sábado, noviembre 30

No pararíamos hasta encontrarnos


Durante un tiempo vivimos en ciudades separadas por cientos de kilómetros. Una vez, mientras hablábamos por teléfono, cogimos un mapa y elegimos al azar el número de una de las carreteras que unía ambas ciudades y nos pusimos en marcha. No pararíamos hasta encontrarnos. Supongo que la idea se nos ocurrió porque la teníamos guardada en algún rincón de la memoria cinematográfica o literaria.
Estaba anocheciendo cuando nos encontramos en una gasolinera a las afueras de un pueblo de montaña del que olvidé el nombre, aunque de esos días lo recuerdo todo. Alquilamos una habitación en el único hotel que había en el pueblo y encargamos en la cocina un par de bocadillos y unas cervezas. Cenamos sentados en un banco de piedra en la plaza del pueblo. Ya de madrugada, Rebeca dijo me estoy quedando helada y regresamos abrazados al hotel. Durante el camino, pensé en las palabras que, alguna vez leí, había dicho el subcomandante Marcos, eso de que sabrás que es la mujer de tu vida si cuando le dices que te duelen las muelas, se acerca y te abraza. Si no lo es, te mandará al dentista. Yo la abracé para quitarle el frío. No sé qué pensaría de eso el subcomandante Marcos. Ya en la habitación nos quitamos la ropa, apagamos la luz y tumbados en la cama compartimos un cigarrillo de marihuana. Sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos, a pesar de los mosquitos que invadían la habitación por la ventana abierta y nos asediaban.
Cuando desperté ya había salido el sol. Rebeca estaba sentada en el alféizar. Fumaba un cigarrillo y, pensativa, observaba la calle. Intenté no moverme para poder seguir mirándola, sin que ella se diera cuenta.
¿Cuánto tiempo llevas ahí? Nada. Acabo de despertarme, mentí. Me levanté y la besé en la espalda. Por encima de sus hombros pude ver la calle y más allá un viñedo y, a su lado, una piscina abandonada. Imaginé entonces que su piel era del color de los sarmientos. Y sus ojos del color del agua olvidada en las piscinas de invierno.

domingo, noviembre 24

Las complejas líneas imaginarias de pensamiento

Una de las complejas líneas imaginarias de pensamiento, que regresaron tras la llamada telefónica de mis padres, se enreda en las antenas erguidas sobre los viejos tejados del barrio cuando, a media tarde, me asomo por la única ventana de casa desde la que puedo ver el mar. Jero observa con curiosidad, tumbado en nuestra cama, el móvil de madera que le hemos comprado en el mercado esta mañana y Rebeca lee un libro de una escritora húngara que yo terminé la semana pasada. Me lo recomendó Sebas y me atrapó desde el principio. Está compuesto por tres partes que cuentan la misma historia, tres novelas diferentes reunidas en un libro. Dos son mentira y una es verdad. Pero, cuando terminas de leer las tres, no sabes cuál es la historia verdadera, que no real, porque las tres pueden ser fruto de la imaginación de la escritora húngara, y cuáles, por eliminación, las dos historias falsas. Me pareció un desarrollo muy original. Una línea de pensamiento simple y compleja a la vez. A Rebeca no le está gustando tanto. Dice que es por culpa del instinto maternal. Le hace sentir mal por la cosa más absurda. Si un niño sufre, ella lo hace también. Exageradamente.
            De un tiempo a esta parte, leemos libros que el otro ya ha leído. Se podría decir que hemos roto una regla no escrita que seguíamos desde que nos conocimos. Antes, cuando leíamos un libro que nos gustaba, se lo contábamos al otro hasta el final. Qué importaba, hay tantos libros que leer. Ahora leemos libros que el otro ya ha leído. Supongo que habrá influido el hecho de que la casa se nos está llenando de ellos y, probablemente, en las estanterías aguardan más no leídos que leídos. Y, por qué no decirlo, el hormigón de la rutina y de la convivencia que nos transforma poco a poco en seres más silenciosos y encorvados por el peso de líneas imaginarias de pensamiento que se enredan, como ésta, en las antenas de los tejados del barrio y que, a veces, gaviotas y palomas usan como reposaderos en sus vuelos y disputas de extrarradio.
            Una noche de invierno, de las primeras que salimos juntos, Rebeca me invitó a conocer su casa y, una vez allí, en la cocina me contó, entre besos y café, la historia de un libro de Murakami. Me gusta saber que nunca leeré ese libro porque ella me lo contó aquella noche. Después hicimos el amor despacio, me dijo que me quedara dentro, que no me moviera. Y nos mirábamos en la penumbra de madrugada, con las farolas dibujando espadas de luz en las paredes blancas de la habitación y yo pensaba en el gato que hablaba y en lo buena que era Rebeca contando historias. Y así también evitaba correrme.

 *

Llama Ana para decir que aceptó una oferta de trabajo de Médicos del Mundo y que se marcha a Birmania en un mes.



viernes, noviembre 15

Cambiamos nosotros, los libros no cambian.

