viernes, julio 20

El postmodernismo o en silencio sentado en la barra mientras la luna mengua


Hasta llegar a esta habitación de hotel con vistas al parque del Retiro y que la organización de la Feria del Libro se encargó de pagar, el recuento: setenta y cuatro años, tres divorcios, cinco hijos, más de cien ciudades, una buena novela escrita a los cuarenta, otras dos decentes que, dijeron, completaban una trilogía y después mierda. Mierda que, firmada por mí, Román Rancel, dijeron máximo exponente de la vanguardia postmoderna en castellano, huele mejor.

Y ahora, antes de dormir, pensaba tal vez en marcar el número de la recepción y pedir, mediante contraseñas del tipo necesito una almohada o sería posible que el servicio de habitaciones me subiera el postre, el teléfono de una de esas putitas de trescientos la mamada que, después a cuatro patas, si los restos de la viagra mecidos en el fondo de las venas por el bombeo de la sangre cumplen su función, me llamará papi por no llamarme abuelo o vejestorio o, peor, momia. Mujeres de pechos demasiado turgentes como para ejercer su oficio en los asientos de atrás de los coches, pero de piernas demasiado cortas como para acompañarte, depositarias de envidas y maldiciones, colgadas del brazo en las fiestas trimestrales del Círculo de Bellas Artes. 
 
O quizás conseguir de algún modo, y conozco muchos, los dos gramos de cocaína que me mantendrán despierto durante toda la noche para poder escribir las memeces que el año que viene los dos o tres críticos que la editorial mantiene en nómina convertirán en la novela del año, en lo mejor que he escrito hasta la fecha, en el culmen literario del mejor escritor español de la segunda mitad de siglo, la obra donde autores jóvenes, a los que probablemente sus putitas también llaman papi, se inspirarán para escribir las gilipolleces pretenciosas que escriben, seguros todos, como yo lo estuve, de perdurar, de alcanzar la inmortalidad sin que ésta les pida nada a cambio, convencidos de ser los mejores de una generación de imbéciles de campeonato. 
 
O, mejor, llamar a Mónica, la única de los cinco que aún contesta a mis llamadas, sospecho más por tocarle los cojones a su madre que por hablar conmigo, y preguntarle qué tal todo y qué tal todos, aunque todos, excepto ella, me importen un carajo, ahora ya sí, ahora que ya comprendí que no van a perdonarme uno solo de los errores que, al parecer, he cometido en estos años y que aguardan con paciencia y fingido desinterés el día de mi muerte, mamarrachos mis cuatro hijos y su estirpe, para empezar a cobrar los derechos de autor con los que creen van a poder vivir una vida mejor de la que viven, vida podrida de seres grises que se conforman con quemar los domingos con sus mujeres gordas y con sus hijos gritones subiendo y bajando las escaleras mecánicas de los centros comerciales.

O, por qué no, tomar un vaso de agua en el que previamente habré sumergido seis orfidales y aguantar la duermevela oscura en que se convierten las noches gobernadas por una dosis excesiva de benzodiacepinas y despertar aturdido, mediado ya el día, por los golpes insistentes que el puño de mi agente literario estampará en la puerta de la habitación para no llegar tarde a la entrevista, a la firma de ejemplares, a la mesa redonda donde sentiré la boca seca, como toda repleta de arena, la cabeza doliente, transida de nubes y de sueños que seré incapaz de recordar, escenas inasibles que duran apenas un par de segundos para después desvanecerse como tinta en agua y sentirme entonces torpe y viejo, ser gris acabado, incapaz ya de desprenderme, a pesar de los afeites, de las lociones para después del afeitado, del desodorante de piedra de alumbre o de la colonia francesa, de este intenso olor a viejo, de este pito flojo que las putas ya no sienten o de las arrugas que arroyan mis mejillas, de los hongos que, atrincherados en los espacios interdigitales de los pies, alancean constantes las horas con un picor inconsolable, de las hemorroides sangrantes, del par de dientes flojos, funámbulos a punto de desprenderse de las encías, de la piel de papel de fumar de la tripa, de las rodillas deformes y temblonas, de las manos consteladas de manchas parduzcas que, como una plaga divina o como un ejército imparable, avanzan hasta las tierras de mi pecho donde un vello blanco, ralo y, estoy seguro, ya muerto, me aguarda, o de los ojos brillantes, de mirada bovina por culpa de una miopía de décadas, lacustres, desprovistos ya de alegría, pero también de tristeza, ojos patéticos, desencantados, cuya imagen está presente en mi cabeza todos los días para someterme. 
 
