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miércoles, enero 4

Propósitos #3

Temblar.
Hacer todo un poco más lento.
Verte desnuda.
Permanecer desinformado.
Leer las palabras que escriben
las personas bellas.
Inventar una historia.
Mentir.
Escucharte.
Disimular. 
Hojear la prensa en los bares. 
Venerar el silencio. A veces
la tristeza.
Regalar la ropa, si no me hace
sentir bien.

sábado, diciembre 31

domingo, diciembre 18

Permanecer en silencio

A veces solo recordar tu cuerpo. A veces ver una película de madrugada mientras los demás duermen. Conducir en silencio a más de ciento cincuenta kilómetros por hora, atreverme a escribir, mirar por la rendija de la puerta mientras te duchas, escuchar música sin hacer nada más, simplemente escuchar música sentado en el salón, hablar contigo desde la pantalla del ordenador, cenar por el barrio aunque llueva, creer que todo esto sirve para algo, no pensarlo. Café, fruta, pan con aceite, yogur, café después de comer, cinco comidas al día, fruta, mucha fruta, nada de carne, una cerveza o un vino, agua, correr, nadar, caminar, bicicletear, futbolear, leer, escribir, besar, permanecer en silencio.

viernes, octubre 28

La imbecilidad

Existe la noche
y existe el triunfo del otoño,
el barrendero que riega
la calle de madrugada y
me despierta,

la soledad.

Echar de menos a quien
quieres de un modo tan dulce.

El infinito.
La invencibilidad.

La imbecilidad.

jueves, agosto 4

Hago una lista

Hago una lista de las cosas importantes.

Hago una lista de los lugares
que para mí
son importantes.

Hago una lista de los momentos
más importantes.

Hago una lista de las personas importantes.

Y no me miento.

martes, mayo 10

La palabra que me enseñaste

Te pienso.
Luego está todo lo demás, que tampoco
tiene demasiada importancia:

el despertador aún de madrugada,
la lluvia en la uralita,
el pan duro y el dolor de piernas.

Te pienso. Y luego
está todo lo demás, que tampoco tiene
demasiada importancia:

la memoria inasible de tus manos,
que vuelven sobre mí
cuando menos las espero

(mientras hablo con la chica del banco,
si me siento a intentar ponerle fin
a la decena de poemas que no puedo
terminar desde hace años,

cuando pronuncio en voz baja la palabra que me enseñaste).

lunes, abril 25

Otur

Otur es una playa de arena negra.
Hacía años que no me asomaba.
La mañana estaba nublada y el calor
del sol tardó horas en imponerse.
En el agua había más surferos que bañistas,
al menos una decena de chicos y chicas,
vestidos con trajes de neopreno y armados
con sus tablas, aguardaban detenidos en la superficie
del mar, a pocos metros de la orilla,
la llegada del collar de olas sobre el que ponerse en pie.


Me fijé en un tipo que vestía un bañador rosa.
Se acercó a la orilla. En su brazo izquierdo
abrazaba una tabla de surf marrón y negra,
más ancha y más larga que las que se ven
con frecuencia en las playas.
(Quizá sea una tabla normal; pero yo no entiendo nada de surf).
Se adentró en el agua. Tumbado sobre la tabla, nadó
hasta alejarse de la orilla y se detuvo. Dejó pasar,
sin moverse, las primeras olas que le mecían.
De pronto, como si hubiera recibido una orden o una señal,
con un golpe de brazo varió su rumbo y comenzó
a nadar en dirección a la costa. Una pequeña ondulación
del agua, preludio de lo que sería una ola, le alcanzó,
haciéndole aumentar su velocidad.
La ola se elevó hasta su cima y, en ese instante,
el tipo del bañador rosa se puso en pie sobre la tabla,
el pie derecho delante, las piernas flexionadas,
los brazos abiertos. Y sobre esa tabla grande y larga,
y sobre esa ola que él esperó paciente a que naciera,
alcanzó la orilla en segundos, se dejó caer, recuperó
su posición, tumbado sobre la tabla, y regresó en busca
de la siguiente, a la que esperaría, aunque pasaran horas.


¿Cómo no va a influir la luna en la locura de los hombres
si es capaz de mover océanos?, me dijo J. esta mañana.

viernes, abril 1

Duermen los leones

Duermen los leones 
después de hacer el amor 
durante días. 

Y, para no ser despertados, 

se refugian en la jaula de tus manos.

jueves, marzo 10

Las órdenes del viento


La tristeza de viajar en un autobús, casi vacío,
con la cabeza apoyada en el cristal.
¿Cuántas veces se ha repetido esa escena?

No es sencillo cumplir las órdenes del viento.

O abandonar el hábito de acostarse a las tantas.

