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sábado, marzo 8

No has tenido que despedirte de nadie para siempre

Sentados frente a los aviones mientras Jero juega en el suelo con un coche de
madera, Rebeca dice me gusta esperar en los aeropuertos, la sensación de
que son lugares en los que puede que no vuelvas a estar nunca más, ver como
los aviones despegan y aterrizan e intentar imaginar la cantidad de gente que
se sienta en su interior, este vaivén de personas y maletas, seres vivos e
inertes en un flujo constante de ida y vuelta, como la circulación de un
organismo. Yo cierro el libro de Soriano que compré en Corrientes porque sé
que Rebeca va a seguir hablando. Jero pide una galleta. Rebeca se la entrega.
Eso es porque no has tenido que despedirte de nadie para siempre. Rebeca
me mira sorprendida, como si no pudiera creer lo que yo acabo de decir. Se
echa a reír y me abraza. Ni tú tampoco, imbécil, ni tú tampoco.

                                                              *

Señoras y señores pasajeros, les habla el comandante Burdisso. Debido a
problemas mecánicos surgidos durante el vuelo en dos de los seis motores del
avión, perdemos potencia y altura desde hace unos minutos. Ante la
imposibilidad de regresar a Buenos Aires, aterrizaremos en una de las islas del
archipiélago de Cabo Verde, en un tiempo aproximado de dos horas. Aunque
anómala, la situación y el desarrollo del vuelo están controlados en todo
momento. Por su seguridad, les ruego permanezcan sentados y con los
cinturones de sus asientos abrochados hasta la finalización del vuelo.
Mantengan la calma. Les iré informando de cualquier novedad que surja.
Muchas gracias por su atención y, repito, mantengan la calma.



gijón-ezeiza mayo2011-marzo2013

sábado, marzo 1

Viajamos al norte

Como hace meses dejé Desde las Ventanas Abiertas en un tren que, desde
Londres, iba camino de Worcester, en una estantería de una librería en la
ciudad vieja dejé El Libro de las Ausencias. Me gusta creer que alguien en
Montevideo lo leerá. Y que el librero no sabrá qué contestar cuando le
pregunten el precio o la trama. Dejar que los libros emprendan su camino,
recorran países, ciudades, manos.

                                                             *

Viajamos al norte siguiendo la línea del mar, en busca de sol y algarabía. Lo
que encontramos es lluvia. Y una tranquilidad que reconforta, una
mansedumbre de tiempo detenido y siestas.

                                                             *

Releo La Tregua con el mapa de Montevideo al lado. Para buscar los lugares
por los que transitan Santomé y Avellaneda y comprobar si yo también pasé
por ellos, torpe, como en ocasiones lo es también el libro, de creerme
personaje, de pensar que podría haber estado sentado en la misma mesa del
café donde Santomé le declaró su amor a Avellaneda.

                                                             *

Las vacas rumian en los palmerales. El mar no se ve; pero puede olerse. El
viento barre la superficie de la tierra y, a juzgar por los perfiles redondeados del
horizonte, ha debido hacerlo, incansable, durante siglos. Detengo el cochefrente a la arena. Jero duerme tumbado en el asiento trasero. Detrás de las
dunas, estará el mar, dice Rebeca. Apago el motor, desabrocho el cinturón de
seguridad y me acerco para besarla. Cerramos los ojos, Jero se despierta y se
ríe. Los dos salen del coche y se dirigen al agua.
Les hice una fotografía. Están de espaldas, en la esquina inferior
izquierda. Frente a ellos y frente a mí un mar oscuro y bravo. El viento aún no
ha sido capaz de domar sus perfiles.

                                                             *


Un viento fuerte agita la ropa tendida en la pradera que rodea el faro de Cabo
Polonio hasta mezclar los colores que tiñen los tejidos. Una yegua pasta junto a
su potrillo. Levantan la cabeza un instante para observarnos con ojos
aburridos, cansados, tal vez, del trasiego de turistas. A la hora de comer, Jero
se queda dormido en un hamaca frente al mar que el viento agita como si fuese
ropa tendida. Después, sentados en la jaula de un camión, abandonamos el
cabo a través de la playa. A la izquierda el mar y a a la derecha un paisaje lunar
de dunas que mojan sus pies en el agua. Jero, en mi regazo, permanece en
silencio y lo observa todo con curiosidad. Extiende el brazo derecho para
pedirle a Rebeca que le dé la mano.

                                                            *

Rebeca termina de bailar la canción que sonaba en la radio y yo de leer La
Tregua. Despertamos a Jero de su siesta y nos vamos los tres a bañar a la
playa.

sábado, febrero 22

Los gatos duermen sobre los libros en los escaparates

Los gatos duermen sobre los libros en los escaparates.

                                                               *
 
En una librería de Tristán Narvaja, mientras Rebeca y Jero juegan sobre una
rayuela pintada en la acera, compro una cuarta edición de La Tregua, de
Benedetti. Me hubiera gustado comprar una primera edición, pero no mealcanza el dinero. La Tregua es un libro que estaba en casa de mis padres
antes, creo, de que yo naciera. Una tarde llegué a casa y mi madre, sentada en
la cocina, lloraba con La Tregua cerrado en las manos. ¿Qué te pasa, mamá?,
le pregunté. Nada, hijo, nada. Tranquilo. Es por el libro. Ya lo leerás cuando
crezcas. Así hice, muchos años después, otra tarde en la que me senté en otra
cocina y lo leí de un trago, sin detenerme, buscando hasta encontrar lo que
había hecho llorar a mi madre. Aquella tarde, como tantas otras tardes,
Santomé escribió seis veces Dios mío en su diario.

                                                              *

Gorriones. Palomas. Gaviotas.

                                                              *

La fauna de las ciudades. El asedio constante e incansable del miedo al
fracaso. Una canción de Zitarrosa cantada por un tipo que en nada se le parece
en una de las calles peatonales que rodean el mercado del puerto. Una de
Martín Buscaglia mientras rastreo lomos con la yema de los dedos en las
estanterías de una librería en Tristán Narvaja. Los colectivos solitarios de
domingo que recorren las calles vacías a la caza de transeúntes en las
paradas. Cuando los engullen con un ruido de respirar hidráulico. Una solución
de emergencia para la reacción alérgica de Jero. El viento que viene del río y
barre la arena que él mismo deposita sobre el alquitrán deformado por el calor
en la rambla. Y Bengoechea de bronce en Los Aromos contra el que no puede.
El día que yo estaba viéndole en el Bernabéu le hizo un caño inolvidable a
Tendillo. Gorriones. Palomas. Gaviotas. Los primeros, al resguardo de la nieve
bajo los bancos y los palmerales de Pocitos. Las terceras, que chillan a nuestro
paso para convocar a las nubes. Nosotros, palomas. Buscamos hasta el
anochecer los lugares de la memoria. Yaguarón con Dieciocho de Julio. Cerro
Largo y Minas. Dormiremos más tarde en el alféizar de los hoteles con las
plumas ahuecadas. Rebeca alimenta a Jero con mansedumbre. Yo me tumbo asu lado hasta que se duerme. Después los dos, tirados en la cama,
desplegamos el mapa de la ciudad sobre las almohadas para encontrarnos. Y a
veces pasa.

