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sábado, marzo 8

No has tenido que despedirte de nadie para siempre

Sentados frente a los aviones mientras Jero juega en el suelo con un coche de
madera, Rebeca dice me gusta esperar en los aeropuertos, la sensación de
que son lugares en los que puede que no vuelvas a estar nunca más, ver como
los aviones despegan y aterrizan e intentar imaginar la cantidad de gente que
se sienta en su interior, este vaivén de personas y maletas, seres vivos e
inertes en un flujo constante de ida y vuelta, como la circulación de un
organismo. Yo cierro el libro de Soriano que compré en Corrientes porque sé
que Rebeca va a seguir hablando. Jero pide una galleta. Rebeca se la entrega.
Eso es porque no has tenido que despedirte de nadie para siempre. Rebeca
me mira sorprendida, como si no pudiera creer lo que yo acabo de decir. Se
echa a reír y me abraza. Ni tú tampoco, imbécil, ni tú tampoco.

                                                              *

Señoras y señores pasajeros, les habla el comandante Burdisso. Debido a
problemas mecánicos surgidos durante el vuelo en dos de los seis motores del
avión, perdemos potencia y altura desde hace unos minutos. Ante la
imposibilidad de regresar a Buenos Aires, aterrizaremos en una de las islas del
archipiélago de Cabo Verde, en un tiempo aproximado de dos horas. Aunque
anómala, la situación y el desarrollo del vuelo están controlados en todo
momento. Por su seguridad, les ruego permanezcan sentados y con los
cinturones de sus asientos abrochados hasta la finalización del vuelo.
Mantengan la calma. Les iré informando de cualquier novedad que surja.
Muchas gracias por su atención y, repito, mantengan la calma.



gijón-ezeiza mayo2011-marzo2013

sábado, marzo 1

Viajamos al norte

Como hace meses dejé Desde las Ventanas Abiertas en un tren que, desde
Londres, iba camino de Worcester, en una estantería de una librería en la
ciudad vieja dejé El Libro de las Ausencias. Me gusta creer que alguien en
Montevideo lo leerá. Y que el librero no sabrá qué contestar cuando le
pregunten el precio o la trama. Dejar que los libros emprendan su camino,
recorran países, ciudades, manos.

                                                             *

Viajamos al norte siguiendo la línea del mar, en busca de sol y algarabía. Lo
que encontramos es lluvia. Y una tranquilidad que reconforta, una
mansedumbre de tiempo detenido y siestas.

                                                             *

Releo La Tregua con el mapa de Montevideo al lado. Para buscar los lugares
por los que transitan Santomé y Avellaneda y comprobar si yo también pasé
por ellos, torpe, como en ocasiones lo es también el libro, de creerme
personaje, de pensar que podría haber estado sentado en la misma mesa del
café donde Santomé le declaró su amor a Avellaneda.

                                                             *

Las vacas rumian en los palmerales. El mar no se ve; pero puede olerse. El
viento barre la superficie de la tierra y, a juzgar por los perfiles redondeados del
horizonte, ha debido hacerlo, incansable, durante siglos. Detengo el cochefrente a la arena. Jero duerme tumbado en el asiento trasero. Detrás de las
dunas, estará el mar, dice Rebeca. Apago el motor, desabrocho el cinturón de
seguridad y me acerco para besarla. Cerramos los ojos, Jero se despierta y se
ríe. Los dos salen del coche y se dirigen al agua.
Les hice una fotografía. Están de espaldas, en la esquina inferior
izquierda. Frente a ellos y frente a mí un mar oscuro y bravo. El viento aún no
ha sido capaz de domar sus perfiles.

                                                             *


Un viento fuerte agita la ropa tendida en la pradera que rodea el faro de Cabo
Polonio hasta mezclar los colores que tiñen los tejidos. Una yegua pasta junto a
su potrillo. Levantan la cabeza un instante para observarnos con ojos
aburridos, cansados, tal vez, del trasiego de turistas. A la hora de comer, Jero
se queda dormido en un hamaca frente al mar que el viento agita como si fuese
ropa tendida. Después, sentados en la jaula de un camión, abandonamos el
cabo a través de la playa. A la izquierda el mar y a a la derecha un paisaje lunar
de dunas que mojan sus pies en el agua. Jero, en mi regazo, permanece en
silencio y lo observa todo con curiosidad. Extiende el brazo derecho para
pedirle a Rebeca que le dé la mano.

