lunes, septiembre 29

áRABE

Rojo, una pregunta: ¿pueden dos hombres tener la misma sombra? El Cojo y Nicolás discuten acerca del contorno de las sombras en el tiempo de la sobremesa. Borracho Nicolás anoche se quedó dormido en la barra de un bar. María le agarraba la mano derecha para que no cayera del taburete. Por eso hoy, en el tiempo de la sobremesa, Nicolás apura a sorbos un té y medita una respuesta. Yo creo que cada ser humano está formado por un número infinito de características, físicas en el asunto que nos ocupa, cuya suma constituye la singularidad. Dada la infinitud de dichas características, la probabilidad estadística de que en dos seres humanos se repitan en igual modo y orden es despreciable. El Cojo mueve los labios y levanta la ceja derecha en un gesto impaciente. Sin embargo, el contorno de las sombras no es tan definido. Depende de la intensidad, localización y espectro de la fuente luminosa así como de la postura corporal del individuo. Nicolás observa la borra del té en el fondo del vaso y lo posa encima de la mesa. Concluyo, entonces, que dos seres humanos distintos pueden cobijar la misma sombra. ¿En qué andas esta semana? Le pregunto. Palabras de raíz árabe que empiezan por al, responde al tiempo que parece recuperar la energía que late en el interior de su cuerpo. Y llego tarde, añade mientras apoya la palma de las manos sobre la mesa para impulsarse. Nos vemos después en el vestuario. Quiero contaros algo.

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lunes, septiembre 22

iNCIERTOS

María dice Nicolás es sabio porque conoce las preguntas. Yo miro sus ojos como carteles luminosos que anuncian moteles de carretera mientras recuerdo que llovía y el café estaba frío la tarde que, sentados en el capó del coche, Nicolás dijo yo nunca me hago preguntas porque no hay respuestas. Buscarlas conduce a la infelicidad. Sólo memorizo algunos poemas cuando después de leerlos me tiemblan las manos. Dijo tan oscuros e inciertos tus cabellos mojados y este mar de piedra pómez.

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lunes, septiembre 15

mALDITOS

El Cojo dice Lorena acaricia mis pies desnudos durante horas y me corta las uñas de los dedos con unas tijeras de plata que heredó de su abuela que era sastre. Dice, después de hacerlo, durante unas horas, pocas, mis pies alcanzan el suelo al mismo tiempo.
El Cojo silba una canción y tararea algo de un mar, algo de una bahía, algo de San Francisco. Nicolás le pregunta Cojo, andas contento. Como no voy a estarlo, Rojo, son las seis de la tarde, hora de volver a casa. Mi mujer espera. Haremos el amor, un amor sin unidades de medida ni de tiempo, distancia, fuerza, peso o ingravidez. Y después jugaremos una partida de dardos. Ni en cien años, Rojo, ni en cien años que emplearas jugando, serías capaz de ganarla. La mujer de El Cojo se llama Lorena. Es cantante en un grupo que compone canciones para los anuncios de publicidad en la televisión. Qué silbas, Cojo, le pregunto después del silencio de tres hombres desnudándose y vistiéndose para salir a la calle, dejar atrás las paredes de la fábrica donde se modifica el abecedario. Otis Redding, chaval. Otis Redding, contesta. Era un tipo tan alto como una montaña y tenía las manos como un mapa de carreteras. Malditos aviones, chaval, malditos aviones, concluye El Cojo mirando al suelo apesadumbrado.

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domingo, septiembre 7

hAMBRIENTOS

Sabes, María, algunas veces me siento a escribir palabras con la tinta roja de tus pezones. En la frontera que separa la vigilia del sueño, ensayo palabras irreales que se retuercen en espasmos, palabras mordidas en los bordes como presas de ratones hambrientos, a veces perladas de lágrimas translúcidas cuando pasan la noche a la intemperie. Palabras tatuadas en lugares de tu cuerpo donde duermen a salvo y roncan felices como dragones con las narices humeantes, palabras que aspiran a ser pronunciadas por tu boca.
A veces me siento a escribir palabras con una taza de café en la otra mano y miro por la ventana como Ciudad crece, se hincha monstruosa, descomunal, inabarcable cuando revienta los diques que la contienen en mitad del planeta y se refleja en el río, siempre el río, y sus perfiles flotan inertes camino de las barriadas del extrarradio y se diluyen en el mar.

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días