                                                            *

Como hace meses dejé Desde las Ventanas Abiertas en un tren que, desde
Londres, iba camino de Worcester, en una estantería de una librería en la
ciudad vieja dejé El Libro de las Ausencias. Me gusta creer que alguien en
Montevideo lo leerá. Y que el librero no sabrá qué contestar cuando le
pregunten el precio o la trama. Dejar que los libros emprendan su camino,
recorran países, ciudades, manos.

jueves, febrero 13

Los lugares imaginarios son más ciertos que los reales

Hace años, sentado en la terraza de una pizzería en Formentera, mientras
esperaba que llegaran Rebeca y su hermana escribí:

En aquella época lo que yo más quería en la vida era viajar a Montevideo y
tomar el trece que te lleva a Pocitos o el veintisiete a la rambla. Cerraba los
ojos y soñaba que era psiquiatra, nefrólogo, cirujano mayor o mejor, sí, tal vez
lo mejor, cardiólogo y entonces todas las preocupaciones médicas, que día y
noche me afligen y arponean mi ánimo, se concentraban en ese kilo y medio
de músculo y tendones tensos. Sentados frente a mí, los pacientes encima de
la mesa agarraban con sus manos mis manos y decían ay, doctorcito, déme
usted algo para el dolor de la vida, algo que me alivie, algo que me duerma,
algo para que mi marido vuelva a quererme. Yo retiraba de súbito las manos
asustado y sudoroso respondía pero qué dicen, tarados, a mí qué me dicen si
yo soy cardiólogo y nada sé de la vida más allá de una sístole y las dos
diástoles que la preceden y siguen, más allá del primer ruido, segundo ruido,

tic, tac, tic, tac, un ritmo de galope, quizás dos antiarrítmicos del grupo uno ce.
Y pensaba qué fácil sería descuartizar el cuerpo humano en cuadriles del
mismo peso o similar y entregar a cada cual el que quisiera y no tener, así, un
pensamiento holístico, humanístico, místico, simple o complicado según por
donde empiece uno a explorar, por arriba o por abajo. Y al fin, sin más,
repuesto de la impresión desagradable y recuperada mi cardiológica dignidad,
apoyaba la espalda en la silla y contestaba pero usted quién coño se cree que
es, desgraciado, esto es un malentendido, lárguese de aquí que yo, memo, soy
un especialista y, dos veces al año, viajo a Montevideo, ¿conoce usted el barrio
de Pocitos?, donde en las noches de verano la cruz del sur cimbrea en el
horizonte y su visión, más que otra cosa en el mundo, me calma. Memeces, de
verdad, esto es inaudito, insólito, desde que he llegado no he escuchado más
que memeces.

Cuando terminé, el sol ya se había puesto después de esparcir por todos los
rincones de la terraza una luz dorada de principios de verano y, ante la
impaciencia del camarero, que ya se había acercado tres veces a la mesa, pedí
otra cerveza y ordené un par de pizzas, a pesar de no conocer los gustos de
Alicia, la hermana de Rebeca, que pasaba unos días de vacaciones con
nosotros. Releí lo que había escrito mientras esperaba que el camarero trajese
la cerveza y me gustó. Sentí que había conseguido estar en Montevideo, sin
haber estado jamás en la ciudad.

Hoy estoy. Paseo por Sarandí y, al cruzar la calle, un colectivo que va a
Pocitos se detiene unos metros más adelante, en la acera de enfrente. Una vez
en Formentera, el verano que tu hermana vino a vernos, yo cogí el cincuenta y
ocho para ir a Pocitos, le digo a Rebeca, que camina con Jero en sus brazos.
Rebeca sonríe y no dice nada. Después, sentados en la mesa de un café en
Plaza Matriz, mientras Jero juega a perseguir palomas que le dejan acercarse
cada vez un centímetro más antes de emprender el vuelo, Rebeca dice n o creo
que tú pudieras ser cardiólogo. Y he leído que, estando en la ciudad, es difícil
ver la Cruz del Sur ¿Tú crees que cuando estemos en las playas podremos
verla? Una vez escribí en lo desconocido reside lo posible. Durante muchos
años, por culpa de los libros, de las canciones y del fútbol, en la ciudad de
Montevideo todo era posible. A veces sucede, los lugares imaginarios son más
ciertos que los reales.

                                                               *

La necesidad de viajar. El impulso de, por un tiempo acotado, ser otros, verse
en una realidad distinta a la cotidiana. Sabores, olores, esquinas. Ciudades y
libros. Música, horizontes, alimentos y la manera de cocinarlos. El nombre de la
cerveza. La noria que gira y pinta en el horizonte su telaraña de hierro y
bombillas de colores. Las nubes pesadas con lluvia en su vientre, que el viento
posa sobre la ciudad. Donde se han detenido. Pronto la tarde será un recuerdo.
Jero, sentado en mis hombros, no quiere subirse a la noria. Con cara de
sorpresa, la niña de ojos negros recibe el boleto que nos sobra. Casi en voz
baja, nos da las gracias. Jero se ríe y se despide de ella agitando las manos.
Rebeca dice se nos hace tarde. Deberíamos tomar un taxi. Yo prefiero volver al
hotel caminando. Pero Jero tiene hambre. Las ramas de los jacarandaes que
crecen en Parque Rodó detienen las primeras gotas. La lluvia, no la noche, nos
ha vencido. Rebeca levanta la mano y un taxi se detiene en el arcén. Qué
distinta parece la ciudad a través de la ventanilla del coche. Sorprendimos al
teatro Solís entrando a la ciudad vieja por su espalda.

viernes, febrero 7

Otra despedida

A las seis de la tarde de un sábado en la Plaza de los Artesanos, cinco minutos antes de que lleguemos, Lucrecia recorre con la mirada el paisaje urbano de sombras, cementerio y tango y, al no vernos, elige una de las terrazas que se extienden en la vereda y se sienta en una mesa del rincón.
    La tarde es calurosa. Caminamos los tres por Recoleta y, al cruzar la esquina de Quintana y llegar a la plaza, la descubro leyendo bajo las ramas espesas de un ficus que la protegen del sol, frente a un vaso de jugo de naranja que acaba de posar en la mesa. En voz alta, digo su nombre. Lucrecia nos mira, sonríe y se pone de pie. ¡Cuánto tiempo, querido!, dice antes de permanecer en un largo silencio que convoca nuestro abrazo. Qué diferentes los silencios que convocan los abrazos de los silencios que convocan las puertas al cerrarse. ¿Cuánto tiempo?, pregunta. Más de seis años, ya. Y estás igual, respondo. No como vos, contesta entre risas. Mirá lo que me traés. Una mujer tan linda y tu hijo, Santiago, tu hijo. Jero, ésta es Lucrecia.

