sábado, diciembre 31

domingo, diciembre 18

Permanecer en silencio

A veces solo recordar tu cuerpo. A veces ver una película de madrugada mientras los demás duermen. Conducir en silencio a más de ciento cincuenta kilómetros por hora, atreverme a escribir, mirar por la rendija de la puerta mientras te duchas, escuchar música sin hacer nada más, simplemente escuchar música sentado en el salón, hablar contigo desde la pantalla del ordenador, cenar por el barrio aunque llueva, creer que todo esto sirve para algo, no pensarlo. Café, fruta, pan con aceite, yogur, café después de comer, cinco comidas al día, fruta, mucha fruta, nada de carne, una cerveza o un vino, agua, correr, nadar, caminar, bicicletear, futbolear, leer, escribir, besar, permanecer en silencio.

domingo, diciembre 4

Travestismo rural

Cuando Amado tocó la frente de su madre y el frío le hizo saber que estaba muerta, salió de la casa, entró en el establo y, de pie frente a las ocho vacas, dijo: tenéis que saber, mocinas, que nos hemos quedado solos. Después de meses de acompañar a la madre en su descenso pausado y continuo hacia la muerte, lavándola, vistiéndola, alimentándola, velando sus agitados sueños y sus abotargados días, Amado decidió que había llegado el momento de bajar a ver al médico para que le dijera qué iba mal en esas piernas que cada noche estaban más hinchadas. 

Amado, eres alto, fuerte y, déjame decirte, estás gordo. Tus piernas sufren y tus venas no pueden empujar la sangre hacia arriba. Necesitas reposo, bajar de peso y ponerte medias. 

Amado regresó al cuidado de las ocho vacas, una de ellas a punto de parir, y tres semanas después volvió a la consulta del médico. 

He adelgazado un poco, dijo mientras palmeaba la barriga; pero no he podido hacer reposo. Las vacas dan mucho trabajo. Y las medias, ya va a ver usted, no sé si algo me hacen. Amado destrabó el cinturón, desabrochó el botón y bajó, casi a la vez, la cremallera y los pantalones. 

Eran de mi madre. Solo las usaba en invierno. 

Las ligas le llegaban a media pierna y abrazaban el contorno del muslo de un modo grotesco. El médico pedía mentalmente que nadie abriese la puerta de la consulta en ese momento.


El desarraigo y el sentimiento de no pertenencia son las dos causas principales de la transformación de un profesional activo en un ser indolente e invisible. (Carmen Camarasa. Métodos cualitativos para el correcto desarrollo de raíces. Ed. Palabra. Valencia. 2000).

miércoles, noviembre 16

Mentiras piadosas

Carlos tiene la piel curtida por el sol, por el viento y por los años. Cuando se quita la gorra, descubre en la frente y el cuero cabelludo, ya sin pelo, una piel lechosa y brillante que parece haber estado siempre protegida y a salvo de las inclemencias del tiempo. Carlos se ducha un par de veces al mes. Pero moja las piernas en el río todos los días, las tres horas que pesca las truchas y los salmones de los que se alimenta. También come el maíz que plantó su madre hasta el día antes de morir, con más de cien años, la leche que le dan sus cinco cabras y la miel que las abejas producen, jarabe oscuro de brezo, en las colmenas que levantó en la colina donde tiene su casa y que el oso, con el hambre acumulada durante el invierno, desbarata dos o tres veces cada primavera. Su hermano vive en el pueblo de al lado con la mujer, una chica paraguaya. Se casaron hace un par de años. Los dos trabajan fuera toda la semana. Los domingos comen los tres juntos en casa de Carlos; pero prácticamente no hablan. Por culpa del vecino, que llamó al médico cuando Carlos se mareó mientras pescaba, ahora tiene que ir todos los meses a la consulta, a tomarse la tensión y a renovar la receta de una pastilla que nunca toma. Al médico le dice que sí, para que no se enfade. Además el doctor le contesta que la tensión está mejorando, así es que está claro que no debe necesitarla. A su hermano también le dice que sí, que el dinero que les dejó su madre ya lo ha metido en el banco. Aunque sea mentira y continúe en la caja de galletas que tiene escondida bajo la cama. Donde estuvo siempre.


