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lunes, enero 7

ballenas

Vivimos buscando ballenas. De pie en la playa, acompañados por nuestro aliento y el silencio que destila, miramos desafiantes a la línea negra, frontera de cielo y mar donde, creemos, está lo que buscamos. Porque todos necesitamos algo que perseguir, como el galgo tras el conejo de metal o el burro tras el premio de la zanahoria.
Montamos en las olas esculpidas por el viento y empezamos a buscar un signo, primero a ciegas, para de repente, sin que pase un tiempo concreto porque cada uno busca su ballena, encontrar la primera señal de lo que acechamos: una aleta, un salto, un soplido de agua blanca. Entonces seguimos su rastro como perros de presa, sin atender nada más. Y nuestro corazón se alegra mientras reducimos la distancia entre nosotros y nuestro sueño.
Ya frente a ellas las vemos saltar, resoplar, girar sobre sí. Estamos ensimismados porque hemos alcanzado lo que habíamos venido a buscar.
¿Cuál es el problema? No encontrar la ballena que has buscado toda tu vida.

mil palabras.evinayong.julio1999

viernes, enero 26

Evinayong

“... cuando regresó al pueblo ya no le quedaban amigos, María. A todos los mató esta guerra. Igual que a tu padre, a pesar de ser teniente coronel y de lo altivo que se ponía en los desfiles. Tenía la carne igual de blanda para que le atravesaran las balas.
Llegó en el tren de la tarde, María. Y caminó por la calle del puerto sin levantar la mirada del suelo. Detuvo sus pasos en la casa, que nosotros estábamos enfrente y lo vimos. Abrió con esfuerzo la puerta de bisagras herrumbradas por el aliento del mar y volaron las cucarachas de caramelo, señoras del lugar. Entró despacio, como con miedo, decían los muchachos, de enfrentarse a los fantasmas en que se habían convertido los muebles. Dio media vuelta para cerrar la puerta tras de sí y me miró, María, lo sé, pidiéndome ayuda. Pero yo no podía levantarme. No podía hacerle eso al pueblo. Tuve que bajar la cabeza y entonces oí como pasaba el cerrojo. ¡Cuántas veces lo he pensado, María! Que esa puerta no volvió a abrirse hasta ayer, cuando sacaron el cuerpo.
Desde que lo abandonaste no volvió a ser el mismo. Y, sobre todo, después de que tu prima le soltó que te casabas, así, a la cara, sin tacto. Y ya sabes como era. Dejó de venir a jugar a las damas y de vender en el mercado las figuras de miga de pan que hacía cuando estaba aburrido. Y ya no era capaz de sostener el fuego en la palma de las manos. Yo pasaba a verle cuando estaba varios días encerrado y tenía los ojos rojos. Él decía que era el polvo del desierto, pero yo sé que lloraba por ti.
El médico vino ayer a visitarme porque dice que soy el único en el pueblo con quien puede hablar de él. Me contó que se lo llevó una infección pulmonar. Pero yo sé que se murió porque quería. Que él era así de terco, ya sabes. Aprovechó el paludismo que contrajo para abandonarse.
Aquí te mando la pluma que le regalaste, con la que te escribía poemas, el cuaderno donde los abandonaba y la fotografía que os hicisteis en la finca, aquel verano. Seguro que la rompió por equivocación o alguna de esas noches de miedo, en lugar de ir a buscarte para dios sabe qué. No te lo tomes a mal, María, pero tú lo mataste. No te culpo. Cada uno tiene que seguir su propio camino. Pero ya sabes como era.
En fin, que seas feliz. Procura no volver por aquí. Yo ya no quiero verte...”

mil palabras.evinayong.julio1999

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