viernes, diciembre 24

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El agua que caía del techo nos empapó en segundos. Se oían las sirenas de los coches de bomberos y el fuego que Livorno había provocado en las azoteas se agigantaba, arrasando los objetos de material inflamable que encontraba a su paso. No podía sospechar entonces que uno de ellos era el cuerpo de mi amigo.
              
 Ella reapareció bajo las sábanas mojadas y preguntó
        ¿qué haces?, cuando me vio sacar la pistola de la bolsa. ¿Te vas a poner ahora a limpiarla?
            No.
            Le pegué un tiro en la cara y, muerta, cayó de espaldas en la cama. El agua diluyó en segundos la sangre que había manchado la pared. Guardé la pistola, me acerqué a la cama e hice un par de fotografías al cadáver con la polaroid que el gordo me había entregado el día que estuvo en mi casa. Me vestí y salí de la habitación. En el pasillo, la gente corría de un lado para otro sin orden ni sentido. Una anciana, temblorosa y asustada me agarró del brazo y preguntó
            ¿qué sucede?
            Está ardiendo la azotea, señora, tranquila. Baje por las escaleras y salga a la calle. No hay peligro. Yo iré con usted.
            Para cuando encuentren el cadáver, pensaba mientras ayudaba a la anciana a bajar las escaleras, yo ya estaré en la otra punta de la ciudad.

viernes, diciembre 17

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Abrió la puerta de la azotea y de pronto sintió que el pecho se le encogía. Respiró profundo sin encontrar alivio pero decidió no parar. Colocó las seis botellas vacías en fila. Las llenó de gasolina e introdujo un jirón de tela en cada boca. Sintió frío. Se subió la cremallera de la cazadora. Miró el reloj. Encendió el mechero y cogió la primera de las botellas. La presión en el pecho cedió. Prendió fuego a la tela y la lanzó sin aparente esfuerzo a la azotea del edificio de al lado. Una punzada le atravesó el cuello de lado a lado. Apoyó las manos en las rodillas durante un instante y recuperó el aliento. Repitió la maniobra cinco veces más y lanzó las botellas a las cinco azoteas más cercanas. Después vació por completo la segunda garrafa en el suelo de baldosas negras. Se alejó unos metros, contempló como el fuego iba agrandándose en los tejados y dejó caer el mechero encendido al suelo. Dio media vuelta y abrió la puerta metálica para iniciar el descenso. En lugar de eso, Livorno cayó desplomado al suelo.

viernes, diciembre 10

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            ¿Por qué te comportas así?
            ¿Cómo?
            ¿Cómo? Pues como si nada hubiera pasado, como si me hubiera ido a trabajar esta mañana y regresara ahora a casa, te diera un beso en la frente y nos sentáramos a cenar.
            Tampoco es así, exactamente.
            Me hace sentir mal.
            No es mi intención, créeme. Pero reconozco que tampoco me importa demasiado.
            ¿En qué andas metido?
            ¿Yo? En nada.
            Me cuesta creerte.
            Yo tampoco me creo una palabra de las que dices, Petra.
            Joder, no sé por qué cojones hemos venido a esta habitación de hotel. No tiene sentido.
         Lo que no tiene sentido es discutir, contesté para terminar la conversación. Le di la espalda y frente a la ventana busqué la hora en la muñeca. Faltaban tres minutos para las once.

domingo, diciembre 5

5

Livorno necesitaba dinero para comprar la gasolina. Entró en una farmacia y, después de pedirle a la dependienta una caja de aspirinas,
            efervescentes si es tan amable,
            sacó la navaja del bolsillo trasero del pantalón y se la puso en la garganta. Con la mano que tenía libre, vació la caja registradora y guardó los billetes en el bolsillo de la cazadora. Separó el arma del cuello de la muchacha y dijo
            muchas gracias, señorita.
            Le palmeó el culo y salió caminando con tranquilidad hasta encontrar una gasolinera.

Miró el reloj, apuró el té que templaba en el fondo de la taza, dejó un par de monedas en la barra, se puso en pie y salió a la calle. Faltaban veinte minutos para las once y llegar hasta la azotea del hotel cargado con dos botes de tres litros de gasolina cada uno, seis botellas de cristal vacías y una bolsa de deportes le llevaría, al menos, cuarenta y cinco minutos. Yo le había dicho que la hora no tenía por qué ser exacta, pero sí que no se retrasase más allá del mediodía.
            El cielo estaba nublado y un viento frío de febrero arañaba las esquinas vacías del centro a esas horas de la mañana, cuando la mayoría de la gente ya ha llegado al trabajo y enciende el ordenador, charla con los compañeros, saca un café de la máquina, maldice al jefe o entra en su despacho dispuesto a aceptar lo que le digan. Esas horas en las que casi nada sucede.
            Livorno escogió la pared que daba al sur. Siempre  elegía el sur porque señalaba el lugar desde el que sus padres llegaron a la ciudad, cincuenta años atrás. Ahora los dos estaban muertos y lo hicieron sin haber conseguido que su hijo estudiara una carrera universitaria, se casara y les diera un par de nietos. En vez de eso, Livorno malvivía con el dinero que ganaba en la joyería y se pagaba los caprichos con el obtenido en trabajos casi siempre fuera de la ley. Gastaba lo poco que tenía en alquilar una habitación en una pensión de barrio, comprar un paquete de tabaco rubio cada dos días, beber tres o cuatro cervezas al atardecer y acostarse una vez al mes con una prostituta negra que no supiera hablar español. Su medio corazón resistía los impulsos eléctricos a pesar de que Livorno no tomaba una sola de las pastillas que el médico le recomendó el día que abandonó el hospital.


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