lunes, abril 26

la ciudad jamás se detiene

Sentado en la mesa de mármol de un bar frente al Cantábrico.

Tomando un café solo.

Mirando veinticuatro fotografías.

Leyendo.

Escayolado tras la ventana de un edificio levantado en una ciudad que jamás se detiene.


Ahora somos más grandes. En esta casa ya no cabemos. Debemos marchar y dejar atrás sucios los cristales de las ventanas, abiertas las puertas de los armarios y desgoznadas, cenicientas las huellas de tus manos en las paredes blancas de la habitación cuando te apoyabas en ellas y me dabas la espalda y las sirenas de los barcos sonaban cada mañana tan cerca, que a veces me despertaban, de pronto, y me mataba el miedo de pensar, entre el sueño y la luz, que la proa de alguno de ellos partía la cama en dos. Los yonquis del barrio, prematuramente envejecidos, aporreaban la puerta del vecino y gritaban amenazas terribles y sangrientas para después, tirados en el suelo o sentados contra la pared o nuestra puerta, llorar plegarias patéticas. Desnudos frente a los espejos convertíamos suicidios en promesas y reíamos abrazados. No quisimos saber entonces que alguna que otra ostia nos caería.

Vendimos todos los libros, los tuyos y los míos, y al aire de la tarde antes de la tormenta, las cenizas de lo que dejábamos de ser, crisálidas arrugadas, sustancias volátiles e inflamables, volaron una tarde camino de las afueras de la ciudad, que es el lugar donde reposan los despojos de todo aquello que soñamos y nunca se nos ve cumplido.
cimadevilla.febrero2010

sábado, abril 10

Ana

Ana aguardaba paciente, de pie detrás de la barra, a que los cuatro de la mesa cinco pidieran la cuenta y se largaran. Eran dos mujeres rubias y un hombre calvo. Habían pedido tres ensaladas verdes, un arroz negro y dos botellas de vino blanco. Por fin, a las seis los cuatro de la mesa cinco se fueron del restaurante. Ana apagó las máquinas, barrió la terraza y cerró las puertas.

Caminaba deprisa por el malecón. El ritmo del mar se enredaba en sus piernas y las ventanas de la ciudad observaban distraídas su deambular. De pronto, cayó en la cuenta. Primero aminoró la velocidad. Después se detuvo. Se sentó en el muro y encendió un cigarrillo. A cualquier lugar al que fuese, llegaba tarde.
formentera.noviembre2009

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