sábado, noviembre 27

4

El gordo no se impacientaba. No tenía prisa.
            Tienes todo el tiempo del mundo hasta la primavera. Dos meses. Después ya no querré saber nada más de ti ni de esa hija de la gran puta. Igual que te busqué a ti, buscaré a alguien que os pegue un tiro y recupere el dinero que te he adelantado. Ese es el precio de vuestras cabezas.
            Recordaba sus palabras mientras esperaba el autobús de las diez que me llevaría al centro. El gordo era un tipo para el que la vida era algo muy sencillo. Odiaba las complicaciones. Solo quería levantarse tarde, desayunar un café solo tumbado en la cama, pegarse una ducha, leer el periódico, ponerse un traje caro y sentarse detrás de la mesa a controlar su negocio de maderas y mármoles, ataúdes y lápidas. Enamorarse de una mujer que acabaría riéndose de él por tenerla pequeña no entraba en sus planes. Y me contrató para matarla porque creyó que así todo volvería a ser fácil, todo volvería a funcionar como si fuera nuevo.
            Entré en el autobús por la puerta trasera y me senté en un asiento de la última fila. Según estaba el tráfico en la ciudad a esas horas, tardaría más de cuarenta minutos en llegar al centro. Habían pasado tres semanas desde que el gordo golpeó la puerta de mi casa con sus anillos dorados. En ese tiempo había conseguido acostarme un par de veces con ella. Y Petra estaba de nuevo en la ciudad. 
            El tipo invisible, vestido con un traje negro y tocado con un sombrero del mismo color se sentó a mi lado y me devolvió a la realidad.
            Ya ha pasado casi un mes, Lorenzo. El jefe dice que sigue esperando. Que recuerdes que no tiene prisa.
            No dijo nada más. Se bajó del autobús en la parada siguiente y desapareció entre la gente que caminaba por la calle.

sábado, noviembre 20

3

La puerta del bistró La Manduca, vacío como era costumbre a esas horas de la mañana en las que casi nada sucede, cedió al leve empuje de mi mano. La luz del sol se filtraba oblicua a través de los cristales anaranjados e iluminaba el polvo acumulado en las mesas y en los marcos de los cuadros que, colgados en las paredes, hacía años que palidecían. Livorno estaba sentado en la mesa bajo la fotografía de George Best jugando para los Aztecs. Bebía una taza de té y leía el periódico de la tarde, de la última a la primera página. Se lo había visto hacer mil veces en todos estos años.
            Joder, anoche entraron en el chalé de un tipo forrado de dinero, le desnudaron, le ataron a una silla y le robaron todo el dinero que tenía en la caja fuerte, dijo sin levantar la vista del periódico, a modo de saludo.
            Me senté a su lado.
            No parece una noticia muy interesante, contesté. En esta ciudad, cada noche roban diez casas y veinte o treinta coches, calculo.
            Bueno, en realidad la noticia es que la mujer del tipo se largó con los atracadores. Se echó a reír. Recordé entonces que es un buen jugador de póquer. No enseña hasta el final sus cartas. Dobló el periódico por la mitad y lo apartó a un lado.
            ¿Ya la mataste?
            Todavía no.
            ¿Y?
            Bueno, el gordo no me dio plazos. Sólo dijo la quiero muerta. Tardé siete días en estudiar sus rutinas. Siete más en propiciar un encuentro casual en el supermercado. Y dos en que aceptara una invitación para cenar. Nos hemos acostado un par de veces, poco más. Es una chica fácil.
            Tal vez el fácil seas tú.
            Eso seguro. Sonreí y le guiñé el ojo izquierdo.
            Como sigas así, el gordo acabará yendo a por ti.
            No lo creo. No parece la clase de tipo con el valor necesario.
            O con la cobardía. Me guiñó el derecho.

Livorno era dependiente en una joyería del centro. Siempre que le preguntaba cómo había conseguido trabajar veinte años en una joyería que había atracado tres veces, me contestaba
            los ladrones no tienen voz. Los ladrones no hablan. Sólo apuntan, señalan y salen corriendo.
            El camarero se acercó a la mesa. Traía  el teléfono inalámbrico en la mano.
            Nene, alguien pregunta por ti.

            Deberías comprarte un móvil. Sería más sencillo dar contigo. ¿Todavía te dejas llamar Nene?
            Habían pasado más de seis años; pero era inconfundible. Una voz grabada a fuego en la piel de la memoria. Durante unos segundos, quedé mudo y malherido. Los primeros versos de mi primera combustión vinieron a mi mente.
            ¿Estás ahí? ¿Lorenzo? Espero que no hayas salido corriendo. Entonces su risa.
            Livorno me observaba con ojos interrogantes y yo le devolvía, inexpresiva, la mirada. De pronto, los abrió todo lo que pudo y sonrió. Había descubierto quien estaba al otro lado del teléfono. Se levantó. Posó su mano derecha en mi hombro izquierdo y desapareció.
            ¿Cómo estás, Lorenzo?
            Bien, sentado en la mesa donde me dejaste. Me habré levantado un par de veces a mear, nada más. Estaba dispuesto a rendirme sin condiciones. Lo había meditado largo tiempo, dejando que el dolor reposara con suavidad a lo largo de los años. Si algún día volvía, aquí estaría esperándola. Desde que te largaste, continué, la ciudad perdió interés, se hizo previsible. Así es que decidí esperar sentado.
            ¿Esperar qué?
            Bueno, qué sé yo, menuda pregunta: que alguien viniera a decirme algo de ti.
            ¿Algo?
            Sí, algo, no sé, que regresabas o, mejor, que habías desaparecido para siempre, que te habías largado a otro continente, que estabas muerta... cualquier cosa; pero algo.
            He vuelto, Lorenzo.
            Bueno, pues aquí estoy.
            No sé si es buena idea que nos veamos.
            Yo tampoco lo sé. Pero, entonces, ¿para qué coño has llamado?

