Mostrando entradas con la etiqueta carta de un soldado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta carta de un soldado. Mostrar todas las entradas

sábado, agosto 11

carta de un soldado (y IV)

José se presentó voluntario en el cuartel de Zamora. Entró como corneta, pero pronto ascendió a cabo. Cuando estalló la guerra civil se enroló en la primera partida de infantería que se trasladó a Valladolid, donde se organizaría el avance nacional hacia Madrid para luchar contra los republicanos.
En la batalla del Alto del León los hicieron prisioneros cuando se protegían dentro de una casilla de camineros. Los mataron a todos excepto al capitán, al que dejaron renco. Por medio de éste se permitió a los familiares ir a Villacastín a reconocer los cuerpos. El padre de José supo que era su hijo por el cinturón y por un colmillo característico, de herencia, como de espaldas a la luz. Después los metieron a todos en ataúdes de madera idénticos y cubiertos con la bandera de la España Nacional. Los trasladaron a Zamora (de donde eran originarios) y de allí, algunos fueron hasta Fermoselle.
A la familia le quedó siempre la duda de si el ataúd que enterraron bajo tierra en Zamora sería en el que estaba el cuerpo de José. Por lo menos, cierto era el consuelo de saber que, bajo alguna tierra, su hijo descansaría para siempre.

salamanca.mayo2001

sábado, agosto 4

carta de un soldado (III)

José entró en la garita y descubrió al sargento degollado y sentado en la silla donde le sorprendiera la muerte. Antes de poder reaccionar, una sombra detrás de la puerta le propinó un fuerte golpe de culata en la cabeza que ahogó el grito de alarma y le robó la consciencia. Cuando despertó, se descubrió atado de pies y manos junto a sus cinco compañeros de retén en el cuarto donde antes escribía, robándole horas al sueño, a la familia.
Les trataron con dureza pero con respeto. No hubo ninguna agresión gratuita ni ningún insulto. No fueron torturados. Los milicianos parecían nerviosos y hablaban poco. Pero decían cosas con la mirada. Cuando José cruzó la suya con la del que parecía estar al mando supo que iban a morir. Intentó decir algo para defenderse, pero un terrible dolor de cabeza y la sangre reseca que le acartonaba el rostro y la nuca le hicieron desistir. Quiso hablar con Ramiro, el más joven y al que todos cuidaban como un hijo, al ver el miedo de sus diecisiete años reflejado en los ojos aterrados, pero de las sombras, donde había permanecido hasta ahora escondido, apareció un joven alto y delgado que, mirándole fijamente a la vez que se quitaba la gorra, le dijo: guarda silencio, José.
Era Román. José agachó la cabeza abatido. Sentía el peso del mundo en el cuerpo y tenía tantas preguntas por hacer que enmudeció. Román había abandonado el pueblo hacía un año, cuando Mosén Martín, desde el púlpito, acusó a varios vecinos, entre ellos el padre de Román, de ser enemigos de Cristo. Pero José no imaginaba que la guerra le convertiría en su verdugo.
Haz que la carta llegue a mis padres, por favor, le pidió señalando con la cabeza el pliego inerte encima de la mesa donde José lo abandonara para comenzar la guardia. Román asintió gravemente. Después, los dos se comportaron como desconocidos. Nadie adivinaría que fueron más que hermanos.

Los fusilaron frente a la tapia trasera del cementerio. Fueron seis detonaciones secas que rasgaron el silencio virgen aún en la amanecida del cinco de agosto de mil novecientos treinta y seis. Después, dos de los soldados que habían disparado, vomitaron. Un gallo cantó.
No se cumplía el plazo mínimo de cuarenta y ocho horas desde el apresamiento que las leyes militares imponían; pero eran tiempos de guerra y sublevación, y se ordenó el ajusticiamiento para no demorar la partida de las milicias hacia la capital y engrosar así, cuanto antes, las tropas que defendían Madrid como gato panza arriba. El parte interceptado por los nacionales era un simple ardid republicano para hacer bajar la guardia al enemigo y poder atacar amparados en el alba y la sorpresa. Madrid estaba bien provisto de defensas, más ahora que se acercaban, desde los Pirineos, los voluntarios de las Brigadas Internacionales. Pero nunca estaban de más armas y manos compañeras que ayudaran en la defensa de la ciudad.