                                                            *

Rebeca termina de bailar la canción que sonaba en la radio y yo de leer La
Tregua. Despertamos a Jero de su siesta y nos vamos los tres a bañar a la
playa.

sábado, febrero 22

Los gatos duermen sobre los libros en los escaparates

Los gatos duermen sobre los libros en los escaparates.

                                                               *
 
En una librería de Tristán Narvaja, mientras Rebeca y Jero juegan sobre una
rayuela pintada en la acera, compro una cuarta edición de La Tregua, de
Benedetti. Me hubiera gustado comprar una primera edición, pero no mealcanza el dinero. La Tregua es un libro que estaba en casa de mis padres
antes, creo, de que yo naciera. Una tarde llegué a casa y mi madre, sentada en
la cocina, lloraba con La Tregua cerrado en las manos. ¿Qué te pasa, mamá?,
le pregunté. Nada, hijo, nada. Tranquilo. Es por el libro. Ya lo leerás cuando
crezcas. Así hice, muchos años después, otra tarde en la que me senté en otra
cocina y lo leí de un trago, sin detenerme, buscando hasta encontrar lo que
había hecho llorar a mi madre. Aquella tarde, como tantas otras tardes,
Santomé escribió seis veces Dios mío en su diario.

                                                              *

Gorriones. Palomas. Gaviotas.

                                                              *

La fauna de las ciudades. El asedio constante e incansable del miedo al
fracaso. Una canción de Zitarrosa cantada por un tipo que en nada se le parece
en una de las calles peatonales que rodean el mercado del puerto. Una de
Martín Buscaglia mientras rastreo lomos con la yema de los dedos en las
estanterías de una librería en Tristán Narvaja. Los colectivos solitarios de
domingo que recorren las calles vacías a la caza de transeúntes en las
paradas. Cuando los engullen con un ruido de respirar hidráulico. Una solución
de emergencia para la reacción alérgica de Jero. El viento que viene del río y
barre la arena que él mismo deposita sobre el alquitrán deformado por el calor
en la rambla. Y Bengoechea de bronce en Los Aromos contra el que no puede.
El día que yo estaba viéndole en el Bernabéu le hizo un caño inolvidable a
Tendillo. Gorriones. Palomas. Gaviotas. Los primeros, al resguardo de la nieve
bajo los bancos y los palmerales de Pocitos. Las terceras, que chillan a nuestro
paso para convocar a las nubes. Nosotros, palomas. Buscamos hasta el
anochecer los lugares de la memoria. Yaguarón con Dieciocho de Julio. Cerro
Largo y Minas. Dormiremos más tarde en el alféizar de los hoteles con las
plumas ahuecadas. Rebeca alimenta a Jero con mansedumbre. Yo me tumbo asu lado hasta que se duerme. Después los dos, tirados en la cama,
desplegamos el mapa de la ciudad sobre las almohadas para encontrarnos. Y a
veces pasa.

                                                            *

Como hace meses dejé Desde las Ventanas Abiertas en un tren que, desde
Londres, iba camino de Worcester, en una estantería de una librería en la
ciudad vieja dejé El Libro de las Ausencias. Me gusta creer que alguien en
Montevideo lo leerá. Y que el librero no sabrá qué contestar cuando le
pregunten el precio o la trama. Dejar que los libros emprendan su camino,
recorran países, ciudades, manos.

jueves, febrero 13

Los lugares imaginarios son más ciertos que los reales

Hace años, sentado en la terraza de una pizzería en Formentera, mientras
esperaba que llegaran Rebeca y su hermana escribí:

