diario de puños y catedrales.roses.junio2006
jueves, mayo 29
catorce
diario de puños y catedrales.roses.junio2006
lunes, mayo 26
te entrego mis brazos
no quiero verte llorar
frente a la ventana
cuando ves pasar
los coches que veloces
abandonan la ciudad
dentro de una bolsa de plástico
te entrego mis brazos
guárdalos en un cajón
para el día que la tristeza
venza al orgullo y
necesites un abrazo
la madrugada llora lágrimas de cocodrilo.gijón.diciembre2004
domingo, mayo 18
comoseamanciertasciudadesdos
Esta mañana el despertador fue la lluvia en el cristal de la ventana en la pared a los pies de la cama. Algunas mañanas, mientras mis brazos y mis piernas toman conciencia de un nuevo día, veo las copas despeinadas de los árboles y un pedazo de cielo.
Un hilo de plata que desmadejan los gatos y mis dedos, unas zapatillas viejas abandonadas en la alfombra del salón, la rabia perdida, la tranquilidad que mece estos días, tu boca entreabierta mientras duermes, te miro un beso de despedida, diez largos en una piscina de agua salada, la cadena oxidada de una bicicleta muda, las plantas de tomates, las rosas en las esquinas, un montón de folios en una mesa de manos enfermas, las noticias del periódico dentro de una pantalla de televisión. El acebo es un árbol de hoja perenne que madura en octubre. Todo es tan lento como escribió Llamazares.
Apareces en el salón dentro de una camiseta blanca y unos viejos vaqueros ajustados. Crujen las páginas de los libros atrapados bajo el polvo en las estanterías. Fundido el tubo catódico de la televisión deja escapar el aire comprimido. Alrededor de tu cuello anudas un pañuelo de cuadros negros y blancos. Teselas de un tablero de ajedrez. Como saltan los caballos camino de la playa.
Quisiera decirte que a veces necesito el silencio tanto como necesito tu cuerpo. A veces sólo tu cuerpo aferrado entre mis manos, el surco de la espalda, el culo, la piel en la parte interna de tus muslos, los dedos de los pies, las orejas, los pezones, las axilas, gastar un domingo de viento frío desnudos en la cama, quedarme un rato a solas para tener el valor de decirte que a veces necesito el silencio más de lo que me hace falta tu cuerpo, la noche, una luna naranja, un plato de pescado en un restaurante del puerto, el mar erizado y furioso con los colmillos blancos de olas y crines como llamaradas, los árboles inertes que el viento agita, sacude, tus ojos, tus ojos y el miedo cerval de detenerme, leer en la pantalla del ordenador las noticias atrasadas, lo que escribe Rafa cuando echa de menos sus rodillas, las voces de una tarde si aún queda tiempo, un par de billetes de avión con escala en Madrid, para llegar a Praga, volver a viajar, a cerrar puertas, a tener tiempo para cruzar un desierto de tierra roja, un plato de arroz con verduras, la flor del geranio, los años de noviembre, el siete de picas, un sol de la una de la tarde, el silencio después de los gritos como la interminable cola de un piano blanco, un paisaje agostado, lejos de la tormenta te miro a los ojos y me atrevo a decirte a veces necesito el silencio más de lo que te necesito a mi lado. ¿Quién conoce cuántas son las verdades absolutas? Encadenar sustantivos abstractos conduce a la melancolía.
Sacas de la cajetilla el medio cigarrillo que guardabas para la ocasión. Acabas de salir de la ducha. Tienes el pelo mojado. Te sientas en la mecedora. Y abres las piernas. Conozco de memoria los lugares de tu cuerpo que echo de menos cuando no estás. Mis manos acodan el aire y aspiran a rozarte para que cada día te sientas amada del mismo modo en que se aman ciertas ciudades. Llega la noche y las flores se encogen. Yo no sé nada de pintura pero te vi. Estabas tumbada en un cuadro de Modigliani. Fumas de espaldas. Se oye el mar y tu respiración. En esta tierra las quimeras arden. Las cenizas no pesan. Todas las paredes blancas, todas las noches negras a las que no les sucede el alba. Si regresa el invierno, dijiste, la estatua del jardín tendría los ojos llenos de lágrimas. Algunas mañanas ella era mucho más alta que yo.
Los enemigos y la lluvia golpean los cristales. Ben Harper desafina en el cuarto de baño. Escuché anoche una canción en tu aliento mientras dormías. No quedan suficientes claveles para tantos fusiles; pero saldremos de ésta, mientras las razones para levantarse de la cama sean mayores que las razones para quedarse. Anoche soñé que un hombre cojo me alcanzaba. Quedan restos del calor de la noche, la luz precisa en el contorno de los árboles recortado tras el cielo gris lleno de cúmulos encendidos. Tantas veces lo hice y ahora soy incapaz de mentirte. Por donde sale el sol nadie ha sido capaz de entrar.
