sábado, mayo 28

Primer principio. Principio de cinemática.


Declarado hace años por la crítica el mejor escritor del primer párrafo del mundo, Arcadio se suicidó una mañana de marzo cuando, después de diez minutos mirando por la ventana como la lluvia no cesaba, supo que no vería nunca más el sol.

Rosaura, que observaba en silencio el cadáver del escritor, sentado en la silla con la cabeza echada hacia atrás y un agujero negro en la frente, miró a través del cristal de la ventana y, después de contemplar el vaivén de un mar embravecido, comentó
            qué día tan extraño. A primera hora parecía que no iba a dejar de llover en semanas y ahora el cielo es más azul que los ojos de mi hija pequeña.

De las manos crispadas del muerto rescató el arma presuntamente suicida, extrajo el cargador de la culata y comprobó que estaba vacío. A continuación, se agachó para recoger el casquillo que mansamente aguardaba entre los pies de Arcadio, lo observó durante unos segundos, preso entre el pulgar y el índice de su mano izquierda, y lo guardó en el bolsillo de la americana.
Apostaría la mitad del sueldo a que es un nueve corto, dijo para nadie. 

Arcadio dejó escritas diez novelas que se iniciaban de un modo magistral y se descomponían irremediablemente, como un día de septiembre lo hicieran los dos edificios más altos de la isla de Manhattan, tras el primer punto y aparte. El escritor sin fin, dijo de él la crítica en ocasiones, el eyaculador precoz de tinta china, la eterna promesa de las letras hispanoamericanas, Carl Lewis metido a marathonman. Arcadio leía con resignación todos los adjetivos que le describían, a él y a su efervescente obra, y archivaba las críticas en carpetas de cartón azul que ordenaba por año en las estanterías que, como adolescentes castigados de cara a la pared, pensaría después Rosaura al verlas, vestían las paredes de su casa.

domingo, mayo 15

Te dejas caer

Te dejas caer y
tras de ti
la mordaza de los días,
o tal vez la rutina.

Se abre el telón y apareces
desnuda.
Podría intentar
quedarme a tu lado
toda una vida,
la nuestra,

y eso es precisamente
lo que quiero hacer.

Te extraño
cuando el silencio de esta casa
eres tú,
más que cuando estás.

Las palabras que no encuentro,
los mapas donde se muestran
los lugares de un cuerpo que aún
no he sido capaz de memorizar,
el pentagrama de la ropa tendida
al viento y un vivace,
el discurso que se alarga en un tiempo
que solo tú puedes detener,
que solo tú puedes acotar,
que solo yo ya sin tilde.

Dijiste salgo a cenar y no has vuelto.
Por eso este poema ahora es otro,
versos de abandono y espera
cuando me siento incapaz tan siquiera
de usar el recurso literario gastado
de acabarlo como empieza.

Te dejas caer.

cimadevilla.marzo2011

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