En aquella época lo que yo más quería en la vida era viajar a Montevideo y
tomar el trece que te lleva a Pocitos o el veintisiete a la rambla. Cerraba los
ojos y soñaba que era psiquiatra, nefrólogo, cirujano mayor o mejor, sí, tal vez
lo mejor, cardiólogo y entonces todas las preocupaciones médicas, que día y
noche me afligen y arponean mi ánimo, se concentraban en ese kilo y medio
de músculo y tendones tensos. Sentados frente a mí, los pacientes encima de
la mesa agarraban con sus manos mis manos y decían ay, doctorcito, déme
usted algo para el dolor de la vida, algo que me alivie, algo que me duerma,
algo para que mi marido vuelva a quererme. Yo retiraba de súbito las manos
asustado y sudoroso respondía pero qué dicen, tarados, a mí qué me dicen si
yo soy cardiólogo y nada sé de la vida más allá de una sístole y las dos
diástoles que la preceden y siguen, más allá del primer ruido, segundo ruido,

tic, tac, tic, tac, un ritmo de galope, quizás dos antiarrítmicos del grupo uno ce.
Y pensaba qué fácil sería descuartizar el cuerpo humano en cuadriles del
mismo peso o similar y entregar a cada cual el que quisiera y no tener, así, un
pensamiento holístico, humanístico, místico, simple o complicado según por
donde empiece uno a explorar, por arriba o por abajo. Y al fin, sin más,
repuesto de la impresión desagradable y recuperada mi cardiológica dignidad,
apoyaba la espalda en la silla y contestaba pero usted quién coño se cree que
es, desgraciado, esto es un malentendido, lárguese de aquí que yo, memo, soy
un especialista y, dos veces al año, viajo a Montevideo, ¿conoce usted el barrio
de Pocitos?, donde en las noches de verano la cruz del sur cimbrea en el
horizonte y su visión, más que otra cosa en el mundo, me calma. Memeces, de
verdad, esto es inaudito, insólito, desde que he llegado no he escuchado más
que memeces.

Cuando terminé, el sol ya se había puesto después de esparcir por todos los
rincones de la terraza una luz dorada de principios de verano y, ante la
impaciencia del camarero, que ya se había acercado tres veces a la mesa, pedí
otra cerveza y ordené un par de pizzas, a pesar de no conocer los gustos de
Alicia, la hermana de Rebeca, que pasaba unos días de vacaciones con
nosotros. Releí lo que había escrito mientras esperaba que el camarero trajese
la cerveza y me gustó. Sentí que había conseguido estar en Montevideo, sin
haber estado jamás en la ciudad.

Hoy estoy. Paseo por Sarandí y, al cruzar la calle, un colectivo que va a
Pocitos se detiene unos metros más adelante, en la acera de enfrente. Una vez
en Formentera, el verano que tu hermana vino a vernos, yo cogí el cincuenta y
ocho para ir a Pocitos, le digo a Rebeca, que camina con Jero en sus brazos.
Rebeca sonríe y no dice nada. Después, sentados en la mesa de un café en
Plaza Matriz, mientras Jero juega a perseguir palomas que le dejan acercarse
cada vez un centímetro más antes de emprender el vuelo, Rebeca dice n o creo
que tú pudieras ser cardiólogo. Y he leído que, estando en la ciudad, es difícil
ver la Cruz del Sur ¿Tú crees que cuando estemos en las playas podremos
verla? Una vez escribí en lo desconocido reside lo posible. Durante muchos
años, por culpa de los libros, de las canciones y del fútbol, en la ciudad de
Montevideo todo era posible. A veces sucede, los lugares imaginarios son más
ciertos que los reales.

                                                               *

La necesidad de viajar. El impulso de, por un tiempo acotado, ser otros, verse
en una realidad distinta a la cotidiana. Sabores, olores, esquinas. Ciudades y
libros. Música, horizontes, alimentos y la manera de cocinarlos. El nombre de la
cerveza. La noria que gira y pinta en el horizonte su telaraña de hierro y
bombillas de colores. Las nubes pesadas con lluvia en su vientre, que el viento
posa sobre la ciudad. Donde se han detenido. Pronto la tarde será un recuerdo.
Jero, sentado en mis hombros, no quiere subirse a la noria. Con cara de
sorpresa, la niña de ojos negros recibe el boleto que nos sobra. Casi en voz
baja, nos da las gracias. Jero se ríe y se despide de ella agitando las manos.
Rebeca dice se nos hace tarde. Deberíamos tomar un taxi. Yo prefiero volver al
hotel caminando. Pero Jero tiene hambre. Las ramas de los jacarandaes que
crecen en Parque Rodó detienen las primeras gotas. La lluvia, no la noche, nos
ha vencido. Rebeca levanta la mano y un taxi se detiene en el arcén. Qué
distinta parece la ciudad a través de la ventanilla del coche. Sorprendimos al
teatro Solís entrando a la ciudad vieja por su espalda.