En el remolque de un viejo tractor confiscado para la causa, los cuerpos fueron trasladados hasta la iglesia que, adornada por dos nidos de cigüeña en la torre, dominaba el pueblo desde lo alto. Una vez allí, los finados fueron colocados en hilera sobre el frío suelo de enormes lajas alisadas por el tiempo apilado y los pasos repetidos. Junto a los seis militares debelados, se situaron los cadáveres del sargento, del dueño del tractor, que se había negado a prestarlo, y del párroco, asesinado la noche anterior. Cubiertos con mantas, allí aguardarían hasta la llegada de los familiares que quisieran identificarlos y llevarlos a casa para darles descanso bajo la tierra que habían conocido.

La noticia de la muerte de José cayó en la casa de sus padres como rayo sobre árbol vencido. Su padre se refugió en el campo. Su madre perdió el habla y se quedó sentada en la cocina, con la vista perdida más allá de la ventana por la que se colaba la luz viva del verano, y con una carta en las manos que en días no soltaría. Muchas lunas pasaron hasta que se oyeron de nuevo sus palabras.

José Pérez Fonseca, cabo de infantería de Toledo nº 26 enrolado en el ejército nacional al inicio de la Guerra Civil, fue asesinado por las milicias populares en Villacastín, provincia de Segovia, el 5 de agosto de 1936. Contaba 19 años de edad.

jueves, julio 26

carta de un soldado (II)

Hola, madre. ¿Qué hace? ¿Leyendo una carta?

Me envía padre para que le dé una noticia. Pero no sé cómo empezar.

Madre, han matado a José. Llegaron las listas de bajas y es el primero. Fue hecho prisionero cerca ya de Madrid y lo fusilaron como preso de guerra. Este país se está volviendo loco.
Dicen que alguno de la familia tiene que ir a Villacastín a reconocer el cuerpo. Que si nos negamos no veremos el cadáver y lo enterrarán en una fosa común o se lo llevarán al campo para alimentar a las bestias. Usted no debe ir, madre, ni la dejaríamos; pero alguien tendrá que hacerlo. El primo Aurelio... no me mire así madre, claro que está llorando. Nada tiene que ver el que no piense como nosotros. Quería a José como el que más. Aunque usted siempre dijera que acabaría por meterle cosas raras en la cabeza. Igual si así hubiera sido, ahora José vivo estaría. Quién sabe...
... el primo Aurelio dice que él puede acompañar a padre. A él no han tenido que decírselo, tan siquiera. Veníamos fatigados del campo y al entrar por el costado de la iglesia vio el coche del general aparcado en la plaza del ayuntamiento y supo que José estaba muerto. Algo le ha pasado a tu hermano, Carmencita, fue lo que me dijo. Por algo le llaman el Brujo, ¿no? Dio media vuelta entonces, y regresó por donde habíamos venido. Quiere estar solo. No volverá hasta la noche.

Dígame algo, madre, no esté tan callada. Este silencio duele y...
...llaman a la puerta. Yo abriré.

Es don Matías, el médico, madre. Dice que si puede acompañarle a casa de Benjamín. A la hija, la Luciana, se le ha adelantado el niño.

martes, julio 17

carta de un soldado (I)

Alto del León, a 4 de agosto de 1936

Querida familia:

Espero que a la llegada de la presente os encontréis todos bien. Que el tiempo en que hemos estado separados, que ojalá no se prolongue más allá del requerido por la patria, no diluya los lazos que nos unen. Y que no se olviden de este hijo que les quiere y espera pronto verse reflejado en sus ojos. Quisiera sepan también disculpar mi mala caligrafía. Ahora me arrepiento de haber derramado de forma tan inconsciente los consejos y enseñanzas que, con paciencia, padre se esforzaba en inculcarme para hacerme entrar en el complejo mundo de las letras que él tanto ama. Al recordarle, padre, me vienen a la memoria las tardes en que usted me encerraba con los libros en el corral y yo me escapaba saltando la tapia en cuanto el silbido de Román en la tarde queda anunciaba el comienzo de los juegos infantiles.