                                                                   *

Lucrecia se aloja en casa de unos amigos que viven en un departamento en el barrio de Caballito. Nos lleva hasta allí porque quiere que veamos la ciudad desde el balcón de un décimo piso. Un lugar turístico diferente, dice. En el departamento viven Rosa y Daniel y, desde hace cinco meses, Jacinto, primo de Rosa y amigo de Lucrecia desde la infancia. Estudia filosofía en la universidad. Cuando llegamos, Jacinto está sentado en la mesa de la cocina. Por la ventana entra una luz clara que se posa en el suelo de la cocina, la encimera y las superficies de los electrodomésticos. En el fregadero se amontonan platos, vasos y cubiertos sucios hasta alcanzar la boca del grifo y en una esquina de la mesa, apartados seguramente por Jacinto para hacer sitio a los apuntes y los libros, permanecen los restos de una comida de tres. ¿Qué tal, querido?, saluda Lucrecia. Te presento a los chicos españoles y al gran Jero. Jacinto se levanta, besa a Rebeca en una mejilla, se dispone a abrazarme y me dejo. Después se agacha para revolver el pelo despeinado de Jero, que le observa con ojos curiosos. No es muy alto, ni muy flaco. Tiene el pelo corto y rubio, peinado con una raya al medio, gafas de metal azul, viste una camiseta gris y unos pantalones cortos de color negro con el escudo de Talleres en la pernera izquierda. Está descalzo. Cuando sonríe se parece a Lucrecia. También cuando escucha nuestras explicaciones acerca del viaje y de la situación económica de España, por la que nos pregunta. Se disculpa por no poder acompañarnos y se sienta de nuevo para seguir estudiando. Rindo dos materias la semana que viene y ando apurado, nos explica. Cuando estamos a punto de salir de la cocina, Lucrecia pregunta ¿y los chicos? No sé, contesta Jacinto, sin dejar de escribir en el margen de un folio repleto de palabras. Capaz que estén cogiendo en la ducha.
    El resto del departamento que vemos, la habitación de Jacinto, donde estos días duerme Lucrecia, el salón y la terraza están limpios y ordenados, como si la cocina fuera el único lugar donde los tres habitantes de la casa se permiten el desorden y la suciedad.
    Lo que recuerdo de la vista desde la terraza es un cielo azul oscuro sin nubes, una ciudad gris con luces rojas y blancas que no cesaban de moverse, olor a verano, a calor y a humo y ruido de motores y frenos. Jero, en brazos de Rebeca, señaló una luna redonda, amarilla y perfilada en negro, que parecía formar parte del decorado de Buenos Aires, como si, sobre otra ciudad, fuese un cielo diferente.

                                                                 *

Tres días antes de que Jero naciera, llegó una carta de Lucrecia desde Argentina. Le decía al niño que luchara por sus sueños. La carta tiene el valor de hacerse grande con el tiempo. No va a marchitarse. Cuando Jero sepa leerla, habrá cumplido su función. Hasta entonces, enmarcada, adorna una de las paredes de su cuarto.
    Nos despedimos en la parada de metro de Belgrano, con un abrazo aún más largo y silencioso que el primero. Lucrecia desaparece lentamente mientras desciende por las escaleras. Volverán a pasar años antes de volver a vernos. Otra despedida.

viernes, enero 31

La mitología de los aeropuertos


Yo, de rodillas en el suelo, le sujetaba las piernas para que no cayera de la silla en la que, de pie, la fotógrafa le había colocado. Jero me observaba sin entender qué ocurría, por qué yo estaba de rodillas, por qué le sujetaba las piernas con mis manos. La fotógrafa dijo mira, cariño. Él miró a la cámara y para siempre quedó el pelo rubio revuelto en vedijas, ¿por qué nunca le peinas?, dijo Rebeca después, cuando vio la fotografía, los ojos oscuros de mirada asustada y la boca, de labios intensamente rojos, entreabierta.
El policía de la aduana observa la fotografía durante unos segundos. Después me devuelve el pasaporte, sin mirarme siquiera a los ojos. Cojo a Jero en brazos y cruzamos la frontera.

*

La mitología de los aeropuertos. La extensión ajetreada de los gigantes que amas. Los cien lenguajes que se hablan como las cien mujeres que viajan conmigo. Abandonar el frío para sumergirte en un verano que agoniza. El papel, la tinta y el cobre troquelado que se usan por convenio como dinero. Cada ciudad huele diferente, dice Rebeca al llegar al apartamento. Sólo cuando pase el tiempo, tendremos una visión más nítida de estos días, el big picture que dicen los ingleses. Abro las puertas que dan al patio interior, escucho el ruido de máquinas móviles, de mujeres salvajes, de hombres frágiles. El pampero agita las antenas. Nos metemos los tres en la ducha. Jero ríe a carcajadas. Rebeca me mira fijamente a los ojos y dice ahora se trata de vivirlo. Tiempo vas a tener después de escribir.

*

Buenos Aires es una gran cafetera que hierve el día. Nosotros, al fin, despojados del invierno y descalzos, que es el único modo de caminar por las ciudades que amas cuando no vas a estar en ellas mucho tiempo, recorremos las calles empedradas de San Telmo buscando las sombras, Rebeca la sorpresa y yo reconocerme en los lugares que años atrás ya había pisado. Jero duerme en la silla, ajeno a los cambios. Despertó de madrugada pidiendo agua. Estamos en el sur, enano. Lo más al sur que jamás hayas estado. Me senté a su lado hasta que, de nuevo, se quedó dormido. Los primeros rayos del sol alcanzaron las paredes blancas del patio interior. Amaneció al tiempo que hervía el agua en el fuego. Rebeca, desde la cama, al verme pasar dijo vente.

viernes, enero 24

El problema está en las ciudades que amamos y en los libros que leemos


Nueva Orleans. Madrid. Bangkok. Lisboa. San Sebastián. Buenos Aires. Catania. Gijón. Dublín. Montevideo. Salamanca. Berlín. Barcelona. Nueva York. Granada.

*

Decían en la película Una Canción del Pasado que el problema está en las ciudades que amamos y en los libros que leemos. O algo así. Y eso es mentira. El problema es creer que en esas ciudades que, por supuesto, amamos, se puede vivir como lo hacen los personajes de los libros que leemos.
Mandar a la mierda las tardes grises de invierno, hacer la maleta y meterte corriendo en el vientre de un avión, de la mano de dos de las seis personas que te importan en este mundo. Y que hacerlo te niegue el futuro.