viernes, febrero 7

Otra despedida

A las seis de la tarde de un sábado en la Plaza de los Artesanos, cinco minutos antes de que lleguemos, Lucrecia recorre con la mirada el paisaje urbano de sombras, cementerio y tango y, al no vernos, elige una de las terrazas que se extienden en la vereda y se sienta en una mesa del rincón.
    La tarde es calurosa. Caminamos los tres por Recoleta y, al cruzar la esquina de Quintana y llegar a la plaza, la descubro leyendo bajo las ramas espesas de un ficus que la protegen del sol, frente a un vaso de jugo de naranja que acaba de posar en la mesa. En voz alta, digo su nombre. Lucrecia nos mira, sonríe y se pone de pie. ¡Cuánto tiempo, querido!, dice antes de permanecer en un largo silencio que convoca nuestro abrazo. Qué diferentes los silencios que convocan los abrazos de los silencios que convocan las puertas al cerrarse. ¿Cuánto tiempo?, pregunta. Más de seis años, ya. Y estás igual, respondo. No como vos, contesta entre risas. Mirá lo que me traés. Una mujer tan linda y tu hijo, Santiago, tu hijo. Jero, ésta es Lucrecia.

                                                                   *

Lucrecia se aloja en casa de unos amigos que viven en un departamento en el barrio de Caballito. Nos lleva hasta allí porque quiere que veamos la ciudad desde el balcón de un décimo piso. Un lugar turístico diferente, dice. En el departamento viven Rosa y Daniel y, desde hace cinco meses, Jacinto, primo de Rosa y amigo de Lucrecia desde la infancia. Estudia filosofía en la universidad. Cuando llegamos, Jacinto está sentado en la mesa de la cocina. Por la ventana entra una luz clara que se posa en el suelo de la cocina, la encimera y las superficies de los electrodomésticos. En el fregadero se amontonan platos, vasos y cubiertos sucios hasta alcanzar la boca del grifo y en una esquina de la mesa, apartados seguramente por Jacinto para hacer sitio a los apuntes y los libros, permanecen los restos de una comida de tres. ¿Qué tal, querido?, saluda Lucrecia. Te presento a los chicos españoles y al gran Jero. Jacinto se levanta, besa a Rebeca en una mejilla, se dispone a abrazarme y me dejo. Después se agacha para revolver el pelo despeinado de Jero, que le observa con ojos curiosos. No es muy alto, ni muy flaco. Tiene el pelo corto y rubio, peinado con una raya al medio, gafas de metal azul, viste una camiseta gris y unos pantalones cortos de color negro con el escudo de Talleres en la pernera izquierda. Está descalzo. Cuando sonríe se parece a Lucrecia. También cuando escucha nuestras explicaciones acerca del viaje y de la situación económica de España, por la que nos pregunta. Se disculpa por no poder acompañarnos y se sienta de nuevo para seguir estudiando. Rindo dos materias la semana que viene y ando apurado, nos explica. Cuando estamos a punto de salir de la cocina, Lucrecia pregunta ¿y los chicos? No sé, contesta Jacinto, sin dejar de escribir en el margen de un folio repleto de palabras. Capaz que estén cogiendo en la ducha.
    El resto del departamento que vemos, la habitación de Jacinto, donde estos días duerme Lucrecia, el salón y la terraza están limpios y ordenados, como si la cocina fuera el único lugar donde los tres habitantes de la casa se permiten el desorden y la suciedad.
    Lo que recuerdo de la vista desde la terraza es un cielo azul oscuro sin nubes, una ciudad gris con luces rojas y blancas que no cesaban de moverse, olor a verano, a calor y a humo y ruido de motores y frenos. Jero, en brazos de Rebeca, señaló una luna redonda, amarilla y perfilada en negro, que parecía formar parte del decorado de Buenos Aires, como si, sobre otra ciudad, fuese un cielo diferente.

