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domingo, noviembre 3

sábado, octubre 5

El Libro de los Principios se presenta en París

Mis amigos, los que más saben de libros, no sólo me perdonan, me llevan a París. Será noviembre. Será el frío de una Europa aún no conquistada, atravesando en la noche las montañas que son frontera antes de aparecer dibujada en los mapas, los últimos de las Brigadas Internacionales aturdidos en los Campos Elíseos, la línea Maginot que resiste, el Parque de los Príncipes al atardecer, las canciones de Charles Aznavour sonando una y otra vez en el Pioneer del cientoveintisiete, el viaje a Burdeos en el noventa y tres, La reina Margot, Perico mucho antes que Induráin, la muerte de Vallejo en abril, seguramente nadie después de Nadal, cualquiera de Guédiguian en sesión de tarde, Morrison y sus demonios, En la ciudad sin límites para engañar a todas con Ana, el esqueleto de la noria dibujado en el cielo del Trocadero, una casa sin calefacción donde vivió una pareja de inmigrantes yugoslavos, cuando Yugoslavia era un país y París el mundo, esta francofobia heredada de españolito de bien, el primer beso en el aparcamiento de una discoteca a las afueras, De latir mi corazón se ha parado, aquellas noches de un verano que no volverá a suceder, el hombre que hace lo que hace, dice lo que dice y después se aguanta, Zaz cantando bajito en una esquina de La Marais, la buhardilla de Vila-Matas, ahora Rocamadour y la gente que aprieta desde abajo el tubo del dentífrico, una postal con la Torre Eiffel velada por la niebla, esculturas de Rodin en salas de un museo con las paredes pintadas de humedad, el día que los alemanes, todos vestidos de gris, entraron en la ciudad, tú llevabas puesto un vestido azul y estabas preciosa, o algo así. París. Más allá de un norte lejano en el que un otoño haya estado. Uno de noviembre de dos mil trece. Viernes. Cuando se enciendan las farolas. En el catorce de Rue Rouvet. Centro Asturiano. Tres suicidios y un mar de piedra pómez. El Libro de los principios. Gracias Su. Gracias Javis.



Fotografía de Javier Vicente


domingo, junio 23

A eso de las nueve menos cuarto.



La Librería de Bolsillo. Gijón. Veintidós de junio de dos mil trece. A eso de las nueve menos cuarto.

lunes, enero 28

El libro de los principios. En papel.


El libro de los principios es una novela de novelas. Las diez que escribió Arcadio Arellano y las primeras líneas de la que habría sido la decimoprimera, y tras las que Arcadio, cansado de fracasar y de ver llover, se pegó un tiro en la cabeza con la pistola que, antes, Tobías Piedehierro no supo usar para iniciarse como asesino a sueldo y que, después, Andrés Rosaura empuñaría para buscar algo que no encontró.

El libro de los principios, en papel, está a la venta en

LA LIBRERÍA DE BOLSILLO
Calle Adosinda, 3. 
Gijón. 33202. Asturias
Tfno: 985373205
www.lalibreriadebolsillo.es

y en

http://josegarzon.bubok.es
www.bubok.es/libros/221063/El-libro-de-los-principios
(acceso a través de la fotografía)




sábado, diciembre 15

El libro de los principios. Una novela urgente.

Yo sé que mis amigos, los que más saben de libros, no me van a perdonar en la vida o, al menos, no hasta la cerveza siguiente, este ejercicio de vanidad y de urgencia. Ellos no entienden que no es por pecado ni por prisa, sino, más bien, para evitarle a esta historia la deshonra del olvido, el polvo y la humedad rampante que reina en las estanterías de bibliotecas de provincias o en la trastienda de librerías de viejo donde, abandonada a su suerte, moribunda y sin fuerzas, soportaría el paso de los años sostenida en vilo, con las puntas de los pies rozando apenas el suelo y los brazos apoyados en el cuello de dos obras maestras, pongamos, por aquello del orden alfabético, los Doce Cuentos Peregrinos, de García Márquez y Las Personas del Verbo, de Gil de Biedma; que, otra cosa no, pero los libros siempre han sido muy solidarios, muy de ayudarse los unos a los otros sin importarles la calidad literaria de sus páginas. Porque, cuando todo esto acabe y triunfe en el mundo la estulticia humana y el futuro sea un desierto inhabitado en el que se habrán destruido todos los soportes y plataformas digitales, sólo quedarán en pie, héroes capaces de permanecer inmutables y traspasar el tiempo como frontera, las historias impresas en papel. Y, para leerlos, bastará con tener buena vista y conocer el lenguaje en el que fueron escritos. Al resto, entre los que estará éste, les quedará la nada, ni tan siquiera el olvido, y así yo, cobarde escritorzuelo con ansias, o los que hereden esta tierra que hoy piso no tendremos que rendir cuentas ante nada ni ante nadie. No formaremos parte de la historia. Habremos sido tan solo un instante.