Vuelvo a pensar en el tipo que reconocía a las actrices de cine porno sólo con verles el coño. Yo le preguntaba en qué te fijas. Qué sé yo, respondía, en un lunar, en un pliegue, en la manera de afeitarse el vello, en el modo en que se separa los labios. Descubro que me provoca la misma admiración que quien reconoce a los músicos que tocan jazz sólo con escucharlos. Recuerdo los días febriles y desordenados en los que leí Rayuela, días que, ahora lo sé, fueron los precisos para leer ese libro. Nunca antes y nunca después. Y sé que es así y que es cierto porque, si ahora lo rescato del polvo de la estantería y me siento a releerlo, pasados cinco minutos o seis páginas tengo que parar y preguntarme quién era yo cuando lo leí, por qué me enganchó de aquel modo, fogonazo de una luz naranja de tungsteno, mundo encendido. Qué tipo diferente a este que escribe. Cambiamos nosotros, los libros no cambian.
Días febriles. Días desordenados. Días en los que estaba loco o, simplemente, ya lo decía el tipo de los coños, qué sé yo, tal vez me fijaba demasiado en los detalles.

sábado, noviembre 9

Tristes, inocentes desordenadas gotas

Tal vez la vida sea esto: el hueso de la tristeza
rodeado de la pulpa jovial de sardinas asadas y cohetería.
Memoria de elefante, Antonio Lobo-Antunes


 
Rebeca dice que quiere pintar en fondo negro y lunares rojos una cafetera vieja que ya no usamos y después plantar un cactus en su interior. Jero despierta y se echa a llorar. Tal vez no soporta abrir los ojos y sentirse solo. Yo escribo el comienzo de muchas historias que, después, no sé cómo continuar. Todas terminan demasiado rápido. Sigo teniendo sueño, sigo estando un poco enganchado a nadar, a internet, a la pornografía. Me asusta descubrir que conozco el nombre de las actrices y buscar más videos de las que me gustan, descifrar si tienen las tetas operadas, un tatuaje en el ombligo o asombrarme con las que se lo hacen con varias pollas, casi nunca tíos completos, sin inmutarse, como quien sale a la compra o pasea por la orilla del mar al atardecer. Pienso en aquel tipo, compañero de residencia universitaria, que conocía a las actrices de cine para adultos, como le gustaba puntualizar, por el coño. No necesitaba ver nada más. Todavía no he llegado a eso, al menos. No creo que llegue.

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Django Reinhardt, Chet Baker, Jhon Coltrane, Duke Ellington, Oscar Peterson, Stephan Grapelli, Tete Montoliú, Miles Davis, Santiago Biralbo.

*

Colocamos la vieja cafetera pintada en fondo negro y lunares amarillos, porque era la pintura que estaba de oferta, encima del piano. Y mientras, ayudado por la luz del sol, crece el cactus que Rebeca plantó en su interior, yo me sentaré cada tarde a tocar torpemente alguna de las partituras escritas en el cuaderno de fáciles que compré hace días en la tienda de instrumentos musicales que está cerca de la playa. Rebeca se acerca sigilosa, como la gata que es cuando quiere, me abraza por la espalda, se ríe de mí porque soy incapaz de acertar con las notas que deben pulsar armónicos los dedos de mi mano izquierda y dice la lluvia que golpea en los cristales de la ventana despertó a Jero. Todavía no ha cumplido dos meses y ya conoce el sonido de la lluvia que, tendrás que disculparme, escucha con atención, hoy suena bastante mejor que lo que tú estás tocando. Retiro las manos y las poso en mis rodillas. Sonrío resignado mientras escucho el golpeteo de las gotas de agua contra los cristales, tristes, inocentes desordenadas gotas que escribió Cortázar, y veo, a través de ellos, los geranios que planté en las jardineras el mes pasado, cimbreantes al viento que viene del mar, despeinados, como los besos de Rebeca, despojados de pétalos que reposan en la tierra húmeda y la tiñen de rosa, de rojo y de blanco. Y al descubrir la lluvia que se hace visible en los cristales, recuerdo la mañana del aguacero que Lucrecia, Sebas y yo pasamos en el barrio de Palermo de Buenos Aires fumando, escribiendo postales en las mesas de las cafeterías y entrando en las inmobiliarias con la firme intención de comprar entre los tres un piso en la zona y vivir todos los años un mes o dos en la ciudad. Qué mierda de vida preñada de sueños efervescentes. Y recuerdo ese viaje y lo radiante que estaba Lucrecia y lo perdidos que estábamos Sebas, que llegó un par de semanas después, y yo. Y pienso que la vida y la literatura tal vez sean lo mismo y tal vez sean esto: a partir de una vieja cafetera pintada en negro y amarillo con un cactus plantado en su interior, llegar hasta la ciudad de Buenos Aires seis años antes, cuando dos tipos sin rumbo se aferraban a la alegría y a la luz que irradiaba una mujer extraordinaria y no se querían soltar. Rebeca, grito desde el escritorio para que pueda oírme. ¿Qué pasa?, pregunta desde la cocina. Vámonos a Argentina.

domingo, noviembre 3

días

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