Las obras en la calle que levantan las aceras,
el calendario de menús de la semana,
la literatura sin suspense, los sueños
en los que aparecen los amigos cuando estaban cerca.
En un contenedor abandonado en el puerto aparecieron
los brazos de todas las venus.

A veces me gustaría gritarte a la cara: es imposible.

Es imposible, joder, recuperar el tiempo perdido.

lunes, febrero 22

Y qué


Y qué, si los coches invaden las calles y quedan
parados en mitad de los cruces y suenan
las bocinas y los motores en punto muerto. Un tipo cruza
el paso de peatones, armado con dos muletas
porque una férula de metal le abraza la rodilla desde la ingle
hasta el tobillo. Y un día más no va a llover.

Y qué, si en este bar el ruido que las tazas limpias
hacen cuando el camarero las coloca en columnas encima
de la cafetera y los restos de ginebra que aún conservo
diluidos en la sangre aguijonean mis sienes y me obligan a cerrar
por un instante los ojos. Fuerte.

Y qué, si después de todo, lo único
que quedará de estos días será subir las escaleras,
salir a la calle de madrugada, pedirte un cigarrillo que encenderán
otros y caminar en silencio hasta la parada de taxis, sonriente,
aplacado, un poco borracho, casi feliz.

domingo, febrero 7

Un gran oso rojo dirigiendo el tráfico


Bailamos poco. Dedicamos poco tiempo
a escuchar música.

La casa en silencio.

Las ventanas abiertas. Ropa sucia tirada
por el suelo. Las camas deshechas.
Sábanas tendidas danzando
al viento y a la lluvia.
Los platos sin fregar desde hace tres cenas.

Seis coches aparcados en el sofá y un gran oso rojo dirigiendo el tráfico.
Y tú que no estás. 

Me quito los zapatos. Me cambio de ropa.

A duras penas consigo un espacio libre en la encimera.
Pongo la radio y suena una canción
de Julio de la Rosa. Comienza el agua a hervir, elijo la pasta,
busco los ingredientes de algo parecido a una ensalada.
Abro una botella, aclaro dos copas.
Al tiempo que cierro el grifo,
suena la puerta de casa y apareces incandescente en la cocina,
me besas, sonríes y dices
anduve de rebajas.

Nos sentamos, viertes el vino que compramos
hace año y medio en Oporto y brindamos.
Por las tardes sucias de verano,
por la casa que está viva,
por los mapas de los caminos que recorreremos
durante las vacaciones y que acabas de encontrar
en el buzón.
Le falta un poco de sal, le sobra manzana.
Y más platos sucios pendientes de fregar.

El viento baila en las cortinas y se oye
la calle: voces, motores, pasos, ladridos.
Nos desnudamos para dormir la siesta 
sin tiempo. Y te acaricio, tan lento
como soy capaz, repasando la superficie
de un cuerpo que, poco a poco,
vuelve a brillar:
las marcas del biquini en el bronceado,
las arrugas de tus labios.

Te quedas dormida. Te observo.

Despertarás horas más tarde, cuando anochece,
para ser y estar, para tener, para formar y deformar
por acción de una fuerza más antigua que la estirpe
que nos nombra.

Dejaremos después que el agua de la ducha
arrastre lo que acabamos de ser y lo que
del cuerpo del otro nos pertenece. Una pieza de fruta,
un café, un beso de despedida antes de marchar al trabajo.

domingo, enero 17

Meryl Streep


Descuida,
puedes estar tranquila,
sigo aquí y prometo quedarme y
quererte como quiero a Meryl Streep
(pase lo que pase, haga lo que haga,
sea quien sea). Sólo es que,
a veces, me gusta poner cualquier disco
de Ryan Adams para sentirme triste.
Porque, a estas alturas no te voy a engañar
(bien lo sabes tú): no estoy, ni de lejos,
en mi mejor momento.

No sé qué camino seguir; así es que,
mientras tanto, dime donde estás.
Que voy.

martes, diciembre 29

Propósitos

Desasirse,

bailar

y no hacer nunca dos cosas a la vez.

sábado, diciembre 12

Desbocado ejercicio de estilo


De todos modos en el fondo va a dar igual
escribir en singular o incluirte,
fregar los platos de la cena, no pensar
en la estructura del texto, tender la ropa
que se arruga después de días en la lavadora,
tener la esperanza de que hoy, al fin, no llueva,
descargar esa vieja película
en la que M. enseña las tetas, tan pequeñas,
acordarme de esa yonqui con la que
me hubiera ido a la cama cien veces,
dejar de hacer deporte,
comer almendras a mediodía,
el menú del alpinista, creerme distinto,
querer las mismas cosas que el resto,
apagar el fuego antes de que el aceite arda,
encontrar el modo de encenderte.

jueves, noviembre 26

Pizarra


Hay flores pintadas con tiza en la cocina.
El tacto irreal de tu cuerpo es la pizarra,
como si en la yema de mis dedos
hubiera quedado anclada para siempre
la memoria de tu tacto.