*

No sé explicar qué es amar una ciudad, ni por qué amas unas ciudades y no otras. Tal vez amar una ciudad es vivir en ella, aunque no sea más que veinticuatro horas. Una noche. Supongo que amar una ciudad es sentir que formas parte de ella, que te acoge, que te abraza en su seno de cemento y palmeras y, aunque te marches, ya no lo haces. Te quedas. Amas una ciudad porque quieres volver a ella, porque la buscas en tus recuerdos, porque cierras los ojos antes de dormir y evocas la imagen que tienes del cielo que la cubre y piensas qué estará sucediendo en sus calles y te preguntas quién o qué la amenaza, qué nombre recibe el viento que la mece, cuál el que la azota. Amas ciudades cuando escribir sobre ellas te permite regresar a sus calles, obviar el tiempo, acortar la distancia.

domingo, enero 19

La idea consiste en imaginar que estás en Bangkok



y soñaba con irme, sencillamente
y me fui, sencillamente
Perro de aeropuerto, Claudio Burguez


Gijón, 12/1/2013

Ana,

la idea consiste en imaginar que estás en Bangkok y que, después de ducharte, te tumbas en la cama, como describes en el mensaje, y observas tus pies que, a través del ventanal, parecen flotar sobre el Chao Phraya mientras se hace de noche en la ciudad, a muchas horas y a muchos kilómetros de aquí. Y porque estás en uno de los pisos más altos del edificio puedes ver la otra orilla del río, perfilada por pequeñas luces amarillas en una larga extensión de kilómetros y yo pienso en decirte calcula, tres personas por cada luz, Bangkok está plagado de gente. Imagino también que terminas de escribir el mensaje y le das al botón de enviar y después, como dices, comienzas a leer un libro de Bolaño. Supongo que en este tipo de relatos o en este tipo de situaciones, lo único que se puede leer es un libro de Bolaño. Cualquier otro autor no encajaría. Bueno, tal vez Vila-Matas, aunque es algo subjetivo, por el mero hecho de que a mí me gusta mucho Vila-Matas; pero también mucho Bolaño. 
 
Después salí a tomar una cerveza con Sebas, un buen amigo, uno de esos amigos con los que ya puedes compartir silencios, y es que él y yo somos de muchos silencios, y, para romper uno de ellos, le conté que me habías enviado, desde Birmania, Fabulosas Narraciones por Historias, de Orejudo, quien, bien pensado, también encaja en este tipo de relatos y en este tipo de situaciones, y que yo creía haberte recomendado Los Detectives Salvajes, de Bolaño, y que acababas de ducharte en el piso veinticinco de un hotel en Bangkok con vistas al Chao Phraya y que te disponías a empezar el libro de Bolaño. Y él dijo que era una imagen preciosa: Bangkok, la altura, el río, la noche, tus pies, el libro y dijo también que la envidia que te tenía en ese momento era tan grande que dudaba que pudiera borrarse con la cerveza siguiente. Se levantó para pedirle al camarero dos cervezas más, regresó a la mesa y continuó la conversación en la última palabra que había dicho antes de levantarse: siguiente. Envidia porque hay libros que solo vas a leer una vez en tu vida, dijo, la primera, y lo que tú estabas a punto de hacer en la noche de Bangkok, él ya lo había hecho, seis años antes, en el aeropuerto de El Prat y le dolía pensar que leer por primera vez Los Detectives Salvajes era algo que ya no podría volver a hacer en toda su puta vida. Sí, dijo puta vida y después bebió un trago largo de cerveza, posó el vaso en la mesa y me miró con unos ojos inmensamente tristes, como culpándome por haberle recordado el momento en que él comenzó a leer por primera vez Los Detectives Salvajes en la sala de embarque de un aeropuerto. Yo, para volver a romper el silencio, aunque los dos estábamos muy cómodos instalados en él, le dije que a mí lo que más me jodía no era no poder empezarlo por primera vez nunca más, Los Detectives Salvajes y otros muchos más, de Bolaño y de otros muchos más. Lo que más me jodía y lo que más me gustaba, al mismo tiempo, porque es cierto que el placer y el dolor residen en lugares cercanos, era sentir esa tristeza que se siente al terminar ciertos libros, que es una idea elaborada que me pareció interesante porque exponerla parecía hacerme interesante y que pude exponer con claridad porque días antes ya te la había expuesto a ti en un mensaje. Exponer, cuántas veces. Sebas se quedó otra vez callado, para mi sorpresa, lo que me hizo pensar que era sobre todo él y no yo el que se sentía más cómodo instalado en el silencio. No supe qué más decir y decidí sentirme cómodo en nuestro silencio de buenos amigos; pero, claro, uno no puede decidir sentirse, porque encadenar verbos, sobre todo si dos de ellos son infinitivos y uno de ellos reflexivo, es complicado, igual que encadenar sustantivos abstractos, como escribió Camus en La Peste, conduce a la melancolía. Supongo que me acordé de Camus y de La Peste porque también forma parte de esos libros y de esos autores que tienen sitio en este tipo de relatos y en este tipo de situaciones y porque terminar de leer ese libro me provocó una tristeza profunda o, mejor dicho, me condujo a una gran melancolía. Bebí un trago de cerveza para olvidar Orán y las ratas y La Peste y Camus y, por tercera vez, rompí el silencio. ¿Qué piensas?, le dije, aún a riesgo de mandar al garete, o a arrollar por los imbornales, que diría mi abuelo, la conversación, la noche y nuestra amistad de silencios. Una vez tuve una novia que cada vez que le preguntaba qué piensas dejaba de hablarme durante días. Sin embargo, Sebas continuó haciéndolo. Pensaba que eso significa que yo soy más de principios y tú más de finales, dijo. Y pensaba también que tu amiga es una hija de la gran puta porque no se puede empezar a leer Los Detectives Salvajes tumbada en la cama de un hotel a veinticinco pisos del suelo de Bangkok, frente al Chao Phraya. O, mejor, sí se puede. Lo que no se puede es andar contándolo por ahí, para que se propague y llegue a mis oídos y yo me tenga que cagar en su puta madre porque me corroe la envidia y porque no va a haber cerveza suficiente en esta ciudad ni en esta noche que me haga olvidar. Será mejor que me marche para casa. Empezaré a leer un libro. Y se echó a reír. 
 
Han pasado los días y no he vuelto a pensar en la conversación con Sebas hasta que hoy, en la pantalla del ordenador, encuentro un nuevo mensaje tuyo. Nada nuevo, que si sigues en Bangkok, que si quieres aprender a hacer masajes tailandeses, que si la crisis, que si los libros amontonados en el suelo. Pero yo te leo con una alegría inmensa y silenciosa, aunque comience a sospechar que no soy tan de silencios como creía, que se diluye en un poso de tristeza al terminar. Entonces pienso en Sebas y en su envidia y en el hecho de que él pensara que yo soy más de finales y él más de principios. Y probablemente sea cierto, concluyo después de un rato en silencio mientras bebo el café caliente que entibia en la taza. Creo que Sebas tiene razón, que yo soy más de finales. Y que tengo una especie de sentimiento, diría trágico o melancólico de la vida, que se acentúa con los libros tristes que terminan tristes o con las canciones tristes que terminan tristes en acordes menores tocados por instrumentos de viento. Terminar un buen libro triste, escuchar una canción lenta y triste, leer los mensajes que escribes desde el piso veinticinco de un hotel en Bangkok me ponen triste o me conducen a la melancolía que se oculta detrás de los sustantivos abstractos o de los verbos infinitivos y reflexivos. Del mismo modo, sin saber por qué, sin encontrar un hilo argumental que lo relacione. Será que soy de finales, de silencios, de leer lo que escribes y, sobre todo, de escribir, un par de veces al mes, palabras para que tú en Gijón, en Bangkok, en Rangún, quién sabe en qué ciudad, las leas.
Un beso. Chau.
Santiago.

