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sábado, junio 7

malena

malena preguntó qué te pasa cuando lo que realmente quería decir era me pasa algo y no te estás dando cuenta y no me estás preguntando porque malena es de esas personas independientes y solitarias que siempre necesitan alguien a su lado y yo pienso que valiente independencia y por eso me quedé mirándola por encima de los tejados de la ciudad en un gesto que mezclaba la más áspera indiferencia con la paciencia del que comienza a ver la misma película por decimoséptima vez porque en esta ocasión ni siquiera tuve que abrir la boca para que sus ojos comenzasen a llover ya que el agua remansada en sus párpados desbordó los diques y saltó al campo llano de sus mejillas para bañar libremente su cara y morir en las comisuras de sus ambiguos labios tan bellos cuando besaban tan corrosivos cuando construían sonidos como los de ahora y es que estoy embarazada fue lo que decidieron inventar y las dos palabras recorrieron como un bumerán la pequeña habitación que hacía las veces de salón en su pequeño apartamento y fueron diez segundos de vuelo hasta que estoy embarazada chocó contra mi cabeza para hacerme reaccionar y aunque sabía que lo más sensato hubiese sido ponerme a sus pies y agarrar sus manos vacías con ternura y consideración o encender la risa o la carcajada y fingir felicidad algo sencillo si fuese tan hipócrita como tú lo único que se me ocurrió fue preguntar es mío con la consiguiente oferta de compre un es mío y llévese la bofetada de regalo y no me ayudó en nada la descarga de adrenalina de mi violenta novia porque ya eran dos golpes en la cabeza durante el último minuto y mis neuronas no tienen casco ni airbag ni nada que se le parezca y las pocas ideas que conservo las guardo en cajas de cartón donde está escrito frágil y sin embargo a pesar de mi aparente oligofrenia que realmente es un mecanismo de defensa levanté las estanterías de mi cerebro y coloqué con paciencia de hormiguita cada uno de los libros y barrí la casa e incluso puse la lavadora y me quedé apoyado en ella para que no saltase hice la compra y zambullí los espaguetis en agua efervescente es decir me levanté del sillón bajé a la calle atraqué a la primera vieja a quien se le ocurrió cruzarse en mi camino compré dos maravillosos anillos de compromiso y con el dinero restante encargué el banquete contraté la puta para el striptis de mi despedida de soltero y llamé a mis padres para decirles que me casaba

si es niño se llamará domingo como yo y si es niña igual... bueno mejor no

de hombres y nombres.salamanca.octubre2000

lunes, noviembre 26

Fabián (IV y V)

Fabián se ha levantado con tiempo suficiente para preparar un buen desayuno antes de empezar la estéril búsqueda de un trabajo para un presidiario cojo y sin más experiencia que la de haber pasado media vida en la cárcel. Para él un buen desayuno es un café bien cargado y galletas mojadas, deshechas en el mar negro. Sin azúcar.
Las ventanas del dormitorio no tienen persianas, así es que puede tranquilamente observar, mientras se despereza, el mar rojo de tejados poblados de antenas que son mástiles de los barcos que surcan el mar añorado de Fabián. Y, sobre el mar, el mismo cielo que asomaba entre los barrotes. Sigue hablando con las nubes. Ellas le enseñan lo que tuvo. El recuerdo le obliga a cerrar los ojos.
La luz del día va inundando los rincones de la casa mientras abandona el dormitorio y se dirige hacia el cuarto de baño. Le encantaría ducharse, si hubiera agua caliente.
Fabián ante el espejo se descubre viejo. Nacen canas en la barba descuidada que ha dejado crecer en los últimos días y sus ojos son de anciano. Debería buscarse una mujer que en la maleta trajese juventud. Aunque después de lo de Charo le ha dolido tres noches el corazón. Dolía mucho. Quiere olvidarlo, pero estuvo llorando.
Sobre la mesa del salón reposan los restos de la noche anterior. Dos latas de cerveza abandonadas a la mitad y las pajaritas de papel de periódico que utilizó para espantar el aburrimiento. Se acerca a la pecera y Johan mira sin ver. También tiene ganas de desayunar. Tendrá que ir de caza a la cocina. Dos o tres moscas antes de las diez.