Lo mejor será bajar al bar y, en silencio sentado en la barra mientras la luna mengua, macerarme en güisqui libado a sorbos de vasos de culo ancho, sin agua ni hielo, o ingerido de un trago hasta sentir en el gollete el calor metálico del veneno y después la náusea, cuando ya estaré borracho y alguien se acercará al reconocer mi cara e intentará saludarme y dirá que ha leído mis libros, algunos o, quién sabe, quizás todos, y que le gustan y entonces yo, sin mirarle siquiera a los ojos, le gritaré que me deje en paz y que se vaya, por ejemplo, a follar a su madre y golpearé airado la barra con las manos y, al intentar ponerme en pie, perderé el equilibrio y tras tropezar con la pata del taburete o con el aire, tal vez caiga al suelo y allí, tendido y entre risas, aguardaré que dos trabajadores serviciales del hotel me recojan para acompañarme en un abrazo de tres hasta esta habitación de hotel con vistas al parque del Buen Retiro donde, después de quitarme la ropa, tumbarán mi cuerpo que tiembla. Y entonces yo, al fin dormido, sin putas, sin hijos, sin pastillas ni cocaína y, sobre todo, sin haber escrito desde hace años una sola palabra, lastrado por una fama de pequeñas dimensiones que me otorgó una novela escrita con rabia cuando era joven y, a ratos, feliz y tenía una mujer que me amaba, embarazada de nuestro segundo hijo, y un trabajo de corrector decente y, por ello, aburrido y una casa alquilada cerca del centro y un coche azul de segunda mano, los domingos descalzos en el parque, una vez al mes una pizza en un restaurante de las afueras en una capital de provincias, las vacaciones de verano con mis padres, el sexo esporádico sin dinero, ni a cuatro patas ni viagra ni papi, aguardaré la mañana de Madrid en la que, de nuevo, habré de despertarme solo. 

madrid.alanochecer. 




viernes, julio 6

Décimo principio. Principio de fuerzas.

A Martín le sentaron en una silla de ruedas tres días después de cumplir los
dieciocho años. Una maleta mal colocada en el asiento trasero del coche le
partió el espinazo tras el frenazo previo a la colisión contra el árbol que Lucía
no pudo esquivar. Ella murió en el acto. Atravesó el cristal del parabrisas y el
asfalto detuvo su vuelo.

En el lavabo de discapacitados de la terminal uno del aeropuerto de Ranón,
Cosme, que entraba a orinar, encontró el cadáver de Martín, sentado en la silla
de ruedas donde lo posaron hace cinco años.

Rosaura condujo hasta el aeropuerto, sin poder olvidar, un instante siquiera, los
senos de Amparo, exangües, pálidos, manchados de tierra y de sangre. A la
espera del informe definitivo del forense, había aceptado encargarse del
asesinato de un parapléjico en los lavabos del aeropuerto, con la frágil
esperanza de encontrar alguna relación entre ambos crímenes. Pensar que lo
hacía para intentar borrar de su mente el cuerpo semidesnudo, asolado y sucio
de Amparo era absurdo. No podía.

Una herida lineal que recorre todo el contorno anterior y lateral de su
cuello revela que, con toda probabilidad, ha sido estrangulado, bien por un
cordel, bien por un cable que no hemos encontrado en el escenario del crimen,
relató Rosaura sin atreverse a mirar a los ojos de la madre de Martín.
Iba a coger un avión a Casablanca, con escala en Madrid, respondió
ella. Y, antes de que me lo pregunte, no, no tenía enemigos. Un hombre que
vive sentado en una silla de ruedas tiene que procurar no tener enemigos,
sobre todo si éstos pueden caminar.

Casablanca, remarcó Rosaura, como si pensara.

En Casablanca se celebraban los campeonatos mundiales de esgrima.
Él quería viajar unos días antes para entrenar. Se sentía bajo de forma y
aspiraba a conseguir la medalla de bronce, como ya hiciera en los
campeonatos anteriores, o la de plata con un poco de suerte. Decía que ganar
el oro, en su estado, era absurdo. Un tipo en silla de ruedas con una medalla
de oro colgada al cuello. Absurdo. Menudo triunfo.

días

cuadernos