P.D: ¿Viste? No me hizo falta hacerte parecer tonta, ni matarte, ni tan siquiera quitarte la ropa. Aunque te tuve sola en una habitación de hotel y pude haber hecho contigo lo que hubiera querido.

lunes, enero 13

Mundos


Entonces Jero, sentado en el suelo, seguro ya de no caerse de espaldas o de perder el equilibrio en el intento de comenzar a gatear, observa entres sus manos un cubo de plástico azul, dándole vueltas y más vueltas, como un modo de describir sus perfiles. Y creo que se siente seguro de esto modo, puesto que, de una u otra manera, es el centro desde el que gravita todo el mundo por él conocido, un mundo que a un adulto puede resultarle demasiado pequeño y que, si es así, estará equivocado, puesto que no creo que ningún ser humano pueda ser tan vanidoso como para creerse centro de un mundo que vaya más allá, un mundo cuyas fronteras sobrepasen los límites de una habitación, y que en su interior se encuentren los tres o cuatro objetos que nos pertenecen, una canción, el ruido de la calle a media tarde o la voz de nuestro padre o de nuestra madre. Mundos pequeños relacionados entre sí por el tiempo y por el espacio, mundos que el ser humano convierte en maleables, líquidos, perecederos, con el fin de que nos protejan durante toda la vida y nos acompañen en el cambio inevitable que nos llevará hasta la muerte. Un mundo, como el que Jero gobierna, donde podemos sentirnos seguros y libres.
Jero levanta la cabeza y me mira durante unos segundos, después regresa al cubo de plástico azul que tiene entre las manos y, de nuevo, me mira a la vez que extiende su brazo derecho para ofrecerme aquel objeto que conforma su mundo, si conformar significa dar formar a algo, la manera más frecuente en la que Jero comparte su mundo conmigo y me hace sentir dichoso. Un cubo de plástico azul que, junto con otros ocho de diferente tamaño y color, construyen una torre que Jero aún sólo puede derribar. Ya llegan los días en los que Jero comienza a construir su mundo y el mejor modo de hacerlo es derribando torres. No hay otra manera.
Rebeca, que está sentada delante del ordenador en la mesa de la cocina, dice entonces de acuerdo, nos vamos a Argentina. Jero permanece en su mundo, en el que sólo sus palabras son inteligibles, no las nuestras. Yo entro en el de Rebeca, sin abandonar el mío. Y pienso en un viaje tan largo. Y pienso en aquel amanecer cuando, desde la ventanilla del avión, descubrí la ciudad de Buenos Aires.

domingo, enero 5

Tienes que dejar de escribir de suicidios y de drogas


Sebas lee El Libro de las Ausencias y dice que me estoy encasillando. Tienes que dejar de escribir de suicidios y de drogas. ¿Quieres otra?, le ofrezco. Sebas asiente mientras observa su vaso vacío. Busco la atención de la camarera y con el dedo índice y el medio de la mano izquierda extendidos le pido otras dos. Así aprovecho el silencio que nos envuelve para pensar una respuesta. Ahora estoy escribiendo una historia en la que no hay suicidios ni hay drogas. Pero alguien se muere, me interrumpe Sebas, antes de estirar la espalda y beber un trago de cerveza. Posa después el vaso en la barra y le guiña el ojo a la camarera. Ella le mira sin que la expresión de su cara se modifique un ápice. Sí, es verdad, hay un par de muertes, continúo. Bueno, uno de los personajes comienza muerto la novela. ¿Qué dices?, contesta de repente Sebas, como puesto en acción por un mecanismo desconocido para mí pero que ha accionado mi respuesta. Yo, sorprendido y agitado por su pregunta, intento explicarme, digo que... Sebas levanta la palma de su mano izquierdo para pedir silencio. Te he oído, no hace falta que lo repitas. Mueve la cabeza en horizontal. Es un error, no es tu estilo, tú no puedes resucitar a nadie en una novela. No va a quedar bien. No vas a saber hacerlo. Bebo un trago de cerveza. Un negro, joven, alto y de facciones agradables, abre la puerta del bar y, cargado con copias ilegales de discos y de películas y pulseras de cuero anudadas en un cilindro de cartón, entra en el bar, se acerca hasta el lugar de la barra en el que estamos sentados y, con un gesto y una sonrisa, nos ofrece su mercancía. Sebas da media vuelta, se interesa y le pregunta de dónde viene. Senegal, contesta el muchacho. Lejos, murmura Sebas. Dame ésta roja, esta otra azul para mi amigo y este disco. ¿Quieres una cerveza?, le pregunta Sebas después de la compra. El muchacho nos mira y niega lentamente con la cabeza. No. Muslim. Dos palabras y nos damos por enterados. Gracias. La tercera. Recoge los discos que había expuesto en la barra para Sebas y se marcha por donde ha venido. Tal vez cuando camina por las calles de la ciudad, canta y se le llenan los ojos de lágrimas ¿Dónde estábamos?, pregunta Sebas a los pocos segundos. Ah, sí. Que no. Que no puedes resucitar a un personaje. Si empieza muerto, tiene que continuar y terminar muerto. Hazme caso. Escribe sobre lo que sabes hacer. Literatura dispersa y no te líes. Pero Sebas, yo no he dicho que vaya a resucitarlo. Eso te lo has inventado tú. ¿No? ¿Seguro? Ah, vaya, bueno. Por cierto, Coppi. Don Fausto Coppi, ganador de cinco Giros de Italia. Viajó en 1959 a África para participar en una carrera y en una cacería. Allí contrajo la malaria que le llevó a la muerte un año después. En la fotografía aparece compartiendo el agua con Bartali, su gran enemigo. Eran otros tiempos.

