jueves, mayo 28

vACÍAS

En el silencio que deja tras de sí el viento, después de tres días soplando sin tregua, queda dolorida la piel de la ciudad, los muros con los carteles de anuncios hechos jirones, las esquinas enrojecidas e inflamadas, los ojos de los túneles llorosos y aturdidos. La piel herida de la ciudad resiste a duras penas en las luces de los semáforos, en los nombres de las calles, en las chispas irisadas que el calor del motor produce sobre el capó de los coches. María conduce medio dormida y mal desayunada el Ford Escort en dirección al centro. El último aliento de la noche en el viento fue el aire en las ruedas de Larreina, todo junto, que amanecieron vacías.

umdpp.formentera.hoy

jueves, mayo 21

porque te busco y sé
que está más cerca
hoy mi rendición
luz es el contorno
perfecto de tu sombra
cuando te desnudas como caen
las hojas en otoño

porque te busco y sé
que tuyo es el remedio
contra la amenaza de los días
y tuya la belleza
diferente avión de papel
en mis manos luciérnagas

me gustan las mujeres de mirada triste.gijón.diciembre2003

domingo, mayo 17

vERDE

Nicolás cuenta uno dos tres cuatro hasta diez y empieza a hablar. Hoy se disfraza de astronauta y camina como si en Ciudad la ley de la gravedad no tuviera jurisprudencia. Quiere que yo le pida prestado a María el Ford Escort verde metalizado de mil novecientos noventa y uno para viajar a las Playas del Olvido. Tengo ganas de pasear y hacer fotografías desde los acantilados. Ya sabes que María no le deja el coche a nadie, respondo. Si tú se lo pides, te lo dejará. Y nos vamos el próximo fin de semana. Podemos dormir en la arena o llevar una tienda de campaña, escondernos en la bruma, gritar a las gaviotas o correr tras ellas mientras levantan el vuelo, encender a medianoche un fuego. La solución es decirle que se venga. Me dijo este fin de semana no puedo. Tengo que leer un libro. Uno que tenga las páginas llenas de polvo.
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miércoles, mayo 13

rEVUELTO

No tiene mucho sentido ponerle un nombre a las cosas, ¿no crees? Bueno, supongo que es una forma como otra cualquiera de convertir un objeto en el objeto, de determinar. Ya, te sigo. Por eso le pusiste un nombre a tu bicicleta: Larreina. Larreina, todo junto. Larreina todo junto, repito y asiento. A veces creo que todo junto son los apellidos porque esas dos palabras siempre siguen a Larreina. Ahora que lo pienso, todo junto ¿se escribe separado? ¿O todojunto? María me dirige unos ojos de fastidio y no se molesta en contestar. Se pone en pie, despeina mi pelo revuelto con un gesto de cariño y empieza a caminar. Yo no puedo evitar mirarle el culo. Se da la vuelta y dice este fin de semana no tengo nada que hacer. Leeré un libro que tenga las páginas llenas de polvo. Y se monta en la bicicleta y María y Larreina, todo junto, aprovechan la velocidad que les proporciona la calle cuesta abajo para desaparecer tras un chispazo. Un libro que tenga las páginas llenas de polvo le hará estornudar, pienso.
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jueves, mayo 7

