi cadera y me clavas el codo sin dejar de leer almudena grandes. Protesto y sonríes. Te levantas y al rato regresas con un pedazo de queso entre los dientes. Cada palabra que escribo en este papel ya estuvo escrita antes en tu piel. Si son las diez de la noche enciendo la calefacción y te desnudo despacio bajo las mantas. Lo que recuerdo con mayor viveza del accidente es el olor de la gasolina. Después ellos se hicieron viejos y buscaron nuestros cuerpos al atardecer en el faro de barbaria.
pasa-tiempo.gijón.marzo2008