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martes, mayo 6

Historias de la guerra #4


Llamaron para decir que la abuela se muere. Silenciosamente. Me pregunto si la gente se muere como vive. Pienso en todos estos años e intento encontrar en las esquinas de la memoria alguna ocasión en que María hubiera perdido la calma. Y no la encuentro. No la encuentro porque no ocurrió nunca.
En su silencio aprendí mucho más que en mil palabras dichas por otra gente. En esta época que me ha tocado vivir, en la que lo importante es hacer ruido, fue un privilegio aprender de ella y tenerla al lado.
Me quedo con sus sabios silencios, sus ojos vivaces, su sonrisa maestra, su bondad, su pausa, su alegría, su valentía, su debilidad, su fuerza.
Hagamos que nuestra vida, como las cosas de verdadero valor, no luzca, pero pese, leí que escribió Séneca.

gijón.julio2006

miércoles, abril 30

Historias de la guerra #3


La abuela dice que hubo años en que pasaron hambre. De nada le sirvió ser hija del maestro y de poco que el abuelo hubiese estado, desde el principio del miedo, del lado de los que no perdieron. Vivir con más tranquilidad, si cabe. Y tranquilidad es una palabra tranquila, que encierra la sensación agradable de lo cotidiano, lo previsible, la cierta sucesión de acontecimientos esperables. Pero la tranquilidad, aún con todo eso, no se puede comer. Fíjate si llegamos a pasar hambre, decía María, que en más de una ocasión Marcial, el sustanciero, tuvo que pasar por casa. Marcial robó el hueso pelón de una pata de cerdo que fue jamón en el pasado, irreconocible ya en la gastada osamenta, de la trasera de una carnicería en la capital. Y con él al hombro regresó al pueblo. Por dos reales te lo prestaba cinco minutos, para que lo metieras en el agua hirviendo de la cazuela y el milagro del aroma y del fogón diese sabor a la cocción y trocase el agua en sopa, la tristeza en esperanza, el dolor del vacío en el estómago en alegría efímera, unida al pensamiento dichoso de que desde entonces este país, esta tierra, estos hombres irían a mejor.

domingo, abril 27

Historias de la guerra #2

2.
La abuela me contaba historias de la guerra que le tocó vivir y que le forjó el carácter. Recuerdo cómo me impresionó la historia de Germán, el hijo del peluquero. Hombre ambicioso, Germán delató, a cambio de la alcaldía, a los partidarios de la república que vivían en el pueblo. Durante tres días y guiados por la lista que redactó el aprendiz de peluquero, los nacionales detuvieron a doce vecinos. Los subieron a la parte trasera de un camión y se los llevaron a la capital. De los doce, nunca más se supo.
A la mañana siguiente, cuando la madre de Germán subió a llamarlo para que se levantara, encontró la cama sin deshacer.
Germán apareció muerto en una cuneta de la carretera y quienes lo vieron contaron que tenía los dedos índice cortados. Y metidos en la boca.

martes, abril 22

Historias de la guerra

1.
La abuela me contaba historias de la guerra. De cuando ella era joven y la más guapa del pueblo. Sí, que no lo digo yo, ni es pasión de nieto. Que fue coronada dos años seguidos la reina de las fiestas en la reunión de primavera, después de la nieve. Y aún hoy, setenta y cinco años después, mira de reojo a los espejos, segura de saberse ganadora en la batalla con quien está al otro lado del cristal verdadero.
La abuela me contaba historias de la guerra cuando iba a visitarla, durante los pocos minutos que le concedía antes de continuar con las obligaciones impuestas por estos días veloces. Nos sentábamos en el salón y le decía, cuéntame de cuando la guerra, abuela. Ella sonreía y miraba a ninguna parte, como para concentrarse. Y empezaba a hablar.
De todas ellas, mi historia preferida era la del bombardeo, que relataba siempre con asombro y un poco de miedo, aunque no lo reconozca. En el verano del treinta y siete y guiados por una información falsa, los aviones del ejército republicano bombardearon Alba de Tormes, en busca del polvorín de la provincia. Nada consiguieron porque la reserva de municiones estaba escondida en un galpón a las afueras de peñaranda, a treinta kilómetros de donde las bombas caían. Ella estaba jugando con sus hermanas en el patio de casa cuando escuchó por primera vez en su vida el ruido violento de las hélices, más sordo y amenazador por segundos. Y recuerda, como si fuese hoy mismo, el pánico en la cara de su madre, que salió corriendo a buscarlas y les obligó a permanecer quietas, bajo el quicio de las puertas. Y el estruendo de las bombas que reventaron las paredes de la casa vecina y el fogonazo tras los cristales hechos añicos de la explosión que destrozó el patio. Los enormes ojos inertes de Claudio, sorprendido en el pajar mientras descansaba de la jornada en el campo y todavía con el yugo colgado en el cuello, le despiertan sobresaltada alguna noche.

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