sábado, noviembre 13

2


A mí me da lo mismo. Puedes acostarte con ella, regalarle un descapotable o meterle una botella por el culo. Yo te pago para que la mates. Diez mil ahora y veinte mil cuando me traigas las fotografías y el dedo. Igualito que en las películas.
            El tipo era un calvo y gordo metro y noventa centímetros vestido con un traje gris de rayas blancas hecho a medida por algún sastre sin demasiados escrúpulos y adornado con un anillo de oro en cada uno de los nueve dedos que conservaba en las manos. El sudor perlaba su frente y el cuero cabelludo, enrojecido aún por un afeitado que se presumía reciente, brillaba bajo la luz del final de la tarde. Fruncía el ceño cada vez que bebía un sorbo de un vaso de cartón en el que reposaba un líquido naranja. No dejó de mirarme a los ojos en los diez minutos que estuvimos hablando.
            Acepté el encargo. Me entregó una polaroid y un sobre donde encontré veinte billetes de quinientos y seis fotografías hechas a distancia de la mujer a quien debía matar. En el reverso de una de ellas estaba escrita a mano la dirección de su casa.

Abrió los ojos y se sentó en la cama. Con un ademán inconsciente de tan repetido, retiró de la frente un mechón de pelo negro y rizado.
            ¿Qué haces?
            Yo contaba sílabas para un haiku sentado en el alféizar de la ventana.
            Buenos días. Nada realmente. ¿Quieres café?
            Creo que aún estoy demasiado dormida para eso. Deja que despierte del todo. Se levantó, se puso un jersey blanco que estaba tirado en el suelo y caminó hacia el baño.
            No hay agua caliente, grité.
            No la necesito, no pienso ducharme.

            Es una hija de la gran puta, continuó el gordo. Lo que me hizo no se le hace a un tipo como yo sin pagar por ello.
            Cuentan que se enamoró de ella hasta lo imposible y anduvo como un perro salido detrás de sus faldas durante meses. Ella le dejaba acercarse un día y se alejaba entre risas al siguiente.
            Gasté en esa furcia más que en un coche, mucho más.
            Al parecer el tipo no tiene una polla de museo y ella no pudo disimular una mueca burlona cuando le vio desnudo por primera vez. Se salvó porque al gordo le detuvo un ataque de asma y así ella pudo escapar de la habitación antes de que él la matara a patadas. Dos días después, remitida la disnea, apareció en la puerta de mi casa acompañado por un tipo alto e invisible de tan silencioso.
            Dicen que eres el mejor para hacer lo que yo quiero que hagas.
            Ya todos en la ciudad sabían lo ocurrido y le gustó que no me hiciera el tonto. Bebió otro sorbo del líquido naranja sin dejar de mirarme y, de nuevo, frunció el ceño. Tenía los ojos negros.

sábado, noviembre 6

LA MUERTE EN DIEZ PASOS y 1

Parecía como si la ciudad hubiera sido arrasada por un ejército de mercenarios. O como si un desastre natural hubiera alcanzado al amanecer los extrarradios. Todo temblaba. Imperceptiblemente. El color de los edificios al mediodía era el mismo que el de la ceniza, con lo difícil que para mí resulta describirlo con otras palabras. Pavesas.
            Desde la ventana de la habitación del hotel podía ver recortado en el horizonte el fuego que coronaba las azoteas. Recordé entonces instantes de los últimos seis años, como fotografías crucificadas por alfileres en el corcho de la cocina.
            La madrugada que el coche se quedó sin gasolina en mitad de la autopista. Tuve que saltar dos vallas metálicas para, campo a través, llegar a una gasolinera donde la dependienta quería llamar a la policía en lugar de venderme un bidón de cinco litros.
            La tarde que Livorno cayó de bruces en el porche de su casa después de haber estado bebiendo cerveza durante cuarenta y ocho horas seguidas.             Menos mal que lo trajo al hospital, dijo un médico más alto que una estantería, en aquel despacho tan pequeño de paredes verdes. Un infarto se ha cargado medio corazón.
            El día que Petra apareció en la pantalla de la televisión, interrogada en la calle de una ciudad a quinientos kilómetros de ésta por una reportera que, micrófono en mano, quería conocer su opinión acerca de las dietas milagro. Antes de contestar, miró fijamente a la cámara, segura de que yo la estaba viendo.
           
Di media vuelta. Ella dormía boca abajo y desnuda en la cama. En la piel de su culo permanecían las huellas de mis uñas igual que en mi pecho ardían sus dientes. Igual que la ciudad en llamas mantenía el paso firme. Se escuchó una explosión en algún lugar lejano. La alarma contra incendios se activó y ella despertó sobresaltada. Gritó
            mierda.
            El agua que manaba de los surtidores colocados en el techo empapó su pelo negro. Se tapó bajo las sábanas. Cogí el paquete de cigarrillos e intenté, sin éxito, encender uno. Lo aplasté entre los dedos y lo tiré al suelo. Me acerqué a la mesa y abrí la cremallera de la bolsa.

días

cuadernos