lunes, diciembre 30

Los gorriones de Rulán


Aunque los gorriones pertenecen a Rulán, hacedor de palabras y ñoarante, hoy le tomo prestados los dos que se posan en el alféizar de la ventana mientras Jero y yo, después de comer, jugamos encima de la cama un juego que consiste en que él golpea con la palma de sus manos en mi vientre, en mi pecho, en mi costado izquierdo, en el brazo del mismo lado, yo me quejo exageradamente y él ríe carcajadas que dejan escapar un hilo grueso de baba que, como un alambre de funambulista en el que harán equilibrio sus palabras futuras, y creo que esta imagen o alguna muy parecida pertenece también a Rulán, se extiende desde su labio inferior hasta el pecho.
Los dos gorriones de Rulán se posan en el alféizar e inquietos, temblantes, manteniendo con diminutos aleteos un equilibrio que el nordeste amenaza, recorren el pretil durante unos segundos. Yo llamo la atención de Jero para que los observe y señalo con el índice en la dirección donde los dos pájaros están posados. Jero sonríe al ver mi dedo e imita el gesto sin esfuerzo, ahora que, desde hace unos días, aprendió a hacerlo. Yo le digo, mira Jero, son dos gorriones, macho y hembra. La hembra es la más pequeña de los dos, la que tiene el plumaje pardo. Y el macho, ¿lo ves?, tiene un babero como el tuyo, aunque de color negro, y las mejillas blancas y la cabeza de color gris. Cuando seas mayor, te los mostraré de nuevo y te enseñaré el nombre de todos los pájaros que conozco. Y leerás, si te apetece, los cien libros de Rulán.
Los gorriones emprenden el vuelo hacia antenas en las que disputarse el aire y las migas de pan con las palomas. Jero y yo, agotados de pegar, de gritar y de reír, nos quedamos dormidos. Sueño con otros pájaros, zopilotes que en el campo pelean con perros por el cadáver de un burro. Paseo, con Jero en mis brazos y, al ver la furia de la carroña, decido dar media vuelta y regresar al pueblo. Todo el mundo en las calles comenta el espectáculo de los zopilotes y de los perros. Las tiñosas acabarán por invadirnos, dice un hombre que está sentado en la terraza de un bar. Jero continua en mis brazos, sonriente y con el dedo índice extendido, apuntando a todos lados. Me alegro de que sea pequeño aún como para tener miedo.
Despierto de pronto. Jero continua dormido a mi lado. Le miro durante unos segundos y pienso qué pequeño y qué valiente. Y pienso también qué triste será la primera vez que sienta miedo. Le beso en la frente. Los gorriones de Rulán, o quizás otros, regresan a la ventana. Durante unos segundos, con saltos diminutos, como antes lo fueron sus aleteos, buscan algo que no encuentran en la tierra de los cactus. Primero el macho. Después la hembra. Desaparecen.

sábado, diciembre 21

No necesitaba abrirlos para saber donde estaba

Ayer, de vuelta a casa desde el trabajo, en una de las pocas rectas que la carretera de montaña ofrece, de un salto desde la cuneta se apareció un corzo. Durante unos metros corrió a mi lado. Yo aminoré la velocidad para evitar atropellarlo si se cruzaba y el corzo se adelantó, corriendo ágil, sus pezuñas tocando apenas el asfalto, durante unos cien metros más, antes de desaparecer de nuevo en la maleza de la cuneta. Un animal dócil, pero salvaje, corriendo por una recta de asfalto en mitad de la montaña. Qué imagen tan bella. Pensé en Rebeca y en su vientre y en la línea aún cárdena que transversal la recorre. Pensé en Jero y en su sueño nunca interrumpido cuando por las mañanas, aún de madrugada, me despido de él y beso su frente. Cerré los ojos, apenas un instante. No necesitaba abrirlos para saber donde estaba.

                                                                 *

Rebeca grita para decir que no soy el mismo. Pega un portazo que convoca al silencio, un silencio que, de tan denso, resulta insoportable. Jero duerme, a pesar de todo. Hubiera querido preguntarle con qué yo me compara. No soy el mismo ¿Cuál? Y le daría la razón. Nadie es el mismo. Imposible no cambiar. Y creo que en realidad lo que Rebeca quería decir era que hemos cambiado de forma diferente y lo hemos hecho cada uno por nuestro lado, por nuestra cuenta y riesgo. Yo también podría decirle que no es la misma y pegar un portazo al cerrar la puerta de casa. Pero no es mi estilo. Yo soy más gota malaya. Ahora que, muy a mi pesar, soy el único que está despierto en casa, pienso que tendremos que hacer algo para volver al lugar en el que nos sentíamos seguros y empezar, de nuevo, a cambiar juntos. Si seguimos dando portazos y dejando que la gravedad nos venza con cadencia infinita, esta historia tendrá un final cerca del fuego o cerca de las cenizas. Entonces regreso a los días de verano encerrados en aquella habitación de la pensión del puerto de Ibiza, porque fue en ese momento cuando más cerca estuvimos el uno del otro, cuando nos cambiábamos sin oponer resistencia, es más, dichosos de hacerlo de ese modo. Nos moldeábamos, nos guiábamos, nos teníamos el uno al otro, nada más, el uno al otro y una habitación con ventanas a un patio interior en penumbra mientras afuera la ciudad ardía, los hombres se exhibían de la mano de mujeres que mostraban orgullosas sus tetas de silicona y el mar cambiaba con cada marea para no volver jamás a ser el mismo.

viernes, diciembre 13

Corro el riesgo de que esta historia se llene de despedidas


Probablemente aquí dentro esté todo lo que voy a echar de menos, dijo Ana antes de los postres. Rebeca contestó que no sabía cómo tomarse el que la comparara con un chipirón a la plancha o con un pedazo de tarta de nueces.
Después de cenar en Casa Zarracina nos despedimos con un par de besos y un abrazo. Olvidamos consejos inútiles de despedidas, pero Ana y Rebeca no pueden evitar las lágrimas. En Capua, envueltos por el frío del nordeste y el olor intenso de las algas en descomposición, nos separamos. Mientras Ana se aleja entre los coches, pienso que corro el riesgo de que esta historia se llene de despedidas.

*

Rebeca confiesa arrepentida haber leído sin permiso un poema que yo había dejado escrito en la pantalla del ordenador. Dice que leer sin permiso lo que escribo es horrible y que lo siente y que espera que no vuelva a suceder. Yo intento quitarle importancia, aunque la tiene. Pero me gusta que Rebeca lea lo que escribo. Y que lo haga sin permiso lo hace más interesante por furtivo. Me permite imaginármela. Me da una ventaja que no deseo, que no necesito, pero que no me incomoda. Todo. No tengo ningún secreto que ocultar, aunque guarde muchos. Comenzamos a besarnos en el sillón y volvemos, después de meses, a hacer el amor de noche, regresamos a lugares que permanecían deshabitados desde nuestra marcha. Y ese ruido tan triste que hacen dos cuerpos cuando se aman despierta a Jero. 
 
