domingo, marzo 28

la segunda la nena la falda

A finales del seis ellos descubrieron el secreto, pero hacía demasiado frío en las montañas como para bañarnos desnudos en la playa que estaba al lado de casa. Sería el primer diciembre en años que nos mantendríamos secos y sin tiritar. Si alguno de nosotros tembló, debió ser por el miedo. Durante el día comprábamos fruta y dulce de leche en el mercado de la rambla, dormíamos la siesta sin sexo y, al atardecer, fumábamos un cigarrillo que San liaba torpemente con el papel y la hierba que la mujer más alta del mundo nos regalaba. Dejábamos después que la noche diluyera en nuestra sangre el efecto de la droga, nos duchábamos raudos y alegres salíamos a la calle a cerrar algún bar del puerto. A ellos no les gustaba el pescado y a mí me encantaban los ojos de la camarera; pero nunca me atreví a decirle una sola palabra, ni a pedirle un plato, un tenedor, otra cerveza o la cuenta. Temblaba, no por frío ni por miedo, de pensar que sus ojos se fijaran en los míos. A veces nos daban las tantas, tantas que la mayoría de los bares de la playa, cansados de esperarnos, cerraban las puertas y se despedían de los borrachos durmientes en las hamacas. Cuando vengan éstos, decidles que no son horas, les gritaban.

Si San decía la palabra clave, salíamos corriendo y nos íbamos sin pagar y saltábamos las tapias y llegábamos hasta los acantilados un poco azumbrados y un poco disneicos. La primera noche la rubia perdió el sombrero, la segunda la nena la falda. Agotados fondeábamos en las playas, guiados por el fuego azul de las hogueras encendidas por los borrachos durmientes que no tenían más que las hamacas donde caerse muertos y tenían frío. Nos decían no son horas y compartían con nosotros lo poco o mucho del vino que les quedara en las botellas. Justo antes del amanecer, San se disfrazaba con una capa negra y un bombín de terciopelo rojo y, tras los aplausos que le brindábamos, con la voz ronca y las manos abiertas como palomas de plazas mayores al revuelo de migas de pan, nos contaba una historia de miedo, cada noche distinta pero con el mismo final hasta que, tras los primeros rayos del sol, borrachos durmientes y mendigos, el vientre dolorido de tanta risa, sin miedo, sin frío, sin falda, sobre las hamacas o entre la arena nos quedábamos dormidos.
gijón.febrero2010

domingo, marzo 14

Zapatos del pie derecho

Pero William, ¿cómo vas a mandar treinta y cuatro zapatos del pie derecho al Congo por correo certificado? ¡Al Congo! Joder, Bruce, y ¿por qué no? Lo dijeron en la radio. No seas pesado, anda, llama a la central y pregúntalo. Si se puede, mañana mismo le digo a mi hermano que me eche una mano y los traemos. No tendrás que ocuparte de nada. Los empaquetaré en casa. Tú pegas el sello y listo. Rumbo al sur. Dios mío, William, cada día que pasa estás peor de la cabeza. Es la morfina, Bruce. ¿Cuántos años hace, Willy? Ocho. Ya va siendo hora de que te crezca una nueva, ¿no?

Guardaba los zapatos del pie derecho metidos en cajas de cartón debajo de la cama. En estos años no había encontrado en toda la ciudad una zapatería donde le vendieran sólo el izquierdo y él ya se había cansado de pedirlo. Los dependientes le miraban con pena, dejaban el zapato sin pie en la caja que le entregaban y le hacían descuento.

Lo poco que recordaba del veintiuno se había perdido por el sumidero de su frágil memoria selectiva. Caminaba sin prisa hacia el centro de la ciudad con las manos en los bolsillos y los ojos en el vaivén de sus pies. Pasaría la tarde en los jardines de Princess Street y compraría un par de libros en alguna de las tiendas de Victoria. Dobló la esquina en Union Street, vio a lo lejos la torre del Hotel Balmoral y después nada. Un coche lo embistió por detrás. Cuando despertó en la cama del hospital, su hermano le explicó que las heridas de la pierna derecha eran profundas y tuvieron que amputarla. El resto del cuerpo estaba intacto. El conductor se dio a la fuga; pero ya había sido detenido a las afueras de Glasgow y estaba en la cárcel. No quiso saber nada más. Y, a pesar de la insistencia de su hermano, nunca lo denunció.