A Fabián le gusta la música. De pequeño, cuando ser pequeño significaba ignorancia y despreocupación, quiso aprender a tocar la guitarra. Sin embargo, todo lo que recibió, cuando fue a pedir el recambio para una cuerda rota, fue la bofetada que voló en el aliento de borracho del segundo de sus padrastros mientras su madre, con los ojos llorosos, dejaba ver su cuerpo semidesnudo, sólo cubierto por una sábana, en el quicio de la puerta.
Esa fue la primera noche que decidió abandonar su casa. Y lo hizo. Pero no pudo aguantar el frío de la madrugada acechando su pequeño cuerpo y tuvo que regresar, cuando el alcohol había vencido a su padrastro y éste dormía tendido en el sofá del destartalado salón. Su madre, con el puño del hombre en la cara, acarició el vedijoso pelo de Fabián antes de desearle buenas noches y decirle tranquilo, hoy no irás al colegio. Pero él quería ir, porque la escuela era el único lugar donde se sentía a gusto y donde, gracias al enorme y viejo atlas de geografía, podía viajar a cualquier lugar del mundo. Y ayer paseaba desafiante por la Gran Muralla China.
A Fabián le gusta la música. Enciende el transistor prehistórico que dormita en la mesa del salón y la voz del locutor anuncia una vieja canción que reconoce al instante.
Estuvo toda la noche ignorando las ganas, pero las notas que se escapan de la radio decoran las paredes y disfrazan la ocasión perfecta. Se acerca al dormitorio y abre la caja de zapatos escondida bajo la cama. De uno de los bolsillos del abrigo rescata el regalo de despedida que le hizo Artemio. Minuciosamente coloca los utensilios encima de la mesa. Se sienta en la silla e inicia el ritual tantas veces repetido.
El pulso temblón le delata nervioso, el mechero tarda en encender y la cuchara ennegrecida por el uso. Las burbujas que aparecen como por arte de magia anteriores a la conquista amarga del vapor en el paladar. Y el arma estéril. Entonces el sabor acre de la goma al hacer el nudo. El tacto en la búsqueda del punto exacto. Y el pequeño dolor que precede a cualquier momento de placer.
La mezcla lenta pero firme de los líquidos.
El sudor frío que baña el cuerpo y perlas de agua sobre la frente. Los músculos relajados y el color perdido en los ojos.
La mejilla contra el suelo.
La canción se ha terminado. Fabián ya no la oye.

...la sangre aún me hierve
cuando pienso en mi mala suerte
y cuando me levanto en el jergón
os maldigo

sigo hablando con las nubes
ellas me enseñan lo que tuve
y ésto que no me sube desde el jergón
os maldigo

porque dios se pasó conmigo

salamanca.junio1999

sábado, noviembre 24

Fabián (II y III)

A Fabián le gusta el mar, pero nunca ha pisado la arena de la playa. Una vez, en el trullo, estuvo a punto de cumplir su sueño, cuando organizaron la excursión de fin de semana a Castro Urdiales; pero a alguien tenían que echarle la culpa de la revuelta en el comedor, el día que hicieron volar las bandejas en protesta por la comida, y malgastó el fin de semana encerrado en la celda, sentado en el suelo con la cara sobre las manos crispadas y clavadas las uñas en la palma, hasta hacer brotar sangre de las heridas cuyas cicatrices aún acaricia dolido cada vez que el tacto las descubre.
A Fabián le gusta el mar. Por eso ha decidido comprarse un pez, que le haga compañía en la soledad de su viejo piso y que le acerque un poco al océano que tanto anhela. La pecera ocupará en el mueble del salón el hueco del televisor que no se puede permitir.


Fabián calado hasta los huesos en medio de la calle. Fabián contra el escaparate. Su reflejo dibujado en el cristal. Fabián contra Fabián. No es la imagen que recuerda de veinte años atrás pero se le parece. Muchas veces lo ha hecho. Sólo tendría que agarrar la silla de la terraza en el bar de al lado, lanzarla contra el cristal, recoger cuanto pudiera y salir corriendo. La pierna inerte aguantaría hasta el escondite en el callejón. Se siente impotente y, por un instante, cree que volverá a caer. Un viento extraño le ciega. Su piel es agua y las rodillas, temblando, se acercan al húmedo suelo. Esconde la mano en el bolsillo del pantalón sin apartar la vista de la silla y sus dedos acarician la moneda de quinientas pesetas.