En la casa de al lado tienen puesta la radio. La tarde termina en la cama. Duermes. Yo me levanto a preparar la cena. Me gusta cocinar en el silencio de la noche. Sentir que el día se va cerrando y con él, tú y yo.
Dicen que estás desaparecido, entimismado, hablando bajito, caminando despacio, que te ven en todos los lugares pero hace días que no viene por aquí, aburrido contestó el camarero mientras levantaba el cenicero con la mano izquierda y limpiaba la barra con la bayeta en la derecha.
Las flores de los lirios de playa se abren durante la noche y duran un solo día.
formentera.marzoabril2008
jueves, mayo 15
comoseamanciertasciudadesuno
Ahora recuerdo que, de camino a la isla, muertos de frío en la cubierta del barco, vimos un delfín que se dirigía en sentido contrario al nuestro.
Sólo puedes decir te quiero en el idioma que aprendiste cuando eras niño, pensó mientras se miraba en el espejo. Sólo cuando las palabras se hacen sonido sin esfuerzo, pesan. No tengo prisa. He visto como la luz del primer sol de la aurora incendiaba tu pelo y como se despertaban las ramas perennes de los pinos que custodian esta casa, a ratos refugio, a ratos cárcel. Tengo estas dos manos para acostumbrarme al azul del mar.
La ropa está tirada en el suelo frío de la habitación en penumbra. El lavavajillas murmura una oración. Me levanto despacio y te busco por la casa. En la azotea lees una novela que agoniza. Me miras, frunces el ceño y dices que te duele la cabeza. Dices que se oye el mar. Y el viento en los cristales que nos protegen del paso de los días moribundos. No debería soplar el viento los días de fiesta. Bebes agua de una botella que no tiene fin. Todo es nuevo. Nada parece que vaya a ser importante excepto estar a tu lado.
Un tipo tocado con un sombrero blanco, vestido con unos pantalones grises y montado en una vespa rosa baja la calle en dirección a la playa. Creo que se llama Gregorio. Y que se casa con Neus el mes que viene en una iglesia de paredes enjalbegadas.
Nos quedan los discos de antes, las dos últimas cervezas frías, una llamada de teléfono por contestar, algo para cenar que se parezca a lo de ayer, cuando la botella de vino costaba más de veinte euros, tres dioses diminutos. He salido a la calle iluminada por la luna llena en una noche anegada de salitre. Aún es pronto, pero a veces tengo que apretar los dientes para no odiarte. Y sé donde no debo buscar las respuestas. Las fotografías no son más que un instante y los rosales no deben plantarse en las esquinas de las casas.
Aguardo el alba sentado en un taburete alto. Desde la ventana de la cocina veo pasar el camión-cisterna del agua potable y un gallo canta. La guitarra está apoyada contra la pared. Tengo las manos frías. Ha parado el viento y el mar está en calma. Tú duermes bajo las mantas y yo me levanto con ganas de ir al trabajo. El frío sobrevive en los rincones de la casa como un grito, con la efectividad de las metáforas en un relato bien construido, como se levantan edificios que años más tarde amenazarán los aviones y una dulce decadencia de dejar que todo pase, que nada ocurra, un viaje en otoño a Estados Unidos, que el tiempo todo lo arrase y nosotros tengamos los ojos cerrados. Como se aman ciertas ciudades: Barcelona, Buenos Aires, Lisboa, Nueva Orleáns, Catania. Yo poco a poco habré de ir devolviéndole a mis libros su lugar, pero no voy a hacer la cuenta de los colchones, de las veces que no te dije que te quería. Qué bueno fue dejar que los cuadernos se ahogasen en el puerto. Desayuno tostadas con mermelada de fresa y escribo con la ilusión de que estos tiempos perduren. Se rompe el cielo de abril en el amanecer de lunes, noche insomne de mosquitos. Confieso que cada vez me cuesta más atraparte entre palabras. Las mañanas en las que marcho a trabajar eres tú dormida en una cama en la que buscamos el futuro. Yo enciendo el silencio, aguardo el instante que habrá de llegar, desayuno con la lentitud que poseen los actos cotidianos. Escucho tu respiración dormida.
