viernes, abril 25

Niño vándalo feliz




Niño vándalo feliz
con risa que hace temblar ciudades.
A los monstruos mirada fija
y patada en el culo.
Los lunes, los martes, los miércoles,
una carrera desde aquí hasta la esquina
cuando el semáforo se ponga verde.

Dices te echaba de menos y quiero
que estés aquí conmigo.
Digo me gustaría llorar como tú,
lágrimas dulces de lluvia,
los jueves, los viernes, los sábados.

Y que te crezcan raíces profundas
para que, cuando te marches,
sepas volver al lugar en mis hombros
que es tuyo.
Cualquier día de la semana.
También los domingos. 

gijón.febrero2014. 

viernes, abril 18

El viaje del colombiano



Uno pasa el día atento a las noticias y no sucede nada. Y cuando se despista ocurre lo que de verdad es importante. Como la caída de las torres gemelas, el fichaje de Gasol por los Lakers o la muerte de García Márquez.
MUERE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ leo en gran titular en la pantalla del ordenador y me siento un poco triste, un poco solo (claro) y un tanto resignado. No creo ser viejo aún, y menos formando parte de esta generación de niños-padres, de adolescentes cuarentones, de piterpanes en zapatillas deportivas; pero en estos últimos años me he ido acostumbrado a que algunas personas a las que admiro se vayan a Nueva York, que es la ciudad donde García Márquez ha ido a reunirse con sus amigos. 
Fue enterarme del viaje del colombiano y acordarme de Lucrecia, de un compañero de residencia universitaria y de Sebas, por orden cronológico. 
Lucrecia, porque en esas largas conversaciones sobre libros, discos, viajes y futuros inciertos que en el pasado mantuvimos, siempre, en un momento u otro, al despedirnos, al pedir la segunda o al sentarnos en las escaleras de la plaza, acabábamos recordando el día remoto en que el padre de Aureliano Buendía le llevó a conocer el hielo. 
El compañero sin nombre, porque todos los años ganaba el concurso de relato de la residencia universitaria en la que convivíamos escribiendo historias de realismo mágico tan de García Márquez que si, al final de la lectura pública que formaba parte del premio, hubiera dicho que eran fragmentos de El amor en los tiempos del cólera, los presentes no hubiéramos dudado un instante. Hace muchos años que no sé nada de este compañero del que olvidé un nombre que, por otra parte, tal vez no supe nunca. Sólo espero que la noticia de la muerte de García Márquez no le empuje a la depresión o a la desesperanza. Tiene que ser difícil leer la noticia de la muerte de una persona y darte cuenta, al mismo tiempo, de que te mueres tú también un poco. 
Y Sebas, porque me la ha jugado montándose en un avión que aterrizó ayer en Praga, como yo se la jugué durmiendo en un tren que llegó al amanecer a la estación de Chiang Mai mientras a cientos de kilómetros de allí Delibes, como hoy García Márquez, se marchaba a Nueva York. Y esta distancia, de tiempo y de espacio, impide que podamos salir esta noche a brindar por el coronel y por el patriarca, como lo hubiéramos hecho aquella vez por Mario, por el hereje o por las ratas, hasta estar lo suficientemente borrachos como para recorrer el muro a pasos lentos que no seguirían una línea recta y enfrentarnos sin miedo al mar, al frío, al amanecer, a la distancia, al espacio y al paso del tiempo que es la vida que sucede, a nuestro pesar, estemos o no atentos.  

gijón.desayunando.hoy

viernes, abril 11

El mar



Recuerdo las tardes
en las que te esperaba con
los ojos cerrados, las manos abiertas
(raíces que crecían en tu cuerpo),
los pies cansados y la tristeza
(mantenla a raya, siempre decías),

el miedo que me persigue
desde hace años como un caballo
en llamas, el fracaso, la duda, la suerte
que se marchaba entre risas
(y nosotros dormidos),
la nueve milímetros escondida
en el bolso del abrigo,
las fotos que te dejabas hacer desnuda,
el mapa del metro de Madrid,
un grito, seis taxis en la parada,
las pantallas fundidas de televisores
apagados,
una bolsa de deporte colmada de libros,
el escenario de tus lágrimas cuando
le dijiste que ya no le querías,
la abstinencia, la pereza, el último
avión con destino al mar.

El mar, por encima de todo lo demás,
y una ciudad dormida (bajo la lluvia).

cimadevilla.febrero2014

viernes, abril 4

Verás llover en Mechnikovo


Cuentan que Alexandr Vorobiov dedicó los tres últimos años de su vida a coleccionar fotografías de charcos. Y lo hizo del modo irracional y absurdo con el que se llevan a cabo los proyectos inútiles. Sobre Kaliningrado, la ciudad en la que Alexandr había nacido, vivió y moriría una tarde (asediado y, al fin, vencido por una neumonía que le sobrevino días después de fotografiar, bajo una lluvia imparable y a dos grados centígrados de temperatura, los charcos que, como las flores de invierno, duraban un instante sobre la arena de Mechnikovo), llovía entre trescientos y trescientos quince días al año. Por qué se entregó a esa pasión recolectora que le habría de llevar a la muerte, nadie lo sabe. Soltero y sin familia que le sobreviviera, no se le conocía empleo, modo de subsistencia ni relaciones sociales más allá de un par de amigos de infancia, quienes, cuando fueron interrogados sobre el camarada Vorobiov, respondieron un lacónico “no era mal tipo”, con lo que conlleva el uso de una negación para definir a una persona. 

¿Quién era Alexandr Vorobiov que ni a buen tipo alcanzaba, según las dos personas que decían conocerle? ¿Por qué tres años antes de su muerte comenzó a coleccionar fotografías de charcos? De no haber tomado esta decisión, ¿seguiría aún vivo? Eran preguntas que el joven investigador de policía Dmitry Zaitsev, destinado un par de semanas antes al distrito portuario de Kaliningrado, se hacía mientras observaba los cientos de fotografías que colgaban de las paredes en la casa del fallecido. En todas, un charco. En todas, la puntera del par de zapatos de quien presumiblemente hacía la fotografía: Alexandr Vorobiov, muerto en la tarde del seis de marzo de dos mil uno a la edad, según su documento nacional de identidad, de sesenta y tres años. 

¿Qué hacemos con todas estas fotos, jefe?, preguntó un ayudante en la espalda de Zaitsev. Recógelas, mételas en un sobre y envíalas al museo de la ciudad. Una donación de Alexandr Vorobiov, si te preguntan. Un sobre grande, musitó el ayudante lo suficientemente alto como para que el joven investigador pudiera escucharle. Zaitsev recorrió sin prisa las habitaciones de la casa y concluyó que se trataba de una muerte natural. No encontró indicios de violencia. 

Sin despedirse de su ayudante, que se afanaba en despegar las fotografías de las paredes, salió de la casa y, envuelto en el frío invernal que marzo aún posee en esas latitudes, dirigió sus pasos hacia la comisaría. En la esquina de Manitskaya y Uprima observó la superficie de un charco que aún temblaba tras el paso de un coche. Sacó el móvil, que siempre guardaba en uno de los bolsillos traseros del pantalón, encuadró el contorno del agua oscura y sucia sobre el asfalto y la punta de sus botas negras de piel y capturó la imagen que veía en la pantalla. Devolvió el móvil al bolsillo y recordó en ese instante, sin saber muy bien por qué, las palabras que hace seis meses en Moscú le contestara Masha al preguntarle qué piensas: no lo sé, Dima, no eres mal tipo. Pero creo que buscamos cosas distintas.

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