lunes, marzo 30

Morales Manazas

Después de la quinta, Morales siempre decía que no había follado con muchas mujeres en su vida; pero sí con las mejores. Que el café nunca se calienta dos veces. Que Isiah Thomas es el único jugador profesional de baloncesto que será recordado dentro de cien años. Que los lunes y los viernes no son días para firmar un trato, ni para casarse la gente, ni para morirse los niños. Y que un miércoles de cada mes debería ser fiesta nacional. Que, desde el primer momento, él dijo que a Kennedy lo había matado la CIA. Y que eso es cierto. Que las flores de plástico son como las tetas de plástico, con las mismas virtudes y los mismos defectos. Y los anillos de compromiso, cadenas. Perpetuas. Llegado a este punto, se reía, apuraba la sexta hasta el fondo vacío de cristal del vaso y pedía la siguiente y perdía la cuenta y seguía. Que la rutina es, a veces, el cinturón que te permite no perder los pantalones. Que comer despacio es el último placer de los mortales. Que, cuando ella se sentaba a su lado en silencio, podía oler el aroma de las manzanas y creer en algo. Y que la última vez que la vio, había perdido las ganas. Y el olor de las manzanas, otra vez el olor de las manzanas que ya no podía sacarse de encima, sacudírselo, espantarlo a manotazos como la amenaza de las abejas en las tardes de verano, olvidarlo en el fondo del vaso atrapado por la espuma de cerveza, corrientes marinas que horadan los pies rocosos de los gigantes acantilados, o en la barra, en los ceniceros colmados, en las letrinas. Pedirle a Mauro la siguiente y reírse con ganas, las ganas, perdidas las ganas pensar en los cielos amarillos del sur y en su casa, la casa de seis puertas en la que habitó diez años, hace tantos años y las manzanas y las ganas y las manzanas, las manzanas, las manzanas… Morales lloraba, de rabia y de miedo, y apretaba los puños en el aire y escondía la cabeza entre los hombros y en la curva de su espalda se arremolinaban los cristales diminutos del tiempo antes de clavársele como alfileres en el recuerdo y Morales aullaba, se apretaba la cabeza entre las manos enormes, manazas, manzanas y sonreía. Sonreía ciego. Ciego.

Entonces Mauro se acercaba hasta el lugar que ocupaba Morales en la barra y, agarrándole las muñecas le separaba de la cabeza las manos crispadas y al oído le decía cuándo te vas a perdonar, Manazas, joder, cuándo.

formentera.marzo2009

martes, marzo 24

Anudada en las drogas más nocivas
Se mantuvo inmóvil durante meses
Cuando estaba lúcida escribía
Cartas sin fecha
Cuando no
Luchaba contras las gaviotas y la hiedra
Nadie hasta entonces
Y nadie después
Escribiría los versos
Que aquellos días ella escribiera
Decían que andaba perdida
Vagabunda en el metro
Mendiga entre cartones
En la plaza del parque

El final de esta historia habitaba
Cerca de la muerte
Pero no una muerte dramática
Trágica
Lóbrega
La muerte como uno de sus versos
Inacabado

los pies suicidas o el cielo está lleno de prodigios.formentera.febrero2009

viernes, marzo 20

cOMUNES

Las chimeneas de la fábrica de palabras modifican el horizonte de los arrabales de Ciudad como los dedos de una mano abierta al cielo. Tres de ellas rojas del color del ladrillo, las más altas. Las dos restantes, grises de cemento. La fábrica fue inaugurada hace diez años y es la de mayor producción de palabras en todo el país. Está dividida en cinco naves rectangulares de dos plantas de altura. En ellas, mediante un proceso fisicoquimicomágico, se materializan: palabras comunes, topónimos, palabras en desuso (todas aquellas palabras que han aparecido escritas menos de cinco veces en los últimos dieciocho meses), palabras malsonantes y neologismos. Yo trabajo en la nave de palabras comunes. Nicolás, desde hace tres meses y tras acceder por concurso interno a una plaza vacante, forma parte del equipo que rastrea alambres de tinta en busca de palabras en desuso: zigurat, vitriolo, temperancia, mandria, garlido, azumbre.

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sábado, marzo 14

carnicería y calvario

"... desnudos en la cama olvidaron que la mañana prendía las horas en las calles de Santiago mientras leían párrafos sueltos de un libro de Lezama Lima. El desayuno frente a las alturas de la ciudad cuando, sin medida del tiempo, al que consideraban un extraño, se dedicaban por entero el uno al otro antes de conquistar las empinadas cuestas y los oscuros callejones con que la ciudad cada martes de paseo les retaba. Capablanca luchaba en un entable difícil. Jugaba con trebejos negros y había perdido dos peones y un caballo, a pesar de haberse defendido como si arañara. Cualquiera en su lugar hubiera firmado tablas. A veces era divertido hacerlo con los calcetines puestos... "

apuntes de un ajedrecista.santiagodecuba.diciembre2008

martes, marzo 10

tras el naufragio de tu maltratada memoria
sentí como cada una de las articulaciones
en mi antiguo cuerpo se hacía añicos y
los pedazos de luz
esquirlas diminutas y mortales
se acumulaban en las arterias de mi cerebro y
al instante
descubría un frío insoportable
que quemaba de tan doloroso y
que helaba de tan terrible

paseé la infancia creyendo que dirigía mis zapatos
por las líneas que marcabas pero qué va
que ya lo demostraste antes de mañana
y no dejaste mucho espacio para las dudas
globos aerostáticos que inflas con tu indiferencia

te empeñas en mirar detrás de mis ojos y
escribir en aviones de papel que no tengo idea
de cómo quererte que no sé tratarte como la mujer
que te crees que eres imbécil

