Mostrando entradas con la etiqueta asombro de la tierra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta asombro de la tierra. Mostrar todas las entradas

lunes, abril 25

Otur

Otur es una playa de arena negra.
Hacía años que no me asomaba.
La mañana estaba nublada y el calor
del sol tardó horas en imponerse.
En el agua había más surferos que bañistas,
al menos una decena de chicos y chicas,
vestidos con trajes de neopreno y armados
con sus tablas, aguardaban detenidos en la superficie
del mar, a pocos metros de la orilla,
la llegada del collar de olas sobre el que ponerse en pie.


Me fijé en un tipo que vestía un bañador rosa.
Se acercó a la orilla. En su brazo izquierdo
abrazaba una tabla de surf marrón y negra,
más ancha y más larga que las que se ven
con frecuencia en las playas.
(Quizá sea una tabla normal; pero yo no entiendo nada de surf).
Se adentró en el agua. Tumbado sobre la tabla, nadó
hasta alejarse de la orilla y se detuvo. Dejó pasar,
sin moverse, las primeras olas que le mecían.
De pronto, como si hubiera recibido una orden o una señal,
con un golpe de brazo varió su rumbo y comenzó
a nadar en dirección a la costa. Una pequeña ondulación
del agua, preludio de lo que sería una ola, le alcanzó,
haciéndole aumentar su velocidad.
La ola se elevó hasta su cima y, en ese instante,
el tipo del bañador rosa se puso en pie sobre la tabla,
el pie derecho delante, las piernas flexionadas,
los brazos abiertos. Y sobre esa tabla grande y larga,
y sobre esa ola que él esperó paciente a que naciera,
alcanzó la orilla en segundos, se dejó caer, recuperó
su posición, tumbado sobre la tabla, y regresó en busca
de la siguiente, a la que esperaría, aunque pasaran horas.


¿Cómo no va a influir la luna en la locura de los hombres
si es capaz de mover océanos?, me dijo J. esta mañana.

jueves, marzo 10

Las órdenes del viento


La tristeza de viajar en un autobús, casi vacío,
con la cabeza apoyada en el cristal.
¿Cuántas veces se ha repetido esa escena?

No es sencillo cumplir las órdenes del viento.

O abandonar el hábito de acostarse a las tantas.

Las obras en la calle que levantan las aceras,
el calendario de menús de la semana,
la literatura sin suspense, los sueños
en los que aparecen los amigos cuando estaban cerca.
En un contenedor abandonado en el puerto aparecieron
los brazos de todas las venus.

A veces me gustaría gritarte a la cara: es imposible.

Es imposible, joder, recuperar el tiempo perdido.

martes, diciembre 29

Propósitos

Desasirse,

bailar

y no hacer nunca dos cosas a la vez.

miércoles, octubre 21

La torpeza (precuela)


Mides mi cuerpo con las manos y con la memoria.
Después de desperezarte. Cuando somos capaces
de dejar a un lado la torpeza que,
casi siempre, nos acompaña.

Te acercas. Sonríes. Muerdes el labio inferior
y celebras el crecimiento de la barba.

La voz ronca. Bienvenido.

Mides mi cuerpo.

Con las manos, con la memoria. Con las ganas.
En la noche del delta que sedimenta bajo nosotros,
que nos estamos convirtiendo en agua.

Cuando somos capaces de dejar a un lado esta torpeza.

miércoles, octubre 7

Cinturita de avispa


Los perfiles de la ciudad se difuminan y,
de un modo grotesco, al caer la tarde
los borrachos del barrio gritan tu nombre
y el apodo con el que todos por aquí te conocíamos,
cinturita de avispa,

y tenemos presente que fuimos alas
y fuimos polvo durante años,
sin posibilidad alguna de redención
o de mostrar un gramo de dulzura que,
ay imbéciles,
nos hubiera abierto la puerta, no de tu corazón,
pero sí, al menos, de tus piernas para encontrar tras ella,
aunque apenas segundos fuera,
la calma y la alegría que los seres brillantes,
cinturita de avispa,
sois capaces de conceder al resto de los mortales,
habitantes del barrio quienes,
borrachos, cada tarde de verano como ésta,
te veíamos pasar, intocable, y montarte
en ese viejo ford oro cuarzo
que aguardaba con el motor en marcha frente al puerto,
conducido por un tontolaba, por un babayu que no tenía
otra cosa que hacer que jodernos la vida y entretenerte,
candidato número uno a tropezar y partirse en dos
la crisma y el corazón.

Absurdo era y absurdo me siento al recordarlo,
cinturita de avispa.

Cerrabas la puerta del ford y te llevabas, ahora lo sé,
cada tarde de aquel verano y para siempre,
nuestra sangre que hervía,
nuestros sueños, nuestra rabia
y una honda desesperación.

martes, septiembre 22

La torpeza


Escuchar una y otra vez ese jodido disco de Damien Jurado.

Volver a ver alguna de las escenas de La Gran Belleza,
como la de la muerte de Ramona.

Pasar la tarde colocando los libros en las estanterías
del salón según la ley de la buena vecindad.

Fuimos tan torpes que tratamos este amor peor
de lo que lo trató el tiempo.

lunes, agosto 3

Quimera

Tenía un perro al que puso por nombre Quimera.
Y aunque no tenía cabeza de león,
vientre de cabra, ni cola de dragón,
sino más bien era chico y feo; y aunque,
en vez de vomitar llamas,
emitía unos ladridos agudos e hirientes
que animaban a apartarlo de tu lado a patadas,
disfrutaba viéndolo correr por el parque y,
cuando se alejaba, poder gritar Quimera, ven aquí; Quimera vuelve,
como una especie de catarsis o de atrevimiento,
de conjura de planetas o equilibrio de estructuras
intangibles mediante el cual pudiera ocurrir
lo imposible, lo no posible (que no es igual), lo oculto,
lo impreciso, lo no verdadero.

Quimera regresaba a su lado, mansamente, bien domado,
agachaba su cabeza jamás leonina, se dejaba
acariciar el lomo a contrapelo, le temblaban
un poco los cuartos traseros y agitaba
con gracia la cola, animal sometido.
No te vayas lejos, Quimera, no te alejes demasiado,
le susurraba sin mirarle,

y el perro se tumbaba a sus pies,
ya algo cansado, de perseguir ardillas,
de olfatear aromas amargos de raíces y frutos purgantes,
de pisar la tierra húmeda y fría, tan distinta a las alfombras
que vestían los suelos de casa.

Mañana saldré a nombrarte de nuevo, pensaba él, de regreso.
Quimera, dócil, caminaba a su lado.

domingo, julio 5

Objetivos específicos


Los objetivos específicos serían
colocar las manos frías extendidas
bajo el jersey,
sentir una corriente de dolor
que apenas dura unos segundos,
permanecer en silencio,
agradecer que ningún coche cruce
la calle en ese instante,
pensar en ti,
perder el miedo,
reconocerlo.

días

cuadernos