                                                                 *

Tres días antes de que Jero naciera, llegó una carta de Lucrecia desde Argentina. Le decía al niño que luchara por sus sueños. La carta tiene el valor de hacerse grande con el tiempo. No va a marchitarse. Cuando Jero sepa leerla, habrá cumplido su función. Hasta entonces, enmarcada, adorna una de las paredes de su cuarto.
    Nos despedimos en la parada de metro de Belgrano, con un abrazo aún más largo y silencioso que el primero. Lucrecia desaparece lentamente mientras desciende por las escaleras. Volverán a pasar años antes de volver a vernos. Otra despedida.

viernes, enero 31

La mitología de los aeropuertos


Yo, de rodillas en el suelo, le sujetaba las piernas para que no cayera de la silla en la que, de pie, la fotógrafa le había colocado. Jero me observaba sin entender qué ocurría, por qué yo estaba de rodillas, por qué le sujetaba las piernas con mis manos. La fotógrafa dijo mira, cariño. Él miró a la cámara y para siempre quedó el pelo rubio revuelto en vedijas, ¿por qué nunca le peinas?, dijo Rebeca después, cuando vio la fotografía, los ojos oscuros de mirada asustada y la boca, de labios intensamente rojos, entreabierta.
El policía de la aduana observa la fotografía durante unos segundos. Después me devuelve el pasaporte, sin mirarme siquiera a los ojos. Cojo a Jero en brazos y cruzamos la frontera.

*

La mitología de los aeropuertos. La extensión ajetreada de los gigantes que amas. Los cien lenguajes que se hablan como las cien mujeres que viajan conmigo. Abandonar el frío para sumergirte en un verano que agoniza. El papel, la tinta y el cobre troquelado que se usan por convenio como dinero. Cada ciudad huele diferente, dice Rebeca al llegar al apartamento. Sólo cuando pase el tiempo, tendremos una visión más nítida de estos días, el big picture que dicen los ingleses. Abro las puertas que dan al patio interior, escucho el ruido de máquinas móviles, de mujeres salvajes, de hombres frágiles. El pampero agita las antenas. Nos metemos los tres en la ducha. Jero ríe a carcajadas. Rebeca me mira fijamente a los ojos y dice ahora se trata de vivirlo. Tiempo vas a tener después de escribir.

*

Buenos Aires es una gran cafetera que hierve el día. Nosotros, al fin, despojados del invierno y descalzos, que es el único modo de caminar por las ciudades que amas cuando no vas a estar en ellas mucho tiempo, recorremos las calles empedradas de San Telmo buscando las sombras, Rebeca la sorpresa y yo reconocerme en los lugares que años atrás ya había pisado. Jero duerme en la silla, ajeno a los cambios. Despertó de madrugada pidiendo agua. Estamos en el sur, enano. Lo más al sur que jamás hayas estado. Me senté a su lado hasta que, de nuevo, se quedó dormido. Los primeros rayos del sol alcanzaron las paredes blancas del patio interior. Amaneció al tiempo que hervía el agua en el fuego. Rebeca, desde la cama, al verme pasar dijo vente.

viernes, enero 24

El problema está en las ciudades que amamos y en los libros que leemos


Nueva Orleans. Madrid. Bangkok. Lisboa. San Sebastián. Buenos Aires. Catania. Gijón. Dublín. Montevideo. Salamanca. Berlín. Barcelona. Nueva York. Granada.

*

Decían en la película Una Canción del Pasado que el problema está en las ciudades que amamos y en los libros que leemos. O algo así. Y eso es mentira. El problema es creer que en esas ciudades que, por supuesto, amamos, se puede vivir como lo hacen los personajes de los libros que leemos.
Mandar a la mierda las tardes grises de invierno, hacer la maleta y meterte corriendo en el vientre de un avión, de la mano de dos de las seis personas que te importan en este mundo. Y que hacerlo te niegue el futuro.