Se escribe para cambiar algo. Y eso solo se puede hacer desde la rabia. Sin ella, no es más que el narcisismo de leerse. (Rosa Márquez. El relato patológico. Ed. Buenavista. Madrid. 1993).

viernes, octubre 28

La imbecilidad

Existe la noche
y existe el triunfo del otoño,
el barrendero que riega
la calle de madrugada y
me despierta,

la soledad.

Echar de menos a quien
quieres de un modo tan dulce.

El infinito.
La invencibilidad.

La imbecilidad.

viernes, octubre 14

Va a seguir fumando hierba


Va a seguir fumando hierba, digan lo que digan. Total, su madre no se entera, atiborrada como está de pastillas, gorda, llorando todo el día por las esquinas. Y su padre se pasa media vida en el bar. Si él bebiera la mitad de lo que trasiega el viejo, estaría borracho todo el día. Y su hermana Lucía, diecinueve años y ya casada desde hace cuatro, novia formal del imbécil ese del pueblo de al lado, que va a dejarla preñada cualquier día y ya verás la que se va a montar. Su madre, del disgusto, irá al médico a por más pastillas. Y su padre se pondrá a beber sin freno para poder aguantar las ganas de pegarle una paliza al imbécil ese, que dejó embarazada a su hija preferida, hijita dulce que ha dejado de serlo para follar sin condón con el pichatriste más pichatriste de toda la comarca. Así es que él va a seguir fumando hierba todo el tiempo que quiera. Cuando lo hace, se siente menos cabreado, menos jodido con esta vida que le toca, en este pueblo sin más futuro que la tierra, el bar, la pesca, el río, las vacas y las tetas pequeñas de Jennifer, cuando deja que se las toque, por debajo de la camiseta, en el asiento de atrás del Dacia, los fines de semana, de madrugada en el alto, frente al paisaje a oscuras del lago, los caminos del valle como serpientes de luz y los ruidos del bosque. Después la deja en casa. Y, a golpe de acelerón y freno de mano, controla la erección y las ganas, se fuma un porro y se queda dormido, apoyadas las manos en el volante, aparcado en cualquier cuneta.

Solo hay una manera de ordenar los libros en las estanterías: a un lado, los leídos; al otro, los por leer. (Roman Brown y Dolores Oldtire. Estudio sobre el valor terapéutico del caos. Ed. Blackandwhite. Oxford. 2010).

viernes, septiembre 23

Una casa llena de fotografías de gente

Jovita vive sola en una casa llena de fotografías de gente. Las hay colgadas en las paredes, sobre la mesa y dentro de los muebles acristalados del salón. La más grande de todas, en blanco y negro y enmarcada en melamina, viste una de las paredes. Los padres de Jovita miran a la cámara, solemnes y asustados, con la espalda erguida y el mentón alzado, españoles nacidos a principios del siglo pasado que sufrían en sus vidas los sacrificios y el miedo de una guerra que cambió un país para siempre y soñaban con un futuro mejor pero diferente al de una casa más grande, un coche más rápido, unas vacaciones más lejos o un colegio más caro para los nietos que aparecen vestidos de marineros el día de su primera comunión, de militares en la jura de bandera, sobre el capó del ford fiesta azul que ahora duerme en el tendejón con una manta sobre el capó que proteja las bujías del frío o el día de la boda con el pelo cardado. Y junto a la de los padres, otra imagen, también enmarcada y de gran tamaño, de Jovita y de su marido, pocos años después de casarse, detenidos para siempre sonrientes y altivos, acostumbrados a la mirada de las cámaras, lejos ya los años de la posguerra y las historias de conflicto, viviendo un presente amable lleno de futuro. El marido peinado con la raya al lado y vestido con jersey y camisa, Jovita con la piel de la cara libre de arrugas, los pómulos altos, los labios gruesos pintados de oscuro, el pelo cortado a lo garson y las orejas adornadas con unos pendientes grandes que cuelgan hasta los hombros, muy lejos de este presente de úlceras en los tobillos y cistitis de repetición, de pinchazos en los pulpejos encallecidos de los dedos para medirse el azúcar tres veces al día, del sueño intranquilo en la cama de noventa que su hijo, el último fin de semana que vino a verla, colocó en uno de los rincones del salón para evitarle a ella la fatiga y el dolor de espalda de subir las escaleras que llevan hasta la habitación inalcanzable. Jovita se arrellana en el sillón y, con la pierna apoyada en la butaca, se deja hacer la cura de las heridas, un poco ausente, un tanto triste para poder alejar el dolor. Habla de la fiesta del pueblo que se celebrará el fin de semana que viene, aunque cada año se acerque menos gente. Se queda en silencio. Recorre con la mirada las fotografías del salón. Lentamente. Después cierra los ojos.