La casa del sol de madera está cerca de la playa. Una gata parda y un gato negro con la cola cortada la guardan como pequeños dragones sin tesoro bajo sus vientres colmados de ratones. Los límites del tiempo son absurdos. Me suenan las tripas, dijo. Tienes buena memoria, vives dentro de mí como una cría de canguro. Cuando el día te da miedo, vuelves en silencio a casa. Nunca me has contado qué temes. Nunca quién te ha vencido. Sólo yo sé cuando tienes frío. Pensé que era el viento, contestó. Las ovejas ramonean y balan con la boca llena de hierba lamentos que llegan hasta el mar. Quisiera conquistar el calendario para poder describir las magnitudes del tiempo en estas hojas blancas, las unidades de medida que me ayudan a entender tu cuerpo, licuar las palabras en probetas y fuego, juegos de alquimista paciente y desordenado. Adjetivos cubiertos de polvo en libros dormidos que custodian secretos como ejércitos fronteras. Adverbios de modo. Diez tardes. Dicen los periódicos que hoy el viento no dará tregua.
Qué escribes, preguntó tras apoyar la barbilla en su hombro. La protagonista del libro está tumbada en la cama, su cuerpo desnudo bajo las sábanas y marzo. Él contestó nada. Hace meses que estoy seco. Los días son frágiles y al puerto llegan barcos cada tarde enormes, cada tarde con las bodegas cargadas de lluvia. El capitán ordena apagar las máquinas, las hélices interrumpen espirales de agua y la inercia empuja las naves a su paso por el ostial. Cuando los estibadores amarran los cabos a tierra, las nubes, de un azul más gris que el mar, alcanzan la línea de la costa. Lo siento, dijo, te robé la madrugada.
Yo he visto árboles a los que el viento dobló la espalda, gorriones asustados por la tormenta que temblaban suspendidos en las cables eléctricos, playas cubiertas de flores que duraban un día, gaviotas pendencieras acorraladas por el hambre del invierno. Aquí, como en otras partes, por falta de tiempo y de reflexión, se ve uno obligado a amar sin darse cuenta, a ser sin darse cuenta. A caminar las tardes en los brazos de un sol demasiado lejano, a tener que lamentar los errores, a vivir con la esperanza de perderse. Días de luz en que despierto mecido en tus manos, viajeros que quisieran vivir la aventura de descansar en casa, los años del retorno, las nubes que trajeran los barcos inmóviles en el cielo como un mar de islas. Ellos dijeron que tendrás que esperar. La protagonista del libro, tumbada en la cama y desnudo su cuerpo bajo las sábanas y abril, se deja besar.
Leo revistas de viajes y bebo café. Has vuelto a la cama después de desayunar, te has desnudado al borde, como una equilibrista, y me has despertado en puntos suspensivos. ¿Qué harás cuando llegue mayo? Volver a la cama quitarme la ropa buscarte bajo las mantas sacudirnos el frío. Eran las doce del mediodía y follamos cinco canciones del Street Legal. Supongo que hay que estar un poco loco para creer que los andamiajes y los cimientos de esta vida van a mantenerse erguidos y que las rosas en la jardinera de la entrada van a florecer sin detenerse, pensó en voz alta y acarició la piel oscura de su vientre. Al atardecer ibiza es el horizonte que el sol muestra la isla de las tórtolas turcas el motor de la furgoneta suena de un modo extraño llueve el silencio de la casa es el viento en las aristas.
domingo, mayo 11
ya vencida la noche
no consigue hacerme recordar tus manos
que paseé ciudades más bellas
que tu cuerpo a horcajadas
sobre mi vientre desnudo
el perfil de tus caderas
abrazadas entre las sábanas sucias
el barrio alto lisboeta
si hubo tiempos mejores
se me han olvidado
perdidos los calendarios
en todos los bolsillos
de pantalones viejos
que dejo tirados
al borde de la cama
en cuyos barrotes
te tengo amarrada
amarrada y ciega
vencida
la madrugada llora lágrimas de cocodrilo.gijón.diciembre2004
martes, mayo 6
Llamaron para decir que la abuela se muere. Silenciosamente. Me pregunto si la gente se muere como vive. Pienso en toso estos años e intento encontrar en las esquinas de la memoria alguna ocasión en que María hubiera perdido la calma. Y no la encuentro. No la encuentro porque no ocurrió nunca.
En su silencio aprendí mucho más que en mil palabras dichas por otra gente. En esta época que me ha tocado vivir, en la que lo importante es hacer ruido, fue un privilegio aprender de ella y tenerla al lado.
Me quedo con sus sabios silencios, sus ojos vivaces, su sonrisa maestra, su bondad, su pausa, su alegría, su valentía, su debilidad, su fuerza.
Hagamos que nuestra vida, como las cosas de verdadero valor, no luzca, pero pese, leí que escribió Séneca.
gijón.julio2006