lunes, enero 30

Visvaporús

Daniel dice visvaporús, entorrino y coldesterol, viste siempre jersey azul de cuello alto, americana de pata de gallo y pantalones de pana negra, peina su escaso pelo con la raya al medio y huele a Agua Brava en el cuello y a jabón lagarto en las axilas. Acude dos veces al mes a tomarse la tensión y a medirse el azúcar. Cuando la enfermera le pincha el pulpejo del dedo, mira al techo y exclama: no sufras, reina, no duele. La enfermera no sabe si la reina es ella; pero sospecha que es él. Después Daniel entra en la consulta del médico y le cuenta que no puede dormir, que no sabe hacer dieta y que no se le levanta desde los días de Marta Sánchez en la portada de la Interviú. El médico le da largas y a Daniel parece bastarle con repetir dos veces al mes las mismas penas. Se podría decir que ninguno de los dos toma demasiado en serio al otro. Pero esta mañana, cuando ha sonado el teléfono de la consulta y el médico ha escuchado la voz entrecortada de Daniel que decía llevo toda la noche respirando mal y creo que necesito instaladores, el médico ha dejado lo que estaba haciendo y ha salido corriendo camino del domicilio.

Las palabras son fruto de una negociación. Las acepto, esté o no de acuerdo con ellas, si me sirven para comunicarme con quien yo quiero. Uno rompe esa negociación cuando no quiere ser entendido. Expertos en esto último son los médicos, cuando hablan de éxitus o de incremento de riesgo cardiovascular, y los políticos, que dicen movilidad exterior o desaceleración. (Reinhard Cornwell. La tristeza de las noches de guardia. Ed. Oxford. Londres. 2009).

viernes, enero 13

Ustedes, los médicos.

Ustedes, los médicos, ¡cómo son! Véanse ahí, sentados en las poltronas, como trono de rey, de sus consultas de paredes blancas y ataviados con esas batas impolutas, sin arrugas, con las iniciales de sus nombres y apellidos bordadas con hilo rojo en la solapa, siempre mirándonos por encima del hombro, altaneros y lejanos las más de las veces, las menos, peor, cuando disfrutan haciéndose los normales, impostores, y se dejan crecer la barba y cuelgan la bata en el perchero e, incluso, apartan a un lado la mesa que nos separa y se acercan y, ¡dios!, se atreven a tocarnos. Pero no, lo siento, no nos engañan. Porque, de pronto, esgrimen la estilográfica o el bolígrafo que los laboratorios farmacéuticos les regalan a cambio de envenenarnos y pretenden siempre, siempre, tener la razón y fingen conocer cuanto sucede de nuestra piel para dentro y, cuando no, se lo imaginan y mienten sin rastro de pudor, sin sentir tan siquiera el vello erizado en los antebrazos, la mirada huidiza en las esquinas, los pies inquietos. Y sonríen satisfechos y fríos ante el tráfago de nuestros miedos porque así, una vez más, alimentan un ego obeso y caprichoso. Son ustedes, si me lo permiten, depredadores incansables, audaces irredentos, saqueadores que regresan una y otra vez a las ruinas de nuestro dolor, aunque ya no quede nada. Fíjense que algo tan nuestro, tan común, tan viejo como la gripe, algo que habíamos aprendido a sufrir y a curar sin su ayuda, ahora quieren arrebatárnoslo y, con ello, conseguir que les necesitemos, criminales, y no contentos con inventarse apocalipsis en los periódicos cada mañana, encima acuñan las palabras que los nombran: ¡¡Pandemia, pandemia, pandemia!!, gritan. ¡Dios mío!, pero qué clase de personas son ustedes, los médicos, que inventan dragones dormidos sobre el tesoro de la inmortalidad, esquivos y temibles monstruos marinos que sueñan arponear, molinos de viento para quijotes armados con fonendoscopios. Caterva de infelices, joder, que ni epidemia ya les sirve.


Mucho cuidado con los médicos que le dicen a los pacientes que no usen demasiado los inhaladores porque se enganchan, que la morfina es un medicamento mu malo, que los mareos son por la artrosis de las cervicales, que el dolor de cabeza es porque tienen el colesterol alto, que hay que hacerse una analítica de sangre cada año, que los medicamentos de marca son mejores que los genéricos, que la vida está llena de peligros y que ellos, oh señores todopoderosos, les van a salvar. (Elena Ramírez. Déjeme decirle. Ed. Alfaguara. Madrid. 1997).

miércoles, enero 4

Propósitos #3

Temblar.
Hacer todo un poco más lento.
Verte desnuda.
Permanecer desinformado.
Leer las palabras que escriben
las personas bellas.
Inventar una historia.
Mentir.
Escucharte.
Disimular. 
Hojear la prensa en los bares. 
Venerar el silencio. A veces
la tristeza.
Regalar la ropa, si no me hace
sentir bien.

días

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