La empatía no es ponerse en lugar del otro. Eso es imposible. Uno no puede saber, si no lo ha sufrido, qué se siente cuando se muere un hijo, cuando te dicen que tienes cáncer, cuando te desahucian, cuando la vejez se lleva la libertad, cuando no tienes dinero para dar de comer a los tuyos, cuando te pega tu marido, cuando sufres un accidente de tráfico o cuando tu mujer se va con otro. Además, los médicos somos clase económica y cultural alta. Existen problemas que sufren las personas que nos consultan que ni imaginamos, mucho menos vamos a ser capaces de entenderlos. Pensar lo contrario forma parte de la soberbia que nos adorna a la mayoría. Y es que intentar ponerse en los zapatos del otro conduce, en demasiadas ocasiones, a errores que dinamitan la relación con el paciente. Corres el riesgo de creer que está triste, cuando está enfadado, rabioso cuando resignado, alegre cuando ansioso. Empatía es otra cosa. Empatía es generar y favorecer espacios y tiempos en los que la persona, de un modo seguro, tranquilo y confiado, pueda expresar cómo se siente y lo haga usando el canal que considere más adecuado (hablando, pintando, llorando, escribiendo, callando…). (Romualdo Jardón. Mentiras perversas de la medicina humanista. Ed. Renoir. Bogotá. 2000).

miércoles, septiembre 7

Morir con las zapatillas de estar en casa puestas

Natalia tiene noventa y un años y vive sola en una casa que tiene más de trescientos. En la habitación en la que duerme nació su abuela, su padre, seis tíos y sus ocho hijos, uno de ellos muerto. Hace treinta años vivían doce personas en la casa. Todos se fueron marchando, unos camino de la ciudad y otros del cementerio. El tiempo desgoznó las ventanas y los marcos de las puertas, abofó las paredes y combó la madera de techos y suelos. Por las rendijas de la casa, como una mano en forma de cuenco por cuyos dedos se escapa el agua, el frío del invierno o el calor untuoso del verano anuncian su llegada al valle. Natalia pasa las horas sentada en la cocina frente al fuego. Saluda con tristeza el paso de las estaciones y aguarda paciente la visita semanal de un sobrino que marchó a la ciudad hace unos meses en busca de trabajo. Natalia huele a orín y a humo, a halitosis de dientes podridos y a sudor rancio. Camina con ayuda de dos bastones o de un bastón y la pared o el borde de los muebles. La artrosis ha deformado por completo los dedos de sus manos. La micosis, las uñas. El corazón, de tan fatigado, ya no puede remover la sangre de las piernas, que se hinchan hasta impedirle calzarse los zapatos y salir de casa. Morirá con las zapatillas de estar en casa puestas. Dice tengo yo más miedo a la noche que el que tenía mi padre a los rojos. Dice no hay miseria comparable a esperar la muerte en silencio y sola. Dice no me abandone usted también, doctor. No me abandone y venga a verme de vez en cuando. 

En la forma de ser y de estar con el paciente, yo me siento mucho más cerca del trabajador social o de la psicóloga que de la nefróloga o del cardiólogo. (Gael Rubiralta. El médico poliédrico y otros disfraces. Ed. Txalapa. México D.F. 2010).