La enfermera y el luchador mexicano y tres

Una anciana detrás de los geranios, apoyados los codos en el alféizar de la ventana, observaba la calle de jueves por la mañana. Patricio empujó la puerta de la carnicería, dijo un buenos días al que nadie contestó y cogió un pedazo de papel con el número veintitrés. El siguiente sería el diecinueve. Esperó paciente que llegara su turno mientras escuchaba en los auriculares lochloosa, de Mofro. La dependienta troceaba con habilidad una pechuga de pollo y Patricio se fijó en ella. Había visto esa cara antes en alguna parte. ¿Qué desea, señor?, le preguntó entonces la conocida desconocida. Un par de piezas de solomillo de ternera. Para tournedó, vaciló Patricio mientras se quitaba los cascos de las orejas. ¿Dónde? ¿En la calle, en Imelda, en el cine, en un parque, en algún bar, cualquier noche…? ¿Por qué? Absorto estaba en estos pensamientos, cuando descubrió que la muchacha, sonriente con el brazo izquierdo extendido y la bolsa de la carne en la mano, aguardaba que Patricio la recogiese. Eso es, ya está, es la chica rubia de ojos verdes, la de los tangas de chocolate. Patricio sonrió, satisfecha así su curiosidad. Ella respondió a su sonrisa con sorpresa, como si, al mismo tiempo, hubiera reconocido al chico de la tienda del sexo. De pronto, se abrió la puerta de la trastienda y tras ella apareció Mateo. Abrazó a la muchacha por la cintura y, tras darle un beso en la mejilla, reparó en la presencia de Patricio. Hombre, tú por aquí, ¿qué tal? Bien, bien, contestó Patricio, de nuevo sorprendido. Ya me iba. Adiós. Hasta luego. Patricio dio media vuelta y se disponía a salir de la tienda cuando Mateo gritó ¡nos vemos esta tarde! Patricio levantó la mano izquierda a modo de despedida. Sabía que Raquel, muda y abrazada a Mateo, le estaba mirando.
Patricio abrió la puerta con tres llaves, saludó en silencio a la enfermera y al mexicano, encendió las luces, levantó la pantalla y enchufó el ordenador. Apoyó las manos en la vitrina de cristal y, a través de él, observó la caja de seis condones con estrías y sabor a fresa y, a su lado, la caja de dos tangas comestibles con sabor a chocolate. Y se echó a reír.

formentera.marzo2009

sábado, mayo 2

La enfermera y el luchador mexicano dos

Patricio mide el tiempo en canciones. Sentado en el taburete alto detrás de la vitrina de cristal, bebe un café solo y lee un libro que dice ah, diablos, dijo el duque, me entran ganas de escaldar así a la bella Aline. Monseñor, le contestó humildemente ésta, yo no soy un cerdo. Durante la mañana de sábado, un hombre de unos cuarenta años de edad, entrecano, de manos pequeñas, vestido con una americana de pana oscura y un pantalón vaquero gastado cuyos bajos no alcanzaban unos mocasines negros impecables, estuvo en la tienda las seis primeras canciones del kamikazes enamorados, de Quique González. Leyó con atención la composición química de una crema de masaje, hojeó un par de revistas, tres carátulas de películas y un libro del Marqués de Sade, observó detenidamente un dildo ergonómico de color azul petróleo y, en el estribillo de palomas en la quinta, preguntó el precio del disfraz de enfermera y marchó de Imelda con las manos en los bolsillos del pantalón. Dos discos más tarde, uno de Diego Vasallo y otro de Los Ronaldos, se abrió la puerta de Imelda y entraron dos chicas jóvenes, de entre veinticinco y treinta años. Una era morena y bajita, a pesar de calzar unas botas de piel de tacón alto. Gastaron un par de canciones frente a los anaqueles donde descansaban los consoladores. Tenía los ojos negros, los labios finos y las tetas grandes bajo un jersey amarillo ajustado de cuello alto. Sonreían y, a ratos, se cogían del talle o se apoyaban una en el hombro de la otra. Tuvieron en las manos un sujetador de latex, un antifaz de terciopelo morado y un bote de espuma con aroma de fresa. Vestía vaqueros negros. Siete canciones después de entrar, se decidieron por un par de tangas comestibles con sabor a chocolate. Y un abrigo de pana que le llegaba hasta las rodillas. Pagaron y mientras Patricio aguardaba con el brazo izquierdo extendido y la vuelta en la mano, se besaron. La otra chica, rubia de ojos verdes, se dio cuenta de que Patricio las miraba y esperaba escayolado, le pidió perdón, recogió el dinero y la bolsa donde aguardaban los tangas y se marcharon de la tienda. Vestía una camiseta gris, una cazadora vaquera y una falda de fieltro que le llegaba hasta los tobillos. Calzaba zapatillas de deporte. Al andar, movía tan despacio las caderas que parecía cojear. Patricio pensó que eso le gustaba. En los altavoces agonizaba yo detrás cuando desenchufó el ordenador, bajó la pantalla, apagó las luces y en silencio se despidió del mexicano y de la enfermera. Cerró la puerta con tres llaves.

formentera.marzo2009

días