lunes, marzo 28

El paseo 5

Remonta la calle hasta alcanzar la avenida. A su paso por el portal, el mendigo, el ladrón, el jipi se hace visible entre las sombras y levanta la mano para saludarle. Ya en la avenida camina en la misma dirección que los coches hasta llegar a un paso de peatones. Lo cruza sin prisa. Solo pisa las líneas blancas. Se detiene en la acera de enfrente e intenta recordar la calle por la que llegó a la avenida. Descubre apagado el cartel del bar donde conoció a la camarera miope y al tipo que meaba con la puerta abierta. Inicia el camino que le ha de llevar a la plaza donde la fuente, la palmera y los bancos de piedra a nadie ya escuchan tocar la trompeta. Se sienta en el mismo banco de antes, saca la pinza del bolsillo y la observa durante unos minutos poniéndola frente a sus ojos. Estudia sus perfiles. De nuevo en pie, se está haciendo tarde y mañana tiene que cantar, tiene una cita con un cliente, no tiene nada que hacer, abandona la plaza y elige el camino de la izquierda para llegar a la calle peatonal donde la anciana le llamó desde la ventana de un primer piso. Se acerca al edificio y, de nuevo con las manos en los bolsillos, observa la fachada. No hay luz en la ventana. Se desabrocha el abrigo, se lo quita y, doblado por la mitad, lo dobla con cuidado en el suelo, a salvo de la humedad. Se acerca a la pared y trepa por el canalón hasta la marquesina del portal. Una vez allí, de puntillas y con la cara pegada a la pared, extiende el brazo izquierdo y coloca la pinza en la cuerda de tender. Después, recupera la postura fácil, se limpia satisfecho las palmas de las manos en los pantalones e inica el descenso que culmina con un salto limpio que le deposita en la calle, a pocos metros del abrigo. Lo recoge, se lo pone y, levantándose de nuevo las solapas, sonríe satisfecho. Mira a ambos lados de la calle, mete las manos en los bolsillos del abrigo y camina en dirección al hotel. A lo lejos puede ver que las luces de la recepción continúan encendidas. Empuja la puerta giratoria mientras piensa que mañana tiene que acordarse de comprar una postal de la ciudad con la silueta de palmeras recortada en el horizonte como fuegos de artificio. Adela las coleccionaba.

ciudad con palmeras.marzo2011

sábado, marzo 12

El paseo 4

En la esquina de la calle, Horacio encuentra abierta una de esas tiendas que no cierran nunca y venden de todo, cortauñas de latón y desatascadores de tuberías con la boca abierta de goma negra y el mango de madera de pino. Aprovecha la casualidad para entrar. La dependienta combate el sueño comiendo pipias detrás del mostrador. Horacio le pregunta si tiene pinzas de plástico porque quiere comprar una de color naranja. La chica contesta que solo una no es posible, que se venden en paquetes de diez. Después escupe al suelo una cáscara. Horacio sigue con la mirada el arco descendente que el material vegetal dibuja en el aire hasta que encuentra el suelo y regresa después a los ojos de la dependienta para replicar que solo quiere una y que tiene que ser de color naranja. La chica se encoge de hombros. No parece dispuesta a facilitar las cosas. Horacio duda, se gira para marcharse; pero lo piensa mejor y se dirige de nuevo a la dependienta comepipas. Como si acabara de entrar en la tienda, le dice que quiere un paquete de diez pinzas de plástico para tender la ropa y que una de ellas debe ser naranja. La dependienta, mirándole del mismo modo en que lo hicieron la anciana en la ventana y la trompetista en la plaza de la fuente y de la palmera, se levanta y regresa a los pocos segundos con un paquete de diez pinzas envueltas en plástico. La tercera por la derecha es naranja. Horacio le entrega un billete de diez lucos, abre el paquete, coge la pinza naranja y deja las otras nueve en el mostrador. Mete la pinza en el bosillo derecho del abrigo y se despide. La chica observa las nueve pinzas abandonadas encima del mostrador y abre mucho los ojos. En la puerta de la tienda, Horacio siente el frío como una cachetada en la nuca. La madrugada ya ha conquistado la ciudad y le ha sorprendido perdido en las calles. Recuerda el cuento de la casita de chocolate y lamenta no haber sido previsor, como Hansel. Ahora bastaría con seguir las piedras para regresar al hotel. O las migas de pan, porque a esas horas en la ciudad todos los pájaros duermen con un ojo abierto en las ramas de los árboles. Horacio sonríe, a pesar de todo. Se siente capaz de caminar al encuentro de sus pasos.

miércoles, marzo 2

El paseo 3

El letrero luminoso de una farmacia marca las doce de la noche. Horacio siente las ganas de fumar como un cosquilleo amargo en la garganta; pero no tiene tabaco. Ha olvidado la cajetilla en la habitación del hotel. Entra en un bar vacío que están a punto de cerrar. La camarera, una mujer delgada, vestida con una blusa beis y una falda plisada de color arcilla dos tallas más grande de las que su cuerpo precisa, teñida de rubio hace meses y oculta tras unas enormes gafas de carey le dice, mientras traslada una bayeta húmeda y sucia de una esquina a otra de una mesa, que la máquina de tabaco están en el fondo, al lado de la puerta del baño. Horacio le pide cambio porque todas las monedas que tenía las olvidó en una funda de trompeta. La mujer, sin mirarle a los ojos, le entrega lo que necesita. Horacio se acerca a la máquina y saca un paquete de veinte cigarrillos de tabaco negro. A través de la puerta entreabierta del baño puede ver a un tipoque termina de orinar, que se sube la bragueta y que da media vuleta. Sus miradas se cruzan menos de un segundo. Horacio vuelve por donde ha venido. Se despide de la camarera miope y sale a la calle. Duda si seguir camino hacia la derecha o hacia la izquierda. Lo piensa el tiempo que emplea en encender un cigarrillo y escoge la derecha. No sabe muy bien por qué.

Cruza una avenida ancha, con mucho tráfico a pesar de la hora y, tras unos pocos metros, decide continuar por la primera calle que le sale al paso. No le gustan las grandes avenidas, los coches veloces, los escaparates abarrotados de objetos con letras de plástico pegadas en los cristales. La calle, estrecha y alumbrada por la luz de una sola farola, duerme con un ojo abierto mientras al fondo se intuye la respiración del mar. Alguien llama su atención desde las sombras de un portal. Horacio apura el cigarrillo y lo deja caer a sus pies para después apagar la colilla con la suela del zapato. Mete las manos en los bolsillos del abrigo y se acerca. Un tipo de barba larga tocado con un gorro de lana, un mendigo, un ladrón o un jipi avejentado, le pide un cigarrillo. Horacio le ofrece el paquete y el tipo coge dos. Le dice que uno es para el desayuno. Le llama jefe y sonríe. Horacio enciende el mechero y le ofrece la llama. El mendigo, el ladrón, el jipi acerca el extremo del cigarrillo al fuego. Tiene los ojos azules y la cara surcada de arrugas. Se despiden y el tipo desaparece de nuevo en las sombras del portal. Solo la brasa resiste y Horacio piensa que es del mismo color que la pinza partida por la mitad y que aumenta de intensidad con cada inspiración.

días

cuadernos