sábado, noviembre 28

Los mejores poemas del mundo

Los seis poemas de Gorrete son los mejores que yo he leído en toda mi vida. Y hubo un tiempo pasado en el que hubiera sido capaz de matar a quien dijese lo contrario. Lo digo en serio. Los escribió durante seis años, los últimos de su vida. Un poema cada trescientos sesenta y cinco días. Nunca antes había escrito una sola palabra. Trabajó durante cincuenta años como soldador en los astilleros y en los ratos libres jugaba a las cartas en el bistró La Manduca. Cuentan que nunca salió de la ciudad. Su segunda mujer murió hace quince años. La primera dicen que lo abandonó porque el tamaño de su pene era demasiado grande. Cuentan, murió, dicen.

El día que se sentó a escribir por primera vez cumplía ochenta y un años. Mi padre decía que era la edad correcta para empezar a escribir poesía. Todo lo escrito antes no tiene sentido, hondura ni fundamento, concluía. Mi padre era un lector empedernido, lo que acredita su comentario, y, al igual que yo, también pensaba que los seis poemas de Gorrete eran los mejores que había leído en toda su vida. Pero jamás hubiese matado a quien sostuviese lo contrario. Mi padre era, en el fondo, un cobarde detrás de un montón de libros.

Desde la ventana de mi habitación yo veía a Gorrete sentado cada mañana frente al papel blanco. Gorrete y yo éramos vecinos de patio interior. En esos días, yo no sabía qué era lo que hacía. Caí en la cuenta cuando, una vez muerto, fue publicada su pequeña obra literaria. Pequeña en número pero inmensa en arte, como apostillaba mi padre, a la menor ocasión.

Al igual que nosotros, Gorrete no tenía calefacción en casa. Cada mañana se vestía con una chaqueta gruesa de lana color gris, unos pantalones de pana negra y un gorro de paño encasquetado hasta las cejas. En esta jodida ciudad siempre hace frío. Cuando yo me levantaba, él ya estaba sentado. Cuando regresaba de la facultad de empresariales, a media tarde, allí continuaba. En todo aquel tiempo nos cruzaríamos un par de veces en las aceras. Los portales de nuestros edificios desembocaban en calles paralelas. Es curioso que todos estos recuerdos florecieran en mi mente después de su muerte y de la publicación de su obra. De no haber sido así, jamás hubiera vuelto a acordarme del vecino de la ventana de enfrente. Porque del Gorrete soldador, o del Gorrete despechado por culpa de un pene grande en exceso, o del Gorrete casado en segundas nupcias no tengo memoria. Y, según rezaba en la contraportada del libro, toda su vida habitó la misma casa, enfrente de la mía.

No sé por qué he vuelto a pensar en Gorrete y en sus seis poemas. Supongo que algo tendrá que ver el hecho de haber enterrado a mi padre esta tarde. Tenía ochenta años y aguardaba con impaciencia la llegada de su cumpleaños, ya próximo, porque quería empezar a escribir poesía. Qué pena. El mundo pierde hoy al mejor poeta de todos los tiempos, he dicho en el entierro. Todos miraron con cara de no entender nada.
formentera.octubre2009

viernes, noviembre 13

Seisseiscinconuevetrescerosietedosuno

La última vez que los contó tenía diez mil doscientos cincuenta y tres. Fue, si la memoria no le miente, hace dos inviernos. Tardó tres días y medio, durante los que durmió no más de cinco horas. Cuando terminó, se sintió agotado y satisfecho.

Hace meses, de madrugada en un bar del centro, un tipo, tan borracho como él, le contó que conocía a alguien que tenía, seguro, más de diez mil. Más de diez mil quinientos, quizás. No le creyó. Y la marea de la resaca arrastró el dato de su mente. Pero ahora ese anuncio en el periódico le ha puesto nervioso. Coleccionista privado. De segunda mano. En buen estado y a buen precio. La mayoría norteamericanos. De siete, diez y doce pulgadas. ¿Quién era? ¿Por qué los vendía? ¿Cuántos años había tardado en reunir esa cifra?

Dejó la hoja del periódico encima de la mesa del salón. Quería comprobar lo que el tiempo era capaz de hacer con ella. Si una semana después continuaba allí, se decidiría a llamar. ¿Y si lo tuviera, después de tantos años buscándolo?

Los siete días pasaron como un desfile del invierno, la hoja de periódico continuaba en el mismo lugar donde la dejara y el tiempo nada había hecho con ella. Doblar las esquinas húmedas, tal vez, arrugar los bordes. Por alguna extraña razón, a la que no llamaba miedo, no se atrevía a marcar el número de teléfono, a escuchar los monótonos tonos previos al sonido de una voz.

No puede dormir. Se levanta, memoriza el número de teléfono para poder olvidarlo después y diestro encima de la mesa construye un avión de papel con el anuncio en el ala izquierda. Lo observa entre sus dedos un instante antes de lanzarlo al aire a través de la ventana. Allá va. Sigue con la mirada el torpe vuelo del ingenio y puede ver, con las luces de la ciudad al fondo, como las gotas de lluvia bombardean las alas del avión y lo derriban.
formentera.octubre2009

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