Villa Regina, 16/5/2011
Santiago,
el tiempo, al igual que
todo lo demás, miente. Transcurre siempre a la misma velocidad, pero
a veces parece detenerse y a veces se escapa de las manos sin darnos
cuenta y, cuando echo la vista atrás, han pasado más de seis años
desde aquel día en que aguardaste paciente en la cafetería del
aeropuerto. ¿Sos Santiago? Lo siento. No sonó el despertador, me
excusé. No te preocupes, fue tu respuesta después de besarme en
ambas mejillas porque no me atreví a decirte que nosotros acá sólo
nos besamos en una. No tardaste en aprenderlo, de todos modos. Eres
listo. Me gustan las cafeterías de los aeropuertos, dijiste.
Te recuerdo con el pelo
largo y despeinado y los ojos azules y alegres. El cansancio de
tantas horas de avión posado en los hombros te daba un aire
despreocupado, como si lo que fuera a suceder no pudiera detenerte.
Sonreías por todo y parecías feliz. Nos montamos en el coche y
cruzamos la ciudad hasta llegar a mi casa. Durante el trayecto no
hablamos mucho. Observabas la ciudad desde la ventanilla, en
silencio, como queriendo atraparlo todo, que no se te escapara ni un
detalle. Me limité a responder a tus preguntas de qué era aquello o
qué lo otro. Cuando llegamos, te mostré tu cuarto, te duchaste y,
después, junto a media docena de empanadas y un par de cervezas que
encargué en el restaurante de al lado, pasamos la noche y parte de
la madrugada hablando, sin que pareciera importarte las horas que le
robabas al sueño. A la mañana siguiente tenías que presentarte en
el hospital para comenzar tu trabajo, las seis semanas de rotación
por las que habías venido hasta aquí.
Pocas veces, desde
entonces, he vuelto a pensar en aquella noche, la noche en que nos
conocimos. Éramos otros, dirías, si esto fuera una conversación y
no una carta. Eso ya lo sé, te contestaría. En ocasiones me echo de
menos. ¿A ti no te ocurre? No, supongo que ahora no, al menos.
Aunque no creo que seas del tipo de gente que considera cambiar una
traición interior.
¿Y yo? Pues, ya ves,
trabajo en un hospital del sur desde hace un par de años. Hubo un
momento, también cuando era otra, que sentí la necesidad de
cambiar. De ciudad y de trabajo. Y aquí estoy, con las cumbres
blancas de Los Andes en el horizonte, disfrutando de la medicina y
del amor y sufriendo con una pobreza que atrapa a los hombres por la
pantorrilla como un perro enfurecido y no les suelta hasta que se los
lleva la muerte. Pero no quiero hablarte de eso en esta carta.
Te envío un regalo para
Jero. Decile que me alegro mucho de que haya nacido, que espero algún
día poder conocerlo. Decile, también, que digo yo que si tiene un
sueño que lo persiga hasta alcanzarlo. Espero que crezca sano y que
sea una persona feliz.
Santiago, disfruta mucho
de esta nueva etapa de tu vida, cuida mucho a Rebeca y al bebé.
Felicitaciones. Te quiero mucho, amigo. Lucrecia.
P.D: Y ¿cómo está el
Sebas? Decile que lo extraño.