martes, agosto 23

Mariano style

Desayuno café solo, pan con aceite, zumo de naranja y yogur (un yogur natural que no sabe a nada). Creo que paso demasiadas horas sentado. Cada mañana me repito que esta vida no va a durar para siempre, que es el momento de ganar dinero y aguardar a que todo cuanto me rodea vaya encontrando su sitio, Mariano style. Ahora que cumplo la edad de conocerme, me doy cuenta de que suelo aguardar a que los días encuentren su sitio: situaciones, sentimientos, tiempos. Me gustaría entender algo de todo esto o, lo que es mejor, ser capaz de permanecer en silencio y no pensar en nada. Cada mañana me levanto con la certeza de ser invencible. Después pasan las horas y caigo en la cuenta de lo cabrones que son los adjetivos, palabras revestidas de belleza pero podridas por dentro. Mucho más sinceros y simples serán siempre los verbos: nadar, comer, jugar, dormir, follar, leer. Solo merecen la pena en la vida las cosas que puedes hacer frente al mar.

jueves, agosto 4

Hago una lista

Hago una lista de las cosas importantes.

Hago una lista de los lugares
que para mí
son importantes.

Hago una lista de los momentos
más importantes.

Hago una lista de las personas importantes.

Y no me miento.

jueves, julio 21

Preguntas

El espectáculo de un ejército indomable que avanza sin descanso y recorre los caminos de esta tierra dejando tras de sí un rastro de polvo, de frío y de silencio. Los cementerios, levantados al lado de los centros de salud, cada año tienen menos nichos vacíos. Es una historia de olvido y de muerte. Los que aún resisten lloran a los muertos apenas nueve días. Tienen que poner todo su empeño en continuar viviendo, en preservar  cuanto sea posible un legado de siglos que, poco a poco, el tiempo va diluyendo. Y en medio me encuentro yo. A veces se dirigen a mí con preguntas para las que no tengo respuesta. Otras callo la respuesta porque nadie se atreve a preguntarme.

martes, julio 5

Pequeño manual de acercamiento

Quisiera, si fuera posible, no pensarlo demasiado, dejar que el tiempo pase, responder a todas las preguntas, decir buen día, llamar por el nombre, fingir que le tomo el pulso para tocarle, prestar más atención a los detalles, fijarme en sus manos que tiemblan o que han trabajado demasiado, escucharle por dentro, permanecer en silencio mientras se viste, mirar por la ventana, preguntar si le gusta la lluvia o dónde viven sus hijos, cuándo fue la última vez que viajó en tren o, mejor, si alguna vez lo hizo, sonreír antes de pedirle por favor que cierre la puerta, escribir entonces todo lo aprendido. Dijo me da vergüenza contarle quién era yo y en lo que me he convertido. Dijo estoy llegando a una edad en la que las cosas suceden por última vez.

miércoles, junio 22

Voy a bailar

Yo no tengo dentro la rabia de quienes se han sentido mal queridos o abandonados. Solo libre de esa carga seré capaz de avanzar más rápido. Yo no tengo dentro la amargura de quienes hubieran tomado otras decisiones en su vida. Solo conservo cierta tristeza de ver llover cada mañana. Yo no albergo ninguna esperanza de ser feliz o de entender lo que sucede. Voy a bailar, voy a bailar, voy a bailar.

domingo, junio 5

Nada nunca es como la primera vez


Trabajo en una tierra habitada por una estirpe que se extingue, una raza que se ahoga, unos seres cuyo legado de siglos se desvanece lentamente cada vez que uno de ellos, de madrugada, muere o es trasladado al hospital en ambulancia, de donde no siempre regresan vivos. Y, cuando lo hacen, ya nunca son los mismos. No mueven la parte derecha del cuerpo o respirar tienen que hacerlo consciente, se mean encima, no comen, no hablan. Gastan noviembre mirando fijamente al techo de la habitación pero no ven nada. Y todo esto me hace recordar al señor de anteojos en un kiosquito de madera que vendía cervezas y maníes, maníes realmente extraordinarios, cuando le dijo a un escritor argentino, pelado y de bigote frondoso: nada nunca es como la primera vez, cuando no lo esperabas.

miércoles, mayo 25

Voy a seguir haciendo este maravilloso trabajo de mierda sin dejarme nada

Me ayudé del borde superior de la rótula para decidir el punto de entrada. Introduje la aguja. El hombre, ochenta años, los últimos diez con la artrosis mordiéndole las rodillas, tensó los brazos que apoyaba en el asiento de la silla y crispó el gesto. ¿Duele?, pregunté. Buscar duele. Buscar siempre duele, masculló. Me concentré aún más en la maniobra. Quería ser rápido y capaz. No soporto hacer daño. Por fin sentí como la aguja irrumpía en la cápsula articular y, al instante, un líquido sanguinolento comenzó a fluir hacia la jeringuilla y no cesó hasta llenar tres. Sesenta centímetros cúbicos. El hombre se relajó, aliviado. Y marchó agradecido. Me acerqué a la ventana. Bastó un vistazo para entender que, a pesar de todo, lo que sucede fuera siempre es mucho más importante que lo que ocurre dentro.