*

No sé explicar qué es amar una ciudad, ni por qué amas unas ciudades y no otras. Tal vez amar una ciudad es vivir en ella, aunque no sea más que veinticuatro horas. Una noche. Supongo que amar una ciudad es sentir que formas parte de ella, que te acoge, que te abraza en su seno de cemento y palmeras y, aunque te marches, ya no lo haces. Te quedas. Amas una ciudad porque quieres volver a ella, porque la buscas en tus recuerdos, porque cierras los ojos antes de dormir y evocas la imagen que tienes del cielo que la cubre y piensas qué estará sucediendo en sus calles y te preguntas quién o qué la amenaza, qué nombre recibe el viento que la mece, cuál el que la azota. Amas ciudades cuando escribir sobre ellas te permite regresar a sus calles, obviar el tiempo, acortar la distancia.

domingo, enero 19

La idea consiste en imaginar que estás en Bangkok



y soñaba con irme, sencillamente
y me fui, sencillamente
Perro de aeropuerto, Claudio Burguez


Gijón, 12/1/2013

Ana,

la idea consiste en imaginar que estás en Bangkok y que, después de ducharte, te tumbas en la cama, como describes en el mensaje, y observas tus pies que, a través del ventanal, parecen flotar sobre el Chao Phraya mientras se hace de noche en la ciudad, a muchas horas y a muchos kilómetros de aquí. Y porque estás en uno de los pisos más altos del edificio puedes ver la otra orilla del río, perfilada por pequeñas luces amarillas en una larga extensión de kilómetros y yo pienso en decirte calcula, tres personas por cada luz, Bangkok está plagado de gente. Imagino también que terminas de escribir el mensaje y le das al botón de enviar y después, como dices, comienzas a leer un libro de Bolaño. Supongo que en este tipo de relatos o en este tipo de situaciones, lo único que se puede leer es un libro de Bolaño. Cualquier otro autor no encajaría. Bueno, tal vez Vila-Matas, aunque es algo subjetivo, por el mero hecho de que a mí me gusta mucho Vila-Matas; pero también mucho Bolaño. 
 