Gijón, diciembre de 2012



(Pinchar en la portada para iniciar la lectura del libro)

 

sábado, noviembre 24

Pronto



Primero fue la detonación y después fue el silencio.
Arcadio acercó lentamente la boca del cañón a la piel de la frente, hasta sentir el frío ya conocido del acero. Colocó el pulgar derecho en el gatillo, aguardó a que finalizara la canción que había elegido como epitafio, el mediotiempo machacón que es Things Have Changed, de Bob Dylan, y, un segundo después, una mano de sangre, pintada en la pared a su espalda, albergaba en la palma el proyectil deformado. Una bandada de palomas emprendió el vuelo sobre los tejados, abandonando libres las antenas a merced del nordeste. Los brazos inertes de Arcadio permanecieron en una posición de súplica hasta la llegada de la rigidez.

viernes, julio 6

Décimo principio. Principio de fuerzas.

A Martín le sentaron en una silla de ruedas tres días después de cumplir los
dieciocho años. Una maleta mal colocada en el asiento trasero del coche le
partió el espinazo tras el frenazo previo a la colisión contra el árbol que Lucía
no pudo esquivar. Ella murió en el acto. Atravesó el cristal del parabrisas y el
asfalto detuvo su vuelo.

En el lavabo de discapacitados de la terminal uno del aeropuerto de Ranón,
Cosme, que entraba a orinar, encontró el cadáver de Martín, sentado en la silla
de ruedas donde lo posaron hace cinco años.

Rosaura condujo hasta el aeropuerto, sin poder olvidar, un instante siquiera, los
senos de Amparo, exangües, pálidos, manchados de tierra y de sangre. A la
espera del informe definitivo del forense, había aceptado encargarse del
asesinato de un parapléjico en los lavabos del aeropuerto, con la frágil
esperanza de encontrar alguna relación entre ambos crímenes. Pensar que lo
hacía para intentar borrar de su mente el cuerpo semidesnudo, asolado y sucio
de Amparo era absurdo. No podía.

Una herida lineal que recorre todo el contorno anterior y lateral de su
cuello revela que, con toda probabilidad, ha sido estrangulado, bien por un
cordel, bien por un cable que no hemos encontrado en el escenario del crimen,
relató Rosaura sin atreverse a mirar a los ojos de la madre de Martín.
Iba a coger un avión a Casablanca, con escala en Madrid, respondió
ella. Y, antes de que me lo pregunte, no, no tenía enemigos. Un hombre que
vive sentado en una silla de ruedas tiene que procurar no tener enemigos,
sobre todo si éstos pueden caminar.

Casablanca, remarcó Rosaura, como si pensara.

En Casablanca se celebraban los campeonatos mundiales de esgrima.
Él quería viajar unos días antes para entrenar. Se sentía bajo de forma y
aspiraba a conseguir la medalla de bronce, como ya hiciera en los
campeonatos anteriores, o la de plata con un poco de suerte. Decía que ganar
el oro, en su estado, era absurdo. Un tipo en silla de ruedas con una medalla
de oro colgada al cuello. Absurdo. Menudo triunfo.

sábado, abril 14

Noveno principio. Principio de densidad.


Era noche aún cerrada y la marea baja estrechaba el cauce en la desembocadura del río Piles en el pedregal de la playa de San Lorenzo. El légamo de las riberas emergía y abandonaba a su suerte a los moluscos que dormitaban su último sueño en la arena húmeda. Las gaviotas aprovechaban entonces el regalo de la gravedad que la luna ejerce sobre las aguas para darse un festín. Algunas emprendieron el vuelo al paso del trío. Otras miraron indiferentes a los tres humanos y continuaron la pesca.