Toco la superficie de la mesa
y te recuerdo. Toco las paredes rugosas
de la casa que te nombran.

Arrastro las gotas de rocío que la noche
depositó en las ventanas mientras
te alejas, calle abajo,
abres la puerta del coche,
enciendes el motor.

Y desapareces al doblar la esquina, camino del trabajo,
sin saber que te observo.

miércoles, noviembre 18

Después llegó septiembre


Albergabas en tu cuerpo ejércitos de amaneceres
y la tristeza de marfil de los pianos.
Quejosa, a veces. A veces sin tiento.
Cuando te marchabas, dejando un zumbido
de tungsteno incandescente, yo me sentaba a escribir,
creyéndome capaz de amarrarte
con palabras de grafito.

Imbécil.

Apagaba la luz pero el zumbido no cesaba,
tan dentro lo tenía; anudado en las tripas,
apretaba fuerte. De pie, me dolía la espalda;
tumbado, el pecho.

Escuchaba a todas horas un disco en directo
de Band of Horses que me aplacaba las ganas
hasta hacerme llorar.

Quién era yo en aquellos días... ni puta.
Agotado. Enfermo. Cobarde. De tan perdido, llegué a creer
que formaba parte de ti.

Después llegó septiembre y me hiciste saber
que no había sido otra cosa
que un espectador afortunado.

sábado, noviembre 7

Yo era un país ocupado


Al menos dos veces al mes desaparecía.
Como los perros cuando se van de perras.
Regresaba días después; a veces limpia,
a veces con ese olor fuerte y penetrante
del sudor que ha permanecido en la piel
durante días.

No hablaba.

Me besaba en la frente,
se sentaba en la mesa de la cocina
y lloraba.

Ésta nunca ha sido una casa de preguntas.

Yo era un país ocupado
que aguardaba en silencio
la sucesión de los acontecimientos.

Detenía mi rutina.
Los días que pasaba solo eran mucho peores
que los días en que ella regresaba.
Así era mi dependencia, mi rendición.

Siempre llegaba el momento en que me abrazaba
por la espalda, fuerte,
y nos quedábamos así,
inmóviles hasta que su respiración reposaba.

Yo me dejaba hacer. Ella no me soltaba.
No volverá a suceder, decía.
No volverá a suceder.

Y yo me dejaba.

miércoles, octubre 21

La torpeza (precuela)


Mides mi cuerpo con las manos y con la memoria.
Después de desperezarte. Cuando somos capaces
de dejar a un lado la torpeza que,
casi siempre, nos acompaña.

Te acercas. Sonríes. Muerdes el labio inferior
y celebras el crecimiento de la barba.

La voz ronca. Bienvenido.

Mides mi cuerpo.

Con las manos, con la memoria. Con las ganas.
En la noche del delta que sedimenta bajo nosotros,
que nos estamos convirtiendo en agua.

Cuando somos capaces de dejar a un lado esta torpeza.

miércoles, octubre 7

Cinturita de avispa


Los perfiles de la ciudad se difuminan y,
de un modo grotesco, al caer la tarde
los borrachos del barrio gritan tu nombre
y el apodo con el que todos por aquí te conocíamos,
cinturita de avispa,

y tenemos presente que fuimos alas
y fuimos polvo durante años,
sin posibilidad alguna de redención
o de mostrar un gramo de dulzura que,
ay imbéciles,
nos hubiera abierto la puerta, no de tu corazón,
pero sí, al menos, de tus piernas para encontrar tras ella,
aunque apenas segundos fuera,
la calma y la alegría que los seres brillantes,
cinturita de avispa,
sois capaces de conceder al resto de los mortales,
habitantes del barrio quienes,
borrachos, cada tarde de verano como ésta,
te veíamos pasar, intocable, y montarte
en ese viejo ford oro cuarzo
que aguardaba con el motor en marcha frente al puerto,
conducido por un tontolaba, por un babayu que no tenía
otra cosa que hacer que jodernos la vida y entretenerte,
candidato número uno a tropezar y partirse en dos
la crisma y el corazón.

Absurdo era y absurdo me siento al recordarlo,
cinturita de avispa.

Cerrabas la puerta del ford y te llevabas, ahora lo sé,
cada tarde de aquel verano y para siempre,
nuestra sangre que hervía,
nuestros sueños, nuestra rabia
y una honda desesperación.

martes, septiembre 22

La torpeza


Escuchar una y otra vez ese jodido disco de Damien Jurado.

Volver a ver alguna de las escenas de La Gran Belleza,
como la de la muerte de Ramona.

Pasar la tarde colocando los libros en las estanterías
del salón según la ley de la buena vecindad.

Fuimos tan torpes que tratamos este amor peor
de lo que lo trató el tiempo.

días

cuadernos