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domingo, febrero 7

Un gran oso rojo dirigiendo el tráfico


Bailamos poco. Dedicamos poco tiempo
a escuchar música.

La casa en silencio.

Las ventanas abiertas. Ropa sucia tirada
por el suelo. Las camas deshechas.
Sábanas tendidas danzando
al viento y a la lluvia.
Los platos sin fregar desde hace tres cenas.

Seis coches aparcados en el sofá y un gran oso rojo dirigiendo el tráfico.
Y tú que no estás. 

Me quito los zapatos. Me cambio de ropa.

A duras penas consigo un espacio libre en la encimera.
Pongo la radio y suena una canción
de Julio de la Rosa. Comienza el agua a hervir, elijo la pasta,
busco los ingredientes de algo parecido a una ensalada.
Abro una botella, aclaro dos copas.
Al tiempo que cierro el grifo,
suena la puerta de casa y apareces incandescente en la cocina,
me besas, sonríes y dices
anduve de rebajas.

Nos sentamos, viertes el vino que compramos
hace año y medio en Oporto y brindamos.
Por las tardes sucias de verano,
por la casa que está viva,
por los mapas de los caminos que recorreremos
durante las vacaciones y que acabas de encontrar
en el buzón.
Le falta un poco de sal, le sobra manzana.
Y más platos sucios pendientes de fregar.

El viento baila en las cortinas y se oye
la calle: voces, motores, pasos, ladridos.
Nos desnudamos para dormir la siesta 
sin tiempo. Y te acaricio, tan lento
como soy capaz, repasando la superficie
de un cuerpo que, poco a poco,
vuelve a brillar:
las marcas del biquini en el bronceado,
las arrugas de tus labios.

Te quedas dormida. Te observo.

Despertarás horas más tarde, cuando anochece,
para ser y estar, para tener, para formar y deformar
por acción de una fuerza más antigua que la estirpe
que nos nombra.

Dejaremos después que el agua de la ducha
arrastre lo que acabamos de ser y lo que
del cuerpo del otro nos pertenece. Una pieza de fruta,
un café, un beso de despedida antes de marchar al trabajo.

domingo, enero 17

Meryl Streep


Descuida,
puedes estar tranquila,
sigo aquí y prometo quedarme y
quererte como quiero a Meryl Streep
(pase lo que pase, haga lo que haga,
sea quien sea). Sólo es que,
a veces, me gusta poner cualquier disco
de Ryan Adams para sentirme triste.
Porque, a estas alturas no te voy a engañar
(bien lo sabes tú): no estoy, ni de lejos,
en mi mejor momento.

No sé qué camino seguir; así es que,
mientras tanto, dime donde estás.
Que voy.

miércoles, septiembre 9

La Ñora


En la playa donde cada julio
la marea desciende para dejar un poema,
Y. estuvo haciéndonos fotografías,
casi todas de espaldas,
por aquello de la privacidad en las redes sociales,
donde, tarde o temprano, aparecerían.

Nos bañamos en el mar, cavamos pozos en busca de agua,
recogimos conchas vacías y tomamos el sol durante horas.
Era una tarde de verano de esas que parece
que no van a terminar nunca.
O que uno quiere que no terminen nunca.

En la terraza del chiringuito, mi padre
se empeñó en pagar las cervezas.
Sonreía y hablaba, de la tarde que vio pasar
escapados a Pepe Recio y a Perico y de otra vida.
Tenía los ojos tristes.

Antes que la montaña, con el sol
pudieron las nubes. Una luz gris mate,
que se debilitaba con el rumor de las olas,
obligó a los últimos bañistas
a abandonar el arenal.

Cuando la playa quedó vacía, regresamos a la orilla
en busca de algo, no sabría decir el qué.
Y. hizo la última fotografía de nuestras espaldas;
pero ya la noche había vencido y quedó
desenfocada y oscura.

A. estaba cansado, protestaba.
Le cogí en brazos.
Decidimos regresar a casa
y comenzamos a ascender por la carretera
en busca del coche. En el camino,
que los cuatro hicimos en silencio,
se quedó dormido.

sábado, agosto 29

Podíais iros todos a la mierda


Podíais iros todos a la mierda y dejarme ver
películas absurdas o leer los mapas
de ciudades oscuras, comprar un billete
de tren a la cuenca,
emborracharme, salir corriendo,
mirar durante horas como te desvistes,
solo el gesto de desabrocharte la falda
o el pantalón como un gif y después cenar
pescado al horno con puré de patatas

y encontrarnos por sorpresa en aquel bar
de la plaza donde cada tarde sonaba una canción de Los Ronaldos
o desayunar a media mañana con dolor de cabeza y de hombros,
nadar,
conducir hacia el norte, como escapando
de un sur que siempre nos atrapa,
verte sonreír,
saber que eres sincera,
abrazarte por el talle mientras paseamos
por la avenida, aunque llueva,
escribir, lo que sea, pero escribir todos los días,
convertirte en metáforas,

comprar el peso de tus brazos en fruta.

viernes, junio 26

Y el jamón ibérico


Leer en la cama.
Jugar al fútbol.
Hacer el amor contigo y dormir
la siesta después. O al revés.

Ir en bicicleta al trabajo.
Enseñarle cada tarde
una palabra nueva.

Nadar en el mar.

Y el jamón ibérico.

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