Los médicos estamos solos, tan solos como lo están muchas de las personas a las que atendemos. No hablamos con nadie, ni reímos. No dudamos con nadie. No abrazamos a nadie. No nos sentimos cerca de nadie. No sabemos, no queremos, no estamos preparados para trabajar en equipo. Los halagos nos endiosan o nos desarman, las críticas nos enfurecen, otros puntos de vista nos sorprenden y nos ciegan hasta el punto de cerrar la puerta de la consulta y no ver más que pacientes durante toda la mañana, uno detrás de otro, dando (en demasiadas ocasiones) soluciones fallidas y (en el mejor de los casos) parciales a preguntas cuya respuesta desconocemos, armados con el bolígrafo que valida prescripciones y con el fonendoscopio a través del cual escuchamos ruidos ininteligibles para la mayoría de los seres humanos y también para nosotros. Hemos sustituido las palabras por las pastillas (pastillas para la memoria que no sostienen los recuerdos, pastillas para la tristeza que sólo provocan indolencia, pastillas para el miedo que no borran las dudas, pastillas para curar enfermedades que no existen, pastillas para curar enfermedades que no se van a curar… ) y el contacto humano por el frío de las pruebas diagnósticas. La sociedad está pidiendo, a veces a gritos, a veces en silencio, un cambio. Nos hace preguntas a las que nos empeñamos en responder aunque sea mintiendo. Si seguimos así, tarde o temprano dejaremos de ser necesarios y, entonces, mereceremos el destierro y el olvido.


Cierto es que el acto terapéutico requiere de un tiempo de reflexión, tanto para el médico como para el paciente, que, en la mayoría de encuentros, no nos podemos permitir. Y, sin ese tiempo, los errores, la maleficiencia y la frustración florecen sin dificultad. Pero no es (sólo) una cuestión de tiempo. Podemos estar diez, quince, cincuenta minutos con cada paciente. Si nos quedamos en eso, será tiempo malgastado, tiempo inerte. Cierta es la precariedad laboral y el desamparo en los que muchos de nosotros navegamos desde hace años, maltratados y mal tratados por políticas de gestión de recursos (humanos y materiales) tan cortoplacistas, urgentes y obtusas que no se permiten un solo minuto de creatividad. Pero no es (sólo) cuestión de gestionar profesionales y jeringuillas. Tiempo y recursos, sí; pero no sólo. Hace falta más. Hace falta un cambio de mirada, un cambio de paradigma, un cambio de preposición: entendernos con el paciente, no para el paciente, ni tan siquiera por el paciente. Hace falta ser valientes y buscar otros escenarios en los que desarrollar nuestro trabajo de un modo imaginativo, eficiente y satisfactorio para todos los actores implicados. Escenarios que están ahí fuera, que se ven desde la ventana de la consulta, donde replantearnos también nuestra relación con la naturaleza, tanto cuando nos mece como cuando nos desarbola. El mundo en que vivimos y como lo diseñamos influye en gran medida en nuestra salud.


