sábado, septiembre 28

Me sentaré a ordenar palabras

Me sentaré a ordenar palabras. O a releerlas, al menos. Para saber si tengo una historia o no tengo nada. Si lo que escribo en el papel cada mañana, mientras desayuno antes de ir al trabajo o antes de que Jero despierte y con sus manos ocupe el día, merece la pena ser leído por otros o mejor sería quemarlo. O, como hice aquella vez en que cambié de ciudad y cambié de vida, dejar que se ahoguen lentamente en las aguas sucias del puerto.

Fueron tres cuadernos. Fue una mañana de marzo, de esas de sol y frío. Bajé la cuesta de Vicaría y, al enfrentar el puerto, vi que la marea estaba alta. Me acerqué a la barandilla y, uno por uno, sin prisa, los lancé al mar. El aire se coló entre las hojas y desplegó sus tapas. Por un segundo pareció que se echarían a volar. Cayeron abiertos al agua, dos boca arriba y el tercero boca abajo. Los observé en silencio hasta que el primero de ellos, colmado de agua, se hundió. Después tomé un café en el Cantábrico, que es el bar donde La Banda tocó por última vez y el lugar donde ahora Gárgola, Siro, que al final muere, Nacho Vegas, Ramón y Georgina viven los días de otra historia que intento escribir y que también me obligará a sentarme un día frente a ella para ordenarla, para releerla, para descubrir de una vez lo que Gárgola, camarero en el Cantábrico, hará con las cenizas de su amigo Siro. 
 
Después regresé a casa. Rebeca continuaba metiendo en cajas de cartón todo aquello que no íbamos a abandonar. Estuvimos hablando un rato, no recuerdo bien de qué. Fumamos un cigarrillo a medias frente a la ventana de la cocina. Yo miraba el mar en el ostial del puerto y ella preguntó en qué piensas. En las palabras que acabo de tirar al mar, contesté. Igual algún día se vengan, dijo entre risas, o sus fantasmas se te aparecen en sueños. ¿Cómo será el fantasma de una palabra? La atraje hacia mí abrazándola por la cintura y nos besamos. Hicimos el amor despacio, sentados en el sillón del salón. Todo alrededor y todo lo que nos pertenecía permaneció en silencio, dentro de cajas de cartón y de bolsas de basura. Durante un rato no pude dejar de pensar en las palabras ahogadas.

Volví a la ventana y al mar mientras Rebeca se duchaba. Cuando terminó, apoyada en el quicio de la puerta, con el pelo mojado y en ropa interior dijo me visto y me enseñas donde las tiraste, anda. Igual aún podemos salvar alguna. 
 

sábado, septiembre 21

No creo que contar lo que sucede sea suficiente


No creo que contar lo que sucede, la cotidianidad, sea suficiente. Debo buscar una línea argumental, una vía por la que esta historia avance. Si me quedo parado en el anecdotario doméstico se volverá plomiza, estéril, inerte. Por más que encuentre adjetivos adecuados. Quizás sea necesario deformar la realidad, forzarla, encontrar los puntos de fuga, la ficción verosímil, el encanto de lo irreal por imprevisible. Creo que fue Pedro Juan Gutiérrez, quizás el escritor más salvaje que he leído, quien dice que en una novela hay que construir un universo propio y después esconder el andamiaje. Yo estoy haciendo todo lo contrario. No soy un escritor salvaje.
          Comencé a leer Trilogía Sucia de La Habana en un atasco de horas en el paso fronterizo de La Junquera. Apoyado el libro contra el volante, las dos horas que estuve parado se convirtieron en humo. Recuerdo la sensación de sorpresa cuando el coche que precedía al mío encendió el motor y comenzó a separarse lentamente. Yo hubiera seguido leyendo un par de horas más. Lo que me sobraba en aquella época eran kilómetros al volante. Lo que me faltaban eran buenos libros.
         Conduje por las autopistas francesas haciendo saltar los radares. Sin detenerme. En una estación de servicio, en un alto desde el que podía verse San Sebastián, le escribí a Rebeca un mensaje: esta ciudad me mira con tus ojos, que es para mí el mejor verso de García Montero. No conozco otra manera de utilizar las palabras ciudad y ojos de una forma tan afilada. Y continué camino hasta encontrarnos. En aquella época me pasaba los días regresando, pero nunca lo hacía del todo. Siempre llegaba el momento en el que escapaba de nuevo.

lunes, septiembre 16

Ana dice que no quiere hablar conmigo

Ana dice que no quiere hablar mucho conmigo porque tiene miedo de leerse después en alguna de las historias que escribo. Yo sonrío y ella me mira, seria y asustada, desde sus ojos grises. Supongo que corres ese riesgo, contesto al fin. ¿Ya lo hiciste?, pregunta. Aún no. ¿Aún no? Eso es que piensas hacerlo. Bebo un sorbo del café que compartimos en el descanso de la guardia, antes de contestar. No lo he pensado, la verdad. Bueno, mejor dicho, aún no ha sucedido. ¿El qué?, vuelve a preguntar, mientras mira por la ventana, donde transcurre una mañana de sábado que parece irreal. El que hayas aparecido cuando estoy escribiendo. No digo que sea un momento mágico ni litúrgico ni cosas de esas; pero la mayoría de las veces comienzo a escribir sin saber muy bien hacia dónde me dirijo. Y en el trayecto va apareciendo lo que quiere. Tú aún no has aparecido. Vaya, me alegro, responde. ¿Decepcionada?, pregunto. No. No, qué va. Aliviada. Está bien, le digo para terminar la conversación. A los pocos segundos, prosigue: por favor, no me hagas parecer idiota, no me desnudes y, por supuesto, no me mates. Me echo a reír y, al instante, ella me acompaña con una sonora carcajada.

sábado, septiembre 7

Llama Sebas para decir que el libro que le había encargado acaba de llegar

Llama Sebas para decir que el libro que le había encargado acaba de llegar. Pero no en la edición de bolsillo. Te va a salir caro, amigo, dice entre risas. Yo sonrío también y le pregunto ¿Qué libro leerías estos días? Después de unos segundos de silencio en los que le imagino sentado en el mostrador, oculto tras columnas desordenadas de libros, con la barba y el pelo cortados al seis y los ojos cansados contesta Papillon. Pero prefiero ver la película. Es la única en la que el bobalicón de Dustin Hoffman está, al menos, decente.

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