Roque dijo
a mí no me parece bien lo que estamos haciendo.
Claro, ahora, contestó Maro. Antes, bien que te divertías. No parecía que tuvieras ganas de estar en otra parte cuando te pusiste encima de ella y culeabas, cada vez más rápido, con los pantalones por los tobillos y los calzoncillos en las rodillas.
Ya lo sé, contestaba Roque al borde del llanto. Pero no pensaba que ibas a golpearla.
No me jodas, Roque. ¿No ves cómo estoy sangrando? ¿No ves que me ha arrancado media oreja, gilipollas?
Es culpa tuya. Siempre te empeñas en besarlas.
Calla la boca y no la dejes caer, no vaya a tener que pegarte una ostia en la cabeza a ti también.
¿Está muerta?
Y yo qué sé, Roque. No soy médico, joder.

jueves, febrero 16

Octavo principio. Principio de energía y trabajo.


Cuando Cecilia murió, Cosme comprendió que era el último de una estirpe. Que nadie en el mundo le esperaba, le pensaba, le tendría en cuenta, le invitaría a cenar en navidad o le visitaría en el hospital cuando cayera enfermo. Y eso significaba que podía hacer, desde ese momento, lo que le viniera en gana. Cumplía ese día setenta y tres años.
Tardó ocho semanas en vender la casa donde Cecilia y él vivieron los últimos veintitrés años y trece el renault laguna de cambio automático y motor diesel que ella condujo durante los últimos doce. Cosme nunca fue capaz de aprobar el examen práctico del carné de conducir. En verdad, Cosme nunca fue capaz de hacer nada si alguien, que no fuera Cecilia, le estaba mirando.
Soy preso de un implacable miedo escénico, decía siempre.
Siete semanas más tarde pudo retirar del banco en metálico el dinero del fondo de pensiones. Pidió que le entregaran todos sus ahorros en billetes de veinte y de cincuenta y los introdujo en una bolsa de deporte de la marca puma que permaneció, arrugada y polvorienta desde que abandonara las clases de natación, en lo más alto de la más alta de las estanterías que, como adolescentes de metro ochenta castigados contra la pared, ocupaban las paredes del trastero de su ya antigua casa, a la espera de volver a ser útil. Tras pedir los billetes, introducirlos en la bolsa, cerrar con dificultad la cremallera herrumbrosa y caminar hacia la salida, se sintió un atracador. Imaginó que de la bolsa sacaba una pistola y apuntaba a la cabeza del director o del guardia de seguridad y gritaba
esto es un atraco, las manos en alto, no se muevan, denme lo que les pido y nadie resultará herido.
Sonrió en silencio, a sabiendas de que, si Cecilia estuviera a su lado, se lo contaría divertido y ella le diría, anda, calla, ya estás tú con tus historias y con tu fantasía. Si en tu vida has sido capaz de matar una mosca.
Tobías abrió la puerta del banco y, con una ademán hosco, le invitó a salir. Cosme, al pasar, dijo
gracias.
Tobías asintió y agachó la cabeza.
Ya en la calle, Cosme levantó la mano para parar un taxi, se montó en el asiento de atrás y pidió al conductor que le llevara al aeropuerto.
Buenos días, señorita, quiero un asiento al lado de la ventana en el próximo avión que vuele a Nueva Orleans. Entregó el pasaporte y pagó en metálico.
¿Cuántas maletas facturará?
Ninguna. Sólo llevo esta bolsa de mano.
Muy bien, como usted diga, le contestó extrañada la azafata. Terminal uno, puerta ge, vuelo equis cero cuarenta y cinco, asiento veintitrés a. La hora prevista de embarque son las diecinueve y cuarenta minutos. Con escalas en Madrid y Atlanta.
Muchas gracias.
Faltaban cinco horas para viajar. Cosme eligió un lugar frente a los cristales desde el que poder ver el aterrizaje y el despegue de los aviones, colocó la bolsa sobre sus rodillas y se sentó a esperar. Pensó entonces en Cecilia y en lo orgullosa que se sentiría de él, si pudiera verle en este momento.
Sintió ganas de orinar. Se levantó y buscó un baño.

viernes, diciembre 23

Séptimo principio. Principio de ductilidad.