*

La cama huele a ella y mi cuerpo, antes de ducharme por la mañana, también. Me despido de los dos con un beso y conduzco despacio hacia el trabajo. Disfruto de la soledad y del silencio que me proporcionan el coche y el amanecer. Recupero sensaciones que había olvidado. Regreso a ella desnuda, dispuesta para la reconstrucción.
Apago el motor y me bajo del coche. Después de llenar el depósito le digo a la chica de la gasolinera que si puedo besarla y ella me mira con una cara extraña. Dice que no, da media vuelta y desaparece. No voy a dejar de luchar. No voy a olvidarlo.

sábado, diciembre 7

Toma, Jero, te regalo el mundo


Sebas cambia el decorado del escaparate. De rodillas, retira libros antiguos y coloca, sin mucho esmero, los de la nueva temporada, que acaba de recibir por correo. Pasa, el que me pediste está encima del mostrador. Yo no sé por qué son tan difíciles de encontrar las ediciones de bolsillo de los libros de Padura. Yo tampoco, contesto y me dirijo hacia donde Sebas indica, mientras pienso que hace unos días estuve hojeando la edición de bolsillo del libro de Padura que quería, La Neblina del Ayer, en la Casa del Libro.
Sebas se acerca. En las manos trae un balón de playa con el mapa del mundo dibujado en su superficie. Toma, Jero, te regalo el mundo. Sebas me mira, guiña un ojo y dice lo usaba como decorado en la estantería de libros de viajes, pero ya me he cansado de él, siempre acaba cayéndose al suelo. Jero atrapa el mundo con las dos manos, extendiendo bien los brazos para poder abarcarlo y me mira con los ojos grandes. Yo le acaricio la cabeza y sonrío. ¿Cuánto te debo, Sebas? Nada, contesta detrás del mostrador. Observo, colgadas en la pared, una fotografía de Hinault en las últimas rampas del Alpe d´Huez y otra de dos ciclistas que comparten un bidón de agua y a quienes no conozco. Mucho me temo que ya me has pagado el doble de lo que vale en cervezas. Sebas dirigie su mirada hacia donde se posa la mía y pregunta ¿quién de los tres murió de malaria a los cuarenta años? El de la fotografía de la izquierda es Hinault, el único de los de los tres que conozco. Y sé que aún está vivo. Los otros dos, ¿quiénes son? ¿Anquetil y Poulidor?. Sebas niega triste con la cabeza ¿Nos vemos esta noche en el Cantábrico?, pregunta cuando estoy a punto de salir por la puerta. Me temo que no, contesto. Rebeca trabaja.

sábado, noviembre 30

No pararíamos hasta encontrarnos


Durante un tiempo vivimos en ciudades separadas por cientos de kilómetros. Una vez, mientras hablábamos por teléfono, cogimos un mapa y elegimos al azar el número de una de las carreteras que unía ambas ciudades y nos pusimos en marcha. No pararíamos hasta encontrarnos. Supongo que la idea se nos ocurrió porque la teníamos guardada en algún rincón de la memoria cinematográfica o literaria.
Estaba anocheciendo cuando nos encontramos en una gasolinera a las afueras de un pueblo de montaña del que olvidé el nombre, aunque de esos días lo recuerdo todo. Alquilamos una habitación en el único hotel que había en el pueblo y encargamos en la cocina un par de bocadillos y unas cervezas. Cenamos sentados en un banco de piedra en la plaza del pueblo. Ya de madrugada, Rebeca dijo me estoy quedando helada y regresamos abrazados al hotel. Durante el camino, pensé en las palabras que, alguna vez leí, había dicho el subcomandante Marcos, eso de que sabrás que es la mujer de tu vida si cuando le dices que te duelen las muelas, se acerca y te abraza. Si no lo es, te mandará al dentista. Yo la abracé para quitarle el frío. No sé qué pensaría de eso el subcomandante Marcos. Ya en la habitación nos quitamos la ropa, apagamos la luz y tumbados en la cama compartimos un cigarrillo de marihuana. Sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos, a pesar de los mosquitos que invadían la habitación por la ventana abierta y nos asediaban.
Cuando desperté ya había salido el sol. Rebeca estaba sentada en el alféizar. Fumaba un cigarrillo y, pensativa, observaba la calle. Intenté no moverme para poder seguir mirándola, sin que ella se diera cuenta.
¿Cuánto tiempo llevas ahí? Nada. Acabo de despertarme, mentí. Me levanté y la besé en la espalda. Por encima de sus hombros pude ver la calle y más allá un viñedo y, a su lado, una piscina abandonada. Imaginé entonces que su piel era del color de los sarmientos. Y sus ojos del color del agua olvidada en las piscinas de invierno.

domingo, noviembre 24

Las complejas líneas imaginarias de pensamiento

Una de las complejas líneas imaginarias de pensamiento, que regresaron tras la llamada telefónica de mis padres, se enreda en las antenas erguidas sobre los viejos tejados del barrio cuando, a media tarde, me asomo por la única ventana de casa desde la que puedo ver el mar. Jero observa con curiosidad, tumbado en nuestra cama, el móvil de madera que le hemos comprado en el mercado esta mañana y Rebeca lee un libro de una escritora húngara que yo terminé la semana pasada. Me lo recomendó Sebas y me atrapó desde el principio. Está compuesto por tres partes que cuentan la misma historia, tres novelas diferentes reunidas en un libro. Dos son mentira y una es verdad. Pero, cuando terminas de leer las tres, no sabes cuál es la historia verdadera, que no real, porque las tres pueden ser fruto de la imaginación de la escritora húngara, y cuáles, por eliminación, las dos historias falsas. Me pareció un desarrollo muy original. Una línea de pensamiento simple y compleja a la vez. A Rebeca no le está gustando tanto. Dice que es por culpa del instinto maternal. Le hace sentir mal por la cosa más absurda. Si un niño sufre, ella lo hace también. Exageradamente.
            De un tiempo a esta parte, leemos libros que el otro ya ha leído. Se podría decir que hemos roto una regla no escrita que seguíamos desde que nos conocimos. Antes, cuando leíamos un libro que nos gustaba, se lo contábamos al otro hasta el final. Qué importaba, hay tantos libros que leer. Ahora leemos libros que el otro ya ha leído. Supongo que habrá influido el hecho de que la casa se nos está llenando de ellos y, probablemente, en las estanterías aguardan más no leídos que leídos. Y, por qué no decirlo, el hormigón de la rutina y de la convivencia que nos transforma poco a poco en seres más silenciosos y encorvados por el peso de líneas imaginarias de pensamiento que se enredan, como ésta, en las antenas de los tejados del barrio y que, a veces, gaviotas y palomas usan como reposaderos en sus vuelos y disputas de extrarradio.
            Una noche de invierno, de las primeras que salimos juntos, Rebeca me invitó a conocer su casa y, una vez allí, en la cocina me contó, entre besos y café, la historia de un libro de Murakami. Me gusta saber que nunca leeré ese libro porque ella me lo contó aquella noche. Después hicimos el amor despacio, me dijo que me quedara dentro, que no me moviera. Y nos mirábamos en la penumbra de madrugada, con las farolas dibujando espadas de luz en las paredes blancas de la habitación y yo pensaba en el gato que hablaba y en lo buena que era Rebeca contando historias. Y así también evitaba correrme.

 *

Llama Ana para decir que aceptó una oferta de trabajo de Médicos del Mundo y que se marcha a Birmania en un mes.



viernes, noviembre 15

Cambiamos nosotros, los libros no cambian.

