lunes, julio 28

iMPRONUNCIABLE

Te bebiste de un trago mi cuerpo entero para dejar en el fondo del vaso mi nombre. Un nombre distinto a todos los demás, de letras de plomo que el paso del tiempo no altera. Un nombre colgado como corcheas en las rémiges de aves que desafían al horizonte y a las leyes de los hombres, a la inercia, a la fuerza, a la ingravidez. Sonidos atávicos de una lengua que se mantiene en el tiempo con la fuerza de los empujes violentos de la naturaleza, puñetazos salobres de mar contra farallones inexpugnables.

Me llamo un nombre impronunciable que tú, María, me entregaste.

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domingo, julio 20

aRRUGADA

Nicolás es tan alto como una señal de tráfico, tiene el pelo rojo y peces en las manos. Bajo las uñas, que recorta en silencio cada domingo al filo de las diez de la mañana, se acumulan restos oleosos de la tinta que rezuman las máquinas de la fábrica. Nicolás tiene los ojos del color de las acelgas. En enero me contó que la primera vez que hizo el amor fue en la cama de sus padres y aguantó quince minutos antes de eyacular. Cuando terminaron, María le dio un beso de mejillas y Nicolás cerró los párpados porque el estómago se le había llenado de guijarros.
La mañana en que nos conocimos llovía sobre Ciudad y en la sombra de los portales la madrugada continuaba escondida. Se sentó a mi lado en el banco de madera del vestuario de la fábrica y dijo buenos días. Yo estaba escuchando una canción de Lucinda Williams.

Ahora, sentados uno frente al otro en una mesa del comedor de la fábrica, almorzamos en silencio una manzana que tiene la piel arrugada y amarilla. Nicolás dice ¿sabes?, la mañana en que nos conocimos llovía sobre Ciudad y yo sentía que estaba dentro de una canción de Tom Waits. Mira de nuevo la manzana y pensativo la muerde. Dice ¿tú sabías que María no tiene un solo lunar en el cuerpo? En la esquina del comedor, bajo la ventana que da a la avenida, El Cojo explota en una carcajada.

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martes, julio 15

iNAUDIBLE

Los días en Ciudad se suceden iguales y ya mayo le dio alcance. En el vestuario de la fábrica, cuando la primera luz del día irrumpe oblicua por las pequeñas ventanas situadas en la parte alta de las paredes glaucas, El Cojo dice estás delgado, chaval, te estás quedando como una raspa de trucha, alimento frío de gatos rayados con cicatrices de callejones. Nicolás se quita los cascos, guarda la cajamúsica portátil en el bolsillo del pantalón vaquero, me mira con los ojos tristes de iris preñados de diminutas manchas negras y asiente, sonríe y regresa a la rutina de cada mañana. Dobla con cuidado la camiseta azul y aparea las blancas zapatillas viejas con los cordones manchados de aceite, de asfalto y de lluvia. Me gustan tres canciones del último disco de Love of Lesbian. Dice por cierto. Dice anoche estuve escuchando lo que me pasaste de Jonny Kaplan. Aburrido. Se me quedaron los pies fríos y el culo dormido. Cierra la puerta de la taquilla y frente a mi cara esconde la llave en el puño de su mano derecha para hacerla aparecer detrás de mi oreja izquierda. Ríe a carcajadas. Camina hacia la sala de máquinas y el efecto doppler del sonido va haciendo más inaudible su risa.

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lunes, julio 7

nEGRO

Yo conozco a María antes que Nicolás. Y conozco a María antes que a Nicolás. María tiene arrugas en el remanso de los párpados y el pelo negro que es la fuente donde se nutre de tinta el tatuaje que lame el valle de su espina dorsal. María es lunes y, a ratos, viernes. Cuando sonríe escucho una canción de Counting Crows.

Hoy tomamos un café sentados en una mesa del bar más oscuro en la calle más estrecha de Ciudad. Digo María. Qué. Me gusta el color de tus ojos porque no sé cuál es. Se mira las manos. Hasta que cumplí los tres años no tuve nombre. Responde. Era la niña. Mis padres dicen que es injusto que otros elijan tu nombre. Me gustaban tanto las galletas que aprendí a decir maría. Tiraba con fuerza de los pantalones de mi padre, que por aquellos días medía seis metros, y gritaba quiero maría. De tanto repetirlo, mis padres me nombraron.

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días