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lunes, junio 2

a veces me siento como una rana sin membranas entre los dedos

No te muevas. Levanta las manos con las palmas extendidas hacia el techo. Date la vuelta lentamente. Así. Muy bien. Ahora dame todo lo que de valor lleves encima.

Un libro escrito en el año en que nació mi padre ocupa el tiempo de la mañana. La luz naranja del alba se extiende sobre las paredes de la casa como aceite caliente. Yo conozco el peso exacto de tu cuerpo. He abierto con las manos la fruta aún no madura del día, tus ojos cansados y las arrugas de la frente donde resiste la madrugada en jirones. Posada en los cables del tendido eléctrico una parvada de tórtolas anuncia un sol que estrenará el verano, tomates, patatas, azúcar, café, leche, cebollas escritas en la puerta del frigorífico, el rito hebdomadario de limpiar el huerto y arrancar las malas hierbas, idénticas a las buenas pero de raíces débiles, la tranquilidad suspendida en los lagartos del mediodía, otra vez tus ojos cansados, la mueca desafiante en la boca de labios amargos, el ruido de tus pasos tristes en el suelo frío del salón dormido, oscuridad que llenamos de enemigos que nos hacen daño.

Me acerco a la puerta de la casa y se escucha en la cajamúsica el disco de vaya con dios que compraste en el mercado de san francisco. Dos berenjenas rellenas se asan en el horno mientras friegas platos y lágrimas. El pantalón del pijama te queda grande y cumple su gravedad. Anochece y me acerco por la espalda mirando la media sonrisa de tu culo. Necesito que sea. Que sea ésta la última lluvia de la primavera. A veces me siento como una rana sin membranas entre los dedos.

Los habitantes de la isla se reúnen en can toni los domingos por la tarde. Charlan conversaciones en sordina, escuchan música, beben cerveza en vasos altos y vino blanco en copas de cristal. Azumbrado, un tipo vestido con una túnica gris y un chaleco granate y calzado con unas viejas zapatillas azules de la marca nike mendiga por las mesas del bar papel para poder fumar un cigarrillo de marihuana. Cuando lo consigue, lo lía con templaza, lo enciende con una cerilla que se consume y ofrece a todo el mundo una calada. Envuelto por volutas de humo gris que se elevan, comienza a bailar en arabescos una canción de los new amsterdams y abre los brazos en cruz, cierra blandos los ojos, sonríe. Perdóname, siento mucho no haberte dejado dormir en toda la noche. La canción termina, regresa de ese lugar al que le llevó la melodía y se detiene. Una mujer menuda de pelo largo moreno y pies grandes le encara para devolverle el cigarrillo menguante. Ríen y el tipo ensaya ante ella una reverencia: flexiona el tronco hasta ser capaz de meter la cabeza entre las piernas. Tres perros sin dueño dormitan al abrigo de la barra. Ahora encendidas las farolas en ringlera se dirigen hacia la playa, las luces de los coches que pasan se reflejan en el techo de la estancia y la idea de buscar otros caminos, como un instinto primario, quema en la palma de las manos, vitriolo invisible escondido en los cajones y el polvo. Dulcedumbre del crepúsculo que empequeñece.

Las páginas mojadas de libros desconocidos duermen en los soportales de la plaza mayor. Los coletazos de la lluvia empapan el día y los pájaros sacuden las alas a un aire salobre. Tú, tus manos, tu olor se desvanecen. A veces desayunábamos durante horas sentados en bares de ciudades aún por descubrir. Ábrego, viento templado y húmedo del sudoeste que trae las lluvias.

Puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa.

No te muevas. Levanta las manos con las palmas extendidas hacia el techo. Date la vuelta lentamente. Así. Muy bien. Ahora dame todo lo que de valor lleves encima. Todo.

formentera.mayo2008

domingo, mayo 18

comoseamanciertasciudadesdos


Esta mañana el despertador fue la lluvia en el cristal de la ventana en la pared a los pies de la cama. Algunas mañanas, mientras mis brazos y mis piernas toman conciencia de un nuevo día, veo las copas despeinadas de los árboles y un pedazo de cielo.

