jueves, marzo 28

Nunca antes había visto cosa igual

Tú vas a gobernar la lluvia.
O a detener el viento,
como hiciste aquella tarde bajo las palmeras.

Al menos, ese es el recuerdo que yo tengo.

Noticias de guerra inundaban los escaparates,
Nacional empataba con Danubio en el último minuto,
un autoestopista en la dieciocho de julio se desmoronaba y
una mujer desnuda bailaba sobre el capó
de un coche mal aparcado frente al Solís.

Y las gotas de lluvia detenidas en el aire.

Nunca antes había visto cosa igual.

Tú sonreías y te dejabas hacer.
Desmadejada.
Más ausente, si cabe, que los días en el Polonio,
que las tres noches feroces que pasamos
en la habitación de aquel hotelucho en Sarandí.

Cuando fuimos rabia y fuimos olvido.
Y demasiadas canciones de Bigott.
Y dosis excesivas de alcohol y de tristeza. 

deregresoabbaa.febrero2013 

sábado, marzo 16

La fauna de las ciudades

La fauna de las ciudades. El asedio constante e incansable del miedo al fracaso. Una canción de Zitarrosa cantada por un tipo que en nada se le parece en una de las calles peatonales que rodean el mercado del puerto. Una de Martín Buscaglia mientras rastreo lomos con la yema de los dedos en las estanterías de una librería en Tristán Narvaja. Los colectivos solitarios de domingo que recorren las calles vacías a la caza de transeúntes en las paradas. Cuando los engullen con un ruido de respirar hidráulico. Una solución de emergencia para la reacción alérgica de Jero. El viento que viene del río y barre la arena que él mismo deposita sobre el alquitrán deformado por el calor en la rambla. Y Bengoechea de bronce en Los Aromos contra el que no puede. El día que yo estaba viéndole en el Bernabéu le hizo un caño inolvidable a Tendillo. Gorriones. Palomas. Gaviotas. Los primeros, al resguardo de la nieve bajo los bancos y los palmerales de Pocitos. Las terceras, que chillan a nuestro paso para convocar a las nubes. Nosotros, palomas. Buscamos hasta el anochecer los lugares de la memoria. Yaguarón con Dieciocho de Julio. Cerro Largo y Minas. Dormiremos más tarde en el alféizar de los hoteles con las plumas ahuecadas. Rebeca alimenta a Jero con mansedumbre. Yo me tumbo a su lado hasta que se duerme. Después los dos, tirados en la cama, desplegamos el mapa de la ciudad sobre las almohadas para encontrarnos. Y a veces pasa. 

montevideo.febrero2013 

domingo, marzo 10

Conozco el lugar, pero no encuentro el camino

Entró en la consulta como si la sala de espera estuviera a oscuras y, al abrir la puerta, el médico la hubiera enfrentado a la luz del mediodía que entraba por la ventana. Contestó al buenos días con un leve asentimiento de cabeza y quedó de pie, frente a él, a segundos del naufragio. Siéntese, por favor, le sonrió el médico, al tiempo que con el brazo señalaba el lugar donde aguardaban enfrentadas dos sillas vacías y, entre ellas, la mesa. La paciente, aún confusa, lo hizo en el asiento del médico y éste decidió dejar que la historia siguiese su curso, sin modificar con sus actos el azar que la estaba construyendo. Se sentó en la silla que ella dejó libre. Frente a frente, permanecieron en silencio unos segundos. De pronto ella, como si lo entendiera todo aunque no entendía nada, mudó el rostro y habló. Cuénteme, pues, ¿qué le sucede? El médico pestañeó, permaneció en silencio un par de segundos más, cerró los ojos como quien se desnuda y, despojado ya de sus hábitos, los abrió de nuevo para ser otra persona. En verdad, ambos eran ya otras personas. Conozco el lugar, pero no encuentro el camino, contestó. La paciente tomó en su mano entonces un bolígrafo y escribió en un papel la dirección de una tienda de brújulas. Se lo entregó. El médico leyó lo que ella había escrito, dobló el papel, lo guardó en un bolsillo del pantalón y le dio las gracias. Se levantó para marcharse y, cuando estaba a punto de desaparecer tras la puerta, desde su asiento, ella le dijo por favor, dígale al siguiente que pase. 

gijón.octubre2012 

domingo, marzo 3

Convertirnos en reyes

Sucede que no amanece,
que la noche se extiende
más allá de lo soportable,
que llega el frío y, con él,
la tristeza,
que echo de menos tu cuerpo,
ahora sólo tu cuerpo
como el lugar donde el dolor
no existe.
Y entonces puede llover
y oscurecerse el cielo.

Dejar pasar las horas
sin miedo a perderlas.
Creernos inmortales.
Subir las escaleras.
No bajarlas durante días.
Dar por cerrado este tiempo,
abrir uno nuevo.
Borrachos de fortuna,
ser otros, aunque los mismos.
Reconocernos en los besos,
más allá de las cenizas.
Dormir cien horas,
comer en la cama
la fruta que Alicia
encontró en el mercado.
Pobre Alicia.
Sonreír.
No darnos por vencidos.
Someter a febrero y, así,
convertirnos en reyes,
lejos ya y para siempre
del invierno.

gijón.enunfebreroindomable.antesdelosaviones.

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