             Te pediría que te fueras de casa, si alguna vez estuvieras dentro. Como nunca es así, al menos nunca cuando las niñas y yo estamos despiertas, tengo que decírtelo por teléfono. Voy a pedir el divorcio, Andrés. Esto ya no tiene ningún sentido.
            No por esperado fue menos doloroso. Rosaura cerró los ojos y se mordió el labio superior. Pasados unos segundos, rompió el silencio que Teresa se empeñaba en mantener al otro lado del teléfono.
            Está bien, como quieras. Por mi parte, no tendrás ningún problema.
            De acuerdo, contestó ella.
            Las palabras quebradas, la voz sorda, el lugar inhabitado al que hubo un tiempo en que pensaron jamás llegarían, ellos dos no, tal vez los otros que no se aman como nosotros lo hacemos. El lugar inhabitado que ahora era de los dos, el más común, en el que se sentían resignados y, de tan resignados, ya cómodos. Lo único que realmente, desde hacía ya mucho tiempo, compartían.              
            ¿Desde cuándo?, pensó.
Escuchó un sollozo que su mujer intentó ocultar hablando de nuevo.
Una cosa más, Andrés. Las niñas se quedan conmigo y en este punto no admito discusión. Si quieres ir por las bravas, prepárate para dejarte el sueldo en abogados. Podrás verlas cuando ellas quieran.
Rosaura, manso, no contestó.
No tengo prisa, prosiguió Teresa, pero estaría bien que, dentro de dos semanas, tus cosas ya no estén en casa.
Rosaura pensó en las niñas, de once y siete años, en sus hijas, a pesar de lo extraño que se sentía en ocasiones cuando le llamaban papá, de lo lejos que estaban a menudo, de lo difícil que le resultó siempre acercarse a ellas, aprender a mostrarse, a pesar de ese amor que sabía sentía por ambas y que en demasiadas ocasiones, desde el nacimiento de la mayor, había sido un amor doloroso, feroz, un amor como un miedo invencible, él, que conocía probablemente lo más oscuro y venenoso de los hombres y sus vidas, a que algo terrible les pudiera suceder.
Te dejo. Tengo guardia.
Rosaura, rendido y sin palabras, colgó.
           
Una semana después de la conversación telefónica, aprovechó los dos días de ausencia de las tres, que le brindó una excursión a la montaña, para borrar todo aquello que le nombraba en la casa de Santa Doradía, el piso que compraron dos años después de casarse, empujados y ayudados por los padres de Teresa, que anhelaban un futuro cerca de su hija y de la nieta que  crecía en su vientre y a las que querían proteger, en parte, de un marido y de un padre demasiado tiempo ausente acechando a los malos, como decía el padre de Teresa con el poso del desprecio sordo con el que siempre trató a Rosaura.
            Lo hizo de un modo automático, inerte, aséptico. No se paró un segundo, ni a pensar ni a descansar, ayudado por las cervezas y por la marihuana que decidió beber y fumar antes de enfrentarse a un presente que se convertiría en pasado demasiado rápido.
Si ahora lo intenta, le resulta difícil recordar con claridad esos dos días. Y no lo intenta.

domingo, noviembre 27

Sexto principio. Principio de masa y peso


Le siguen. Está seguro.
             Camina por las calles de la ciudad y cada cien metros o tres escaparates da media vuelta. Al doblar la esquina se detiene y, apoyada la espalda contra la pared, aguarda el instante en que su perseguidor aparezca sudoroso e inquieto. Un puñetazo certero en el estómago y un empujón decidido contra la pared le esperan. Un rodillazo en los testículos y, por último, un par de preguntas.
            Cada mañana lleva a su hijo al colegio por una ruta diferente. Comprueba que están limpios los bajos del coche. Nunca usa el teléfono fijo. Estudia con minuciosidad obsesiva que no hayan sido abiertas con anterioridad las cartas que llegan al buzón. Mira con desconfianza a los ojos del cartero. Cambia cada siete días las contraseñas del ordenador.
            Los domingos por la tarde se disfraza con un sombrero y unas enormes gafas de sol y, sentado en la terraza de algún bar en el centro de la ciudad, entre las palomas y los mendigos, el periódico y un café solo, escruta la calle intentando descubrir a quienes le acechan.
             Regresa a casa, ya de noche. Su novia y su hijo le observan en silencio. Hace meses ya que no entienden nada. Todo empezó el día que aquel tipo le apuntó con la mano en el paso de cebra. Y de eso hace ya más de tres meses.

domingo, noviembre 13

Quinto principio. Principio de dureza.