Un hilo de plata que desmadejan los gatos y mis dedos, unas zapatillas viejas abandonadas en la alfombra del salón, la rabia perdida, la tranquilidad que mece estos días, tu boca entreabierta mientras duermes, te miro un beso de despedida, diez largos en una piscina de agua salada, la cadena oxidada de una bicicleta muda, las plantas de tomates, las rosas en las esquinas, un montón de folios en una mesa de manos enfermas, las noticias del periódico dentro de una pantalla de televisión. El acebo es un árbol de hoja perenne que madura en octubre. Todo es tan lento como escribió Llamazares.

Apareces en el salón dentro de una camiseta blanca y unos viejos vaqueros ajustados. Crujen las páginas de los libros atrapados bajo el polvo en las estanterías. Fundido el tubo catódico de la televisión deja escapar el aire comprimido. Alrededor de tu cuello anudas un pañuelo de cuadros negros y blancos. Teselas de un tablero de ajedrez. Como saltan los caballos camino de la playa.


Quisiera decirte que a veces necesito el silencio tanto como necesito tu cuerpo. A veces sólo tu cuerpo aferrado entre mis manos, el surco de la espalda, el culo, la piel en la parte interna de tus muslos, los dedos de los pies, las orejas, los pezones, las axilas, gastar un domingo de viento frío desnudos en la cama, quedarme un rato a solas para tener el valor de decirte que a veces necesito el silencio más de lo que me hace falta tu cuerpo, la noche, una luna naranja, un plato de pescado en un restaurante del puerto, el mar erizado y furioso con los colmillos blancos de olas y crines como llamaradas, los árboles inertes que el viento agita, sacude, tus ojos, tus ojos y el miedo cerval de detenerme, leer en la pantalla del ordenador las noticias atrasadas, lo que escribe Rafa cuando echa de menos sus rodillas, las voces de una tarde si aún queda tiempo, un par de billetes de avión con escala en Madrid, para llegar a Praga, volver a viajar, a cerrar puertas, a tener tiempo para cruzar un desierto de tierra roja, un plato de arroz con verduras, la flor del geranio, los años de noviembre, el siete de picas, un sol de la una de la tarde, el silencio después de los gritos como la interminable cola de un piano blanco, un paisaje agostado, lejos de la tormenta te miro a los ojos y me atrevo a decirte a veces necesito el silencio más de lo que te necesito a mi lado. ¿Quién conoce cuántas son las verdades absolutas? Encadenar sustantivos abstractos conduce a la melancolía.

Sacas de la cajetilla el medio cigarrillo que guardabas para la ocasión. Acabas de salir de la ducha. Tienes el pelo mojado. Te sientas en la mecedora. Y abres las piernas. Conozco de memoria los lugares de tu cuerpo que echo de menos cuando no estás. Mis manos acodan el aire y aspiran a rozarte para que cada día te sientas amada del mismo modo en que se aman ciertas ciudades. Llega la noche y las flores se encogen. Yo no sé nada de pintura pero te vi. Estabas tumbada en un cuadro de Modigliani. Fumas de espaldas. Se oye el mar y tu respiración. En esta tierra las quimeras arden. Las cenizas no pesan. Todas las paredes blancas, todas las noches negras a las que no les sucede el alba. Si regresa el invierno, dijiste, la estatua del jardín tendría los ojos llenos de lágrimas. Algunas mañanas ella era mucho más alta que yo.

Los enemigos y la lluvia golpean los cristales. Ben Harper desafina en el cuarto de baño. Escuché anoche una canción en tu aliento mientras dormías. No quedan suficientes claveles para tantos fusiles; pero saldremos de ésta, mientras las razones para levantarse de la cama sean mayores que las razones para quedarse. Anoche soñé que un hombre cojo me alcanzaba. Quedan restos del calor de la noche, la luz precisa en el contorno de los árboles recortado tras el cielo gris lleno de cúmulos encendidos. Tantas veces lo hice y ahora soy incapaz de mentirte. Por donde sale el sol nadie ha sido capaz de entrar.