Construyamos una atención primaria que sea más independiente de la atención secundaria (unidas hoy en día por lazos perversos en ambos sentidos (sobrediagnóstico, prescripción inducida, derivaciones defensivas, dificultades en la conciliación…)), una atención primaria que se integre en el tercer sector para poder centrarse más en las causas y no tanto en las consecuencias. Trabajemos con la dentista, con el trabajador social, con el enfermero, con el administrativo, con la auxiliar de ayuda a domicilio, con el psicólogo, con la farmacéutica (la presencia de todos ellos es tanto o más necesaria que la de los médicos en un sistema que se dice centrado en el cuidado) y con el paciente en equipos que compartan tiempos y espacios cada día. Y todos iguales en capacidad de decisión o de mando. Que todas las miradas disfruten de la misma profundidad y del mismo peso para ser capaces de acercarnos a quienes realmente nos necesitan, para invertir esa atención que la ley de Tudor Hart formula, sabedores de que la pobreza es el factor de riesgo más importante para la salud. La pobreza, como la escribe Martín Caparrós, más cruel, la más extrema, la que te roba también la posibilidad de pensarte distinto. Salgamos de esas cuatro paredes donde nos sentimos cómodos e importantes. Que nos vean en las calles, en los bares, en las asociaciones, en los colegios… en todos los lugares de encuentro. Vayamos a los domicilios, el mejor contexto posible para el encuentro terapéutico porque es el lugar donde el paciente y el profesional se igualan y donde, de un plumazo, podemos encontrar, incluso en silencio, muchas de las respuestas que en la consulta nos costarían demasiadas preguntas. Usemos otras herramientas para conectarnos y para brindar apoyo, cura, cuidado: la compasión, el humor, la ternura, la comprensión, el amor, el arte, el contacto físico, las lágrimas, la risa. Busquemos, en definitiva, otra manera de vernos, otra manera de estar, otra manera de trabajar y otra manera de vivir. Busquemos, aunque duela.

Mientras tanto, voy a seguir haciendo este maravilloso trabajo de mierda sin dejarme nada. Hasta que me quede sin fuerzas.

martes, mayo 10

La palabra que me enseñaste

Te pienso.
Luego está todo lo demás, que tampoco
tiene demasiada importancia:

el despertador aún de madrugada,
la lluvia en la uralita,
el pan duro y el dolor de piernas.

Te pienso. Y luego
está todo lo demás, que tampoco tiene
demasiada importancia:

la memoria inasible de tus manos,
que vuelven sobre mí
cuando menos las espero

(mientras hablo con la chica del banco,
si me siento a intentar ponerle fin
a la decena de poemas que no puedo
terminar desde hace años,

cuando pronuncio en voz baja la palabra que me enseñaste).

lunes, abril 25

Otur

Otur es una playa de arena negra.
Hacía años que no me asomaba.
La mañana estaba nublada y el calor
del sol tardó horas en imponerse.
En el agua había más surferos que bañistas,
al menos una decena de chicos y chicas,
vestidos con trajes de neopreno y armados
con sus tablas, aguardaban detenidos en la superficie
del mar, a pocos metros de la orilla,
la llegada del collar de olas sobre el que ponerse en pie.


Me fijé en un tipo que vestía un bañador rosa.
Se acercó a la orilla. En su brazo izquierdo
abrazaba una tabla de surf marrón y negra,
más ancha y más larga que las que se ven
con frecuencia en las playas.
(Quizá sea una tabla normal; pero yo no entiendo nada de surf).
Se adentró en el agua. Tumbado sobre la tabla, nadó
hasta alejarse de la orilla y se detuvo. Dejó pasar,
sin moverse, las primeras olas que le mecían.
De pronto, como si hubiera recibido una orden o una señal,
con un golpe de brazo varió su rumbo y comenzó
a nadar en dirección a la costa. Una pequeña ondulación
del agua, preludio de lo que sería una ola, le alcanzó,
haciéndole aumentar su velocidad.
La ola se elevó hasta su cima y, en ese instante,
el tipo del bañador rosa se puso en pie sobre la tabla,
el pie derecho delante, las piernas flexionadas,
los brazos abiertos. Y sobre esa tabla grande y larga,
y sobre esa ola que él esperó paciente a que naciera,
alcanzó la orilla en segundos, se dejó caer, recuperó
su posición, tumbado sobre la tabla, y regresó en busca
de la siguiente, a la que esperaría, aunque pasaran horas.


¿Cómo no va a influir la luna en la locura de los hombres
si es capaz de mover océanos?, me dijo J. esta mañana.

viernes, abril 1

Duermen los leones

Duermen los leones 
después de hacer el amor 
durante días. 

Y, para no ser despertados, 

se refugian en la jaula de tus manos.

jueves, marzo 10

Las órdenes del viento


La tristeza de viajar en un autobús, casi vacío,
con la cabeza apoyada en el cristal.
¿Cuántas veces se ha repetido esa escena?