Regreso a esta humilde estancia en que me atrevo sobre este sucio pliego, mientras dos de mis compañeros descansan, a escribir palabras de nostalgia y esperanza acompañado de la poca luz que me cede este desvencijado quinqué. Abandono los recuerdos en que ustedes son los protagonistas para iniciar mi relato.
Tras salir de la Academia en Toledo terminamos nuestra instrucción en los montes de Madrid y el inicio de la guerra nos sorprendió de campamento en la sierra de Guadarrama.
Viendo que el enemigo conservaba con suficiencia Madrid, comenzamos la semana pasada la marcha hacia la capital, con el fin de intentar recuperar la ciudad más importante de España. Los altos mandos del Movimiento Nacional opinan que el ejército republicano no tendrá capacidad suficiente para defender el resto de España si el Frente Popular pierde Madrid. El general Varela siempre dice: “ganar Madrid, soldados, es ganar España”, cuando el ánimo de la gente anda decaído.
Anoche coronamos el Alto del León y aguardamos en este pequeño pueblo de Villacastín el próximo movimiento de las tropas republicanas. Corren noticias de que se ha interceptado un parte del bando enemigo. Desde Madrid, se dirigía a las milicias que asedian Toledo, para solicitar refuerzos porque la tropa se encuentra mermada. Muchos han caído, al parecer, enfermos de sífilis por las continuas visitas a los burdeles castizos. Por eso presentimos una noche en calma e, incluso, no se esperan novedades para el día de mañana. Nada ocurrirá hasta que lleguemos al frente de Madrid. Entonces sí, la cosa se va a poner cruda.

Saben padres, que a veces sueño con la entrada triunfal de los nacionales en Madrid y, con ello, el final de esta joven contienda que nadie quiere se prolongue. Entonces, podré recoger mis pertenencias y regresar a casa donde me aguardan asuntos importantes. Echo de menos el calor del hogar y, a menudo, cuando cierro los ojos me nace la risa de Carmen en los oídos y, maldita sea, que me parta un rayo si no se me saltan las lágrimas.
Hoy, cuando cruzábamos una aldea, desde una ventana nos han llamado fascistas. Y no sé lo que significa. Yo no nací para luchar, padre. Ya me lo decía usted; pero hay que defender España de la ruina, hacerles entrar en razón y comenzar a construir un país para todos. Yo, de ella, me conformo con un trocito de tierra al lado de la nuestra y sentir el olor fresco del suelo húmedo por el rocío en la mañana recién nacida mientras camino por la trocha escuchando las historias de padre.

Antes de acabar quisiera decirles algo que he ido demorando y creo es hora de que sepan: el hijo que, si Dios quiere, tendrá Luciana a finales del verano, para la virgen de la Vega, es nieto suyo. Si algo me pasara considérenlo como sangre suya que es y, por favor, si es niño, pónganle mi nombre.

Pidiendo disculpas de nuevo por mi mala caligrafía me despido porque en estas horas que anuncian el alba, antes de que el gallo cante, comienza mi ronda de vigilancia. Y debo presentarme ante el superior para iniciar el hastío de la guardia. La semana entrante volveré a escribirles contando como siguen las cosas.

Atentamente, se despide su hijo que lo es con gratitud y afecto:
José.

p.d: le pido, madre, que cuide a Luciana. Me tranquiliza saber que cuando traiga el niño al mundo, usted estará allí para ayudarles.

días

cuadernos