En la casa de al lado tienen puesta la radio. La tarde termina en la cama. Duermes. Yo me levanto a preparar la cena. Me gusta cocinar en el silencio de la noche. Sentir que el día se va cerrando y con él, tú y yo.

Dicen que estás desaparecido, entimismado, hablando bajito, caminando despacio, que te ven en todos los lugares pero hace días que no viene por aquí, aburrido contestó el camarero mientras levantaba el cenicero con la mano izquierda y limpiaba la barra con la bayeta en la derecha.

Las flores de los lirios de playa se abren durante la noche y duran un solo día.

formentera.marzoabril2008

jueves, mayo 15

comoseamanciertasciudadesuno

Dos veces por semana jugábamos a ser otros. Nos disfrazábamos por dentro. Alterábamos nuestros puntos de vista y, ante situaciones que el resto del tiempo nos seducían, asustaban, alegraban, encogían, en estas ocasiones nos producían reacciones inesperadas, acordes con nuestro disfraz interior: nos encogían, alegraban, asustaban, seducían. Dos veces por semana éramos otros, seres insospechados, no regidos por leyes antiguas, no sujetos al yugo de la rutina. Irreales.

Ahora recuerdo que, de camino a la isla, muertos de frío en la cubierta del barco, vimos un delfín que se dirigía en sentido contrario al nuestro.

Sólo puedes decir te quiero en el idioma que aprendiste cuando eras niño, pensó mientras se miraba en el espejo. Sólo cuando las palabras se hacen sonido sin esfuerzo, pesan. No tengo prisa. He visto como la luz del primer sol de la aurora incendiaba tu pelo y como se despertaban las ramas perennes de los pinos que custodian esta casa, a ratos refugio, a ratos cárcel. Tengo estas dos manos para acostumbrarme al azul del mar.

La ropa está tirada en el suelo frío de la habitación en penumbra. El lavavajillas murmura una oración. Me levanto despacio y te busco por la casa. En la azotea lees una novela que agoniza. Me miras, frunces el ceño y dices que te duele la cabeza. Dices que se oye el mar. Y el viento en los cristales que nos protegen del paso de los días moribundos. No debería soplar el viento los días de fiesta. Bebes agua de una botella que no tiene fin. Todo es nuevo. Nada parece que vaya a ser importante excepto estar a tu lado.

Un tipo tocado con un sombrero blanco, vestido con unos pantalones grises y montado en una vespa rosa baja la calle en dirección a la playa. Creo que se llama Gregorio. Y que se casa con Neus el mes que viene en una iglesia de paredes enjalbegadas.

Nos quedan los discos de antes, las dos últimas cervezas frías, una llamada de teléfono por contestar, algo para cenar que se parezca a lo de ayer, cuando la botella de vino costaba más de veinte euros, tres dioses diminutos. He salido a la calle iluminada por la luna llena en una noche anegada de salitre. Aún es pronto, pero a veces tengo que apretar los dientes para no odiarte. Y sé donde no debo buscar las respuestas. Las fotografías no son más que un instante y los rosales no deben plantarse en las esquinas de las casas.

Aguardo el alba sentado en un taburete alto. Desde la ventana de la cocina veo pasar el camión-cisterna del agua potable y un gallo canta. La guitarra está apoyada contra la pared. Tengo las manos frías. Ha parado el viento y el mar está en calma. Tú duermes bajo las mantas y yo me levanto con ganas de ir al trabajo. El frío sobrevive en los rincones de la casa como un grito, con la efectividad de las metáforas en un relato bien construido, como se levantan edificios que años más tarde amenazarán los aviones y una dulce decadencia de dejar que todo pase, que nada ocurra, un viaje en otoño a Estados Unidos, que el tiempo todo lo arrase y nosotros tengamos los ojos cerrados. Como se aman ciertas ciudades: Barcelona, Buenos Aires, Lisboa, Nueva Orleáns, Catania. Yo poco a poco habré de ir devolviéndole a mis libros su lugar, pero no voy a hacer la cuenta de los colchones, de las veces que no te dije que te quería. Qué bueno fue dejar que los cuadernos se ahogasen en el puerto. Desayuno tostadas con mermelada de fresa y escribo con la ilusión de que estos tiempos perduren. Se rompe el cielo de abril en el amanecer de lunes, noche insomne de mosquitos. Confieso que cada vez me cuesta más atraparte entre palabras. Las mañanas en las que marcho a trabajar eres tú dormida en una cama en la que buscamos el futuro. Yo enciendo el silencio, aguardo el instante que habrá de llegar, desayuno con la lentitud que poseen los actos cotidianos. Escucho tu respiración dormida.