No es sencillo cumplir las órdenes del viento.

O abandonar el hábito de acostarse a las tantas.

Las obras en la calle que levantan las aceras,
el calendario de menús de la semana,
la literatura sin suspense, los sueños
en los que aparecen los amigos cuando estaban cerca.
En un contenedor abandonado en el puerto aparecieron
los brazos de todas las venus.

A veces me gustaría gritarte a la cara: es imposible.

Es imposible, joder, recuperar el tiempo perdido.

lunes, febrero 22

Y qué


Y qué, si los coches invaden las calles y quedan
parados en mitad de los cruces y suenan
las bocinas y los motores en punto muerto. Un tipo cruza
el paso de peatones, armado con dos muletas
porque una férula de metal le abraza la rodilla desde la ingle
hasta el tobillo. Y un día más no va a llover.

Y qué, si en este bar el ruido que las tazas limpias
hacen cuando el camarero las coloca en columnas encima
de la cafetera y los restos de ginebra que aún conservo
diluidos en la sangre aguijonean mis sienes y me obligan a cerrar
por un instante los ojos. Fuerte.

Y qué, si después de todo, lo único
que quedará de estos días será subir las escaleras,
salir a la calle de madrugada, pedirte un cigarrillo que encenderán
otros y caminar en silencio hasta la parada de taxis, sonriente,
aplacado, un poco borracho, casi feliz.

domingo, febrero 7

Un gran oso rojo dirigiendo el tráfico


Bailamos poco. Dedicamos poco tiempo
a escuchar música.

La casa en silencio.

Las ventanas abiertas. Ropa sucia tirada
por el suelo. Las camas deshechas.
Sábanas tendidas danzando
al viento y a la lluvia.
Los platos sin fregar desde hace tres cenas.

Seis coches aparcados en el sofá y un gran oso rojo dirigiendo el tráfico.
Y tú que no estás. 

Me quito los zapatos. Me cambio de ropa.

A duras penas consigo un espacio libre en la encimera.
Pongo la radio y suena una canción
de Julio de la Rosa. Comienza el agua a hervir, elijo la pasta,
busco los ingredientes de algo parecido a una ensalada.
Abro una botella, aclaro dos copas.
Al tiempo que cierro el grifo,
suena la puerta de casa y apareces incandescente en la cocina,
me besas, sonríes y dices
anduve de rebajas.

Nos sentamos, viertes el vino que compramos
hace año y medio en Oporto y brindamos.
Por las tardes sucias de verano,
por la casa que está viva,
por los mapas de los caminos que recorreremos
durante las vacaciones y que acabas de encontrar
en el buzón.
Le falta un poco de sal, le sobra manzana.
Y más platos sucios pendientes de fregar.

El viento baila en las cortinas y se oye
la calle: voces, motores, pasos, ladridos.
Nos desnudamos para dormir la siesta 
sin tiempo. Y te acaricio, tan lento
como soy capaz, repasando la superficie
de un cuerpo que, poco a poco,
vuelve a brillar:
las marcas del biquini en el bronceado,
las arrugas de tus labios.

Te quedas dormida. Te observo.

Despertarás horas más tarde, cuando anochece,
para ser y estar, para tener, para formar y deformar
por acción de una fuerza más antigua que la estirpe
que nos nombra.

Dejaremos después que el agua de la ducha
arrastre lo que acabamos de ser y lo que
del cuerpo del otro nos pertenece. Una pieza de fruta,
un café, un beso de despedida antes de marchar al trabajo.

domingo, enero 17

Meryl Streep


Descuida,
puedes estar tranquila,
sigo aquí y prometo quedarme y
quererte como quiero a Meryl Streep
(pase lo que pase, haga lo que haga,
sea quien sea). Sólo es que,
a veces, me gusta poner cualquier disco
de Ryan Adams para sentirme triste.
Porque, a estas alturas no te voy a engañar
(bien lo sabes tú): no estoy, ni de lejos,
en mi mejor momento.

No sé qué camino seguir; así es que,
mientras tanto, dime donde estás.
Que voy.

días

cuadernos