Corre bajo la lluvia protegiendo con su abrigo la pecera donde, nervioso, nada el pez que acaba de comprar. Uno de esos peces domésticos: pequeño, cubierto de escamas anaranjadas y con multitud de aletas casi transparentes que no ofrecen una imagen de verdaderos timones para surcar las aguas cloradas en la pecera de cristal, sino que parecen volantes diminutos de un traje flamenco.
Fabián sube precipitadamente las escaleras de su piso, invadido por una perdida y lejana felicidad que le ha devuelto, no sabe si la vieja libertad nuevamente recuperada o el pez. Cuando llega al primero, las vecinas con rulos en la cabeza interrumpen su animada conversación de cuchillos al verle. Sin dejar de correr, Fabián saluda y, al llegar a la puerta de casa, junto al ritmo acelerado de su corazón, escucha: nada bueno puede ocurrir si ya está de nuevo aquí este mangante.
Abre con dificultad la oxidada cerradura y sin tan siquiera quitarse el abrigo entra en el salón para colocar la pecera en el sitio elegido.
Perfecto, queda perfecto. Ahora sólo falta el nombre.
El griterío de unos niños jugando al fútbol en el patio interior trae a la memoria de Fabián los tiempos en que él jugaba con los amigos de la barriada y soñaba con llegar a ser como ese espigado futbolista al que tanto admiró. Las fechas se volvían borrosas después de tantos años pero sería el verano del setenta y cuatro cuando se sentaba en el banco enfrente de la tienda de electrodomésticos a verle jugar, sólo a él, esperando que burlase a los defensas con ese regate magnífico y eléctrico. Escondía la pelota tras la pierna izquierda y con la derecha cambiaba bruscamente de dirección, dejaba al defensor perdido en su equilibrio y corría a toda velocidad hacia el pase certero de gol. No le importó que perdiera esa final porque era el mejor de los veintidós, blancos o naranjas.
Ya está. Bienvenido a casa Johan.

miércoles, noviembre 21

Fabián (I)

"la sangre aún me hierve
cuando pienso en mi mala suerte
y cuando me levanto en el jergón
os maldigo

a este lado de la puerta
llegaban tus cartas ya abiertas
yo las necesito tanto en el jergón
y no llegan

y sin ellas dime que me queda"



A sus espaldas la puerta del patio se cierra con violencia y el sonido metálico se diluye en la vida cotidiana de la calle: el taxi libre que surca el asfalto, la velocidad de los hombres sobre las aceras y el quiosco que todos los días veía desde la ventana de la celda.
Una vez más, la séptima, Fabián deja atrás los muros de la cárcel. Aún le duelen los brazos de cargar las sábanas en la lavandería. Aún le duele el culo del día en que le engañaron para que llevara un paquete de cigarrillos al enfermo de la trescientos uno. Y cinco le aguardaban. Y ninguno estaba enfermo. Aún le duele la cabeza de contar los días dentro. Más que fuera.
Dirige sus pasos por la acera que abraza la prisión y se encamina, renqueante y sombrío, a la mísera casa que, milagrosamente, aún conserva en el segundo piso de un inmueble en el barrio más pobre de esta ciudad que le ha visto nacer y que le atrapa como una madre celosa a la que no puede abandonar.
Renqueante, por la pierna ortopédica que sustituye al pie amputado por culpa de esa enfermedad que nunca ha sido capaz de pronunciar, y de la que sólo sabe que termina en itis y que nació por meterse el caballo en las venas del tobillo.
Sombrío, porque no está seguro de querer salir.

Fabián no tiene maleta pero, en verdad no la necesita; porque su único equipaje es el cuaderno de tapas verdes desgastadas donde escribe los poemas que, sin saber por qué, siempre hablan de horizontes y de mar, de niebla y de llanto, de olvido y... de nada más. Le hubiese gustado escribir poesías de amor y, para ello, cerraba los ojos, se concentraba y dibujaba la imagen de Charo en su frente; pero nada conseguía. Por eso, en la última visita, le dijo no quiero volver a verte. Estaba harto de no saber amar. Más harto incluso que del salido del guardián que les observaba por el circuito cerrado de televisión mientras echaban el triste polvo mensual.

Antes de regresar a casa, tiene algo que hacer. Comienza a llover.

días

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