Era el único cine de la ciudad que todavía ponía películas del oeste y Daniel era el único acomodador que trabajaba en él desde hacía seis años. En tres meses, el cine cerraría y en la oscuridad de la sala vacía residiría para siempre, o al menos hasta que el edificio fuera demolido, el oficio de acomodador y las películas de indios y vaqueros proyectadas en pantalla grande.
El mundo de Daniel era un sueldo mínimo interprofesional, una linterna con pilas de petaca que corrían a cuenta del trabajador a partir de la tercera anual, descanso de lunes dos veces al mes, quince días de vacaciones en navidad, cuando la gente se cree demasiado buena como para sentirse identificada con tipos tocados por sombreros de ala ancha y que, a lomos de caballos, asesinan a sangre fía, sin preguntar antes el nombre de sus víctimas, y un manojo de llaves que abrían todas las puertas para concederle a Daniel el poder de sentirse Cleant Eastwwod, John Wayne, Bud Spencer, Lee Van Cleef o, la mayoría de las veces porque era su actor preferido desde que vio el árbol del ahorcado, Gary Cooper. Al terminar la última sesión, Daniel cerraba la puerta del proyector, la de los baños y, por último, la de entrada al cine y caminaba despacio los quince minutos que le separaban de su apartamento en Quevedo.             

En los pasos de cebra en rojo se detenía, abría un poco las piernas para sentir el peso de su cuerpo en las plantas de los pies, acercaba la mano izquierda, Daniel era diestro pero los pistoleros zurdos eran más rápidos y certeros, al bolsillo del pantalón, elegía, mirándole a los ojos, a alguno de los transeúntes que aguardaban en la acera de enfrente el verde para cruzar la calle, levantaba el brazo hasta colocarlo paralelo al suelo, extendía el índice y el pulgar, apuntaba al corazón de su víctima y una bala de aire acababa con la vida de aquel que osó cruzarse en su camino. Soplaba entonces, satisfecho, la punta del segundo de los dedos y devolvía la mano al bolsillo del pantalón para continuar la marcha.

Sentado en la cocina mientras cenaba, sonreía en silencio al recordar las caras de sus víctimas. Apuraba de un trago el vino que aguardaba en el fondo del vaso y pensaba que, a pesar de los años limpios, siempre había un momento del día en el que echaba de menos un pico.

viernes, octubre 28

Cuarto principio. Principio de gravitación.

Los libros se amontonaban desordenados encima del sofá que ocupaba el centro del salón. Las estanterías vacías parecían adolescentes de un metro y ochenta centímetros de altura castigados de cara a la pared, como los objetos que, destinados a un uso distinto para el que han sido creados, almacenar libros en este caso, pierden su personalidad y se convierten en otro objeto, en otra imagen, en otro lugar. Estanterías en adolescentes castigados, mesas en elefantes, cuadros de trigales mecidos por el viento en pistas de aterrizaje sin luces de señalización.
        Amparo se quitó el abrigo de pana blanca y lo posó en lo alto del montón de libros. Rosaura observó la escena durante un segundo y pensó que parecía un pastel. El sofá era el bizcocho. Los libros, las virutas de chocolate. El abrigo, el azúcar espolvoreado en la cima. Concluyó, preocupado, que el salón se estaba llenando de objetos sin personalidad.
            Amparo vestía un jersey de lana negra de cuello alto y un pantalón vaquero azul elástico que abrazaba febril el perfil de sus largas piernas. Se arrodilló al lado de Rosaura y acarició con la yema de los dedos su nuca.
            ¿Qué es todo este desorden, miamor?, preguntó mientras sonreía.             
          Busco un libro que no encuentro desde hace años y aprovecho para cambiar de lugar los muebles del salón.
            ¿Va todo bien?
        Creo que sí; pero necesito un cambio, contestó Rosaura, con la mente puesta en el agujero que la bala había abierto en el cráneo del escritor.
            Las estanterías vacías parecen soldados en guardia, continuó Amparo tras ponerse en pie.
            Podría ser, dijo Rosaura, sin muchas ganas de continuar la conversación. Recojo en un momento, me lavo las manos y estoy contigo.
            De acuerdo, miamor, voy a la cocina, que estoy sedienta.

sábado, julio 9

Tercer principio. Principio de inercia.