Después salí a tomar una cerveza con Sebas, un buen amigo, uno de esos amigos con los que ya puedes compartir silencios, y es que él y yo somos de muchos silencios, y, para romper uno de ellos, le conté que me habías enviado, desde Birmania, Fabulosas Narraciones por Historias, de Orejudo, quien, bien pensado, también encaja en este tipo de relatos y en este tipo de situaciones, y que yo creía haberte recomendado Los Detectives Salvajes, de Bolaño, y que acababas de ducharte en el piso veinticinco de un hotel en Bangkok con vistas al Chao Phraya y que te disponías a empezar el libro de Bolaño. Y él dijo que era una imagen preciosa: Bangkok, la altura, el río, la noche, tus pies, el libro y dijo también que la envidia que te tenía en ese momento era tan grande que dudaba que pudiera borrarse con la cerveza siguiente. Se levantó para pedirle al camarero dos cervezas más, regresó a la mesa y continuó la conversación en la última palabra que había dicho antes de levantarse: siguiente. Envidia porque hay libros que solo vas a leer una vez en tu vida, dijo, la primera, y lo que tú estabas a punto de hacer en la noche de Bangkok, él ya lo había hecho, seis años antes, en el aeropuerto de El Prat y le dolía pensar que leer por primera vez Los Detectives Salvajes era algo que ya no podría volver a hacer en toda su puta vida. Sí, dijo puta vida y después bebió un trago largo de cerveza, posó el vaso en la mesa y me miró con unos ojos inmensamente tristes, como culpándome por haberle recordado el momento en que él comenzó a leer por primera vez Los Detectives Salvajes en la sala de embarque de un aeropuerto. Yo, para volver a romper el silencio, aunque los dos estábamos muy cómodos instalados en él, le dije que a mí lo que más me jodía no era no poder empezarlo por primera vez nunca más, Los Detectives Salvajes y otros muchos más, de Bolaño y de otros muchos más. Lo que más me jodía y lo que más me gustaba, al mismo tiempo, porque es cierto que el placer y el dolor residen en lugares cercanos, era sentir esa tristeza que se siente al terminar ciertos libros, que es una idea elaborada que me pareció interesante porque exponerla parecía hacerme interesante y que pude exponer con claridad porque días antes ya te la había expuesto a ti en un mensaje. Exponer, cuántas veces. Sebas se quedó otra vez callado, para mi sorpresa, lo que me hizo pensar que era sobre todo él y no yo el que se sentía más cómodo instalado en el silencio. No supe qué más decir y decidí sentirme cómodo en nuestro silencio de buenos amigos; pero, claro, uno no puede decidir sentirse, porque encadenar verbos, sobre todo si dos de ellos son infinitivos y uno de ellos reflexivo, es complicado, igual que encadenar sustantivos abstractos, como escribió Camus en La Peste, conduce a la melancolía. Supongo que me acordé de Camus y de La Peste porque también forma parte de esos libros y de esos autores que tienen sitio en este tipo de relatos y en este tipo de situaciones y porque terminar de leer ese libro me provocó una tristeza profunda o, mejor dicho, me condujo a una gran melancolía. Bebí un trago de cerveza para olvidar Orán y las ratas y La Peste y Camus y, por tercera vez, rompí el silencio. ¿Qué piensas?, le dije, aún a riesgo de mandar al garete, o a arrollar por los imbornales, que diría mi abuelo, la conversación, la noche y nuestra amistad de silencios. Una vez tuve una novia que cada vez que le preguntaba qué piensas dejaba de hablarme durante días. Sin embargo, Sebas continuó haciéndolo. Pensaba que eso significa que yo soy más de principios y tú más de finales, dijo. Y pensaba también que tu amiga es una hija de la gran puta porque no se puede empezar a leer Los Detectives Salvajes tumbada en la cama de un hotel a veinticinco pisos del suelo de Bangkok, frente al Chao Phraya. O, mejor, sí se puede. Lo que no se puede es andar contándolo por ahí, para que se propague y llegue a mis oídos y yo me tenga que cagar en su puta madre porque me corroe la envidia y porque no va a haber cerveza suficiente en esta ciudad ni en esta noche que me haga olvidar. Será mejor que me marche para casa. Empezaré a leer un libro. Y se echó a reír. 
 
Han pasado los días y no he vuelto a pensar en la conversación con Sebas hasta que hoy, en la pantalla del ordenador, encuentro un nuevo mensaje tuyo. Nada nuevo, que si sigues en Bangkok, que si quieres aprender a hacer masajes tailandeses, que si la crisis, que si los libros amontonados en el suelo. Pero yo te leo con una alegría inmensa y silenciosa, aunque comience a sospechar que no soy tan de silencios como creía, que se diluye en un poso de tristeza al terminar. Entonces pienso en Sebas y en su envidia y en el hecho de que él pensara que yo soy más de finales y él más de principios. Y probablemente sea cierto, concluyo después de un rato en silencio mientras bebo el café caliente que entibia en la taza. Creo que Sebas tiene razón, que yo soy más de finales. Y que tengo una especie de sentimiento, diría trágico o melancólico de la vida, que se acentúa con los libros tristes que terminan tristes o con las canciones tristes que terminan tristes en acordes menores tocados por instrumentos de viento. Terminar un buen libro triste, escuchar una canción lenta y triste, leer los mensajes que escribes desde el piso veinticinco de un hotel en Bangkok me ponen triste o me conducen a la melancolía que se oculta detrás de los sustantivos abstractos o de los verbos infinitivos y reflexivos. Del mismo modo, sin saber por qué, sin encontrar un hilo argumental que lo relacione. Será que soy de finales, de silencios, de leer lo que escribes y, sobre todo, de escribir, un par de veces al mes, palabras para que tú en Gijón, en Bangkok, en Rangún, quién sabe en qué ciudad, las leas.
Un beso. Chau.
Santiago.

P.D: ¿Viste? No me hizo falta hacerte parecer tonta, ni matarte, ni tan siquiera quitarte la ropa. Aunque te tuve sola en una habitación de hotel y pude haber hecho contigo lo que hubiera querido.

días

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