Esta historia, como tantas otras, tal vez comience con una mentira
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Esta historia, como tantas otras, tal vez comience con una mentira
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Mis amigos, los que más saben de libros, no sólo me perdonan, me llevan a París. Será noviembre. Será el frío de una Europa aún no conquistada, atravesando en la noche las montañas que son frontera antes de aparecer dibujada en los mapas, los últimos de las Brigadas Internacionales aturdidos en los Campos Elíseos, la línea Maginot que resiste, el Parque de los Príncipes al atardecer, las canciones de Charles Aznavour sonando una y otra vez en el Pioneer del cientoveintisiete, el viaje a Burdeos en el noventa y tres, La reina Margot, Perico mucho antes que Induráin, la muerte de Vallejo en abril, seguramente nadie después de Nadal, cualquiera de Guédiguian en sesión de tarde, Morrison y sus demonios, En la ciudad sin límites para engañar a todas con Ana, el esqueleto de la noria dibujado en el cielo del Trocadero, una casa sin calefacción donde vivió una pareja de inmigrantes yugoslavos, cuando Yugoslavia era un país y París el mundo, esta francofobia heredada de españolito de bien, el primer beso en el aparcamiento de una discoteca a las afueras, De latir mi corazón se ha parado, aquellas noches de un verano que no volverá a suceder, el hombre que hace lo que hace, dice lo que dice y después se aguanta, Zaz cantando bajito en una esquina de La Marais, la buhardilla de Vila-Matas, ahora Rocamadour y la gente que aprieta desde abajo el tubo del dentífrico, una postal con la Torre Eiffel velada por la niebla, esculturas de Rodin en salas de un museo con las paredes pintadas de humedad, el día que los alemanes, todos vestidos de gris, entraron en la ciudad, tú llevabas puesto un vestido azul y estabas preciosa, o algo así. París. Más allá de un norte lejano en el que un otoño haya estado. Uno de noviembre de dos mil trece. Viernes. Cuando se enciendan las farolas. En el catorce de Rue Rouvet. Centro Asturiano. Tres suicidios y un mar de piedra pómez. El Libro de los principios. Gracias Su. Gracias Javis.
| Fotografía de Javier Vicente |
El libro de los principios es una novela de novelas. Las diez que escribió Arcadio Arellano y las primeras líneas de la que habría sido la decimoprimera, y tras las que Arcadio, cansado de fracasar y de ver llover, se pegó un tiro en la cabeza con la pistola que, antes, Tobías Piedehierro no supo usar para iniciarse como asesino a sueldo y que, después, Andrés Rosaura empuñaría para buscar algo que no encontró.
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Yo sé que mis amigos, los que más saben de libros, no me van a perdonar en la vida o, al menos, no hasta la cerveza siguiente, este ejercicio de vanidad y de urgencia. Ellos no entienden que no es por pecado ni por prisa, sino, más bien, para evitarle a esta historia la deshonra del olvido, el polvo y la humedad rampante que reina en las estanterías de bibliotecas de provincias o en la trastienda de librerías de viejo donde, abandonada a su suerte, moribunda y sin fuerzas, soportaría el paso de los años sostenida en vilo, con las puntas de los pies rozando apenas el suelo y los brazos apoyados en el cuello de dos obras maestras, pongamos, por aquello del orden alfabético, los Doce Cuentos Peregrinos, de García Márquez y Las Personas del Verbo, de Gil de Biedma; que, otra cosa no, pero los libros siempre han sido muy solidarios, muy de ayudarse los unos a los otros sin importarles la calidad literaria de sus páginas. Porque, cuando todo esto acabe y triunfe en el mundo la estulticia humana y el futuro sea un desierto inhabitado en el que se habrán destruido todos los soportes y plataformas digitales, sólo quedarán en pie, héroes capaces de permanecer inmutables y traspasar el tiempo como frontera, las historias impresas en papel. Y, para leerlos, bastará con tener buena vista y conocer el lenguaje en el que fueron escritos. Al resto, entre los que estará éste, les quedará la nada, ni tan siquiera el olvido, y así yo, cobarde escritorzuelo con ansias, o los que hereden esta tierra que hoy piso no tendremos que rendir cuentas ante nada ni ante nadie. No formaremos parte de la historia. Habremos sido tan solo un instante.
Gijón, diciembre de 2012