domingo, agosto 31

Besos que traspasen barbas


Fotografía: Rafa Cofiño

Como comparezco ante vosotros por parte del novio, deciros que la amistad entre Valen y Pepe, que es así como él me llama (yo le llamo Peluo), está construida de ausencias. Tan acostumbrados estamos a no vernos que, cuando fuimos vecinos en el barrio alto de la ciudad, no quedábamos demasiado, no fuera que dejáramos de ser amigos. Por este motivo, durante todos estos años hemos ido tejiendo una red epistolar de emeils, esemeses y guasaps que nos sostiene y las pantallas de ordenadores, tablets, móviles y demás pichigüilis electrónicos son para nosotros lugares de encuentro y alegría donde, entre otras cosas, yo conocí, poco a poco y entre líneas, la existencia de la otra protagonista de esta historia: Cata.

Llegados a este punto, y con el permiso del Peluo y de Cata, me gustaría compartir con vosotros alguno de los hilos de esta red, sobre todo en los meses en que Valen marchó para Colombia con intención de cambiarla, iluso, y Colombia, aquí está la prueba, le cambió a él. Nada nuevo, por otra parte. Ya marchó para Londres a aprender inglés y regresó a los pocos meses con un fluido portugués en los labios.

De Pepe. Para Peluo. Nueve de septiembre de dos mil trece. Peluo. Dos puntos. En el recuerdo nos quedarán las conversaciones acerca del sobrevalorado de Galeano, los viajes transoceánicos en los que dormías como un crío, las noches en las que un frontera es un frontera, cuando andábamos solateras y, después de la tercera o de la cuarta, acodados en la barra repetíamos como un mantra aquello de: “con esta edad, amigo, como no nos demos prisa, no pillamos una sin hijos”.

Te vi en la pantalla del ordenador. En un vídeo que creíste una fotografía. Partido por tres líneas de frontera. Riendo. Qué milagro este de la tecnología y qué poso de melancolía te deja sentir a alguien tan cerca estando tan lejos. Te echo de menos, hermano, como siempre desde hace muchos años. Pero esta vez con algo más de orgullo por ser quienes somos.

Colombia siempre fue para mí el país del Postobón y de Lucho Herrera, de Macondo, del Pacho Maturana y de los huevos de Valderrama que Míchel aquella tarde en el Bernabeu se encargó de varear. Ahora se ha convertido en el país en el que estás tú, así que eso hace que esté mucho más pendiente e interesado en lo que allá sucede.

Estos días bajo a San Lorenzo por la Plaza Mayor. Para pasar por el que fue tu portal. Por si algún día de estos te apareces y te animas a darte un baño con nosotros. El cachorro quiere saltar las olas cada vez más dentro. Nos van haciendo falta unos manguitos. La otra tarde, en la playa, Lau te nombró: "este verano es como aquel en el que Valen decía: a ver si empieza a hacer malo, porque tengo una de cosas que hacer".

¿Cómo andas? ¿Regresaste de los manglares? ¿Se te va haciendo colombiano el corazón? ¿Qué has visto? ¿Qué sientes?

Se hacen grandes las ganas de que vengas a vernos. Tú ya sabes, cuando quieras. No nos vas a pillar de sorpresa. Desde antes de que te fueras ya te estamos esperando.

Cuídate de las bombas, Peluo, pero más del miedo. Un beso grande, que traspase barbas.

De Peluo. Para Pepe. Veintidós de marzo de dos mil catorce. Pepe. Dos puntos. Siempre siento que te escribo con prisa y que te contaría mil historias de amor y de guerra, historias de gente que se levanta, se cae, se levanta, se cae y camina y camina y crea y pinta y baila y baila y vuela y funde vidrio y ríe y sueña. Este pedazo de tiempo, que ahora pienso que es corto, pero a veces parece eterno por lo solo que te sientes, lo pequeño, lo vulnerable, lo lejano de todo y de todos, es cuando me acuerdo de los míos. Qué será de mis amigos, que andarán haciendo estos días, estarán juntos tomando unas sidras por Xixón o echando unas carreras con los guajes por el muro o de cena en la casa del Quequi en Casavieja o por los madriles tomándose unas cañas y descubriendo algún garito nuevo. Qué será de mis sobris, ¿le estará ya saliendo mostacho al Lucas? y mis hermanos, mis padres... cómo andarán. Cada noche cuando estoy fuera, con la banda sonora de la selva viajo y os busco, y hasta a veces os veo (sobre todo cuando tomamos alguna infusión con yerbas raras de esas que hay por acá) y también os traigo un ratico aquí conmigo y os presento a esta buena gente y trabajamos juntos mano a mano como algún dia haremos y después cada uno vuelve a su lugar y la música de la selva baja de volumen, y poco a poco empiezo a soñar y duermo y amanece a las cinco y media y a las seis empezamos otro día más a kaminar... Las cosas siguen bien por aquí, la ultima salida fue algo jodida, aprendí por primera vez y espero que ultima que es eso de una guerra.

Casi un año metido en estos llanos y montañas del Meta y en estas selvas de Guaviare intentando acompañar a tanta gente con tanto dolor y tantos sueños, tanto aprendido, tanto vivido, tantas preguntas no me dejan bien dormir ahora que estoy casi haciendo las maletas. Creo me quedaré un tiempo por aquí, por este lado del charco. Enganchado a esta tierra ahora de un lindo color violeta.