Los primeros meses después del accidente, ocurrido tres días antes de la navidad, William no se atrevía a salir de casa. Gastaba el día tumbado en la cama leyendo y releyendo La Isla del Tesoro, llorando con la boca cerrada, tomando té del termo que le llenaba por las mañanas su hermano antes de marcharse a trabajar y maldiciendo sentado en la taza del váter incapaz de controlar el estreñimiento que le provocaban las ampollas de morfina que él mismo se pinchaba para mantener a raya el dolor de una pierna que ya no tenía. Agotado a veces, cuando por la ventana de la cocina veía caer los primeros copos de nieve en la noche, se quitaba la venda del muñón y lo golpeaba, cada vez más rápido y más fuerte. Le costó tiempo salir de ahí. Y cuando lo hizo, fue con una sola pierna.

Vio el final de una película de James Bond y las noticias de las ocho. Apagó la televisión y se acercó a la cocina. Preparó un bocadillo de salami y, junto a unas patatas fritas y un vaso de leche, cenó sentado frente a la ventana. Pasaron dos coches y el autobús de las nueve. Recordó los días de invierno en los que lo cogía para llegar a los muelles y las noches de verano en las que regresaba caminando a casa junto a Charly y hablaban del Hearts y del Celtic, de libros y de las montañas. Charly soñaba con ser el primer escocés en escalar los catorce ocho mil, aunque todavía no había subido ninguno. Clasificaban a las mujeres que encontraban a su paso en mujeres a las que saludarían, mujeres con las que se acostarían sólo una noche y mujeres con las que pasarían el resto de sus vidas. Fregó el plato y el vaso y los abandonó, después de secarlos, encima de la mesa. Llegó hasta el baño. Orinó sentado, se lavó las manos y evitó mirarse al espejo. Entró en su habitación, encendió la luz con el codo izquierdo y, con ayuda de la muleta, fue sacando las cajas de zapatos que guardaba bajo la cama. Habían dicho en la radio que los zapatos viejos servían para calzar pies africanos en países donde las minas antipersonas seguían arrancando piernas. Él podía regalarles más de treinta.

No me puedo creer, Long John, que enviaras los zapatos al Congo. Pues ya ves, Gaby, a estas horas viajarán en las bodegas de algún carguero amarrado, qué sé yo, en el puerto de Lisboa. O en el de Cádiz. Mejor que muertos debajo de la cama, gastando suela en la selva. Tal vez así empieces a dormir mejor. Tal vez.

Gabriella le hace reír cuando le cuenta historias de su familia, inmigrantes italianos en Newcastle, le enseña a beber vino con la nariz y con los ojos y, en silencio para calmarle después de una pesadilla, le acaricia la cicatriz del muñón con la yema de los dedos. Sabe que es la única persona en el mundo a la que le dejaría hacerlo. Gabriella nació en un pueblo a cinco kilómetros de Bérgamo, pero habían pasado tantos años desde que se fue que había olvidado su nombre. Una madrugada le dijo siempre pensé que en la cama las piernas son un estorbo y ahora sé que es cierto. Por eso contigo es tan bueno. Podemos hacerlo en posturas imposibles para los demás. Gaby, lo siento, pero a veces te quiero. No está bien decirle esas cosas a una puta, Long John Silver. Ya lo sé.

Las aceras de Leith se hielan a primeros de noviembre y permanecen en ese estado hasta la llegada de la primavera, a mediados de marzo o a primeros de abril según los años y la pereza de la tierra en su movimiento de traslación. William tardó varios inviernos en conseguir que los tacos de goma de sus muletas no resbalaran.

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