lunes, febrero 22

Y qué


Y qué, si los coches invaden las calles y quedan
parados en mitad de los cruces y suenan
las bocinas y los motores en punto muerto. Un tipo cruza
el paso de peatones, armado con dos muletas
porque una férula de metal le abraza la rodilla desde la ingle
hasta el tobillo. Y un día más no va a llover.

Y qué, si en este bar el ruido que las tazas limpias
hacen cuando el camarero las coloca en columnas encima
de la cafetera y los restos de ginebra que aún conservo
diluidos en la sangre aguijonean mis sienes y me obligan a cerrar
por un instante los ojos. Fuerte.

Y qué, si después de todo, lo único
que quedará de estos días será subir las escaleras,
salir a la calle de madrugada, pedirte un cigarrillo que encenderán
otros y caminar en silencio hasta la parada de taxis, sonriente,
aplacado, un poco borracho, casi feliz.

domingo, febrero 7

Un gran oso rojo dirigiendo el tráfico


Bailamos poco. Dedicamos poco tiempo
a escuchar música.

La casa en silencio.

Las ventanas abiertas. Ropa sucia tirada
por el suelo. Las camas deshechas.
Sábanas tendidas danzando
al viento y a la lluvia.
Los platos sin fregar desde hace tres cenas.

Seis coches aparcados en el sofá y un gran oso rojo dirigiendo el tráfico.
Y tú que no estás. 

Me quito los zapatos. Me cambio de ropa.

A duras penas consigo un espacio libre en la encimera.
Pongo la radio y suena una canción
de Julio de la Rosa. Comienza el agua a hervir, elijo la pasta,
busco los ingredientes de algo parecido a una ensalada.
Abro una botella, aclaro dos copas.
Al tiempo que cierro el grifo,
suena la puerta de casa y apareces incandescente en la cocina,
me besas, sonríes y dices
anduve de rebajas.

Nos sentamos, viertes el vino que compramos
hace año y medio en Oporto y brindamos.
Por las tardes sucias de verano,
por la casa que está viva,
por los mapas de los caminos que recorreremos
durante las vacaciones y que acabas de encontrar
en el buzón.
Le falta un poco de sal, le sobra manzana.
Y más platos sucios pendientes de fregar.

El viento baila en las cortinas y se oye
la calle: voces, motores, pasos, ladridos.
Nos desnudamos para dormir la siesta 
sin tiempo. Y te acaricio, tan lento
como soy capaz, repasando la superficie
de un cuerpo que, poco a poco,
vuelve a brillar:
las marcas del biquini en el bronceado,
las arrugas de tus labios.

Te quedas dormida. Te observo.

Despertarás horas más tarde, cuando anochece,
para ser y estar, para tener, para formar y deformar
por acción de una fuerza más antigua que la estirpe
que nos nombra.

Dejaremos después que el agua de la ducha
arrastre lo que acabamos de ser y lo que
del cuerpo del otro nos pertenece. Una pieza de fruta,
un café, un beso de despedida antes de marchar al trabajo.

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