Un amanecer de marzo, el sueño de Tobías de llegar a ser un asesino a sueldo se desvaneció por completo. Ocurrió cuando su primera víctima imploraba de rodillas que le perdonara la vida.
            Si te dieron dinero por matarme, yo te doy el doble por dejarme con vida. No me mates, cabrón, no me mates. Y se echó a llorar.
            Pero Tobías no le escuchaba. No podía. Acababa de mearse encima. Qué mejor evidencia que esa sonrojante humedad en la entrepierna para comprobar que no había nacido para andar matando por ahí a gente desconocida a cambio de dinero.

Devolvió la mitad del dinero pactado al buzón donde debía recoger la segunda mitad, una vez la bala estuviera alojada en el cuerpo adecuado. Regresó a casa, se cambió de pantalones, metió en una bolsa de viaje la pistola, una jericho semiautomática de nueve milímetros de calibre, dos camisetas negras, una sudadera gris y un pantalón vaquero. Antes de cerrar la puerta, prendió fuego a la vivienda.

El tipo en hinojos aún no se atrevía a levantar la cabeza y Tobías ya estaba sentado en el asiento veinticinco be. Fingía leer para ocultarse, como había visto hacer en las películas, un periódico que había encontrado abandonado en uno de los bancos del andén. Cerró los ojos. El convoy inició la marcha lentamente.

sábado, junio 11

Segundo principio. Principio de dinámica clásica.


Todas las mañanas Adán se levantaba a las seis y media y, después de desayunar un café con leche y el zumo de un limón con una cucharada de azúcar no totalmente disuelta, caminaba hasta la estación de tren que gobernaba las afueras de la ciudad. Una vez allí, en el quiosco que levantaron en el mismo centro del edificio, bajo una claraboya que convertía la luz del sol en un haz tamizado de color verde por el que Adán imaginaba que descenderían, deslizándose por cabos de seis metros, las tropas de élite cuando los rebeldes liberaran la ciudad, compraba el periódico del día anterior,
            es más barato y, aunque no lo parezca, el mundo no va tan rápido, decía,
se sentaba en uno de los bancos vacíos que ocupaban el andén número cinco y aguardaba paciente la salida del tren que se dirigía al mar. Cuando perdía de vista en el horizonte la parte trasera del último vagón, doblaba el periódico por la mitad y lo posaba en el banco, se ponía en pie y regresaba a casa.
           
Algunas mañanas llegaba al andén número cinco y el periódico de antes de ayer permanecía en el mismo lugar donde lo había dejado.

sábado, mayo 28

Primer principio. Principio de cinemática.


Declarado hace años por la crítica el mejor escritor del primer párrafo del mundo, Arcadio se suicidó una mañana de marzo cuando, después de diez minutos mirando por la ventana como la lluvia no cesaba, supo que no vería nunca más el sol.

Rosaura, que observaba en silencio el cadáver del escritor, sentado en la silla con la cabeza echada hacia atrás y un agujero negro en la frente, miró a través del cristal de la ventana y, después de contemplar el vaivén de un mar embravecido, comentó
            qué día tan extraño. A primera hora parecía que no iba a dejar de llover en semanas y ahora el cielo es más azul que los ojos de mi hija pequeña.

De las manos crispadas del muerto rescató el arma presuntamente suicida, extrajo el cargador de la culata y comprobó que estaba vacío. A continuación, se agachó para recoger el casquillo que mansamente aguardaba entre los pies de Arcadio, lo observó durante unos segundos, preso entre el pulgar y el índice de su mano izquierda, y lo guardó en el bolsillo de la americana.
Apostaría la mitad del sueldo a que es un nueve corto, dijo para nadie. 

Arcadio dejó escritas diez novelas que se iniciaban de un modo magistral y se descomponían irremediablemente, como un día de septiembre lo hicieran los dos edificios más altos de la isla de Manhattan, tras el primer punto y aparte. El escritor sin fin, dijo de él la crítica en ocasiones, el eyaculador precoz de tinta china, la eterna promesa de las letras hispanoamericanas, Carl Lewis metido a marathonman. Arcadio leía con resignación todos los adjetivos que le describían, a él y a su efervescente obra, y archivaba las críticas en carpetas de cartón azul que ordenaba por año en las estanterías que, como adolescentes castigados de cara a la pared, pensaría después Rosaura al verlas, vestían las paredes de su casa.

días

cuadernos