Cuídate, Pepe, pero no tanto como para no disfrutarlo todo. Un beso grande, que traspase barbas.


gijón.alanochecer.agosto2014.

sábado, agosto 30

¿No puedes quedarte un rato?


A ti no te sucederá
porque no tienes esta sed
ni estos platos sucios,
la casa llena de gatos,
esta mierda en los pulmones
que no sé cómo se llama,
ni estos huesos roídos
o el horizonte de la ventana
velado por el hormigón.

Pero yo me voy a morir
dentro de esta casa,
cualquier mañana de las siguientes
y será pronto.
Cuando mi estómago no soporte
más vino
ni mis pulmones más aire,
ni mis ojos más tristeza.

¿No puedes quedarte un rato?

enundomicilio.enero2014

domingo, agosto 24

Doméstica primera







Unas manos
para crear horizontes
o para fregar platos.

Voy a quedarme en la ciudad
para que le crezcan raíces.
Aunque eso le convierta en alguien
tan diferente a mí,
que no tengo. 

encasa.díasdespuésderegresardeunviaje. 

viernes, agosto 15

Lo de la novela


Aquel invierno en La Habana fue el más frío de cuantos se recuerdan. Desprovista de cualquier ingenio que generase calor, la gente soportaba el helor que se colaba por las junturas de las puertas y por las grietas de los muros de las viejas mansiones permaneciendo muy quietos bajo las mantas o moviéndose sin parar. Cuentan que, en los últimos meses de ese año, la tasa de natalidad se duplicó en la isla.
Mi padre llegó a la ciudad, procedente del este, el cinco de enero. Como un regalo de reyes, se presentó en la casa que mis abuelos ocuparon en Centro Habana y, junto a mi madre, una tarde que el frío era más intenso, en la habitación de ella consumaron un noviazgo epistolar que se alargaba ya más de dos años, desde que se conocieran en una zafra de otoño y mi madre accediera a recibir correspondencia. Después mi padre escribió de seguido, en cuarenta días, una novela de trescientas páginas. La entregó en el comité del barrio para que aprobaran su publicación y se echó a dormir un sueño que la escritura le negaba.
Cuando mi abuelo supo que su hija estaba embarazada, corrió con todos los gastos de la boda y le encontró a mi padre un trabajo de chófer en una de esas calesas que pasean a los turistas desde el Capitolio hasta la Rampa. Mi padre sólo quería esperar a que la primavera trajese la noticia de la publicación de la novela y, con ella, el comienzo de una prometedora carrera de escritor. Pero no supo negarse.
El nueve de septiembre vinimos al mundo mi hermano y yo. Los pegados, nos bautizaron en el barrio, porque nacimos siameses unidos por el índice, razón por la que ni yo en el derecho ni mi hermano en el izquierdo tenemos huella dactilar.

Este invierno está siendo cálido. Nada que ver con aquel, por lo que cuentan. En el año que comienza, mi hermano y yo cumpliremos cuarenta y cinco años y lo celebraremos por
separado, un año más y ya van veinte. Él, con su mujer, sus tres hijos y mis padres, en la casa que mis abuelos ocuparon en Centro Habana. Yo, con mi mujer y mi hija en Miami.
Mi padre, ya jubilado, pasa todas las mañanas por el comité a preguntar cómo va lo de la
novela. Pronto, compadre, pronto ya se va a resolver, le contestan. A veces, cuando hablamos por teléfono le pregunto ¿cómo va lo de la novela, pa? Pronto, mijo, pronto, me contesta. No van a ser tan comemierdas de esperar a que me muera.

lahabanaviejadegijón.marzo2014

domingo, agosto 10

Montevideo y ciertas calles


 

Rumor de cosas pequeñas,
de ratones haciendo su nido
en el desván,
la lámpara de globo encendida,
una canción en lugar de un adiós,
las mañanas de verano
tan limpias,
la siesta con las ventanas abiertas,
comer chocolate usando los dedos,
un paseo en bicicleta,
un concierto cerca del mar.

Al verte desnuda y dormida
encima de la cama,
recordé Montevideo y ciertas calles,
el rumor de cosas pequeñas,
los plátanos desprendiéndose
de las primeras hojas de febrero,
unos pendientes,
el coche de madera que eligió entre risas,
un litro de leche,
los columpios heridos por la herrumbre,
la canción de notevagustar
que sonaba en los altavoces
del aeropuerto.

Fue al ver tu cuerpo desnudo
(que se erizó como preparándose
para la batalla)
que recordé Montevideo y ciertas calles
dibujadas en las páginas de un libro
pocos días antes de regresar a casa. 

parís.noviembre2013. 

domingo, agosto 3

No existe tu nombre








No existen los martes,
no existe el dolor,
ni la melancolía.

No existes tú,
ni tan siquiera nosotros,
el mar o lo que en él anida,
la algarabía de la fiesta
o las lágrimas,
los coches aparcados en doble fila.

No existe tu nombre.
No sé cómo llamarte.
Las cadenas,
el lápiz, los arañazos,
acostarme contigo,
aunque lo haga con otras.

No existe el frío,
el otoño,
las dudas,
la resistencia del gatillo.

No existe un final,
no existe
tu rostro cuando duermes,
ni las dos palabras
con que te maldigo.

cimadevilla.junio2014

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