La casa del sol de madera está cerca de la playa. Una gata parda y un gato negro con la cola cortada la guardan como pequeños dragones sin tesoro bajo sus vientres colmados de ratones. Los límites del tiempo son absurdos. Me suenan las tripas, dijo. Tienes buena memoria, vives dentro de mí como una cría de canguro. Cuando el día te da miedo, vuelves en silencio a casa. Nunca me has contado qué temes. Nunca quién te ha vencido. Sólo yo sé cuando tienes frío. Pensé que era el viento, contestó. Las ovejas ramonean y balan con la boca llena de hierba lamentos que llegan hasta el mar. Quisiera conquistar el calendario para poder describir las magnitudes del tiempo en estas hojas blancas, las unidades de medida que me ayudan a entender tu cuerpo, licuar las palabras en probetas y fuego, juegos de alquimista paciente y desordenado. Adjetivos cubiertos de polvo en libros dormidos que custodian secretos como ejércitos fronteras. Adverbios de modo. Diez tardes. Dicen los periódicos que hoy el viento no dará tregua.

Qué escribes, preguntó tras apoyar la barbilla en su hombro. La protagonista del libro está tumbada en la cama, su cuerpo desnudo bajo las sábanas y marzo. Él contestó nada. Hace meses que estoy seco. Los días son frágiles y al puerto llegan barcos cada tarde enormes, cada tarde con las bodegas cargadas de lluvia. El capitán ordena apagar las máquinas, las hélices interrumpen espirales de agua y la inercia empuja las naves a su paso por el ostial. Cuando los estibadores amarran los cabos a tierra, las nubes, de un azul más gris que el mar, alcanzan la línea de la costa. Lo siento, dijo, te robé la madrugada.

Yo he visto árboles a los que el viento dobló la espalda, gorriones asustados por la tormenta que temblaban suspendidos en las cables eléctricos, playas cubiertas de flores que duraban un día, gaviotas pendencieras acorraladas por el hambre del invierno. Aquí, como en otras partes, por falta de tiempo y de reflexión, se ve uno obligado a amar sin darse cuenta, a ser sin darse cuenta. A caminar las tardes en los brazos de un sol demasiado lejano, a tener que lamentar los errores, a vivir con la esperanza de perderse. Días de luz en que despierto mecido en tus manos, viajeros que quisieran vivir la aventura de descansar en casa, los años del retorno, las nubes que trajeran los barcos inmóviles en el cielo como un mar de islas. Ellos dijeron que tendrás que esperar. La protagonista del libro, tumbada en la cama y desnudo su cuerpo bajo las sábanas y abril, se deja besar.

Leo revistas de viajes y bebo café. Has vuelto a la cama después de desayunar, te has desnudado al borde, como una equilibrista, y me has despertado en puntos suspensivos. ¿Qué harás cuando llegue mayo? Volver a la cama quitarme la ropa buscarte bajo las mantas sacudirnos el frío. Eran las doce del mediodía y follamos cinco canciones del Street Legal. Supongo que hay que estar un poco loco para creer que los andamiajes y los cimientos de esta vida van a mantenerse erguidos y que las rosas en la jardinera de la entrada van a florecer sin detenerse, pensó en voz alta y acarició la piel oscura de su vientre. Al atardecer ibiza es el horizonte que el sol muestra la isla de las tórtolas turcas el motor de la furgoneta suena de un modo extraño llueve el silencio de la casa es el viento en las aristas.

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