Vuelvo a pensar en el tipo que reconocía a las actrices de cine porno sólo con verles el coño. Yo le preguntaba en qué te fijas. Qué sé yo, respondía, en un lunar, en un pliegue, en la manera de afeitarse el vello, en el modo en que se separa los labios. Descubro que me provoca la misma admiración que quien reconoce a los músicos que tocan jazz sólo con escucharlos. Recuerdo los días febriles y desordenados en los que leí Rayuela, días que, ahora lo sé, fueron los precisos para leer ese libro. Nunca antes y nunca después. Y sé que es así y que es cierto porque, si ahora lo rescato del polvo de la estantería y me siento a releerlo, pasados cinco minutos o seis páginas tengo que parar y preguntarme quién era yo cuando lo leí, por qué me enganchó de aquel modo, fogonazo de una luz naranja de tungsteno, mundo encendido. Qué tipo diferente a este que escribe. Cambiamos nosotros, los libros no cambian.
Días febriles. Días desordenados. Días en los que estaba loco o, simplemente, ya lo decía el tipo de los coños, qué sé yo, tal vez me fijaba demasiado en los detalles.

sábado, noviembre 9

Tristes, inocentes desordenadas gotas

Tal vez la vida sea esto: el hueso de la tristeza
rodeado de la pulpa jovial de sardinas asadas y cohetería.
Memoria de elefante, Antonio Lobo-Antunes


 
Rebeca dice que quiere pintar en fondo negro y lunares rojos una cafetera vieja que ya no usamos y después plantar un cactus en su interior. Jero despierta y se echa a llorar. Tal vez no soporta abrir los ojos y sentirse solo. Yo escribo el comienzo de muchas historias que, después, no sé cómo continuar. Todas terminan demasiado rápido. Sigo teniendo sueño, sigo estando un poco enganchado a nadar, a internet, a la pornografía. Me asusta descubrir que conozco el nombre de las actrices y buscar más videos de las que me gustan, descifrar si tienen las tetas operadas, un tatuaje en el ombligo o asombrarme con las que se lo hacen con varias pollas, casi nunca tíos completos, sin inmutarse, como quien sale a la compra o pasea por la orilla del mar al atardecer. Pienso en aquel tipo, compañero de residencia universitaria, que conocía a las actrices de cine para adultos, como le gustaba puntualizar, por el coño. No necesitaba ver nada más. Todavía no he llegado a eso, al menos. No creo que llegue.

*

Django Reinhardt, Chet Baker, Jhon Coltrane, Duke Ellington, Oscar Peterson, Stephan Grapelli, Tete Montoliú, Miles Davis, Santiago Biralbo.

*

Colocamos la vieja cafetera pintada en fondo negro y lunares amarillos, porque era la pintura que estaba de oferta, encima del piano. Y mientras, ayudado por la luz del sol, crece el cactus que Rebeca plantó en su interior, yo me sentaré cada tarde a tocar torpemente alguna de las partituras escritas en el cuaderno de fáciles que compré hace días en la tienda de instrumentos musicales que está cerca de la playa. Rebeca se acerca sigilosa, como la gata que es cuando quiere, me abraza por la espalda, se ríe de mí porque soy incapaz de acertar con las notas que deben pulsar armónicos los dedos de mi mano izquierda y dice la lluvia que golpea en los cristales de la ventana despertó a Jero. Todavía no ha cumplido dos meses y ya conoce el sonido de la lluvia que, tendrás que disculparme, escucha con atención, hoy suena bastante mejor que lo que tú estás tocando. Retiro las manos y las poso en mis rodillas. Sonrío resignado mientras escucho el golpeteo de las gotas de agua contra los cristales, tristes, inocentes desordenadas gotas que escribió Cortázar, y veo, a través de ellos, los geranios que planté en las jardineras el mes pasado, cimbreantes al viento que viene del mar, despeinados, como los besos de Rebeca, despojados de pétalos que reposan en la tierra húmeda y la tiñen de rosa, de rojo y de blanco. Y al descubrir la lluvia que se hace visible en los cristales, recuerdo la mañana del aguacero que Lucrecia, Sebas y yo pasamos en el barrio de Palermo de Buenos Aires fumando, escribiendo postales en las mesas de las cafeterías y entrando en las inmobiliarias con la firme intención de comprar entre los tres un piso en la zona y vivir todos los años un mes o dos en la ciudad. Qué mierda de vida preñada de sueños efervescentes. Y recuerdo ese viaje y lo radiante que estaba Lucrecia y lo perdidos que estábamos Sebas, que llegó un par de semanas después, y yo. Y pienso que la vida y la literatura tal vez sean lo mismo y tal vez sean esto: a partir de una vieja cafetera pintada en negro y amarillo con un cactus plantado en su interior, llegar hasta la ciudad de Buenos Aires seis años antes, cuando dos tipos sin rumbo se aferraban a la alegría y a la luz que irradiaba una mujer extraordinaria y no se querían soltar. Rebeca, grito desde el escritorio para que pueda oírme. ¿Qué pasa?, pregunta desde la cocina. Vámonos a Argentina.

sábado, octubre 26

Abro la ventana y me siento frente a las azoteas del barrio

Abro la ventana y me siento frente a las azoteas del barrio. En pocos minutos, las nubes bajas que se agrupan en el horizonte velan la luz del atardecer y el sol desaparece lentamente detrás de los tejados. Bebo una copa de vino tinto y escucho un disco de Rubén Pozo. Estoy solo. Rebeca trabaja y Jero duerme en casa de los abuelos. Pienso en los últimos años de mi vida hasta llegar a esta ventana abierta y a este anochecer. Todas las ventanas, todas las tardes, todas las ciudades. Nueva Orleans y La Habana. La playa, cerca de casa, donde Rebeca y yo nos bañábamos desnudos. Cuando supe que estaba embarazada. Donde me lo contó al oído. Pienso en la película de Aristarain y en ese lugar del mundo que no podrás abandonar. Recuerdo aquello de que ser feliz es despertar y no querer estar en otro lado. 
 
Ya es de noche, apuro el vino de la copa, bajo las persianas, abandono el plan de masturbarme con alguna de las páginas pornográficas de internet que frecuento y me meto en la cama. Apago la luz y escucho, por unos instantes, el silencio. Y me duermo pensando en el lugar donde quiero estar al despertar por la mañana. O el cuerpo.

sábado, octubre 19

A ver qué pasa

Esta mañana, Rebeca se sentó encima de mí y me besó despacio. Alguien tendría que llevarse al niño un par de horas y tú y yo nos meteríamos desnudos en la cama a ver qué pasa. Me gusta cuando dice eso, a ver qué pasa. A veces soy yo el que lo digo. Es una broma privada que repetimos muchas veces. Vente a la cama, a ver qué pasa. Dame un beso, a ver qué pasa. ¿Te vienes a la ducha a ver qué pasa? Y muchas veces no pasa nada.

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