En el asfalto mojado de las avenidas reposan los minutos que restan para llegar a las cinco de la madrugada.
Nicolás camina despacio por las aceras desiertas de Ciudad en dirección a la fábrica de palabras.
María se tapa con mantas los pies desnudos y fríos en una cama con una ventana en el cabecero.
Yo cobijo entre las manos una taza humeante de café y estoy sentado en el suelo de la cocina que tiene los ojos cerrados. Las paredes de la casa están llenas de grietas. En algún rincón debelado por el polvo, un despertador amanece y comienza de nuevo a llover la primavera que agoniza en cristales sucios de ventanas ciegas, días de mayo tan extraños como espadas, amores desmigajados.
Las grietas de las paredes desaparecen. En su lugar, la luz azul del amanecer pinta líneas negras como ríos vistos desde los aviones, agua dulce que surca las paredes hasta alcanzar el mar que aguarda rizado en el quicio de las puertas entreabiertas. Ojos. Ojos de tremenda tristeza.
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Nicolás camina despacio por las aceras desiertas de Ciudad en dirección a la fábrica de palabras.
María se tapa con mantas los pies desnudos y fríos en una cama con una ventana en el cabecero.
Yo cobijo entre las manos una taza humeante de café y estoy sentado en el suelo de la cocina que tiene los ojos cerrados. Las paredes de la casa están llenas de grietas. En algún rincón debelado por el polvo, un despertador amanece y comienza de nuevo a llover la primavera que agoniza en cristales sucios de ventanas ciegas, días de mayo tan extraños como espadas, amores desmigajados.
Las grietas de las paredes desaparecen. En su lugar, la luz azul del amanecer pinta líneas negras como ríos vistos desde los aviones, agua dulce que surca las paredes hasta alcanzar el mar que aguarda rizado en el quicio de las puertas entreabiertas. Ojos. Ojos de tremenda tristeza.
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