viernes, mayo 30

Vargas Llosa


Durante años Vargas Llosa vivió en la misma calle que nosotros. A menudo nos cruzábamos en la acera, observábamos su espalda en la cola del colmado o compartíamos alguno de los bancos del parque Boolognesi, cuando don Mario llegaba y decía en voz baja: permiso. Al verlo, mi madre se ponía nerviosa, arrastraba las nalgas hacia un extremo y decía, niño, estate quieto, no molestes; aunque yo, la mayoría de las veces, no me había movido, intrigado como estaba en aquel hombre alto, de pelo entrecano perfectamente peinado, ojos grandes y amables y manos abiertas y pálidas que cuando se movían parecían peces. A veces estaba solo y abría un libro que leía durante horas. Otras le acompañaba una mujer, quizás su esposa, alta, de cabellos negros, frente ancha, labios gruesos y nariz afilada, que comenzaba a redondear los perfiles de su cintura, como le ocurre a veces a las mujeres que alcanzan cierta edad. Unas lo llevan bien, era el caso de la señora Vargas, y se visten con blusas largas, de talle amplio y estampado de buganvillas, a las que la brisa del Pacífico proporciona un vuelo distinguido y grácil. Otras, como mi madre, se empeñan, presas de un afán baldío por contener lo incontenible, en embutirse en puloveres de colores neutros, jeans ajustados y zapatos de tacón alto, que les hace parecer grotescas.

Un día Vargas Llosa y su mujer desaparecieron. Quién sabe si viajaron en avión a Europa o en barco al norte. Dejamos de cruzarnos por la calle y de compartir la cola del colmado o el banco del parque; y comenzamos a ver su fotografía en los periódicos y a escuchar su voz en los telediarios. Cuando por fin había decidido pedirle que me dedicara “La ciudad y los perros”, el único libro suyo que había en la estantería de nuestra casa, ya era demasiado tarde. Se había convertido en un escritor famoso y lejano.

Han pasado veinte años. Mi madre, de tanto intentar contenerse, acabó por conseguirlo y murió una tarde del invierno pasado en la que no paró de llover sobre Lima. Hoy don Mario Vargas Llosa, convertido ya en Premio Nobel de Literatura, firma su última novela en una de las librerías del centro. Cuando supe que venía a la ciudad, busqué “La ciudad y los perros” en la estantería del piso de mis padres y me vestí con el traje de mi segunda boda.

Para Jaime, don Mario, por favor. Vargas Llosa levanta el rostro y durante un par de segundos me mira fijamente. Mientras escribe la dedicatoria observo sus manos que, más pálidas y azuladas en el trayecto de las venas, siguen pareciendo peces. De pronto dice: Jaime, ¿sigue viviendo en Sucre? ¿Se acuerda de mí, don Mario?, pregunto sorprendido. Vargas Llosa me mira de nuevo y sonríe ¿Qué cree usted, si no la memoria, me ha traído hasta aquí? Firma, cierra el libro y me lo entrega. Dele recuerdos a su madre, concluye. Lo haré, don Mario, contesto sin atreverme a decir que está muerta.

Para Jaime y para su madre, ángeles custodios del banco que tantas veces compartimos, leo al salir de la librería. 

gijón.marzo2014.olima.

sábado, mayo 24

Los días putos


Septiembre deposita sobre la ciudad unas nubes grandes y gordas que cubren por completo el cielo y parecen aplastar con su peso de agua la altura imponente de los edificios que se construyeron, cuando conseguir dinero era fácil, en el centro de la ciudad. A estos días H los llama los días putos, porque en su interior se instala una tristeza sorda de la que no puede desprenderse, un sentimiento oscuro que le abraza como un náufrago lo haría a un tablón de madera en mitad del océano. Otro día puto, piensa mientras mira el cielo a través del parabrisas. A partir de hoy, las criaturas que nazcan serán libras. H está seguro de que su destino quedó marcado el día en que nació acuario. Qué vida tan distinta la mía, decía siempre, si hubiera nacido piscis. O tauro. Enciende la radio del coche y recuerda, como tantas veces hace a esas horas de la mañana de un día puto, las palabras que su padre le dijo cuando era un crío, aquella noche que llegó del puerto sudoroso y pálido, con apenas un hilo de voz en los labios y fuerza en las piernas para alcanzar la habitación, tumbarse en la cama y no volver a levantarse vivo, por culpa de una enfermedad que le irá llenando los pulmones de sangre hasta ahogarle, dijo el médico con voz solemne y engolada. Su padre, marinero y calafate, murió ahogado como siempre temió. Qué más da que fuera por dentro. Unas horas antes le dijo: H, somos tantos en el mundo, hijo, que a lo único que puedes aspirar es a ser necesario. H no entendió bien qué quiso decirle su padre mientras se moría. Quizás ahora tampoco lo entienda del todo. Pero no puede evitar recordarlo cuando amanece un día puto.

H se quedó con su madre, que fingía quererlo, algo que es peor que no querer, siempre lo supo, y transcurrieron años como transcurren días hasta que una noche en la cocina, cansado de escuchar una vez más cómo puedes hacerme esto con lo que yo te quiero, por no clavárselo en el pecho, le clavó a su madre un tenedor en el dorso de la mano abierta que tenía apoyada en la encimera. Y después de la mueca de dolor y del alarido inconsolable, llegó la policía, el reformatorio y los tres grados de la cárcel. Es curioso como de su padre, ahogado por dentro, y de su madre, de la que nada sabe porque no quiso volver a verla, lo único que conserva son palabras.

Una ambulancia atraviesa la ciudad a toda velocidad. El reloj del salpicadero marca las nueve y cuatro. Si todo va bien ahí dentro, falta un minuto. Enciende el motor del coche, desbloquea el cierre centralizado y se acerca lentamente, como si buscara aparcamiento, a la puerta del banco. 

gijón.septiembre2013. 

domingo, mayo 4

Conversaciones de ascensor



Debería haberme afeitado
para no tener este aspecto
de rey destronado por la primavera,
con rinitis, dolor de espalda y, en los párpados,
esa tristeza leve que se posa
en las estanterías cuando amanece y
los sueños quedan prendidos en la almohada
o dibujados (apenas unos trazos)
en las sombras de un cuerpo
desnudo y desconocido
que no me atrevo a besar.

Dan lluvia para el fin de semana.
No termina de marcharse el invierno.
Conversaciones de ascensor
que se nos han metido dentro de casa. 

cimavilla.antesdemásaviones 

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