sábado, octubre 26

Abro la ventana y me siento frente a las azoteas del barrio

Abro la ventana y me siento frente a las azoteas del barrio. En pocos minutos, las nubes bajas que se agrupan en el horizonte velan la luz del atardecer y el sol desaparece lentamente detrás de los tejados. Bebo una copa de vino tinto y escucho un disco de Rubén Pozo. Estoy solo. Rebeca trabaja y Jero duerme en casa de los abuelos. Pienso en los últimos años de mi vida hasta llegar a esta ventana abierta y a este anochecer. Todas las ventanas, todas las tardes, todas las ciudades. Nueva Orleans y La Habana. La playa, cerca de casa, donde Rebeca y yo nos bañábamos desnudos. Cuando supe que estaba embarazada. Donde me lo contó al oído. Pienso en la película de Aristarain y en ese lugar del mundo que no podrás abandonar. Recuerdo aquello de que ser feliz es despertar y no querer estar en otro lado. 
 
Ya es de noche, apuro el vino de la copa, bajo las persianas, abandono el plan de masturbarme con alguna de las páginas pornográficas de internet que frecuento y me meto en la cama. Apago la luz y escucho, por unos instantes, el silencio. Y me duermo pensando en el lugar donde quiero estar al despertar por la mañana. O el cuerpo.

sábado, octubre 19

A ver qué pasa

Esta mañana, Rebeca se sentó encima de mí y me besó despacio. Alguien tendría que llevarse al niño un par de horas y tú y yo nos meteríamos desnudos en la cama a ver qué pasa. Me gusta cuando dice eso, a ver qué pasa. A veces soy yo el que lo digo. Es una broma privada que repetimos muchas veces. Vente a la cama, a ver qué pasa. Dame un beso, a ver qué pasa. ¿Te vienes a la ducha a ver qué pasa? Y muchas veces no pasa nada.

domingo, octubre 13

Hace tiempo Sebas dijo lo que tú haces puede llamarse literatura dispersa

Hace tiempo Sebas dijo lo que tú haces puede llamarse literatura dispersa. Y sí, tal vez sea eso. Sentarme a escribir cada mañana, mientras desayuno, el día amanece, Jero aún duerme y Rebeca, o duerme también o ya hace unos minutos que se ha marchado al trabajo. Entonces, entre el café y el pan, la fruta o las galletas, abro el cuaderno por la primera página en blanco y, en ocasiones, como sucede hoy, me pongo a escribir sin tener idea de lo que quiero contar ni, mucho menos, del lugar al que quiero llegar. Y, a menudo, esta incapacidad manifiesta para encontrar el camino por el que quiero que discurran las palabras me provoca una rabia contenida pero intensa. Es esta ausencia de planificación la que Sebas, en una ocasión, sentados en el banco del Cantábrico frente al atardecer o en la mesa del rincón en El Arca, ya de madrugada y ligeramente azumbrados, definió como literatura dispersa. De todos modos, continuó, no se puede negar que la tuya es una forma de escribir muy vital, en el sentido de que así se conduce la vida la mayor parte del tiempo; se va construyendo con un desconocimiento total del fin que perseguimos. No digo yo, con esto, que la buena literatura sea la que se asemeja a la vida, sólo digo que si lo que escribes es literatura dispersa, está muy apegada a la forma en la que vives, al modo en como lo haces. Y eso tiene sus ventajas y sus inconvenientes, claro, tanto para ti, escritor, como para nosotros, lectores. Yo bebí un sorbo de la cerveza con idea de ganar tiempo, pensar en lo que había dicho Sebas y darle una contestación a la altura de sus exposiciones. Quizás tengas razón, respondí al final. Literatura dispersa. Contestaciones dispersas, pensé después.

sábado, octubre 5

El Libro de los Principios se presenta en París

Mis amigos, los que más saben de libros, no sólo me perdonan, me llevan a París. Será noviembre. Será el frío de una Europa aún no conquistada, atravesando en la noche las montañas que son frontera antes de aparecer dibujada en los mapas, los últimos de las Brigadas Internacionales aturdidos en los Campos Elíseos, la línea Maginot que resiste, el Parque de los Príncipes al atardecer, las canciones de Charles Aznavour sonando una y otra vez en el Pioneer del cientoveintisiete, el viaje a Burdeos en el noventa y tres, La reina Margot, Perico mucho antes que Induráin, la muerte de Vallejo en abril, seguramente nadie después de Nadal, cualquiera de Guédiguian en sesión de tarde, Morrison y sus demonios, En la ciudad sin límites para engañar a todas con Ana, el esqueleto de la noria dibujado en el cielo del Trocadero, una casa sin calefacción donde vivió una pareja de inmigrantes yugoslavos, cuando Yugoslavia era un país y París el mundo, esta francofobia heredada de españolito de bien, el primer beso en el aparcamiento de una discoteca a las afueras, De latir mi corazón se ha parado, aquellas noches de un verano que no volverá a suceder, el hombre que hace lo que hace, dice lo que dice y después se aguanta, Zaz cantando bajito en una esquina de La Marais, la buhardilla de Vila-Matas, ahora Rocamadour y la gente que aprieta desde abajo el tubo del dentífrico, una postal con la Torre Eiffel velada por la niebla, esculturas de Rodin en salas de un museo con las paredes pintadas de humedad, el día que los alemanes, todos vestidos de gris, entraron en la ciudad, tú llevabas puesto un vestido azul y estabas preciosa, o algo así. París. Más allá de un norte lejano en el que un otoño haya estado. Uno de noviembre de dos mil trece. Viernes. Cuando se enciendan las farolas. En el catorce de Rue Rouvet. Centro Asturiano. Tres suicidios y un mar de piedra pómez. El Libro de los principios. Gracias Su. Gracias Javis.



Fotografía de Javier Vicente


días

cuadernos