viernes, septiembre 23

Una casa llena de fotografías de gente

Jovita vive sola en una casa llena de fotografías de gente. Las hay colgadas en las paredes, sobre la mesa y dentro de los muebles acristalados del salón. La más grande de todas, en blanco y negro y enmarcada en melamina, viste una de las paredes. Los padres de Jovita miran a la cámara, solemnes y asustados, con la espalda erguida y el mentón alzado, españoles nacidos a principios del siglo pasado que sufrían en sus vidas los sacrificios y el miedo de una guerra que cambió un país para siempre y soñaban con un futuro mejor pero diferente al de una casa más grande, un coche más rápido, unas vacaciones más lejos o un colegio más caro para los nietos que aparecen vestidos de marineros el día de su primera comunión, de militares en la jura de bandera, sobre el capó del ford fiesta azul que ahora duerme en el tendejón con una manta sobre el capó que proteja las bujías del frío o el día de la boda con el pelo cardado. Y junto a la de los padres, otra imagen, también enmarcada y de gran tamaño, de Jovita y de su marido, pocos años después de casarse, detenidos para siempre sonrientes y altivos, acostumbrados a la mirada de las cámaras, lejos ya los años de la posguerra y las historias de conflicto, viviendo un presente amable lleno de futuro. El marido peinado con la raya al lado y vestido con jersey y camisa, Jovita con la piel de la cara libre de arrugas, los pómulos altos, los labios gruesos pintados de oscuro, el pelo cortado a lo garson y las orejas adornadas con unos pendientes grandes que cuelgan hasta los hombros, muy lejos de este presente de úlceras en los tobillos y cistitis de repetición, de pinchazos en los pulpejos encallecidos de los dedos para medirse el azúcar tres veces al día, del sueño intranquilo en la cama de noventa que su hijo, el último fin de semana que vino a verla, colocó en uno de los rincones del salón para evitarle a ella la fatiga y el dolor de espalda de subir las escaleras que llevan hasta la habitación inalcanzable. Jovita se arrellana en el sillón y, con la pierna apoyada en la butaca, se deja hacer la cura de las heridas, un poco ausente, un tanto triste para poder alejar el dolor. Habla de la fiesta del pueblo que se celebrará el fin de semana que viene, aunque cada año se acerque menos gente. Se queda en silencio. Recorre con la mirada las fotografías del salón. Lentamente. Después cierra los ojos.

La empatía no es ponerse en lugar del otro. Eso es imposible. Uno no puede saber, si no lo ha sufrido, qué se siente cuando se muere un hijo, cuando te dicen que tienes cáncer, cuando te desahucian, cuando la vejez se lleva la libertad, cuando no tienes dinero para dar de comer a los tuyos, cuando te pega tu marido, cuando sufres un accidente de tráfico o cuando tu mujer se va con otro. Además, los médicos somos clase económica y cultural alta. Existen problemas que sufren las personas que nos consultan que ni imaginamos, mucho menos vamos a ser capaces de entenderlos. Pensar lo contrario forma parte de la soberbia que nos adorna a la mayoría. Y es que intentar ponerse en los zapatos del otro conduce, en demasiadas ocasiones, a errores que dinamitan la relación con el paciente. Corres el riesgo de creer que está triste, cuando está enfadado, rabioso cuando resignado, alegre cuando ansioso. Empatía es otra cosa. Empatía es generar y favorecer espacios y tiempos en los que la persona, de un modo seguro, tranquilo y confiado, pueda expresar cómo se siente y lo haga usando el canal que considere más adecuado (hablando, pintando, llorando, escribiendo, callando…). (Romualdo Jardón. Mentiras perversas de la medicina humanista. Ed. Renoir. Bogotá. 2000).

miércoles, septiembre 7

Morir con las zapatillas de estar en casa puestas

Natalia tiene noventa y un años y vive sola en una casa que tiene más de trescientos. En la habitación en la que duerme nació su abuela, su padre, seis tíos y sus ocho hijos, uno de ellos muerto. Hace treinta años vivían doce personas en la casa. Todos se fueron marchando, unos camino de la ciudad y otros del cementerio. El tiempo desgoznó las ventanas y los marcos de las puertas, abofó las paredes y combó la madera de techos y suelos. Por las rendijas de la casa, como una mano en forma de cuenco por cuyos dedos se escapa el agua, el frío del invierno o el calor untuoso del verano anuncian su llegada al valle. Natalia pasa las horas sentada en la cocina frente al fuego. Saluda con tristeza el paso de las estaciones y aguarda paciente la visita semanal de un sobrino que marchó a la ciudad hace unos meses en busca de trabajo. Natalia huele a orín y a humo, a halitosis de dientes podridos y a sudor rancio. Camina con ayuda de dos bastones o de un bastón y la pared o el borde de los muebles. La artrosis ha deformado por completo los dedos de sus manos. La micosis, las uñas. El corazón, de tan fatigado, ya no puede remover la sangre de las piernas, que se hinchan hasta impedirle calzarse los zapatos y salir de casa. Morirá con las zapatillas de estar en casa puestas. Dice tengo yo más miedo a la noche que el que tenía mi padre a los rojos. Dice no hay miseria comparable a esperar la muerte en silencio y sola. Dice no me abandone usted también, doctor. No me abandone y venga a verme de vez en cuando. 

En la forma de ser y de estar con el paciente, yo me siento mucho más cerca del trabajador social o de la psicóloga que de la nefróloga o del cardiólogo. (Gael Rubiralta. El médico poliédrico y otros disfraces. Ed. Txalapa. México D.F. 2010).

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