pues quiero que sepas que hasta mañana
voy a seguir intentando merecer tu aprecio
pero igual el siglo que viene empiezan
a caérseme las manos y se desmigajan los sueños
y encuentro la fórmula que relacione
tu incomprensión más mis errores
elevada al cuadrado de tu mezquina paciencia
y te meto en un paquete a nueva zelanda

o mejor me envío yo
sin remite
para que en tu puta vida me encuentres

de la ausencia y de ti.salamanca.septiembre2000

jueves, marzo 5

cABIZBAJOS

El garito tenía las paredes decoradas con enormes carteles que anunciaban conciertos antiguos. En alguno de ellos recordé haber estado. Con un retraso de diez minutos (tal vez fueran seis) sobre la hora anunciada, entraron en el escenario, cabizbajos y decididos, Los últimos días de la pólvora. Uno tras la batería, uno en el bajo, otro con las manos sobre el órgano Hammond. Las baquetas del primero marcaron el compás y tras ellas los tres músicos iniciaron un blues instrumental. El rumor impaciente en las gargantas del público que abarrotaba la sala, tres días antes (tal vez fueran cuatro) se colgó en las taquillas el no hay entradas, aumentaba de volumen por momentos mientras que Los últimos días, cabizbajos y decididos, serios y divertidos, se empleaban a fondo. Doscientos segundos después (tal vez fueran cien) y por el costado izquierdo del escenario en negro apareció Lorena, tocada con un sombrero de fieltro gris oscuro de ala estrecha y abrazado por una cinta de raso color marfil y con las manos prestas en las seis cuerdas de su guitarra eléctrica. Aplausos y guapas al aire de humo gris y gotas de sudor. Reverencia de la dama a los presentes y saludo cómplice a sus tres compañeros antes de unirse, guitarra y voz, al tema inicial. Y a partir de ahí diez canciones y tres bises, una versión de una vieja balada de Randy Newman y otra de una ranchera de Mª Dolores Pradera. Un minuto (tal vez fueran dos) tardó Lorena en hacernos olvidar que es su voz la que nos seduce en la televisión para que compremos un coche y una lavadora. Cuando abandonaron el escenario, Ciudad enmudeció un instante (tal vez fuera uno, nunca he sido muy bueno midiendo el tiempo) necesario para paladear lo vivido. Insatisfechos y con ganas de más. Larga vida a la música. Larga vida al grupo.

Para Papel de Música, L. A. Duque en el concierto de presentación de Lorena y Los últimos días de la pólvora.

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domingo, marzo 1

oSCURO o el sombrero de frank sinatra

¿Cojo? ¿Qué? El sombrero que llevaba puesto anoche Lorena en el concierto… ¿era el sombrero? El Cojo, sentado a mi lado en el banco, asiente con una mueca de satisfacción. ¿De qué habláis? Pregunta Nicolás al tiempo que entra por la puerta del vestuario y se quita de las orejas los cascos de la cajamúsica. ¿Qué sombrero? El sombrero que llevaba puesto anoche Lorena en el concierto perteneció a Frank Sinatra, respondo. ¿Qué dices?, prosigue sorprendido Nicolás mirando a El Cojo. Sí, Rojo, ese sombrero era de Sinatra. ¿Y cómo acabó en la cabeza de Lorena? El Cojo sonríe y agacha la cabeza, piensa un instante y dice de acuerdo, te lo cuento, el chaval ya lo sabe porque se lo conté un día, no recuerdo cuándo; pero rapidito. Y después os largáis de aquí cagando melodías que hoy tengo mucho trabajo.

Una noche del invierno de mil novecientos setenta y nueve, Frank Sinatra celebró sus sesenta y cuatro años de vida y sus cuarenta años de música con una fiesta en el Caesar´s Palace de Las Vegas. Por aquella época, una de las limpiadoras del hotel se llamaba Flora Mendes. Flora estaba limpiando los restos de la fiesta a la mañana siguiente cuando, en el escenario y boca arriba, semicubierto por diminutos papeles de colores y con un sujetador negro de encaje en su interior, encontró un sombrero Stetson de fieltro gris oscuro de ala estrecha y abrazado en la copa por una cinta de raso color marfil. Flora lo recogió, lo limpió y, como nadie la había visto, decidió quedarse el sombrero de recuerdo. Quinientos días después de la fiesta, Flora Mendes regresó a Puerto Rico y, dos años más tarde, se convirtió en la quinta mujer de mi tío Rodolfo, el hermano pequeño de mi padre. En mil novecientos noventa mi padre viajó a San Juan para pasar unos días con ellos, conoció la procedencia del sombrero y decidió que tenía que ser suyo, costase lo que costase. Y el precio fue una colección de fotografías en blanco y negro que mi abuelo había hecho en Filipinas. Cuando murió mi padre, el sombrero de Frank Sinatra fue el único bien que heredé. Y colorín colorado… muchachos. Pero, Cojo, ese sombrero podía ser de cualquiera que hubiera estado en la fiesta. ¿Por qué de Sinatra? Pregunta Nicolás. Porque Sinatra fue el único de los asistentes que subió al escenario, concluye el Cojo. Las fotografías de los periódicos no mienten. Ese sombrero era de Sinatra.

Y el sujetador, Cojo, ¿de quién era? El Cojo me mira y vuelve a sonreír. Se encoge de hombros. Flora decía que eso era difícil saberlo. Pero ella, cinéfila empedernida, aseguraba que sólo Jayne Mansfield habría podido llevar una talla tan grande. Pero en mil novecientos setenta y nueve llevaba ya doce años muerta.

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días