martes, septiembre 22

La torpeza


Escuchar una y otra vez ese jodido disco de Damien Jurado.

Volver a ver alguna de las escenas de La Gran Belleza,
como la de la muerte de Ramona.

Pasar la tarde colocando los libros en las estanterías
del salón según la ley de la buena vecindad.

Fuimos tan torpes que tratamos este amor peor
de lo que lo trató el tiempo.

jueves, septiembre 17

No sabes el bien que me hace


Descubrí que la palabra francesa para decir mapa es carte.
Y me pareció más acertada que la española.
Carte para nombrar el dibujo a escala de un pedazo de tierra.

Desde entonces he decidido enviarte mapas por correo postal.
De los lugares en los que me encuentro,
con puntos rojos cuya leyenda sea: yo estoy aquí.

(No sabes el bien que me hace).

De las ciudades en las que duermo, con un punto azul:
en esta esquina hay un café. Me senté en una de las mesas del fondo
y te estuve esperando, hasta que cerraron a medianoche.

De las fronteras que atravieso, subrayadas en verde,
como a veces atravesaba tu ropa, tanta en invierno,
para refugiarme en tu cuerpo.

miércoles, septiembre 9

La Ñora


En la playa donde cada julio
la marea desciende para dejar un poema,
Y. estuvo haciéndonos fotografías,
casi todas de espaldas,
por aquello de la privacidad en las redes sociales,
donde, tarde o temprano, aparecerían.

Nos bañamos en el mar, cavamos pozos en busca de agua,
recogimos conchas vacías y tomamos el sol durante horas.
Era una tarde de verano de esas que parece
que no van a terminar nunca.
O que uno quiere que no terminen nunca.

En la terraza del chiringuito, mi padre
se empeñó en pagar las cervezas.
Sonreía y hablaba, de la tarde que vio pasar
escapados a Pepe Recio y a Perico y de otra vida.
Tenía los ojos tristes.

Antes que la montaña, con el sol
pudieron las nubes. Una luz gris mate,
que se debilitaba con el rumor de las olas,
obligó a los últimos bañistas
a abandonar el arenal.

Cuando la playa quedó vacía, regresamos a la orilla
en busca de algo, no sabría decir el qué.
Y. hizo la última fotografía de nuestras espaldas;
pero ya la noche había vencido y quedó
desenfocada y oscura.

A. estaba cansado, protestaba.
Le cogí en brazos.
Decidimos regresar a casa
y comenzamos a ascender por la carretera
en busca del coche. En el camino,
que los cuatro hicimos en silencio,
se quedó dormido.

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